HIERRO, CEMENTO Y CRISTAL

CAPÍTULO I 

- Oh, Minnie. No pretendas actuar como si no te importara. Sabemos que fue duro, querida, sabemos que lo fue. Aunque deberías aprender a vivir con ello. Al fin y al cabo, todas hemos tenido que hacer frente a algo parecido alguna vez.
Minnie se removió incómoda en su traje de terciopelo dorado. La banda interpretaba ‘Whose Izzy is He’, de The Virginians, lo cual le pareció incongruente y casi violento dada la situación. Frunció el ceño brevemente, como si quisiera mostrar su incomodidad a quienes la rodeaban mediante un educado suspiro bailándole en los ojos. Minnie no solía pensar en aquello. De hecho, Minnie no tenía por costumbre pensar en nada, excepto en las obligaciones y deberes que se le suponían a toda abnegada esposa de la clase alta neoyorquina. Ataviadas de lujosas sedas, exóticas plumas y aromas orientales, las damas del dinero nuevo se paseaban por Manhattan con la serenidad y el aplomo de la sociedad de influencias, relaciones y apariencias sobre las que sustentaba la Gran Manzana de los felices años 20. Mrs. Samper, la mujer que había usurpado el papel de interlocutora de Minnie a Lady Miller, siguió con su estoico planto.
- Oh, querida. No debes disgustarte con Remy. Ellos… Ellos son hombres. Necesitan sentirse seguros. Necesitan convencerse de que aún son capaces de conseguir lo que quieren.
- Es que… - Mrs. Samper, que era algo mayor que Minnie, se sorprendió de que la ingenua señora de Remy Geaks fuera verdaderamente capaz de balbucear una respuesta - …es que no lo esperaba. Quizás lo sabía. Quizás no me hubiera importado en absoluto de no haberlo sabido por Remy. Pero jamás pensé que él fuera capaz de decírmelo. No dejo de preguntarme qué puedo hacer. No dejo de pensarlo… No me gusta pensar. Mamá solía decir que… Que lo mejor para las muchachas bonitas es no pensar.
Mrs. Samper sonrió al escuchar a Minnie. También ella pertenecía a esa generación de muñecas de alta cuna para quienes la máxima y última utilidad del ser femenino era la conservación de la belleza en la juventud, y de la elegancia y la reputación en la vejez. ‘Evening Chimes’, que sonaba en el aire, dulzona, como la comodidad intelectual cultivada en ignorancia de la que hacían gala ambas damas, amenizaba la velada y los juicios de Minnie y Mrs. Samper.  
Contrariamente, y a pesar de que su suerte había corrido a merced de dicho dogma, proporcionándole un lugar estable entre la mediocridad pudiente siendo ella misma una aristócrata, Lady Miller quería pensar que el futuro que había que labrar a las féminas del futuro debía extenderse alejada del champán, los marcos dorados del edificio Chrysler y las joyerías de la Quinta Avenida. Catherine Miller había crecido en el ocaso de una Gran Bretaña curtida de saber letrado, orgulloso de tener en su poder a los últimos vástagos de la aristocracia ilustrada. Hija de padre americano - liberal periodista de gabardina ambicioso y descendiente de una de las familias judías más ricas de Polonia - de y madre británica vinculada a la nobleza, Lady Miller, a quien ya nadie apodaba Cathy, recordaba a menudo su niñez con una mirada amable de incredulidad. Le parecía demasiado alejada, demasiado diferente de su presente para haber sucedido del mismo modo que sucedía aquel vanidoso presente americano. A sus casi 35 años, Lady Miller, que había viajado por Francia, Italia, India, Israel y ahora pasaba algunos meses en Nueva York, miraba con cierta condescendencia el hacer de las mujeres del Nueva Mundo. Le parecían pájaros enjaulados, indecisos y perpetuados en la dependencia de opinión; la misma Minnie Geaks, una belleza invisible, floral, que brillaba como un diente de león entre los hoteles de más prestigio de la ciudad, no era nada más que un cuerpo delicado envuelto en burbujas doradas. “Pobre Minnie” - pensó Lady Miller - “Pobre Minnie”. 
- Como te decía, Minnie, Remy debe de estar muy alterado con los cambios a los que él y Mr. Samper han tenido que afrontar. Sabes, Minnie, ser la esposa de dos de los más grandes hombres de nuestra nación no es fácil, no es fácil. Hemos de saber estar a la altura de circunstancias que superarían a cualquiera de esas mujeres que van de Lexington Avenue a Midtown Manhattan en el suburbano, y traen ellas mismas sus paraguas y sus compras desde Brooklyn. Me comprendes, lo sé. Lady Miller, en cambio, parece disentir. ¿Me equivoco?
Lady Miller había estado observando la debilidad de Minnie y los aspavientos de suficiencia de Mrs. Samper desde una distancia tan arrolladora que inevitablemnte había terminado por ofender a la segunda. La aristócrata pensó que Mrs.Samper dominaba tanto la sutilidad como su marido los subterfugios legales que le habían permitido enriquecerse mediante préstamos bancarios para la compra de activos en empresas ferroviarias.
- Simplemente, señoras, me asombra cómo intentan ustedes compadecerse las unas de las otras cuando hay líos de sábanas de por medio. Resulta curioso que tan solo consigan lograrlo en ese aspecto de la vida conyugal, tan común aquí en Manhattan, según he podido observar. 
Mr.Samper quizás hubiera podido explicarse las palabras de la dama de ascendencia inglesa si hubiera estado al tanto de sus viajes y andanzas antes de llegar a Estados Unidos. Durante su estancia en Israel, Lady Miller había mantenido una relación de algunos meses con un hombre casado; lo que sin lugar a duda ninguna de las presentes podía saber del cierto era que, aunque aquello hubiera significado algo más que un modo ameno de combatir la aridez, la salud espiritual y la sed sagrada de Tierra Santa, Lady Miller no hubiera modificado ni un ápice su opinión respecto a lo que significaba ser amante en lugar de esposa. También ella había estado casada, algo que muy pocos conocían en Nueva York. Sin embargo, la mentalidad cosmopolita de los dos cónyuges, desarraigada de cualquier costumbre solariega por no saberse atada a ningún lugar, había permitido dar por finalizada la unión matrimonial tras dos años de convivencia fracasada en un divorcio de mutuo acuerdo. 
- Lady Miller, aquí en la ciudad no estamos acostumbradas a recibir comentarios tan… desconsiderados de nuestras compañeras de velada. Nos va a disculpar a Mrs. Geaks y a mí. Vamos, Minnie. Parece que Remy y Roy nos están llamando.
Minnie Geaks parecía acorralada por la personalidad dominante de Mrs.Samper. Probablemente por ello Lady Miller excusó a la joven, guardándose para sí misma la verdadera opinión que le merecía la esposa de Roy Samper. Los sentimientos que despertaba en ella aquella cacatúa envuelta en lujos en un intento fallido de repeler la vetustez empezaban a asemejarse demasiado a los forjados entorno de su marido. Pocos meses atrás, la prensa neoyorquina había acusado a Samper Industries de ser la responsable de uno de los mayores accidentes laborales que se recordaban en la historia del mundo libre, pero inexplicablemente aquel asunto había quedado zanjado con la dimisión de los directores responsables de la publicación y un comunicado del gobernador de Michigan alabando el papel de Samper en la resurrección de Estados Unidos como potencia mundial. Y, tal y como incluso habrían podido sospechar las mentes más obtusas, en aquel asunto era fácilmente deducible la mano de Remy Geaks, la promesa de la política de las nuevas generaciones.
Lady Miller paseo su mirada atenta por la embriaguez del local en el que discurrían, apresuradas, las partituras de jazz que armonizaban la fiesta en Allen Street. Una sonrisa inundó su rostro en cuanto el del observado se posó en el suyo. Aquel era el último lugar del mundo en el que esperaba hallar a Charles Éluard.

