Las camas-cebolla se hallan en los rincones más insospechados de este mundo hostil que tan solo da tregua al disparate cuando alguien trata de superarlo en la intimidad. Las camas-cebolla están hechas de calor y de frío, de corrientes cómodas con ser enemigas que imbrican unas con otras como si fueran flujos de agua o de río o de tristeza encubierta de momentos de esperanza y celos de lo que pudo haber sido. En una cama-cebolla la presencia del ser humano es tan imprescindible como esencial: de nada sirven sus capas (o tipos, niveles o grados de realidad) si no hay piel para ocuparlos y hacer de ellos un sinsentido imposible de volver a ordenar. Los ocupantes de la cama-cebolla deben saber que la razón de ser de la heterogeneidad térmica de las sábanas en las que se refugian son ellos mismos; ‘ellos’ son los responsables de brindarle el calor con sus cuerpos y el frío con sus distancias. A propósito de las sábanas, las de las camas-cebolla tienen el color de la luna y la delgadez de un suspiro. Cualquiera tentado de ennegrecerlas para ocultarse tras ellas o  engruesarlas, para conseguir así escapar de su constante aleteo, debe abstenerse de hacerlo: como la delicadeza con la que se espera que las empleen quienes han de recurrir a ellas en un momento dado, las camas-cebolla (etéreas, translúcidas y circunstanciales) han de ser respetadas y sólo podrán ser modificadas durante su uso sensu stricto. 
Pero, ¿para qué usar una cama-cebolla? La cama-cebolla debe únicamente usarse para compartir y ser compartido. El hombre y la mujer pueden acudir a ella para soñar, dormir, despejarse, llevar a cabo cualquier actividad de su agrado y disfrute o incluso enzarzar la mayor discusión jamás habida entre ellos (en tal caso, se recomienda que se tapen hasta las pestañas: es bien sabido que el acalorado ritmo de una discusión termina en la abundante soledad de la razón de uno de los miembros, que es fría y húmeda al tacto). La cama-cebolla no solo es idónea para tales fines, sino que además ofrece refugio ante las posibles y nefastas represalias que puedan derivarse de haber elegido la cama-cebolla para ponerse por vez primera, última o tercera en manos de otro. La almohada, por ejemplo, es de una concavidad ideal para ocultarse del vacío que suele dejar el desamor, que por su fragilidad tiende a acentuar las temibles y poco razonables turbaciones del espíritu  - siendo ello causa de la necesidad de acudir a la cama-cebolla con un sujeto ajeno al que causó el desengaño -. Las patas de la cama-cebolla, en cambio, sugieren todo lo contrario; a ellas se agarra la mujer o el hombre perdido que se descubre a si mismo amando en las sábanas de la cama-cebolla a un ser desconocido, en cuyo rostro es capaz de sentir la llegada de la primavera, la amabilidad de las nubes y la sonrisa, el origen y la música del Universo. 
El último refugio que ofrece la cama-cebolla es, obviamente, su corazón. Parece hecho de pañuelos o de gasa, pero su consistencia es quizás menos blanca y más tierna. Basta con un pequeño golpe con el dedo índice para que sus paredes tiemblen como la llama de una vela bajo el viento, mostrándoles el camino de entrada a aquellos que a ellas llaman. Sin embargo, en el corazón de las camas-cebolla uno no puede ni debe entrar solo, a riego de sentir la mayor insatisfacción que acaso pueda sacudir la delgada alma del hombre. Ese corazón, una vez abierto, se convierte en el hogar de los amores correspondidos; es por eso que su estructura es totalmente simétrica. Habitualmente, los afortunados que consiguen entrar en el corazón de la cama-cebolla han tenido que acudir con anterioridad a su almohada o a sus patas, a menudo debido a alguna interacción anterior con un compañero distinto (aunque, en casos raros, el compañero puede haber sido siempre el mismo, estuviera o no presente en la cama-cebolla). Llegados al corazón, los amantes deben situarse el uno frente al otro, de modo que no exista diferencia alguna entre sus cuerpos. En el corazón de las camas-cebolla tan solo debe haber piel; ropas, enjuagues y otras fatalidades de la civilización no están permitidas. Entonces, sus inquilinos serán uno, porque la estructura de la cama se cerrará alrededor de ellos, uniéndoles en un ahora, un ayer, un mañana y un pasado del que muy, muy difícilmente van a poder escapar. Y esa es, al fin y al cabo, la última y verdadera razón por la que, si se ama, la cama-cebolla es el mejor de los sitios para demostrarlo.
 

Las camas-cebolla se hallan en los rincones más insospechados de este mundo hostil que tan solo da tregua al disparate cuando alguien trata de superarlo en la intimidad. Las camas-cebolla están hechas de calor y de frío, de corrientes cómodas con ser enemigas que imbrican unas con otras como si fueran flujos de agua o de río o de tristeza encubierta de momentos de esperanza y celos de lo que pudo haber sido. En una cama-cebolla la presencia del ser humano es tan imprescindible como esencial: de nada sirven sus capas (o tipos, niveles o grados de realidad) si no hay piel para ocuparlos y hacer de ellos un sinsentido imposible de volver a ordenar. Los ocupantes de la cama-cebolla deben saber que la razón de ser de la heterogeneidad térmica de las sábanas en las que se refugian son ellos mismos; ‘ellos’ son los responsables de brindarle el calor con sus cuerpos y el frío con sus distancias. A propósito de las sábanas, las de las camas-cebolla tienen el color de la luna y la delgadez de un suspiro. Cualquiera tentado de ennegrecerlas para ocultarse tras ellas o  engruesarlas, para conseguir así escapar de su constante aleteo, debe abstenerse de hacerlo: como la delicadeza con la que se espera que las empleen quienes han de recurrir a ellas en un momento dado, las camas-cebolla (etéreas, translúcidas y circunstanciales) han de ser respetadas y sólo podrán ser modificadas durante su uso sensu stricto

Pero, ¿para qué usar una cama-cebolla? La cama-cebolla debe únicamente usarse para compartir y ser compartido. El hombre y la mujer pueden acudir a ella para soñar, dormir, despejarse, llevar a cabo cualquier actividad de su agrado y disfrute o incluso enzarzar la mayor discusión jamás habida entre ellos (en tal caso, se recomienda que se tapen hasta las pestañas: es bien sabido que el acalorado ritmo de una discusión termina en la abundante soledad de la razón de uno de los miembros, que es fría y húmeda al tacto). La cama-cebolla no solo es idónea para tales fines, sino que además ofrece refugio ante las posibles y nefastas represalias que puedan derivarse de haber elegido la cama-cebolla para ponerse por vez primera, última o tercera en manos de otro. La almohada, por ejemplo, es de una concavidad ideal para ocultarse del vacío que suele dejar el desamor, que por su fragilidad tiende a acentuar las temibles y poco razonables turbaciones del espíritu  - siendo ello causa de la necesidad de acudir a la cama-cebolla con un sujeto ajeno al que causó el desengaño -. Las patas de la cama-cebolla, en cambio, sugieren todo lo contrario; a ellas se agarra la mujer o el hombre perdido que se descubre a si mismo amando en las sábanas de la cama-cebolla a un ser desconocido, en cuyo rostro es capaz de sentir la llegada de la primavera, la amabilidad de las nubes y la sonrisa, el origen y la música del Universo. 

El último refugio que ofrece la cama-cebolla es, obviamente, su corazón. Parece hecho de pañuelos o de gasa, pero su consistencia es quizás menos blanca y más tierna. Basta con un pequeño golpe con el dedo índice para que sus paredes tiemblen como la llama de una vela bajo el viento, mostrándoles el camino de entrada a aquellos que a ellas llaman. Sin embargo, en el corazón de las camas-cebolla uno no puede ni debe entrar solo, a riego de sentir la mayor insatisfacción que acaso pueda sacudir la delgada alma del hombre. Ese corazón, una vez abierto, se convierte en el hogar de los amores correspondidos; es por eso que su estructura es totalmente simétrica. Habitualmente, los afortunados que consiguen entrar en el corazón de la cama-cebolla han tenido que acudir con anterioridad a su almohada o a sus patas, a menudo debido a alguna interacción anterior con un compañero distinto (aunque, en casos raros, el compañero puede haber sido siempre el mismo, estuviera o no presente en la cama-cebolla). Llegados al corazón, los amantes deben situarse el uno frente al otro, de modo que no exista diferencia alguna entre sus cuerpos. En el corazón de las camas-cebolla tan solo debe haber piel; ropas, enjuagues y otras fatalidades de la civilización no están permitidas. Entonces, sus inquilinos serán uno, porque la estructura de la cama se cerrará alrededor de ellos, uniéndoles en un ahora, un ayer, un mañana y un pasado del que muy, muy difícilmente van a poder escapar. Y esa es, al fin y al cabo, la última y verdadera razón por la que, si se ama, la cama-cebolla es el mejor de los sitios para demostrarlo.