HIERRO, CEMENTO Y CRISTAL

CAPÍTULO I 

- Oh, Minnie. No pretendas actuar como si no te importara. Sabemos que fue duro, querida, sabemos que lo fue. Aunque deberías aprender a vivir con ello. Al fin y al cabo, todas hemos tenido que hacer frente a algo parecido alguna vez.

Minnie se removió incómoda en su traje de terciopelo dorado. La banda interpretaba ‘Whose Izzy is He’, de The Virginians, lo cual le pareció incongruente y casi violento dada la situación. Frunció el ceño brevemente, como si quisiera mostrar su incomodidad a quienes la rodeaban mediante un educado suspiro bailándole en los ojos. Minnie no solía pensar en aquello. De hecho, Minnie no tenía por costumbre pensar en nada, excepto en las obligaciones y deberes que se le suponían a toda abnegada esposa de la clase alta neoyorquina. Ataviadas de lujosas sedas, exóticas plumas y aromas orientales, las damas del dinero nuevo se paseaban por Manhattan con la serenidad y el aplomo de la sociedad de influencias, relaciones y apariencias sobre las que sustentaba la Gran Manzana de los felices años 20. Mrs. Samper, la mujer que había usurpado el papel de interlocutora de Minnie a Lady Miller, siguió con su estoico planto.

- Oh, querida. No debes disgustarte con Remy. Ellos… Ellos son hombres. Necesitan sentirse seguros. Necesitan convencerse de que aún son capaces de conseguir lo que quieren.

- Es que… - Mrs. Samper, que era algo mayor que Minnie, se sorprendió de que la ingenua señora de Remy Geaks fuera verdaderamente capaz de balbucear una respuesta - …es que no lo esperaba. Quizás lo sabía. Quizás no me hubiera importado en absoluto de no haberlo sabido por Remy. Pero jamás pensé que él fuera capaz de decírmelo. No dejo de preguntarme qué puedo hacer. No dejo de pensarlo… No me gusta pensar. Mamá solía decir que… Que lo mejor para las muchachas bonitas es no pensar.

Mrs. Samper sonrió al escuchar a Minnie. También ella pertenecía a esa generación de muñecas de alta cuna para quienes la máxima y última utilidad del ser femenino era la conservación de la belleza en la juventud, y de la elegancia y la reputación en la vejez. ‘Evening Chimes’, que sonaba en el aire, dulzona, como la comodidad intelectual cultivada en ignorancia de la que hacían gala ambas damas, amenizaba la velada y los juicios de Minnie y Mrs. Samper.  

Contrariamente, y a pesar de que su suerte había corrido a merced de dicho dogma, proporcionándole un lugar estable entre la mediocridad pudiente siendo ella misma una aristócrata, Lady Miller quería pensar que el futuro que había que labrar a las féminas del futuro debía extenderse alejada del champán, los marcos dorados del edificio Chrysler y las joyerías de la Quinta Avenida. Catherine Miller había crecido en el ocaso de una Gran Bretaña curtida de saber letrado, orgulloso de tener en su poder a los últimos vástagos de la aristocracia ilustrada. Hija de padre americano - liberal periodista de gabardina ambicioso y descendiente de una de las familias judías más ricas de Polonia - de y madre británica vinculada a la nobleza, Lady Miller, a quien ya nadie apodaba Cathy, recordaba a menudo su niñez con una mirada amable de incredulidad. Le parecía demasiado alejada, demasiado diferente de su presente para haber sucedido del mismo modo que sucedía aquel vanidoso presente americano. A sus casi 35 años, Lady Miller, que había viajado por Francia, Italia, India, Israel y ahora pasaba algunos meses en Nueva York, miraba con cierta condescendencia el hacer de las mujeres del Nueva Mundo. Le parecían pájaros enjaulados, indecisos y perpetuados en la dependencia de opinión; la misma Minnie Geaks, una belleza invisible, floral, que brillaba como un diente de león entre los hoteles de más prestigio de la ciudad, no era nada más que un cuerpo delicado envuelto en burbujas doradas. “Pobre Minnie” - pensó Lady Miller - “Pobre Minnie”. 

- Como te decía, Minnie, Remy debe de estar muy alterado con los cambios a los que él y Mr. Samper han tenido que afrontar. Sabes, Minnie, ser la esposa de dos de los más grandes hombres de nuestra nación no es fácil, no es fácil. Hemos de saber estar a la altura de circunstancias que superarían a cualquiera de esas mujeres que van de Lexington Avenue a Midtown Manhattan en el suburbano, y traen ellas mismas sus paraguas y sus compras desde Brooklyn. Me comprendes, lo sé. Lady Miller, en cambio, parece disentir. ¿Me equivoco?

Lady Miller había estado observando la debilidad de Minnie y los aspavientos de suficiencia de Mrs. Samper desde una distancia tan arrolladora que inevitablemnte había terminado por ofender a la segunda. La aristócrata pensó que Mrs.Samper dominaba tanto la sutilidad como su marido los subterfugios legales que le habían permitido enriquecerse mediante préstamos bancarios para la compra de activos en empresas ferroviarias.

- Simplemente, señoras, me asombra cómo intentan ustedes compadecerse las unas de las otras cuando hay líos de sábanas de por medio. Resulta curioso que tan solo consigan lograrlo en ese aspecto de la vida conyugal, tan común aquí en Manhattan, según he podido observar. 

Mr.Samper quizás hubiera podido explicarse las palabras de la dama de ascendencia inglesa si hubiera estado al tanto de sus viajes y andanzas antes de llegar a Estados Unidos. Durante su estancia en Israel, Lady Miller había mantenido una relación de algunos meses con un hombre casado; lo que sin lugar a duda ninguna de las presentes podía saber del cierto era que, aunque aquello hubiera significado algo más que un modo ameno de combatir la aridez, la salud espiritual y la sed sagrada de Tierra Santa, Lady Miller no hubiera modificado ni un ápice su opinión respecto a lo que significaba ser amante en lugar de esposa. También ella había estado casada, algo que muy pocos conocían en Nueva York. Sin embargo, la mentalidad cosmopolita de los dos cónyuges, desarraigada de cualquier costumbre solariega por no saberse atada a ningún lugar, había permitido dar por finalizada la unión matrimonial tras dos años de convivencia fracasada en un divorcio de mutuo acuerdo. 

- Lady Miller, aquí en la ciudad no estamos acostumbradas a recibir comentarios tan… desconsiderados de nuestras compañeras de velada. Nos va a disculpar a Mrs. Geaks y a mí. Vamos, Minnie. Parece que Remy y Roy nos están llamando.

Minnie Geaks parecía acorralada por la personalidad dominante de Mrs.Samper. Probablemente por ello Lady Miller excusó a la joven, guardándose para sí misma la verdadera opinión que le merecía la esposa de Roy Samper. Los sentimientos que despertaba en ella aquella cacatúa envuelta en lujos en un intento fallido de repeler la vetustez empezaban a asemejarse demasiado a los forjados entorno de su marido. Pocos meses atrás, la prensa neoyorquina había acusado a Samper Industries de ser la responsable de uno de los mayores accidentes laborales que se recordaban en la historia del mundo libre, pero inexplicablemente aquel asunto había quedado zanjado con la dimisión de los directores responsables de la publicación y un comunicado del gobernador de Michigan alabando el papel de Samper en la resurrección de Estados Unidos como potencia mundial. Y, tal y como incluso habrían podido sospechar las mentes más obtusas, en aquel asunto era fácilmente deducible la mano de Remy Geaks, la promesa de la política de las nuevas generaciones.

Lady Miller paseo su mirada atenta por la embriaguez del local en el que discurrían, apresuradas, las partituras de jazz que armonizaban la fiesta en Allen Street. Una sonrisa inundó su rostro en cuanto el del observado se posó en el suyo. Aquel era el último lugar del mundo en el que esperaba hallar a Charles Éluard.