 

(Fuente: jazzbruce)

« - Eres cruel, tío Horacio. Sabes perfectamente que para mí la cosa más difícil y dura es despertarme. Pertenezco a la familia de los gatos, a los que les gusta mucho dormir. Y también a la familia de los leones, que duermen veinte horas al día.
[…]
- Explícate, Dominitza. Pero hazlo rápidamente, pues no es este un momento para disertaciones. ¿Qué te ocurre? ¿Has perdido el juicio? Explícate. 
- No hay nada que explicar, tío Horacio.
- ¡Cómo! ¿dices que no hay nada que explicar?
- Las cosas que no son razonables no pueden explicarse. Sólo se pueden constatar. Eso es todo. 
- ¿Así, simplemente, se las constata..?
- Se constata que las cosas son así. Sin explicar por qué. La razón no puede explicar lo que va contra la razón. En los asuntos sin razón esta no sirve para nada. Es como en el amor, que también es algo irracional. O en materia de fe. Como Dios. No se explica a Dios. No se le describe. Se constata su presencia. Se le vive. Sin comprenderle. Si Hormuz no viene yo me quedo aquí. Eso es todo lo que tengo que decir.»
Dios sólo recibe los domingos, C.Virgil Cheorghiu

« - Eres cruel, tío Horacio. Sabes perfectamente que para mí la cosa más difícil y dura es despertarme. Pertenezco a la familia de los gatos, a los que les gusta mucho dormir. Y también a la familia de los leones, que duermen veinte horas al día.

[…]

- Explícate, Dominitza. Pero hazlo rápidamente, pues no es este un momento para disertaciones. ¿Qué te ocurre? ¿Has perdido el juicio? Explícate. 

- No hay nada que explicar, tío Horacio.

- ¡Cómo! ¿dices que no hay nada que explicar?

- Las cosas que no son razonables no pueden explicarse. Sólo se pueden constatar. Eso es todo. 

- ¿Así, simplemente, se las constata..?

- Se constata que las cosas son así. Sin explicar por qué. La razón no puede explicar lo que va contra la razón. En los asuntos sin razón esta no sirve para nada. Es como en el amor, que también es algo irracional. O en materia de fe. Como Dios. No se explica a Dios. No se le describe. Se constata su presencia. Se le vive. Sin comprenderle. Si Hormuz no viene yo me quedo aquí. Eso es todo lo que tengo que decir.»

Dios sólo recibe los domingos, C.Virgil Cheorghiu

(vía h0wlingatheforest)

Y de repente, todo empieza a desmoronarse. Las piezas del rompecabezas caen como si la física hubiera dejado de suspenderlas con el mismo milagro lógico con el que se encadenan los huesos de la serpiente, y la pecera se hace más pequeña, la ventana se aleja, el agua les termina de separar por completo de la superficie, del aire o del sol, de los nidos celestes que oscilan en el milagro de luz que va perdiéndose  por momentos. El mundo se tambalea y por un instante todo se deshace sin que nadie pueda llevarse nada  prestado, esconderlo en cajas de juguetes llenas de monstruos o de soldados de plomo sin pierna, y poder resguardarlo de una multitud que se mira y se devora con juicios desorbitados y encendidos de sueño.  Desfallecen y se adormecen dentro de sus cabezas cuando creen que nadie les va a ver. Todos los ojos son desconocidos, y las miradas se clavan las unas en las otras, cuando despiertan del letargo de ese movimiento que les aleja de donde vivieron, con la incomodidad de la cordialidad, del saberse compañeros arbitrarios de un mareo, o un vómito, o algo que no debería de suceder pero sucede y que no está en manos de nadie parar. No se encontraron ni van a encontrarse en los restos de algo que no les corresponde ocupar, pero en lo que aún así bucean como alguien lo haría entre los compases de un vals con un partenaire equivocado. Los pusieron juntos, y no pueden agarrarse. Se desvanecen. Son cuerdas de guitarra que para cuando consiguen formar un acorde son rasgadas por la mano de quien las dirige. No hay cielo, porque no existe el límite de la pérdida de la cordura entre el sonido y la imagen. La velocidad es ciega y suena como las paredes que no hablan, los gigantes que nacen siendo molinos y  los corazones que sin ver todavía sienten. Todo es mar, y ellos nadan y se ahogan. Caen como el polvo lo hace sobre sus huesos en los abismos de la nada marina. Y luego vienen otros, y otros, y la nada deja de serlo para volverse una angustia, o un centenar de angustias que trepa por las estrechas paredes de una pecera, los cristales rotos de una ventana o un río que serpentea alrededor del cuello de sus víctimas.
Fuera, alguien tirita de frío. Pero no les importa. En realidad, en la laguna de la velocidad que nos arroja tan lejos de nosotros mismos, nada jamás importa. 

Y de repente, todo empieza a desmoronarse. Las piezas del rompecabezas caen como si la física hubiera dejado de suspenderlas con el mismo milagro lógico con el que se encadenan los huesos de la serpiente, y la pecera se hace más pequeña, la ventana se aleja, el agua les termina de separar por completo de la superficie, del aire o del sol, de los nidos celestes que oscilan en el milagro de luz que va perdiéndose por momentos. El mundo se tambalea y por un instante todo se deshace sin que nadie pueda llevarse nada prestado, esconderlo en cajas de juguetes llenas de monstruos o de soldados de plomo sin pierna, y poder resguardarlo de una multitud que se mira y se devora con juicios desorbitados y encendidos de sueño.  Desfallecen y se adormecen dentro de sus cabezas cuando creen que nadie les va a ver. Todos los ojos son desconocidos, y las miradas se clavan las unas en las otras, cuando despiertan del letargo de ese movimiento que les aleja de donde vivieron, con la incomodidad de la cordialidad, del saberse compañeros arbitrarios de un mareo, o un vómito, o algo que no debería de suceder pero sucede y que no está en manos de nadie parar. No se encontraron ni van a encontrarse en los restos de algo que no les corresponde ocupar, pero en lo que aún así bucean como alguien lo haría entre los compases de un vals con un partenaire equivocado. Los pusieron juntos, y no pueden agarrarse. Se desvanecen. Son cuerdas de guitarra que para cuando consiguen formar un acorde son rasgadas por la mano de quien las dirige. No hay cielo, porque no existe el límite de la pérdida de la cordura entre el sonido y la imagen. La velocidad es ciega y suena como las paredes que no hablan, los gigantes que nacen siendo molinos y  los corazones que sin ver todavía sienten. Todo es mar, y ellos nadan y se ahogan. Caen como el polvo lo hace sobre sus huesos en los abismos de la nada marina. Y luego vienen otros, y otros, y la nada deja de serlo para volverse una angustia, o un centenar de angustias que trepa por las estrechas paredes de una pecera, los cristales rotos de una ventana o un río que serpentea alrededor del cuello de sus víctimas.

Fuera, alguien tirita de frío. Pero no les importa. En realidad, en la laguna de la velocidad que nos arroja tan lejos de nosotros mismos, nada jamás importa. 

(Fuente: naturae, vía sorrireaacenar)

HIERRO, CEMENTO Y CRISTAL

CAPÍTULO VIII

Tea for two estaba en el aire cuando Lady Miller levantó la mirada del noticiario que ocupaba su atención para saludar a Donald Graf. No había ningún aparato radiofónico en la habitación, por lo que la aristócrata supuso que la hilera de palabras enzarzadas en un romanticismo de tocado y sombrero de copa que se había empezado a deslizar hacia el interior del reservado debía deberse necesariamente a una desafortunada iniciativa del propietario del local de armonizar Queens con algo de música. 
- Por todos los santos, Charles. Venimos de un funeral. Ve y diles que quiten esa música. 
Éluard saludó con un golpe de cabeza a Graf y se levantó presto hacia el mostrador de el Astoria’s. Aunque también él reconocía una cruel sátira del destino en la casualidad de que justamente aquel tema se hubiera perfilado en el reservado - clamando una farsa tan inverosímil en la promiscuidad americana que habían sembrado aquellas cinco primeras primaveras de los locos años veinte como la posibilidad de que algún neoyorquino declinara el café en pos del té -, percibió en las palabras de Catherine Miller una incomodidad que iba más allá de la jocosa estética de aquello. En otra circunstancia, en otro país, quizás en algún otro distrito de la Gran Manzana, el cinismo habría tomado la palabra y Charles habría permanecido sentado en su butaca, acariciando sus brazos de ante negro. Sin embargo, no en Queens: un lugar hecho de ladrillo, que nacía de la putrefacción de la expectativa parasitada por el tiempo; un lugar donde el moho era la mejor flor  que el hipotético intérprete de un Tea for two en el vecindario podía ofrecer a su adorada, rota y sucia doncella. 
- Parece que el silencio sienta mejor con lo que sea que hayamos venido a hacer aquí. 
- Escúchame, Donald. Ayer no terminé de contártelo todo. Yo… Hablé con Minnie antes de que la asesinaran.
- Antes de que muriera, querrás decir.
Donald sabía perfectamente que detrás de la muerte de Minnie Geaks se escondía la mano negra de su marido, algo que, además de estar suscrito por su instinto, encajaba con la realidad y las piezas del festín que yacía sobre la mesa del reservado del Astoria’s, esperando a ser cuadrado por los allí presentes. Pero Graf conocía el oficio de la construcción de las historias, y sabía que los testigos, cuando se sabían con la necesidad de ser creídos, componían y narraban sus vivencias con una lucidez lógica inexistente antes de su verbalización. Y aquello era lo que quería obtener de Lady Miller. 
- Sólo respóndeme a una cosa: ¿mandaste a Simon anteayer a mi casa, acaso? 
- No lo hice. Rose te lo hizo saber. 
Éluard, que había identificado la técnica de Graf en cuanto la escena del interrogatorio entre el veterano periodista y Lady Miller se había compuesto ante sus ojos con la misma dureza de un cuadro de Edward Hopper, decidió alzarse en una tregua que serenara a Catherine Miller y que reforzara la intensidad de los disparos de su interlocutor. 
- Quizás, Catherine, si nos lo cuentas desde el principio, podamos llegar a entender mejor qué sucede. 
Lady Miller suspiró y se alzó de la butaca en la que había estado reposando su angustia. Mientras trataba de buscar en el mueble bar del reservado los ingredientes necesarios para prepararse otra copa, trazó un significado entre los hechos, la singularidad de su percepción y los lazos que los unían y estrechaban su relación causal. 
- De acuerdo. Éluard recordará cómo Minnie Geaks y yo empezamos con mal pie, en parte gracias al poder que ejerció sobre ella Mrs. Samper en nuestra primera conversación. Esa noche en Allen Street supe de la estrecha relación que había entre los Samper y los Geaks, más allá de cualquiera de las habladurías que pudiera haber escuchado sobre los vínculos entre ellos a raíz de lo ocurrido en Detroit con Samper Industries hacía dos meses. Recuerdo que después de la velada Simon me trajo a casa, tal y como tú, Donald, habías acordado con él; y fue entonces cuando lo vi: un pequeño tatuaje de un escorpión en su muñeca, igual al que vi, pocos días después, en la muñeca de Remy Geaks la primera y última vez que visité a Minnie en su casa. Por eso, en cuanto vi a Simon en frente de mi apartamento, no dudé en relacionarle con Remy Geaks. No creo en las casualidades; no cuando tengo a alguien con traumatismos casi mortales en mi sofá. No en Nueva York.
- Háblame de por qué sentiste cierta inclinación a entablar una relación con Minnie. 
- Charles me instó a ello. No le agradaba que la sociedad infiriera una mala relación, y que por extensión yo acabara haciéndolo, entre Mrs. Geaks, a quien él apreciaba, y yo. Recuerdo perfectamente cómo aquella tarde en el 53 de Park Place vi en Minnie a una mujer completamente distanta de la que había relucido ante mis ojos con una la estupidez de la belleza vacía en la fiesta de Allen Street. De algún modo, supe ganarme su confianza, y ella la mía a partir de entonces. Esa misma tarde mencionó algo de lo que apenas volvimos a hablar en nuestros encuentros posteriores: Minnie le había preguntado a Remy acerca de unos papeles que había encontrado en algún lugar de la casa, pensando que quizás eran algún tipo de advertencia o amenaza para su imagen de político intachable. Adivinad a qué nombre aparecían. 
Donald torció el gesto en un instante de comprensión absoluta e irreversible. 
- Stadius&Co. El grupo con más acciones de Samper Industries. - El par de cubos de hielo que se deshacían en el vaso de Graf, pues Lady Miller había tenido la delicadeza de hacer extensiva su intención de paliar su sed a la de los presentes, chocaron en un arbitrario pero acertado aplauso a la intervención del propietario de The Brooklyn’s Herald.
- Pero, ¿por qué aquellos papeles habrían de llamarle la atención a una joven sin apenas ningún conocimiento de las andanzas de Remy Geaks y Roy Samper?
- Stadius&Co posee una gran cantidad de locales de ocio en todos los rincones del mundo. Minnie, en su ingenuidad y dulce determinación de querer ayudar a su marido, ni siquiera pensó que pudiera tratarse de algo más que una advertencia sutil o una amenaza interesada de que, digamos, Remy Geaks se había dejado ver demasiado por antros que no casaban con su pulcritud tan republicanamente conservadora. Él se puso furioso; y la  ira le llevó a confesar el asunto que me enemistó a mí con ella y Mrs. Samper en la fiesta de Allen Street: Remy llevaba meses engañándola. 
- Menudo idiota. Quién en su sano juicio desperdiciaría a una mujer como Minnie. 
Graf y Lady Miller intercambiaron una mirada fugaz  que no pasó desapercibida a Éluard; el belga no tardó en entender que su incapacidad para concebir a la mujer como diana de deseo  traicionaba su juicio y lo reducía a lo único que no podría haber ignorado jamás un poeta: la belleza. Pronto aquel que en su adolescencia había traducido al Bardo trató de enmendar la incomodidad de la situación generada, especialmente porque desconocía si Graf habría oído hablar de su inclinación sexual anteriormente o si, de lo contrario,  había sido en aquel preciso instante cuando había atado todos los cabos sueltos.  ”Malditos americanos retrógrados”, pensó. En un caso u otro, la consideración que su naturaleza le podía merecer a un conservador judío de Brooklyn era una incógnita algo transparente que no ansiaba despejar, y la mejor salida posible a la avalancha de juicios que flotaban en el reservado esmeralda en torno de su persona era retomar el camino a la cuestión que les ocupaba. 
- Dime, Catherine. ¿Nunca volviste a hablar con Minnie de nada relacionado con Stadius&Co? Casi me parece extraño. 
- Muchas veces estuve tentada de hacerlo. Pero, ¿cómo arrancar a aquella criatura del mundo de ilusión que ambas construíamos en nuestras charlas, sabiendo que en cuanto regresara a casa debía enfrentarse a la jaula de ignorancia en la que su marido la tenía presa? Pensé que era de más relevancia salvarla de ser toda su vida una esclava de los lujos y las sedas que no hacerle indagar en los orígenes de sus cadenas de oro. Yo supe de primera mano como se las gasta Remy Geaks aquel día en el 53 de Park Place. 
Éluard parecía convencido por el relato de su fiel compañera, pero Graf, que incluso se negaba a acomodarse en la butaca para mantenerse firme en su faceta de escepticismo, siguió interrogando a la aristócrata en busca de la evidencia irrefutable.
- Pero, si las humillaciones y las vejaciones eran parte del matrimonio de Mrs, Geaks, ¿qué fue lo que precipitó que su esposo perdiera el control el día de la muerte de Minnie?
- Minnie sugirió que quería impresionarme. Aunque no lo dijera de ese modo, casi me pareció leer en sus palabras que ansiaba tener algo que brindarnos a Charles y a mí. Pese a ser una de las mujeres mejor reputadas de todo Manhattan, pese a poseer una belleza deslumbrante enfundada en una figura grácil y esbelta, Minnie tenía un gran complejo de inferioridad. Dijo que quería complacerme, sentí que algo en su interior le susurraba que nuestra relación estaba descompensada. – Lady Miller había empezado a sentir bajo sus párpados una acidez amarga que pronto se torno sal en sus labios, cuando las primeras lágrimas resbalaron por eldulce camino de sus mejillas.