"Mr. Hitchcock taught me everything about cinema. It was thanks to him that I understood that murder scenes should be shot like love scenes and love scenes like murder scenes." - Grace Kelly

"Mr. Hitchcock taught me everything about cinema. It was thanks to him that I understood that murder scenes should be shot like love scenes and love scenes like murder scenes." - Grace Kelly

«Parecía especializarse en causas perdidas. Perderlas primero, y después largarse atrás como un loco» 
" - Vos - dijo Gregorovius, mirando al suelo - escondés el juego. 
- ¿Por ejemplo?
- No sé, es un pálpito. Desde que te conozco no hacés más que buscar, pero uno tiene la sensación de que ya llevás en el bolsillo lo que andás buscando. 
- Los místicos han hablado de eso, aunque sin mencionar los bolsillos. 
- Y entre tanto le estropeás la vida a una cantidad de gente. 
- Consienten, viejo, consienten. No hacía falta más que un empujoncito, paso yo y listo. Ninguna mala intención.
- ¿Pero qué buscás en eso, Horacio?
- Derecho de ciudad.
- ¿Aquí?
- Es una metáfora. Y como París es otra metáfora (te lo he oído decir alguna vez) me parece natural haber venido para eso.
- ¿Pero Lucía? ¿Y Pola?
- Cantidades heterogéneas - dijo Oliveira -. Vos te creés que por ser mujeres las podés sumar en la misma columna. Ellas, ¿no buscan también su contento? Y vos, tan puritano de golpe, ¿no te has colado aquí gracias a una meningitis o lo que le hayan encontrado al chico? Menos mal que ni vos ni yo somos cursis, porque de aquí salía uno muerto y el otro con las esposas puestas. Propiamente para Cholokov, creeme. Pero ni siguiera nos detestamos, se está tan abrigado en esta pieza. 
- Vos - dijo Gregorovius, mirando otra vez al suelo - escondés el juego. […] Vos tenés una idea imperial en el fondo de la cabeza. ¿Tu derecho de ciudad? Un dominio de ciudad. Tu resentimiento: una ambición mal curada. Viniste aquí para encontrar tu estatua esperándote al borde de la Place Dauphine. Lo que no entiendo es tu técnica. La ambición, ¿por qué no? Sos bastante extraordinario en algunos aspectos. Pero hasta ahora todo lo que te he visto hacer ha sido lo contrario de lo que hubieran hecho otros ambiciosos. Etienne, por ejemplo, y no hablemos de Perico. 
- Ah - dijo Oliveira - Los ojos a vos te sirven para algo, parece. 
- Exactamente lo contrario - repitió Ossip - pero sin renunciar a la ambición. Y eso no me lo explico. 
- Oh, las explicaciones, vos sabés…Todo es muy confuso, hermano. Ponele que eso que llamás ambición no pueda fructificar más que en la renuncia. ¿Te gusta la fórmula? No es eso, pero lo que yo quisiera decir es justamente indecible. Hay que dar vueltas alrededor como un perro buscándose la cola. Con eso y con lo que te dije del derecho de ciudad tendrá que bastarte, montenegrino del carajo. […] No renuncio a nada, simplemente hago todo lo que puedo para que las cosas me renuncien a mí. ¿No sabías que para abrir un aujerito hay que ir sacando tierra y tirándola lejos?[…]
- Vos y los otros… - murmuró Gregorovius, buscando la pipa - Qué merza, madre mía. Ladrones de eternidad, embudos del éter, mastines de Dios, nefelibatas. Menos mal que uno es culto y puede enumerarlos. Puercos astrales. […]
- Pero si está tan bien, Ossip Ossipovich. ¿Para qué nos vamos a engañar? No se puede vivir cerca de un titiritero de sombras, de un domador de polillas. No se puede aceptar a un tipo que pasa el día dibujando con los anillos tornasolados que hace el petróleo en el agua del Sena.” 
 - Rayuela (1963), Capítulo 31. Julio Cortázar. 
«Parecía especializarse en causas perdidas. Perderlas primero, y después largarse atrás como un loco» 
" - Vos - dijo Gregorovius, mirando al suelo - escondés el juego. 
- ¿Por ejemplo?
- No sé, es un pálpito. Desde que te conozco no hacés más que buscar, pero uno tiene la sensación de que ya llevás en el bolsillo lo que andás buscando. 
- Los místicos han hablado de eso, aunque sin mencionar los bolsillos. 
- Y entre tanto le estropeás la vida a una cantidad de gente. 
- Consienten, viejo, consienten. No hacía falta más que un empujoncito, paso yo y listo. Ninguna mala intención.
- ¿Pero qué buscás en eso, Horacio?
- Derecho de ciudad.
- ¿Aquí?
- Es una metáfora. Y como París es otra metáfora (te lo he oído decir alguna vez) me parece natural haber venido para eso.
- ¿Pero Lucía? ¿Y Pola?
- Cantidades heterogéneas - dijo Oliveira -. Vos te creés que por ser mujeres las podés sumar en la misma columna. Ellas, ¿no buscan también su contento? Y vos, tan puritano de golpe, ¿no te has colado aquí gracias a una meningitis o lo que le hayan encontrado al chico? Menos mal que ni vos ni yo somos cursis, porque de aquí salía uno muerto y el otro con las esposas puestas. Propiamente para Cholokov, creeme. Pero ni siguiera nos detestamos, se está tan abrigado en esta pieza. 
- Vos - dijo Gregorovius, mirando otra vez al suelo - escondés el juego. […] Vos tenés una idea imperial en el fondo de la cabeza. ¿Tu derecho de ciudad? Un dominio de ciudad. Tu resentimiento: una ambición mal curada. Viniste aquí para encontrar tu estatua esperándote al borde de la Place Dauphine. Lo que no entiendo es tu técnica. La ambición, ¿por qué no? Sos bastante extraordinario en algunos aspectos. Pero hasta ahora todo lo que te he visto hacer ha sido lo contrario de lo que hubieran hecho otros ambiciosos. Etienne, por ejemplo, y no hablemos de Perico. 
- Ah - dijo Oliveira - Los ojos a vos te sirven para algo, parece. 
- Exactamente lo contrario - repitió Ossip - pero sin renunciar a la ambición. Y eso no me lo explico. 
- Oh, las explicaciones, vos sabés…Todo es muy confuso, hermano. Ponele que eso que llamás ambición no pueda fructificar más que en la renuncia. ¿Te gusta la fórmula? No es eso, pero lo que yo quisiera decir es justamente indecible. Hay que dar vueltas alrededor como un perro buscándose la cola. Con eso y con lo que te dije del derecho de ciudad tendrá que bastarte, montenegrino del carajo. […] No renuncio a nada, simplemente hago todo lo que puedo para que las cosas me renuncien a mí. ¿No sabías que para abrir un aujerito hay que ir sacando tierra y tirándola lejos?[…]
- Vos y los otros… - murmuró Gregorovius, buscando la pipa - Qué merza, madre mía. Ladrones de eternidad, embudos del éter, mastines de Dios, nefelibatas. Menos mal que uno es culto y puede enumerarlos. Puercos astrales. […]
- Pero si está tan bien, Ossip Ossipovich. ¿Para qué nos vamos a engañar? No se puede vivir cerca de un titiritero de sombras, de un domador de polillas. No se puede aceptar a un tipo que pasa el día dibujando con los anillos tornasolados que hace el petróleo en el agua del Sena.” 
 - Rayuela (1963), Capítulo 31. Julio Cortázar. 

«Parecía especializarse en causas perdidas. Perderlas primero, y después largarse atrás como un loco» 

" - Vos - dijo Gregorovius, mirando al suelo - escondés el juego. 

- ¿Por ejemplo?

- No sé, es un pálpito. Desde que te conozco no hacés más que buscar, pero uno tiene la sensación de que ya llevás en el bolsillo lo que andás buscando. 

- Los místicos han hablado de eso, aunque sin mencionar los bolsillos. 

- Y entre tanto le estropeás la vida a una cantidad de gente. 

- Consienten, viejo, consienten. No hacía falta más que un empujoncito, paso yo y listo. Ninguna mala intención.

- ¿Pero qué buscás en eso, Horacio?

- Derecho de ciudad.

- ¿Aquí?

- Es una metáfora. Y como París es otra metáfora (te lo he oído decir alguna vez) me parece natural haber venido para eso.

- ¿Pero Lucía? ¿Y Pola?

- Cantidades heterogéneas - dijo Oliveira -. Vos te creés que por ser mujeres las podés sumar en la misma columna. Ellas, ¿no buscan también su contento? Y vos, tan puritano de golpe, ¿no te has colado aquí gracias a una meningitis o lo que le hayan encontrado al chico? Menos mal que ni vos ni yo somos cursis, porque de aquí salía uno muerto y el otro con las esposas puestas. Propiamente para Cholokov, creeme. Pero ni siguiera nos detestamos, se está tan abrigado en esta pieza. 

- Vos - dijo Gregorovius, mirando otra vez al suelo - escondés el juego. […] Vos tenés una idea imperial en el fondo de la cabeza. ¿Tu derecho de ciudad? Un dominio de ciudad. Tu resentimiento: una ambición mal curada. Viniste aquí para encontrar tu estatua esperándote al borde de la Place Dauphine. Lo que no entiendo es tu técnica. La ambición, ¿por qué no? Sos bastante extraordinario en algunos aspectos. Pero hasta ahora todo lo que te he visto hacer ha sido lo contrario de lo que hubieran hecho otros ambiciosos. Etienne, por ejemplo, y no hablemos de Perico. 

- Ah - dijo Oliveira - Los ojos a vos te sirven para algo, parece. 

- Exactamente lo contrario - repitió Ossip - pero sin renunciar a la ambición. Y eso no me lo explico. 

- Oh, las explicaciones, vos sabés…Todo es muy confuso, hermano. Ponele que eso que llamás ambición no pueda fructificar más que en la renuncia. ¿Te gusta la fórmula? No es eso, pero lo que yo quisiera decir es justamente indecible. Hay que dar vueltas alrededor como un perro buscándose la cola. Con eso y con lo que te dije del derecho de ciudad tendrá que bastarte, montenegrino del carajo. […] No renuncio a nada, simplemente hago todo lo que puedo para que las cosas me renuncien a mí. ¿No sabías que para abrir un aujerito hay que ir sacando tierra y tirándola lejos?[…]

- Vos y los otros… - murmuró Gregorovius, buscando la pipa - Qué merza, madre mía. Ladrones de eternidad, embudos del éter, mastines de Dios, nefelibatas. Menos mal que uno es culto y puede enumerarlos. Puercos astrales. […]

- Pero si está tan bien, Ossip Ossipovich. ¿Para qué nos vamos a engañar? No se puede vivir cerca de un titiritero de sombras, de un domador de polillas. No se puede aceptar a un tipo que pasa el día dibujando con los anillos tornasolados que hace el petróleo en el agua del Sena.” 

 - Rayuela (1963), Capítulo 31. Julio Cortázar. 

"Blue hydrangea, cold cash, divine,Cashmere, cologne and white sunshine.Red racing cars, Sunset and Vine,The kids were young and pretty.Where have you been? Where did you go?Those summer nights seem long ago,And so is the girl you used to call,The Queen of New York City.”
- Old Money. Lana Del Rey, performing in Barcelona. 

"Blue hydrangea, cold cash, divine,
Cashmere, cologne and white sunshine.
Red racing cars, Sunset and Vine,
The kids were young and pretty.

Where have you been? Where did you go?
Those summer nights seem long ago,
And so is the girl you used to call,
The Queen of New York City.”

- Old Money. Lana Del Rey, performing in Barcelona. 

(Fuente: lanadelreyandcaradelevingne)

"No lo sé. A lo mejor necesitas alejarte un tiempo de esta maldita ciudad. Quizá necesitas dejar de saber quién eres, de dónde vienes, de dónde no debiste venir". Esas palabras, traídas desde la ignorancia a la precisión, se retorcían en su mente como un afilado relámpago en el cielo desnudo. El mero contacto con la convención, con aquel ‘correcto saber hacer’ que reportaba relaciones tan miserables como el corte de conciencia de aquellos dispuestos a sostenerlas, soplaba en su nuca una angustia vomitiva, una asfixia degradante que precipitaba sus pasos hacia el nihilismo. Se asomó a la ventana del pequeño cuarto entre cuyas paredes le permitía a su cuerpo consumirse, bajo las cenizas de la luz y del ritmo frenético del tráfico. Curiosamente, había desarrollado una extraña capacidad para mantener la mente despierta en aquellos momentos en los que dejaba a merced de la inacción los escuálidos miembros que formaban su cuerpo. La completa desconexión que parecía existir entre sus brazos, sus pies, sus muslos y sus pechos podía dar de ella una imagen atroz, de autómata, de niña perdida en los laberintos de la autocompasión. Maldito retrato de la ignorancia plasmática que recorría los engranajes del cataclismo que quebraba su juventud: nada estaba más lejos de la vehemencia desinteresaba con la que su mente acuciaba, una tras otra, las ejecuciones de la verdad más mediocre y más cruel, sin bucear en las razones que la situaban a ella debajo de la guillotina. Sin orden cardinal, cordial o fatal, las causas se amontonaban en aquella pequeña habitación, parecían apilarse en los montones de ropa sucia, entre los pétalos de las flores marchitas y la podredumbre que empezaba a echar raíces en las botellas de cerveza vacías que hacían las veces de jarrón. 
Marchar. Para qué. La inutilidad de todo aquello era tan certera que era imposible huir de ella. Se arrastraba, aspiraba desde su garganta el aliento del triunfo y el amor al éxito de cualquier tipo.  Palpitaba en sus sienes como un embrión demoníaco con un latido siniestro, vinculante a la necesidad de cortar los lazos del dogma social. Ahora era una concreción, mañana sería un abstracto. Pensó en el empeño de las personas en mantener relaciones sujetas al deber, a un deber que las ahogaba en una honda insatisfacción que nacía de su misma incapacidad para presuponerse ingratas para otro ser humano. Aquello le repugnaba. ¿Qué concepción debían de tener aquellas personas de sí mismas para sentirse en el derecho de manifestar ofensa en cuanto ella, desde y en sí misma, hacía evidente su voluntad de permanecer en su soledad? Dos soledades, tres soledades, ocho, hasta veinte soledades distintas. Para qué. Seguían siendo solo una.
Sonó el timbre. Pensó que sería apropiado vestirse con algo de ropa que cubriera el desaliño que arrastraba esa heterogeneidad corpórea suya, postal y reflejo de la descomposición de su asombro perpetuado ante el mundanal ruido. Asomó por detrás de la sombra del rellano un rostro demasiado conocido, andado y reandado a vueltas con la desafección propia de la insistencia en reparar las cosas únicamente en apariencia,  dejando que la gangrena avanzara en su interior. ” Podríamos cenar algún día. Podríamos ir al Lounge, puede que ya no esté aquel camarero”. “Bueno”. “¿Qué te pasa, es que tienes algún problema conmigo?”. Sí . “No”.  ”¿Y entonces?” (…) Y aquel era el tipo de situación que deseaba evitar. Hubiera huido a cualquier lugar del mundo con tal de poder escapar tan solo de la posibilidad de perpetuación de aquellos vacíos cosidos en palabras, que siempre lidiaban a los lugares comunes de la falsa reconciliación. Lugares comunes que eran casillas de salida para volver a empezar, siempre otra vez, siempre en un bucle de solemnidad que pretendía suplantar la incomodidad por un cariño inexistente, invisible.Todo volvería a suceder de nuevo. El deberías-vivir-en-otro-sitio, el si-quieres-podríamos, el necesito-que-vayas. Para qué.
Horas más tarde decidió echarse a la calle. Aquella era una situación conocida, tan saboreada en la saciedad, que el mismo tedio por la ataraxia en su cuerpo (que no en su mente) formaba parte de su concepción, algo intrínseco a su misma esencia. Se topó con una noche sin luna, también sin ascensor, sin ganas de tener que comprobar que al día siguiente las llaves debían seguir en el bolsillo de sus pantalones después de abandonar el nido de hastío de aquel compañero que el azar quisiera brindarle. Regresó a su cuarto de mil cabezas y ninguna nota poco después de las dos de la madrugada. La noche seguía lamiendo sus propósitos de acabar con todo aquello, de largarse de las urgencias de quienes decían necesitarla y de quienes lo hacían verdaderamente, cuando la mañana despuntó en sus niñas ojerosas, tan solo socorridas de la debilidad del sueño por una taza de café más caliente que los brillos del amanecer. Quizás fuera el del sol el más amargo de los retornos. “Ya no deseo entenderlo”.
Decidió encender la radio. En una de sus salidas nocturnas para disolver la soledad en un cóctel de olvido, deseo y nitidez intelectual en un arrebato bestial de sexualidad contenida, alguien había mencionado que era conveniente asegurarse, mañana tras mañana, de que no había comenzado una nueva guerra en el mundo. Podía ser que fuera aquello lo único que ya le importase.