Éluard se acercó hacia la aristócrata. Donald Graf tomó asiento.
- Minnie Geaks empezó a guardar copias de todos los documentos que llegaban a su domicilio a nombre de Stadius&Co. Dudo que su intención fuera descubrir las andanzas de Remy, probablemente la pobre ni sabía de la magnitud de lo que tenía entre las manos. Simplemente sabía que era algo por lo que yo sentía curiosidad, y ello le bastó para considerarlo importante.
- Minnie siempre te admiró, Catherine. Desde el principio tuvo una fe desmesurada en ti, en tus ideas, en tu forma de ver el mundo. Fuiste el reflejo de los sueños de su alma.  - En algún rincón de la suya, Éluard intuyó que pronto necesitaría una copa, y en cuanto vio a Catherine Miller serenarse se dirigió con cautela hacia el mueble bar.
- Catherine, ¿dónde están esos papeles?
- Esos papeles, Donald, fueron la causa de que Minnie recibiera una paliza del animal de su marido. Los papeles desaparecieron de la casa de los Geaks poco después de que Remy se cerciorara de lo que su esposa andaba tramando, pero ese cabrón no fue quien los sustrajo. Remy le destrozó el rostro pensando que así conseguiría averiguar el paradero de la carpeta de terciopelo rojo donde Minnie los guardaba, pero  todo fue en vano: ni ella misma sabía dónde estaban.  Tendríais que haber visto cómo la dejó.
Graf suspiró.
- Maldita sea. No podemos probarlo si nadie la vio. El supuesto accidente de coche no dejó restos mortales de ninguno de los pasajeros del coche… Sin embargo, hay algo que no entiendo. Suponiendo que por alguna razón existiera algún vínculo entre Simon y Remy Geaks (lo cual es social y estadísticamente poco probable), Minnie se marchó de Brooklyn por la puerta trasera de tu casa en un taxi de camino a la de Éluard. Si Geaks no la estaba siguiendo, no me explico en qué momento su esposa se subió al coche de la familia conducido por su chófer personal en el que finalmente murió. 
- Minnie sabía el riesgo que corría. Creedme, cuando uno siente el dolor en la piel, en el rostro y en la deformidad de los huesos abultados y manchados de sangre, no ignora ni el mínimo señal de peligro. Nunca se hubiera subido al coche de los Geaks sin que nadie la hubiera obligado a ello.
Graf analizó la situación. Hasta aquel punto, la historia se sostenía gracias al testimonio de Catherine Miller. Él la creía, Éluard la creía, y probablemente cualquier persona con dos dedos de razón y uno de whisky también lo haría. Desgraciadamente, en los juzgados uno debía presentarse sobrio. Faltaban evidencias. Faltaba encajar cómo Geaks había conseguido que Minnie se montara en el coche que después habría de volar por los aires. Y, ante todo, faltaba saber dónde se hallaba la carpeta de terciopelo rojo y las pruebas incriminatiorias que contenía.
Éluard estaba ojeando la prensa: recomendaciones para las inversiones en Wall Street, dos incendios en el Bronx, aumento de impuestos sobre las bebidas alcohólicas (“Maldita sea, pronto ni podremos beber tranquilos”), dos ancianas querelladas contra el estado de Nueva York por el mal estado de unos pavimentos de algún callejón hogar de gatas y prostitutas, éxito en la reproducción de los pavos reales en cautividad del zoo de Long Island (“Demonios, esos bichos también crían. Me pregunto si los polluelos son tan lindos como los adultos, en tal caso…”Ce voyageur ailé, comme il est gauche et veule!”), identificados dos criminales entre los más buscados de Estados Unidos en una rueda de reconocimiento (“Reconocimiento. Eso es”).
El antaño escritor pero siempre poeta alzó sus ojos del noticiario.
- Catherine, ¿cómo podía saber Remy Geaks que tu asociarías a Simon con él, y no con Graf? ¿Alguna vez supo de tu relación con él?
- No, Charles, yo no recuerdo…. – Lady Miller cerró los ojos con una furia impasible. – Hijo de la grandísima puta.
El cristal del vaso se estrelló contra una de las lámparas más cercanas a la cortina de entrada al reservado. Catherine Miller trató de controlar la velocidad de sus pensamientos, pero todos ellos había comenzado a encajar de una forma irreversible, demasiado lúcida para ensuciarla aún con la transfiguración de las palabras. Graf, aunque preocupado y consternado por la actitud de su protegida, se alegró de que por fin su técnica empezara a dar resultados.
- Aquella vez en su casa. Fue entonces. Amenazó con mover hilos para que me extraditaran de los Estados Unidos o me repatriasen. Él creyó que yo solo disponía de la nacionalidad inglesa, por el tratamiento aristocrático con el que siempre me debía haber oído tratar. Y yo… No pude resistir la tentación de restregarle su repugnante prepotencia.
- Déjame averiguarlo: le dijiste que eras de la rama de los ‘Miller’ judíos de Brooklyn.  No te preocupes, querida; llego a ser yo, y le pongo hasta en duda la castidad de su madre. En cierto modo fuiste moderada.
Graf, que no sentía especial deseo de confraternizar con Éluard, decidió mantenerse alejado del plano jocoso de la conversación. El veterano periodista no tenía nada personal en su contra, pero su estilo de vida y algo licenciosas preferencias iban contra las estrictas reglas sobre las que él mismo había edificado su imperio: conservadurismo, conservadurismo y más conservadurismo. A pesar de ello, Doland sabía que su infundado berrinche tan solo duraría algunos minutos más. Preocuparse de la vida de los demás era algo que tan solo tenía cabida en la suya cuando las existencias de los sujetos objetos de chismorreo tenían algún valor periodístico.  Y, por el momento, la de Éluard no estaba en el punto de mira.
-  No hay tantos Miller en Nueva York. Si Geaks estaba al caso de que te relacionabas con su mujer, algo que probablemente supo pero mantuvo en secreto para no despertar sospechas, es probable que te investigara. Tu padre trabajó conmigo en The Brooklyn’s Herald, y cualquiera en Manhattan sabe que cuando he viajado a Europa ha sido o por trabajo o para visitarte a ti y a tus padres cuando aun vivían. No es un secreto que Graf y Miller son dos apellidos que llevan mucho tiempo unidos en Brooklyn, como tampoco lo es que a mi edad ya no conduzco automóviles.  Y, dado que una aristócrata jamás pisaría el suburbano de la Gran Manzana, no es difícil argüir que tú conocías a Simon por cortesía de un viejo amigo de tu familia. Además, Catherine Miller, si tienes fama de algo es de mujer fatal, brillante y observadora.  Geaks supuso que tras algunos viajes con Simon te habrías fijado en su tatuaje. Tu sentido de la corrección y del decoro europeamente traídos a la materia social te habrían impedido preguntar nada sobre su significado, pero ante la posibilidad de que alguien dañara a Minnie, lo habrías deducido todo. Habrías sospechado una relación, y, creyéndote un paso por delante, Remy Geaks hubiera podido tenderte una trampa.
- Es cierto, mon amie. Habría sido tan fácil como asegurarse de que Minnie saliera por la puerta de atrás y no por la vigilada por Simon. Ahí, un taxi pagado o conducido por alguno de los secuaces de Geaks  la hubiera secuestrado y posteriormente hubiera orquestado la escena del crimen obligándola a montarse en el coche conducido por su chófer. Y después, boom. Adiós a Tea for two.
Catherine Miller se sostenía la cabeza entre las manos, mientras la visión se le deshacía entre el verde de las paredes que abrazaban sus cavilaciones. Faltaba aún algo más.
- Pero aún sigo sin entender qué relación había entre Simon y Geaks que permitiera a ese maldito bastardo manipularle.
- No olvides, Cathy, que aún regento uno de los diarios más importantes de Nueva York. Para un político en ciernes como Remy Geaks hubiera sido interesante tener algún tipo de acceso a mis asuntos privados a través de alguien.
Por ‘asuntos privados’, Graf no solo se refería al dominio intachable que ejercía sobre todas y cada una de las publicaciones diarias de The Brooklyn’s Herald, desde las reseñas sobre los últimos estrenos de Boradway hasta el seguimiento exhaustivo de todas las elecciones municipales, estatales y nacionales. Donald Graf era el líder en la sombra del lobby judío; en otras palabras, no había un solo político en todos los Estados Unidos que pudiera financiar una campaña electoral sin antes haberle hecho un par de visitas amables en Brooklyn. No en vano las tartas de Rose Graf solían ser objeto de elogio en numerosas conversaciones en el Capitolio.
-  Simon… – prosiguió Graf – Simon llevaba una mala temporada. Tú le conociste exactamente cuando empezaba a hacer demasiados meses que se comportaba de manera extraña.
Éluard sonrió, y tras un breve estudio de la fachada del director de The Brooklyn’s Herald, visiblemente cansada y con restos de sudor en su usualmente blanca e impoluta camisa, decidió que había llegado el momento de disparar a muerte, apretando el gatillo con una sonrisa ladina.
- Mr. Graf… ¿Ha venido usted en coche?
HIERRO, CEMENTO Y CRISTAL
CAPÍTULO VIII