"No lo sé. A lo mejor necesitas alejarte un tiempo de esta maldita ciudad. Quizá necesitas dejar de saber quién eres, de dónde vienes, de dónde no debiste venir". Esas palabras, traídas desde la ignorancia a la precisión, se retorcían en su mente como un afilado relámpago en el cielo desnudo. El mero contacto con la convención, con aquel ‘correcto saber hacer’ que reportaba relaciones tan miserables como el corte de conciencia de aquellos dispuestos a sostenerlas, soplaba en su nuca una angustia vomitiva, una asfixia degradante que precipitaba sus pasos hacia el nihilismo. Se asomó a la ventana del pequeño cuarto entre cuyas paredes le permitía a su cuerpo consumirse, bajo las cenizas de la luz y del ritmo frenético del tráfico. Curiosamente, había desarrollado una extraña capacidad para mantener la mente despierta en aquellos momentos en los que dejaba a merced de la inacción los escuálidos miembros que formaban su cuerpo. La completa desconexión que parecía existir entre sus brazos, sus pies, sus muslos y sus pechos podía dar de ella una imagen atroz, de autómata, de niña perdida en los laberintos de la autocompasión. Maldito retrato de la ignorancia plasmática que recorría los engranajes del cataclismo que quebraba su juventud: nada estaba más lejos de la vehemencia desinteresaba con la que su mente acuciaba, una tras otra, las ejecuciones de la verdad más mediocre y más cruel, sin bucear en las razones que la situaban a ella debajo de la guillotina. Sin orden cardinal, cordial o fatal, las causas se amontonaban en aquella pequeña habitación, parecían apilarse en los montones de ropa sucia, entre los pétalos de las flores marchitas y la podredumbre que empezaba a echar raíces en las botellas de cerveza vacías que hacían las veces de jarrón. 

Marchar. Para qué. La inutilidad de todo aquello era tan certera que era imposible huir de ella. Se arrastraba, aspiraba desde su garganta el aliento del triunfo y el amor al éxito de cualquier tipo.  Palpitaba en sus sienes como un embrión demoníaco con un latido siniestro, vinculante a la necesidad de cortar los lazos del dogma social. Ahora era una concreción, mañana sería un abstracto. Pensó en el empeño de las personas en mantener relaciones sujetas al deber, a un deber que las ahogaba en una honda insatisfacción que nacía de su misma incapacidad para presuponerse ingratas para otro ser humano. Aquello le repugnaba. ¿Qué concepción debían de tener aquellas personas de sí mismas para sentirse en el derecho de manifestar ofensa en cuanto ella, desde y en sí misma, hacía evidente su voluntad de permanecer en su soledad? Dos soledades, tres soledades, ocho, hasta veinte soledades distintas. Para qué. Seguían siendo solo una.

Sonó el timbre. Pensó que sería apropiado vestirse con algo de ropa que cubriera el desaliño que arrastraba esa heterogeneidad corpórea suya, postal y reflejo de la descomposición de su asombro perpetuado ante el mundanal ruido. Asomó por detrás de la sombra del rellano un rostro demasiado conocido, andado y reandado a vueltas con la desafección propia de la insistencia en reparar las cosas únicamente en apariencia, dejando que la gangrena avanzara en su interior. ” Podríamos cenar algún día. Podríamos ir al Lounge, puede que ya no esté aquel camarero”. “Bueno”. “¿Qué te pasa, es que tienes algún problema conmigo?”. Sí . “No”.  ”¿Y entonces?” (…) Y aquel era el tipo de situación que deseaba evitar. Hubiera huido a cualquier lugar del mundo con tal de poder escapar tan solo de la posibilidad de perpetuación de aquellos vacíos cosidos en palabras, que siempre lidiaban a los lugares comunes de la falsa reconciliación. Lugares comunes que eran casillas de salida para volver a empezar, siempre otra vez, siempre en un bucle de solemnidad que pretendía suplantar la incomodidad por un cariño inexistente, invisible.Todo volvería a suceder de nuevo. El deberías-vivir-en-otro-sitio, el si-quieres-podríamos, el necesito-que-vayas. Para qué.

Horas más tarde decidió echarse a la calle. Aquella era una situación conocida, tan saboreada en la saciedad, que el mismo tedio por la ataraxia en su cuerpo (que no en su mente) formaba parte de su concepción, algo intrínseco a su misma esencia. Se topó con una noche sin luna, también sin ascensor, sin ganas de tener que comprobar que al día siguiente las llaves debían seguir en el bolsillo de sus pantalones después de abandonar el nido de hastío de aquel compañero que el azar quisiera brindarle. Regresó a su cuarto de mil cabezas y ninguna nota poco después de las dos de la madrugada. La noche seguía lamiendo sus propósitos de acabar con todo aquello, de largarse de las urgencias de quienes decían necesitarla y de quienes lo hacían verdaderamente, cuando la mañana despuntó en sus niñas ojerosas, tan solo socorridas de la debilidad del sueño por una taza de café más caliente que los brillos del amanecer. Quizás fuera el del sol el más amargo de los retornos. “Ya no deseo entenderlo”.

Decidió encender la radio. En una de sus salidas nocturnas para disolver la soledad en un cóctel de olvido, deseo y nitidez intelectual en un arrebato bestial de sexualidad contenida, alguien había mencionado que era conveniente asegurarse, mañana tras mañana, de que no había comenzado una nueva guerra en el mundo. Podía ser que fuera aquello lo único que ya le importase.

(Fuente: narriko, vía rumgypsy)

"De jovencita, si algún pretendiente me escribía con faltas de ortografía, aunque fuera el chico más guapo del mundo yo lo descartaba rápidamente. Me parecía horrible que un joven de 15 años cometiera faltas de ortografía. Fíjese… ¡Ahora me quedaría sin novio!"-     Ana María Maute (Barcelona, 26 de julio de 1925 – 25 de junio de 2014), para ABC. 
"De jovencita, si algún pretendiente me escribía con faltas de ortografía, aunque fuera el chico más guapo del mundo yo lo descartaba rápidamente. Me parecía horrible que un joven de 15 años cometiera faltas de ortografía. Fíjese… ¡Ahora me quedaría sin novio!"-     Ana María Maute (Barcelona, 26 de julio de 1925 – 25 de junio de 2014), para ABC. 

"De jovencita, si algún pretendiente me escribía con faltas de ortografía, aunque fuera el chico más guapo del mundo yo lo descartaba rápidamente. Me parecía horrible que un joven de 15 años cometiera faltas de ortografía. Fíjese… ¡Ahora me quedaría sin novio!"-     Ana María Maute (Barcelona, 26 de julio de 1925 – 25 de junio de 2014), para ABC

Ríe Payaso

Tal vez - pensó -  fuera de aquel modo como sonara el fin del mundo. Como el pulso de varios miles de tacones sordos bailando un tango entre penumbras apuñaladas a cuchilladas de luz;  mientras los tristes murmurios del atardecer dejaban tras de si la languidez de una ciudad castigada, entregada al cansancio en vela, el hálito de las farolas sucias y oxidadas de la metrópoli manchaba, entrecortado por las alcantarillas, las tinieblas urbanas.

Cerró los ojos y también ella se dejó llevar por aquella distancia metálica, redentora. Envuelta en los trapos de la oscuridad de sus párpados, se cercioró de que el silencio que dominaba la calle tan solo se quebraba cuando alguna ventana indiscreta quedaba cubierta por un mugriento pedazo de tela que hacía las veces de cortina en aras de una intimidad eléctrica, azul y brillante como el cielo en el instante previo al crepúsculo. Sabía que, con la mirada velada, compartía oscuridad con las sonrisas, los besos y los gritos que la falta de luz suspendía entre las paredes de aquellos paneles donde la humanidad se escondía entre cicatería lujosa, sedas y juramentos paganos. Comprendía que no era gente aquello que se arrastraba, pegajoso, húmedo, sobre el asfalto. Eran sombras atiborradas del calor sofocante que mordisqueaba con avaricia cada rincón de la urbe, cada llama de cerilla que prometía, melosa, vapores de placer a un paladar ansioso de briznas de tabaco reseco y ennegrecido. 

Con una angustia ardiente montada en un conocimiento precoz de la tumba, seguía avanzando presta, pensando si verdaderamente aquel ocaso podía ser el que parafraseara el Apocalipsis. A su lado, un par de gardenias se marchitaban como una pareja de novias de la guerra, prometidas con los fusiles que aguardaban ver regresar por el camino que ataba la iglesia, su iglesia,  al campo de batalla. Antes o después - volvió a meditar ella - aquel segundo sudoroso de verano, desesperado por devorar luces, mar y vírgenes, sería la desesperanza de la eternidad. En su peregrinación agónica por el recuerdo del día que moría en los arrabales,  trató de insuflar vida al recuerdo de los jardines y las rosaledas que ahora aparecían ante sus ojos cual esqueletos de la vida misma, esqueletos de ese inaudito querer ser agazapado en el eco de los hachazos de la mortalidad. Recordó aquella vez que, entre paños de consuelo imposible, observó cómo un grupo de mujeres trataba de despegar el cuerpo inerte de un niño muerto de los brazos de loba de su madre. Las manos de aquella mujer aprisionaban como garras ese diminuto cuerpo, al que faltaban horas, muchas horas en el vientre sembrado para haber podido sobrevivir. Nunca supo cómo ocurrió todo aquello. Tan solo que, desde aquel día,  conoció que los cauces de la existencia eran ebrios esclavos de un destino sin fe en el artificio humano de la justicia. Aún sin haber atisbado el cadáver, la sangre concentrada en las pupilas de aquel ser salvaje - medio canino medio arácnido, que había perdido al recién nacido sobre quien la naturaleza había dispuesto que volcara aquel amor animal - había tatuado para siempre las cicatrices de la morbosidad en los pedazos hirsutos de su alma resquebrajada, la de ella.

Una lenta ascensión por las laderas que abrazaban a la ciudad como a un hijo bastardo le permitió avistar a aquella a sus pies, sumida en la noche de la tragedia irreconciliable. ¡Si mil risas mortecinas hubieran resonado, irónicas, entre las atroces grietas de la mendacidad de aquel lugar, si un millón de enamorados se hubieran rasgado la piel para abortar el sufrimiento tórrido que les corría por las venas, si tan solo un niño pudiera haber vivido para desenterrar el secreto del yugo de la inocencia, y desgajarlo antes de que alguien más creyera otra vez en su sortilegio…! Quizás ni de ese modo - reflexionaba - hubiera sido posible regresar al Edén. Los hijos de Caín penetraban en las madrigueras de la metrópoli con un apacible silencio miserablemente espiritual rozándoles las carnes. Sus camas debían de estar infestadas de sueños agrios, cubiertos de sábanas en las que se acumulaba aquel calor insoportable cuya presa eran las vísceras absolutas y de violenta presencia de cada uno de sus dueños. “Queremos, queremos permanecer aquí”. Lo gritaban los pulmones, los pechos, los corazones, a bocanadas de aire mal entendido en su incapacidad de sentir el pálpito del azar, el amor por el fatalismo. La debilidad cerebral de los hijos de Caín - pensó, antes de regresar a las entrañas de Buenos Aires- precedía su abismal caída al febril caos hipodámico. 

The odor from the flower is goneWhich like thy kisses breathed on me;The color from the flower is flownWhich glowed of thee and only thee!A shrivelled, lifeless, vacant form,It lies on my abandoned breast;And mocks the heart, which yet is warm,With cold and silent rest.I weep—my tears revive it not;I sigh—it breathes no more on me:Its mute and uncomplaining lotIs such as mine should be.
Percy Bysshe Shelley

The odor from the flower is gone
Which like thy kisses breathed on me;
The color from the flower is flown
Which glowed of thee and only thee!

A shrivelled, lifeless, vacant form,
It lies on my abandoned breast;
And mocks the heart, which yet is warm,
With cold and silent rest.

I weep—my tears revive it not;
I sigh—it breathes no more on me:
Its mute and uncomplaining lot
Is such as mine should be.

Percy Bysshe Shelley

(Fuente: fatalthoughtss)

“A bitch always smokes.” He looks back at Lucy. “A bitch is the opposite of a whore. A bitch doesn’t need anybody. Or she wants people to think she doesn’t need anybody. And she smokes to prove it.”   ― C. JoyBell C.Saint Paul Trois Chateaux: 1948.

There are no good girls gone wrong - just bad girls found out” - Mae West

S’esmicola en tristesa a ritme de contrabaix. S’esmicola i es torna petita, molt petita, tan petita que algú bé podria esquinçar-la únicament amb els dits de la mà esquerra sense esmerçar-hi cap esforç. Al mateix temps, ella, abraçada a la melangia, recorda aquells anys en què s’enrojolava en haver de demanar ajuda per acaronar els pètals dels clavells que guarnien el centre de la taula el dia del seu aniversari. Ella es tanca, barra l’entrada al temps, i reclosa en si mateixa plora i recorda. Es resisteix a fer brollar una paraula en el so d’aquells nombres que tem, o a sentir alguna cosa que aconsegueixi ofegar-la en les lleres diàfanes de la memòria. Ja ni tan sols està segura de sentir res: el món gira més enllà dels seus ulls, en unes retines perplexes que no reflecteixen sinó una esperança petita, diminuta, que a cada segon que passa pren més angles monstruosos fins a esdevenir un ésser amb ales fetes de plomes de metall, ganivets, urpes roents i violentes. La renascuda bèstia se li acosta amb un somrís de vellut i li xiuxiueja a cau d’orella que mai no serà suficient, i ella és cada vegada menys, i el monstre és cada vegada més, i les hores passen, el rellotge cedeix i també ho fa el món quan la nit cau i ella no és capaç de desfer-se de la tremolor que l’abraça amb aquelles urpes malvades.
Plora sola. Ara no són els clavells allò que no pot abastar: és la religió de la voluntat, que descansa introbable a l’altra banda de la vall lluny de les misèries d’una guerra d’enemics duals sense vencedora. Qui sap si vindrà la rendició mentre ella és menys, i la resta és més; l’eterna lluita front el mirall i les aigües difoses de la veritat. S’implora davant d’ allò que és i allò que no, però ja res no importa, perquè la silueta que flameja dèbil en espirals de bogeria és tot el que mai no podrà arribar a ser. La comoditat del silenci és absoluta, i ella desitja quedar-s’hi per sempre i no haver d’explicar a ningú perquè plora amb el pensament encès i els ulls clucs. L’envolta aquella tristesa que retornarà sempre i que respira dins del seu pit amb l’alè de la nit i la vivesa de la primavera. El tro de l’horror lluita per fer-se amb ella. És la llum i la foscor de la dramatúrgia cerebral que reina en l’abisme que sobrevolen els àngels, una tragèdia massa humana per merèixer versos. Mentrestant, ella es dessagna en rius de possibilitats que s’eixamplen en una por proscrita a estimar algú o alguna cosa, perquè s’adona que l’amor és dolor en forma i matèria, en essència i substància. Ella no volia veure’s presa d’estímuls i desitjos intoxicats de retrets. En la teranyina de la naturalesa que sosté i reté les seves preses, no li ha tocat ser lliure.
Prop de la seva oïda, agafant-li els cabells i recordant-li la tenacitat que ha perdut, la bèstia li mana que se n’oblidi per sempre. Però no és el seu cos el que crema descobert sota la tortura del dubte. És la por, que oneja sota la seva pell tot fent-hi néixer escates marines que mica en mica la folren de sal, d’aigua i de cristalls d’argent. S’adona, aleshores, que no hi ha més monstre que ella mateixa. Amb una insistència malaltissa vol desfer-se’n, però per més que intenta fregar-les, sacsejar-se les ferides dels primers intents, tot és inútil. Les escates l’ofeguen, la maten i la transformen en un nus simple, estret, immune. Tots la veuen i l’observen a través d’una paret de vidre amarada de la suor de la infàmia grotesca amb què hom atrapa l’incert. Ella quasi s’ha marcit per falta d’aire, però encara viu dins seu la imatge nua del que podria haver estat: sempre perduda, sempre petita.