Tea for two estaba en el aire cuando Lady Miller levantó la mirada del noticiario que ocupaba su atención para saludar a Donald Graf. No había ningún aparato radiofónico en la habitación, por lo que la aristócrata supuso que la hilera de palabras enzarzadas en un romanticismo de tocado y sombrero de copa que se había empezado a deslizar hacia el interior del reservado debía deberse necesariamente a una desafortunada iniciativa del propietario del local de armonizar Queens con algo de música. 

- Por todos los santos, Charles. Venimos de un funeral. Ve y diles que quiten esa música. 

Éluard saludó con un golpe de cabeza a Graf y se levantó presto hacia el mostrador de el Astoria’s. Aunque también él reconocía una cruel sátira del destino en la casualidad de que justamente aquel tema se hubiera perfilado en el reservado - clamando una farsa tan inverosímil en la promiscuidad americana que habían sembrado aquellas cinco primeras primaveras de los locos años veinte como la posibilidad de que algún neoyorquino declinara el café en pos del té -, percibió en las palabras de Catherine Miller una incomodidad que iba más allá de la jocosa estética de aquello. En otra circunstancia, en otro país, quizás en algún otro distrito de la Gran Manzana, el cinismo habría tomado la palabra y Charles habría permanecido sentado en su butaca, acariciando sus brazos de ante negro. Sin embargo, no en Queens: un lugar hecho de ladrillo, que nacía de la putrefacción de la expectativa parasitada por el tiempo; un lugar donde el moho era la mejor flor  que el hipotético intérprete de un Tea for two en el vecindario podía ofrecer a su adorada, rota y sucia doncella. 

- Parece que el silencio sienta mejor con lo que sea que hayamos venido a hacer aquí. 

- Escúchame, Donald. Ayer no terminé de contártelo todo. Yo… Hablé con Minnie antes de que la asesinaran.

- Antes de que muriera, querrás decir.

Donald sabía perfectamente que detrás de la muerte de Minnie Geaks se escondía la mano negra de su marido, algo que, además de estar suscrito por su instinto, encajaba con la realidad y las piezas del festín que yacía sobre la mesa del reservado del Astoria’s, esperando a ser cuadrado por los allí presentes. Pero Graf conocía el oficio de la construcción de las historias, y sabía que los testigos, cuando se sabían con la necesidad de ser creídos, componían y narraban sus vivencias con una lucidez lógica inexistente antes de su verbalización. Y aquello era lo que quería obtener de Lady Miller. 

- Sólo respóndeme a una cosa: ¿mandaste a Simon anteayer a mi casa, acaso? 

- No lo hice. Rose te lo hizo saber. 

Éluard, que había identificado la técnica de Graf en cuanto la escena del interrogatorio entre el veterano periodista y Lady Miller se había compuesto ante sus ojos con la misma dureza de un cuadro de Edward Hopper, decidió alzarse en una tregua que serenara a Catherine Miller y que reforzara la intensidad de los disparos de su interlocutor. 

- Quizás, Catherine, si nos lo cuentas desde el principio, podamos llegar a entender mejor qué sucede. 

Lady Miller suspiró y se alzó de la butaca en la que había estado reposando su angustia. Mientras trataba de buscar en el mueble bar del reservado los ingredientes necesarios para prepararse otra copa, trazó un significado entre los hechos, la singularidad de su percepción y los lazos que los unían y estrechaban su relación causal. 

- De acuerdo. Éluard recordará cómo Minnie Geaks y yo empezamos con mal pie, en parte gracias al poder que ejerció sobre ella Mrs. Samper en nuestra primera conversación. Esa noche en Allen Street supe de la estrecha relación que había entre los Samper y los Geaks, más allá de cualquiera de las habladurías que pudiera haber escuchado sobre los vínculos entre ellos a raíz de lo ocurrido en Detroit con Samper Industries hacía dos meses. Recuerdo que después de la velada Simon me trajo a casa, tal y como tú, Donald, habías acordado con él; y fue entonces cuando lo vi: un pequeño tatuaje de un escorpión en su muñeca, igual al que vi, pocos días después, en la muñeca de Remy Geaks la primera y última vez que visité a Minnie en su casa. Por eso, en cuanto vi a Simon en frente de mi apartamento, no dudé en relacionarle con Remy Geaks. No creo en las casualidades; no cuando tengo a alguien con traumatismos casi mortales en mi sofá. No en Nueva York.

- Háblame de por qué sentiste cierta inclinación a entablar una relación con Minnie. 

- Charles me instó a ello. No le agradaba que la sociedad infiriera una mala relación, y que por extensión yo acabara haciéndolo, entre Mrs. Geaks, a quien él apreciaba, y yo. Recuerdo perfectamente cómo aquella tarde en el 53 de Park Place vi en Minnie a una mujer completamente distanta de la que había relucido ante mis ojos con una la estupidez de la belleza vacía en la fiesta de Allen Street. De algún modo, supe ganarme su confianza, y ella la mía a partir de entonces. Esa misma tarde mencionó algo de lo que apenas volvimos a hablar en nuestros encuentros posteriores: Minnie le había preguntado a Remy acerca de unos papeles que había encontrado en algún lugar de la casa, pensando que quizás eran algún tipo de advertencia o amenaza para su imagen de político intachable. Adivinad a qué nombre aparecían. 

Donald torció el gesto en un instante de comprensión absoluta e irreversible. 

- Stadius&Co. El grupo con más acciones de Samper Industries. - El par de cubos de hielo que se deshacían en el vaso de Graf, pues Lady Miller había tenido la delicadeza de hacer extensiva su intención de paliar su sed a la de los presentes, chocaron en un arbitrario pero acertado aplauso a la intervención del propietario de The Brooklyn’s Herald.

- Pero, ¿por qué aquellos papeles habrían de llamarle la atención a una joven sin apenas ningún conocimiento de las andanzas de Remy Geaks y Roy Samper?

- Stadius&Co posee una gran cantidad de locales de ocio en todos los rincones del mundo. Minnie, en su ingenuidad y dulce determinación de querer ayudar a su marido, ni siquiera pensó que pudiera tratarse de algo más que una advertencia sutil o una amenaza interesada de que, digamos, Remy Geaks se había dejado ver demasiado por antros que no casaban con su pulcritud tan republicanamente conservadora. Él se puso furioso; y la  ira le llevó a confesar el asunto que me enemistó a mí con ella y Mrs. Samper en la fiesta de Allen Street: Remy llevaba meses engañándola. 

- Menudo idiota. Quién en su sano juicio desperdiciaría a una mujer como Minnie. 

Graf y Lady Miller intercambiaron una mirada fugaz  que no pasó desapercibida a Éluard; el belga no tardó en entender que su incapacidad para concebir a la mujer como diana de deseo  traicionaba su juicio y lo reducía a lo único que no podría haber ignorado jamás un poeta: la belleza. Pronto aquel que en su adolescencia había traducido al Bardo trató de enmendar la incomodidad de la situación generada, especialmente porque desconocía si Graf habría oído hablar de su inclinación sexual anteriormente o si, de lo contrario,  había sido en aquel preciso instante cuando había atado todos los cabos sueltos.  ”Malditos americanos retrógrados”, pensó. En un caso u otro, la consideración que su naturaleza le podía merecer a un conservador judío de Brooklyn era una incógnita algo transparente que no ansiaba despejar, y la mejor salida posible a la avalancha de juicios que flotaban en el reservado esmeralda en torno de su persona era retomar el camino a la cuestión que les ocupaba. 