S’esmicola en tristesa a ritme de contrabaix. S’esmicola i es torna petita, molt petita, tan petita que algú bé podria esquinçar-la únicament amb els dits de la mà esquerra sense esmerçar-hi cap esforç. Al mateix temps, ella, abraçada a la melangia, recorda aquells anys en què s’enrojolava en haver de demanar ajuda per acaronar els pètals dels clavells que guarnien el centre de la taula el dia del seu aniversari. Ella es tanca, barra l’entrada al temps, i reclosa en si mateixa plora i recorda. Es resisteix a fer brollar una paraula en el so d’aquells nombres que tem, o a sentir alguna cosa que aconsegueixi ofegar-la en les lleres diàfanes de la memòria. Ja ni tan sols està segura de sentir res: el món gira més enllà dels seus ulls, en unes retines perplexes que no reflecteixen sinó una esperança petita, diminuta, que a cada segon que passa pren més angles monstruosos fins a esdevenir un ésser amb ales fetes de plomes de metall, ganivets, urpes roents i violentes. La renascuda bèstia se li acosta amb un somrís de vellut i li xiuxiueja a cau d’orella que mai no serà suficient, i ella és cada vegada menys, i el monstre és cada vegada més, i les hores passen, el rellotge cedeix i també ho fa el món quan la nit cau i ella no és capaç de desfer-se de la tremolor que l’abraça amb aquelles urpes malvades.

Plora sola. Ara no són els clavells allò que no pot abastar: és la religió de la voluntat, que descansa introbable a l’altra banda de la vall lluny de les misèries d’una guerra d’enemics duals sense vencedora. Qui sap si vindrà la rendició mentre ella és menys, i la resta és més; l’eterna lluita front el mirall i les aigües difoses de la veritat. S’implora davant d’ allò que és i allò que no, però ja res no importa, perquè la silueta que flameja dèbil en espirals de bogeria és tot el que mai no podrà arribar a ser. La comoditat del silenci és absoluta, i ella desitja quedar-s’hi per sempre i no haver d’explicar a ningú perquè plora amb el pensament encès i els ulls clucs. L’envolta aquella tristesa que retornarà sempre i que respira dins del seu pit amb l’alè de la nit i la vivesa de la primavera. El tro de l’horror lluita per fer-se amb ella. És la llum i la foscor de la dramatúrgia cerebral que reina en l’abisme que sobrevolen els àngels, una tragèdia massa humana per merèixer versos. Mentrestant, ella es dessagna en rius de possibilitats que s’eixamplen en una por proscrita a estimar algú o alguna cosa, perquè s’adona que l’amor és dolor en forma i matèria, en essència i substància. Ella no volia veure’s presa d’estímuls i desitjos intoxicats de retrets. En la teranyina de la naturalesa que sosté i reté les seves preses, no li ha tocat ser lliure.

Prop de la seva oïda, agafant-li els cabells i recordant-li la tenacitat que ha perdut, la bèstia li mana que se n’oblidi per sempre. Però no és el seu cos el que crema descobert sota la tortura del dubte. És la por, que oneja sota la seva pell tot fent-hi néixer escates marines que mica en mica la folren de sal, d’aigua i de cristalls d’argent. S’adona, aleshores, que no hi ha més monstre que ella mateixa. Amb una insistència malaltissa vol desfer-se’n, però per més que intenta fregar-les, sacsejar-se les ferides dels primers intents, tot és inútil. Les escates l’ofeguen, la maten i la transformen en un nus simple, estret, immune. Tots la veuen i l’observen a través d’una paret de vidre amarada de la suor de la infàmia grotesca amb què hom atrapa l’incert. Ella quasi s’ha marcit per falta d’aire, però encara viu dins seu la imatge nua del que podria haver estat: sempre perduda, sempre petita.

(Fuente: faiqualchetirochetipassa)

Beau ciel, vrai ciel, regarde-moi qui change !
Après tant d’orgueil, après tant d’étrange
Oisiveté, mais pleine de pouvoir,
Je m’abandonne à ce brillant espace,
Sur les maisons des morts mon ombre passe
Qui m’apprivoise à son frêle mouvoir.

- Paul Valéry, Cementerio marino

Todavía alcanzo a sentir los mordiscos de la lluvia y el viento sobre la piel. En algún lugar de la playa, que se extiende en nubes de asfalto a mi alrededor, llueve  con la misma furia interior que han sellado en mis entrañas.

Me vacilan las piernas al adentrarme en el agua: no van a poder sostener durante mucho tiempo más el peso tirano que añaden las lenguas del mar a los jirones de ropa que aún permanecen pegados a mis muslos. Entre un enajenamiento frágil y soñoliento, el agua se revuelca en las rocas conmigo - con un ‘mí’ que cada vez va siendo menos yo - y las manchas de sangre se hacen gruesas, rugosas y espesas por el contacto con la sal y los granos de arena que se han llevado de la orilla. Cada vez respiro con más dificultad. Trato de sostenerme la vida embrazándome la herida del vientre a garras, a violencia instintiva, pero ni el plomo puede ya impedir que el rojo manche la candidez de la luna de agua que refleja el océano.

Fue un crimen en una habitación de motel, bajo la mirada orgullosa y triunfadora de las estrellas a sabiendas de que pronto dejaríamos de brillar juntas. Trato de recordar cada detalle, su boca susurrando que es el final, que ese va a ser el final de los dos. Que jamás seré de nadie cuando la flor de metal haya germinado de los labios del revólver de cañón rayado que acaricia con ambas manos como si fuera un niño recién nacido. El ruido pronto impacta dentro de mí con una sequedad vidria que retumba en mis labios - rojos, hechos de carmín sucio -, se me agarra al cuero de la chaqueta luego de sacudirme el ombligo en una cristalina necesidad de doler. Pero apenas he notado algo más de lo que comenzaba a perder. No hubo grito. El grito está en mi cabeza, el grito es silencio en cuanto le veo muerto delante de mí, besando los labios de aquella nuestra asesina. Tienen sangre en los ojos, en las manos, en el alma y en esa mueca grotesca que tienen los muertos a los que se les atasca un pensamiento en el vacío de las mejillas, porque son uno, porque se han arrebatado el uno a la otra su último suspiro. Él yace muerto, y el arma… A ella la han despojado de su última bala. Recuerdo sábanas y lechos y gemidos y luces de terciopelo y pieles a oscuras, blancas, rojas, mares como el azul de azules que se pierde en el azul de mis ojos. 

Y ya me desvanezco. ¿Qué ha sido de mí? Un crimen de sangre vulgar bajo la complicidad del cielo y la piedad del mar. Voy recordando menos. ¿Un crimen? Cómo saberlo. Quizás un merecido castigo que el agua me recuerda y redime ofreciéndome estrellas en espuma blanca.  Ni sé si veo ángeles armados o el rostro de la propia muerte. Me lo advirtieron. Me advirtieron de que no se podía ser risa en boca de todos, porque la risa es placer y entre el placer y la nada pocos deciden apropiarse de sí mismos y dejar escapar la cara oculta de lo prohibido. La ciudad era sudorosa en verano. Él vendía algo, qué más da qué fuera, pero no era ese vivir a cuestas de la vida que tiraba de las calles y de los coches en la vulnerabilidad del poder de los débiles. Y yo…yo jamás fui buena para nada más que para sonreír de noche. Apenas si me había enamorado de alguien más que de la vida, y ahora me estoy muriendo y me pierdo en ríos que me devuelven a mí misma, que me muestran mi imagen titilando en espejos de plata que se rompen en mil pedazos y me rasgan las venas, que no son venas sino mares surcados por fantasías y monstruos y marineros con tatuajes de reflejos que me responden con sus tragedias y la mía a un tiempo. Tose mi estómago en el agua, que parece bullir en pétalos de rosas rojas. Aquella vez que me regaló flores las quemé con petróleo y una llama que olía a madera y brezo, a tarde de guerra bajo los naranjos.  Solo quiero flores secas, estrellas apagadas, no quiero enemigos, quiero que vuelvan mis brazos y mi espalda para darle el último abrazo a la vida. Se me escapa para siempre, y aun no he sentido dolor. 

Vuelven a mí sus ojos clavados en las raíces del suelo, que no eran raíces sino azulejos con árboles que empiezan a trepar por mis piernas y tiran de mí hacia abajo con las lenguas de sal. Caigo de rodillas y el mar me salpica de mi propia sangre. Por fin soy mía. Nado en mí, nado en la pasión viva que me arrebatan, que me desgaja a hilos imposibles de volver a atar. Quiero sentirlo antes de irme. Dirijo mi última voluntad en una mano medio resucitada por la lluvia y me introduzco en el laberinto de intestinos y órganos muertos que antes cubría la piel tersa, inquebrantable, de mi vientre. Y entonces, como un relámpago, sucede. Me llama y me convierte en una imagen pura de nuevo, que sangra por fin dolor en lugar de placer sobre un blanco vestido nupcial ante un altar de algas, de conchas, de sirenas y de calaveras con flores secas y velas encendidas con agua de mar brillando a centenares de metros de la superficie. Es mi funeral en el cementerio marino. En mi honor, sale de su refugio el grito, el dolor y el réquiem a la vida que parten en un trueno el cielo y el océano el uno al otro. Es como un velo rasgado, como una marioneta de madera descuartizada por un loco. Ahí viene, y a ella me entrego. Es la muerte. Un último pensamiento corona mi despedida: al menos los cuerpos velados por el agua inspiran una tristeza bella que durará siempre. 


Amor y pedagogía, Miguel de Unamuno

”- ¡Se ha enamorado!
Y cuando espera otra cosa oye la voz flemática del filósofo, que dice:
- ¡Es natural!
- Natural sí, pero…
- Pero… ¿qué?
- ¡Que no es racional!
- La naturaleza supera a la razón.
- Pero la razón debe superar a la naturaleza.
- Sale la razón de la naturaleza.
- Pero debe la naturaleza entrar en razón.
- Es el Hado […]
- ¿Y contra el Hado?
- ¡El Hado mismo!
- ¡Se ha enamorado!, ¡se ha enamorado!, ¡se ha enamorado! No vamos a tener genio…
- ¿Es que los genios no se enamoran?
- No, los genios no pueden enamorarse. […]
- Pero, ¿el mozo está enamorado abstracta o concretamente?
- No lo entiendo.
Y abre los ojos, a la espera de algo estupendo.
- Quiero decir si está enamorado de una muchacha, una mujer determinada, individual y concreta o si está enamorado tan sólo de la mujer en abstracto. […] En abstracto, sí. El amor […] no es nominalista, sino realista, no sube de lo concreto a lo abstracto, sino que baja de lo abstracto a lo concreto, es más platónico que aristotélico, empieza por enamorarse de la mujer y en cada individualización de ella no ve más que es género; sólo más tarde parece concretarse… Parece, sí, porque en realidad sólo se concreta en las pasiones heroicas, en las históricas, en las que han pasado a la leyenda, porque en ellas se concreta en absoluto lo abstracto: Julieta, Beatriz, Dido, Isabel de Segura, Carlota, Manon Lescaut, son concreto-abstractos…
- ¡Qué lío! “

Amor y pedagogía, Miguel de Unamuno

”- ¡Se ha enamorado!

Y cuando espera otra cosa oye la voz flemática del filósofo, que dice:

- ¡Es natural!

- Natural sí, pero…

- Pero… ¿qué?

- ¡Que no es racional!

- La naturaleza supera a la razón.

- Pero la razón debe superar a la naturaleza.

- Sale la razón de la naturaleza.

- Pero debe la naturaleza entrar en razón.

- Es el Hado […]

- ¿Y contra el Hado?

- ¡El Hado mismo!

- ¡Se ha enamorado!, ¡se ha enamorado!, ¡se ha enamorado! No vamos a tener genio…

- ¿Es que los genios no se enamoran?

- No, los genios no pueden enamorarse. […]

- Pero, ¿el mozo está enamorado abstracta o concretamente?

- No lo entiendo.

Y abre los ojos, a la espera de algo estupendo.

- Quiero decir si está enamorado de una muchacha, una mujer determinada, individual y concreta o si está enamorado tan sólo de la mujer en abstracto. […] En abstracto, sí. El amor […] no es nominalista, sino realista, no sube de lo concreto a lo abstracto, sino que baja de lo abstracto a lo concreto, es más platónico que aristotélico, empieza por enamorarse de la mujer y en cada individualización de ella no ve más que es género; sólo más tarde parece concretarse… Parece, sí, porque en realidad sólo se concreta en las pasiones heroicas, en las históricas, en las que han pasado a la leyenda, porque en ellas se concreta en absoluto lo abstracto: Julieta, Beatriz, Dido, Isabel de Segura, Carlota, Manon Lescaut, son concreto-abstractos…

- ¡Qué lío! “

(Fuente: sheshallhave)

CONEY ISLAND 

As holly as hell. As burning life desires drowning under deep metres of thick water. Even when the last signs of beauty shine in a vulnerable shriek of goodbye, its blue seems to be waved by some final regrets. The absolute shines in misery’s and dirtiness’s intersection like a tarnished virgin waiting for the redemption of the Gods; there is light, but no sign of divinity. The flashers of virtue seethe around the fair stands of welcome, where these soldiers of  falseness fly haughty to ask for the prize they claim to deserve. A heavy burden of guiltiness dries up the dew of the roses when they slide through their memories, pretending they have forgotten their faults.

Others are lost in a complete sea of nostalgic sadness. It is not that kind of sadness that had pushed them towards dead, nor that one that has always linked them to fear. These feelings do not matter any more, they are earthly dust left behind the sins. Air has been broken by the silence of the innocents who unconsciously had walked across the borderline of human freedom. Freedom no longer exists. All the choices made, all the self-forbidden mistakes expire in a violet evanescence of eternal peace.

They arrive, they stay forever.

It is the heaven of cursed angels.