- Dime, Catherine. ¿Nunca volviste a hablar con Minnie de nada relacionado con Stadius&Co? Casi me parece extraño. 

- Muchas veces estuve tentada de hacerlo. Pero, ¿cómo arrancar a aquella criatura del mundo de ilusión que ambas construíamos en nuestras charlas, sabiendo que en cuanto regresara a casa debía enfrentarse a la jaula de ignorancia en la que su marido la tenía presa? Pensé que era de más relevancia salvarla de ser toda su vida una esclava de los lujos y las sedas que no hacerle indagar en los orígenes de sus cadenas de oro. Yo supe de primera mano como se las gasta Remy Geaks aquel día en el 53 de Park Place. 

Éluard parecía convencido por el relato de su fiel compañera, pero Graf, que incluso se negaba a acomodarse en la butaca para mantenerse firme en su faceta de escepticismo, siguió interrogando a la aristócrata en busca de la evidencia irrefutable.

- Pero, si las humillaciones y las vejaciones eran parte del matrimonio de Mrs, Geaks, ¿qué fue lo que precipitó que su esposo perdiera el control el día de la muerte de Minnie?

- Minnie sugirió que quería impresionarme. Aunque no lo dijera de ese modo, casi me pareció leer en sus palabras que ansiaba tener algo que brindarnos a Charles y a mí. Pese a ser una de las mujeres mejor reputadas de todo Manhattan, pese a poseer una belleza deslumbrante enfundada en una figura grácil y esbelta, Minnie tenía un gran complejo de inferioridad. Dijo que quería complacerme, sentí que algo en su interior le susurraba que nuestra relación estaba descompensada. – Lady Miller había empezado a sentir bajo sus párpados una acidez amarga que pronto se torno sal en sus labios, cuando las primeras lágrimas resbalaron por eldulce camino de sus mejillas.

Éluard se acercó hacia la aristócrata. Donald Graf tomó asiento.

- Minnie Geaks empezó a guardar copias de todos los documentos que llegaban a su domicilio a nombre de Stadius&Co. Dudo que su intención fuera descubrir las andanzas de Remy, probablemente la pobre ni sabía de la magnitud de lo que tenía entre las manos. Simplemente sabía que era algo por lo que yo sentía curiosidad, y ello le bastó para considerarlo importante.

- Minnie siempre te admiró, Catherine. Desde el principio tuvo una fe desmesurada en ti, en tus ideas, en tu forma de ver el mundo. Fuiste el reflejo de los sueños de su alma.  - En algún rincón de la suya, Éluard intuyó que pronto necesitaría una copa, y en cuanto vio a Catherine Miller serenarse se dirigió con cautela hacia el mueble bar.

- Catherine, ¿dónde están esos papeles?

- Esos papeles, Donald, fueron la causa de que Minnie recibiera una paliza del animal de su marido. Los papeles desaparecieron de la casa de los Geaks poco después de que Remy se cerciorara de lo que su esposa andaba tramando, pero ese cabrón no fue quien los sustrajo. Remy le destrozó el rostro pensando que así conseguiría averiguar el paradero de la carpeta de terciopelo rojo donde Minnie los guardaba, pero  todo fue en vano: ni ella misma sabía dónde estaban.  Tendríais que haber visto cómo la dejó.

Graf suspiró.

- Maldita sea. No podemos probarlo si nadie la vio. El supuesto accidente de coche no dejó restos mortales de ninguno de los pasajeros del coche… Sin embargo, hay algo que no entiendo. Suponiendo que por alguna razón existiera algún vínculo entre Simon y Remy Geaks (lo cual es social y estadísticamente poco probable), Minnie se marchó de Brooklyn por la puerta trasera de tu casa en un taxi de camino a la de Éluard. Si Geaks no la estaba siguiendo, no me explico en qué momento su esposa se subió al coche de la familia conducido por su chófer personal en el que finalmente murió. 

- Minnie sabía el riesgo que corría. Creedme, cuando uno siente el dolor en la piel, en el rostro y en la deformidad de los huesos abultados y manchados de sangre, no ignora ni el mínimo señal de peligro. Nunca se hubiera subido al coche de los Geaks sin que nadie la hubiera obligado a ello.

Graf analizó la situación. Hasta aquel punto, la historia se sostenía gracias al testimonio de Catherine Miller. Él la creía, Éluard la creía, y probablemente cualquier persona con dos dedos de razón y uno de whisky también lo haría. Desgraciadamente, en los juzgados uno debía presentarse sobrio. Faltaban evidencias. Faltaba encajar cómo Geaks había conseguido que Minnie se montara en el coche que después habría de volar por los aires. Y, ante todo, faltaba saber dónde se hallaba la carpeta de terciopelo rojo y las pruebas incriminatiorias que contenía.

Éluard estaba ojeando la prensa: recomendaciones para las inversiones en Wall Street, dos incendios en el Bronx, aumento de impuestos sobre las bebidas alcohólicas (“Maldita sea, pronto ni podremos beber tranquilos”), dos ancianas querelladas contra el estado de Nueva York por el mal estado de unos pavimentos de algún callejón hogar de gatas y prostitutas, éxito en la reproducción de los pavos reales en cautividad del zoo de Long Island (“Demonios, esos bichos también crían. Me pregunto si los polluelos son tan lindos como los adultos, en tal caso…”Ce voyageur ailé, comme il est gauche et veule!”), identificados dos criminales entre los más buscados de Estados Unidos en una rueda de reconocimiento (“Reconocimiento. Eso es”).

El antaño escritor pero siempre poeta alzó sus ojos del noticiario.

- Catherine, ¿cómo podía saber Remy Geaks que tu asociarías a Simon con él, y no con Graf? ¿Alguna vez supo de tu relación con él?

- No, Charles, yo no recuerdo…. – Lady Miller cerró los ojos con una furia impasible. – Hijo de la grandísima puta.

El cristal del vaso se estrelló contra una de las lámparas más cercanas a la cortina de entrada al reservado. Catherine Miller trató de controlar la velocidad de sus pensamientos, pero todos ellos había comenzado a encajar de una forma irreversible, demasiado lúcida para ensuciarla aún con la transfiguración de las palabras. Graf, aunque preocupado y consternado por la actitud de su protegida, se alegró de que por fin su técnica empezara a dar resultados.

- Aquella vez en su casa. Fue entonces. Amenazó con mover hilos para que me extraditaran de los Estados Unidos o me repatriasen. Él creyó que yo solo disponía de la nacionalidad inglesa, por el tratamiento aristocrático con el que siempre me debía haber oído tratar. Y yo… No pude resistir la tentación de restregarle su repugnante prepotencia.

- Déjame averiguarlo: le dijiste que eras de la rama de los ‘Miller’ judíos de Brooklyn.  No te preocupes, querida; llego a ser yo, y le pongo hasta en duda la castidad de su madre. En cierto modo fuiste moderada.

Graf, que no sentía especial deseo de confraternizar con Éluard, decidió mantenerse alejado del plano jocoso de la conversación. El veterano periodista no tenía nada personal en su contra, pero su estilo de vida y algo licenciosas preferencias iban contra las estrictas reglas sobre las que él mismo había edificado su imperio: conservadurismo, conservadurismo y más conservadurismo. A pesar de ello, Doland sabía que su infundado berrinche tan solo duraría algunos minutos más. Preocuparse de la vida de los demás era algo que tan solo tenía cabida en la suya cuando las existencias de los sujetos objetos de chismorreo tenían algún valor periodístico.  Y, por el momento, la de Éluard no estaba en el punto de mira.

-  No hay tantos Miller en Nueva York. Si Geaks estaba al caso de que te relacionabas con su mujer, algo que probablemente supo pero mantuvo en secreto para no despertar sospechas, es probable que te investigara. Tu padre trabajó conmigo en The Brooklyn’s Herald, y cualquiera en Manhattan sabe que cuando he viajado a Europa ha sido o por trabajo o para visitarte a ti y a tus padres cuando aun vivían. No es un secreto que Graf y Miller son dos apellidos que llevan mucho tiempo unidos en Brooklyn, como tampoco lo es que a mi edad ya no conduzco automóviles.  Y, dado que una aristócrata jamás pisaría el suburbano de la Gran Manzana, no es difícil argüir que tú conocías a Simon por cortesía de un viejo amigo de tu familia. Además, Catherine Miller, si tienes fama de algo es de mujer fatal, brillante y observadora.  Geaks supuso que tras algunos viajes con Simon te habrías fijado en su tatuaje. Tu sentido de la corrección y del decoro europeamente traídos a la materia social te habrían impedido preguntar nada sobre su significado, pero ante la posibilidad de que alguien dañara a Minnie, lo habrías deducido todo. Habrías sospechado una relación, y, creyéndote un paso por delante, Remy Geaks hubiera podido tenderte una trampa.

- Es cierto, mon amie. Habría sido tan fácil como asegurarse de que Minnie saliera por la puerta de atrás y no por la vigilada por Simon. Ahí, un taxi pagado o conducido por alguno de los secuaces de Geaks  la hubiera secuestrado y posteriormente hubiera orquestado la escena del crimen obligándola a montarse en el coche conducido por su chófer. Y después, boom. Adiós a Tea for two.

Catherine Miller se sostenía la cabeza entre las manos, mientras la visión se le deshacía entre el verde de las paredes que abrazaban sus cavilaciones. Faltaba aún algo más.

- Pero aún sigo sin entender qué relación había entre Simon y Geaks que permitiera a ese maldito bastardo manipularle.

- No olvides, Cathy, que aún regento uno de los diarios más importantes de Nueva York. Para un político en ciernes como Remy Geaks hubiera sido interesante tener algún tipo de acceso a mis asuntos privados a través de alguien.

Por ‘asuntos privados’, Graf no solo se refería al dominio intachable que ejercía sobre todas y cada una de las publicaciones diarias de The Brooklyn’s Herald, desde las reseñas sobre los últimos estrenos de Boradway hasta el seguimiento exhaustivo de todas las elecciones municipales, estatales y nacionales. Donald Graf era el líder en la sombra del lobby judío; en otras palabras, no había un solo político en todos los Estados Unidos que pudiera financiar una campaña electoral sin antes haberle hecho un par de visitas amables en Brooklyn. No en vano las tartas de Rose Graf solían ser objeto de elogio en numerosas conversaciones en el Capitolio.

-  Simon… – prosiguió Graf – Simon llevaba una mala temporada. Tú le conociste exactamente cuando empezaba a hacer demasiados meses que se comportaba de manera extraña.

Éluard sonrió, y tras un breve estudio de la fachada del director de The Brooklyn’s Herald, visiblemente cansada y con restos de sudor en su usualmente blanca e impoluta camisa, decidió que había llegado el momento de disparar a muerte, apretando el gatillo con una sonrisa ladina.

- Mr. Graf… ¿Ha venido usted en coche?

"Sometimes the world we have is not the world we want. But we have our hearts and our imaginations to make the best of it.”

Cuando despiertes

Fue difícil tratar de olvidar cómo ocurrió todo. Sencillamente, adquirió una perpetuidad que no se correspondía con la dimensión sentimental del asunto, acaso ni siquiera con la risueña alegría con la que suelen recordarse las anécdotas que alguien salva de la fatalidad con un curioso final feliz. No volvías. La cinta en el contestador había dejado de tener sentido a la cuarta hora de esperar tu llegada. No pienses que escribo esto porque entienda o deje de entender lo que pasó. Siéndote sincera, ni siquiera quiero que pienses nada. Dios sabe que  siempre nos ha ido mejor cuando no hemos pensado.

No recuerdo a qué dijiste que salías, tan solo sé que llovía, que llovía como nunca lo había hecho y que yo tenía miedo de que a la mañana siguiente nos encontráramos ratas muertas por la calle cuando saliéramos a comprar el periódico. Saldríamos a por la prensa y nos toparíamos de nuevo con aquella señora que traía un perro y el pelo canoso, y volverías a mirar a la muchacha del quiosco con aquellos ojos con los que me solías mirar a mí tiempo atrás, cuando iba a verte a tu casa con ese vestido azul que siempre consiguió robarte la voluntad de los ojos. Esos ojos que entonces eran tan míos. No creas que me importa, de veras. Puedo no ser sincera cuando hablo de las flores, del tiempo o de los autores que tanto mimas en tus ediciones de cuero, pero lo soy cuando hablo de ti, del único modo en que consigo conjugar un nosotros. Por eso, por esa transparencia que es tan poco mía y tan tuya, me temo que voy a tener que empezar a dejar de hacerlo.

Sabes que a mí las palabras no me asustan. De otro modo, jamás nos hubiésemos conocido. Fue en una playa del norte. Sé que no pudimos tener un comienzo mejor, y quizás por eso nunca esperé que pudieras irte sin más durante una noche de lluvia. Hubiera sido un final demasiado dramático para nosotros, que siempre nos vanagloriamos de no molestar ni a las palomas con nuestros murmullos de enamorados perdidos. ¡Cómo, cómo nos hemos ido yendo siempre hacia a la deriva! Mi triste capitán sin tripulación, eternamente en busca de una brújula de sueños, sigo sin entender por qué se me clavó tan adentro que te fueras aquella noche. Volviste, claro que volviste. Siempre lo haces porque necesitas llorarme a la hora del almuerzo. Quieres pensar que has vuelto porque nos queremos, porque vive en algún lugar entre nosotros la misma marea que saqueó la arena de San Sebastián ese verano en el norte. Con los años, he aprendido a sentir tu aliento aquí detrás mientras escribo. Piensas que no tengo razón, y, en cierto modo, no la tengo. Claro que nos queremos, pero lo vamos haciendo cada vez más fuera de nosotros. Con languidez, con respeto, con el triste lazo de sabernos nuestros eternamente.

Aunque no recuerdo por qué marchaste, mi memoria lleva asegurando durante mucho tiempo el momento de tu llegada. Ahora no te rías: trata de tomarme en serio como lo harías si te estuviera hablando de aquellas listas interminables de cosas por hacer que solíamos escribir por escribir en los rincones de la ciudad que reía y reía de nuestra inocencia. “Mírala, como se divierte”. Y tú no lo sabías, pero no hablabas conmigo, sino con los semáforos, los horarios y los brillos urbanos que jugaban con nosotros. Yo… no dejaba de ser parte de todo aquello, una parte imprescindible o prescindible, pero parte al fin y al cabo. Si me escuchases, ahora que han transcurrido algunos días desde la lluvia y me miras escribir desde la cama con ojos de cansancio blandiendo una ineludible exigencia de ejercicio de tu derecho a apagar las luces, serías tú el que se reiría. Lo que no llegarás a saber es que tampoco esa risa será nunca tuya. Ni siquiera tú, con tus victorias y tus miedos,  puedes volver adónde jamás has estado. 

 Hace tiempo que añoro las discusiones contigo; lo cual no deja de ser curioso, ya que no recuerdo que las hayamos tenido nunca. Lo de San Sebastián, por ejemplo, no pueden considerarse discusiones: no eran peleas habladas. Conversábamos hasta altas horas de la madrugada por aquellas calles más frías que bien puestas, y no disentíamos con las palabras, sino con los ojos. Con el negro del de ambos encauzábamos una fiera disputa en la que tu me desnudabas, arrojabas mi vestido a las olas de la playa y me pedías que me marchara para luego poder perseguirme. Y si me cazabas, lo hacías con concesiones benevolentes a mi falta de actitud para poder huir. Puede que todo esto tan solo sea el sueño que tenía ocupado el mío cuando te colaste entre las sábanas y la lluvia, al poco de volver de adondequiera que hubieses ido esa noche. Puede que realmente haya ocurrido, no quiero saberlo en cuanto despierte. El pasado siempre se me antojó tan remoto que incluso cuando verdaderamente estuvo ahí creí confundirlo con algo que ya hacía tiempo que debiera de haber sucedido.

Te has ido tantas veces después de aquella… Parece imposible que siempre hayas vuelto. Y que al día siguiente me hayas vuelto a querer entre tus brazos, esos brazos que son como las raíces del mar o como las olas (esas olas, mi capitán) de las ramas de los árboles. Cualquiera que leyera estas palabras pensaría que entre las paredes de vidrio en las que se reparte nuestra casa se alternan los papeles de loca y loco, adúltero y adúltera, con la arbitrariedad dicharachera de las funciones que nunca van a ser estrenadas. Qué equivocados estarían, y qué lejos de nosotros, que ya en San Sebastián estábamos tan cerca de ser lo que tanto veníamos echando de menos. Desde dentro de nosotros mismos, mas también desde la certeza aislada del cínico humor providencial que entrañan las equivocaciones. Me gusta, sin embargo, que seamos un error alongado. Me gusta con un ardor que a veces me asusta, pues es esa misma satisfacción de saber que aún nos mantenemos en la cuerda floja la que me recuerda cuán sensato es el temor a caer.

Supongo que mañana te despertarás temprano como haces cada sábado, avisándome con un beso soplado de que abandonas ese mullido lugar donde conjuramos artimañas y ruegos en contra de la cortesía y la buena educación. Sólo por las mañanas eres un caballero. Eso, tú desenvaina ahora esa risa tuya y déjala correr. Tan solo he dejado estas cuartillas al lado de la puerta para que sepas que aquella noche quise que volvieras. Sé que no lo entiendes, pero siento que debo decírtelo para que sigas haciéndolo sin preguntarte el porqué. No tiembles, no me mires mientras duermo como si siguiera siendo una pobre criatura esperando ser rescatada de algún quiasmo malogrado. Incluso si acabas de hacerlo, pídeme perdón sin que nadie lo sepa. Pídemelo como yo te lo pido por haber pensado, sólo por esa noche, que aquella vez no ibas a volver.

Bocetos
Permanecía solo en la ventana, alejado del mundo y con la luna bailándole en los ojos como las velas blancas de un barco recién zarpado a la mar. La oscuridad inundaba su ser de un modo turbador: su rostro no era su rostro, acaso no era ni siquiera un rostro. Tampoco eran suyas las manos que sujetaban como garras, como raíces regadas por las lágrimas de las musas, una pluma maltrecha que soplaba trazos en tinta sobre unas cuartillas manchadas de desilusión. En un cuarto incluso más pequeño que su sombra, esta se le clavaba a lo largo del torso, devuelta y traída una vez tras otra por las luces del callejón en el que debían andar aullando sus demonios. Los ángulos de aquellas sombras, sus vórtices acelerados y disueltos en las latitudes de las letras que ocultaban, se esparcían a su alrededor devorándole el juicio. Escribía como si del vigor o de la hombría de su pluma dependiera el embalsamamiento del dolor del mundo o del suyo propio. Escribía  apresuradamente: parecía que el tiempo hubiera anunciado su final por adelantado entre alguna de las nubes de aquella luctuosa madrugada en Londres. 
- ¿Sueñas? - una voz a medio camino entre el infierno y el recuerdo, la de ella, intentó arrancarle de la perdición que ahuyentaba su conciencia y la instaba a marcharse a colonizar los campos del alma, dejando para aquello que le poseía los de los cueros. 
 La lucha entre la verdad y la mentira (el papel y la ventana, quizás la ventana y el papel, era pronto para saberlo) nublaba las tinieblas del mundo. La oscuridad era preferible, pero alguna vez tendría que mirar al mundo sin su mecenazgo. Cuando por fin abrió los ojos, la noche, ojereosa, auscultó la voz de mujer que aún temblaba en la habitación desde las cuencas de un escritor con el corazón roto. 
- Siempre, siempre que escribo sueño. De no ser así, tú no estarías todavía aquí, susurrándome mis propias palabras.

Bocetos

Permanecía solo en la ventana, alejado del mundo y con la luna bailándole en los ojos como las velas blancas de un barco recién zarpado a la mar. La oscuridad inundaba su ser de un modo turbador: su rostro no era su rostro, acaso no era ni siquiera un rostro. Tampoco eran suyas las manos que sujetaban como garras, como raíces regadas por las lágrimas de las musas, una pluma maltrecha que soplaba trazos en tinta sobre unas cuartillas manchadas de desilusión. En un cuarto incluso más pequeño que su sombra, esta se le clavaba a lo largo del torso, devuelta y traída una vez tras otra por las luces del callejón en el que debían andar aullando sus demonios. Los ángulos de aquellas sombras, sus vórtices acelerados y disueltos en las latitudes de las letras que ocultaban, se esparcían a su alrededor devorándole el juicio. Escribía como si del vigor o de la hombría de su pluma dependiera el embalsamamiento del dolor del mundo o del suyo propio. Escribía  apresuradamente: parecía que el tiempo hubiera anunciado su final por adelantado entre alguna de las nubes de aquella luctuosa madrugada en Londres. 

- ¿Sueñas? - una voz a medio camino entre el infierno y el recuerdo, la de ella, intentó arrancarle de la perdición que ahuyentaba su conciencia y la instaba a marcharse a colonizar los campos del alma, dejando para aquello que le poseía los de los cueros. 

 La lucha entre la verdad y la mentira (el papel y la ventana, quizás la ventana y el papel, era pronto para saberlo) nublaba las tinieblas del mundo. La oscuridad era preferible, pero alguna vez tendría que mirar al mundo sin su mecenazgo. Cuando por fin abrió los ojos, la noche, ojereosa, auscultó la voz de mujer que aún temblaba en la habitación desde las cuencas de un escritor con el corazón roto. 

- Siempre, siempre que escribo sueño. De no ser así, tú no estarías todavía aquí, susurrándome mis propias palabras.

(vía my-starrysky)

HIERRO, CEMENTO Y CRISTAL 
 CAPÍTULO VII
"Requiem aeternam dona eis". Los violines acompañaban al canto a través de los túneles de la gigantesca girola de la catedral de Saint John the Divine, donde se retorcían y enroscaban como serpientes poseídas por la gracia del Apocalipsis. Regadas por soplos de luz partida en vidrieras de colores, incontables bóvedas de crucería se entrelazaban en un sepulcro aéreo que coronaba el reino de los cielos en roca que era el santuario donde se oficiaba aquella triste mañana de agosto el funeral de Minnie Geaks.  La catedral servía como matriz a la música de redoble sinfónico, que acompañaba el luto de los presentes a media luz y en un lecho de incienso; arropándolos con la sinceridad de sus paredes denudas, con la inmortalidad de cada gesto torturado en la piedra y con la santidad de las decenas de pináculos que les señalaban a quien debían rogar para obtener consuelo y paz por la pérdida de algo más que un vida: la pérdida de la seguridad de la compasión de Dios hacia sus hijos en una ciudad maldita, dirigida por el hombre, por la banal pasión de ser.
“Domine, et lux perpetua luceat eis.” Charles Éluard miró a su alrededor y trató de borrar de su semblante el rastro de horror que le succionaba desde los primeros pliegos de carne de su ombligo hasta la espina dorsal. La trenza de voces que se proyectaba desde el altar hacia todos los rincones de la que era la mayor catedral de la iglesia anglicana en el mundo provocaba en él una desesperada necesidad de permanecer a salvo del espectro divino que parecía filtrarse en los colores que tejían una alfombra a lo largo del transepto en finas láminas de luz. Esa sensación de vulnerabilidad ante lo  superior - el sentirse una cría de pájaro quemándose en su nido de pino y viéndose obligada a volar hacia lo que siempre temió -  solía venir acompañada de cantos gregorianos durante su infancia en Bélgica. La magnificencia de la religión -  el peso de la cera, la inmaculada pureza de las sonatas y la musicalidad lechosa del latín - le agradaban en su significación mística y mítica;  sin embargo, la sensación intuitiva de que todo ello aquello iba a caer  como el derrumbo de una montaña de sal y granizo en un juicio absoluto e irremediable sobre él, al margen de su propia concepción de la justicia, la bondad y el pecado, insuflaba en él un miedo incontrolable a permanecer en las iglesias. Fuera de ellas, todo se desvanecía con tan solo una excepción: en las noches más solitariamente acompañadas, la oscuridad palpitaba en la conciencia de Charles Éluard con un solo reclamo: “Dios lo ve todo, Dios lo sabe todo”.
“Te decet hymnus,Deus, in Sion”. Las hileras de asistentes que se extendían a lo largo del templo parecían hormigas reunidas ante un mendrugo de pan o un trozo de melocotón podrido. Todos ellos vestían de un riguroso negro y movían sus extremidades con la inquietud que genera el sabido deber de la inmovilidad y el silencio - ambos mezclados en un molde sacramental no exento de influencia social- como muestra de respeto al dolor. Con la mirada inserta en el ataúd cual insecto roído por el instinto, Remy Geaks permanecía impasible y ajeno a las muestras de compasión que allegados y desconocidos trataban de hacerle llegar. Su rostro se veía visiblemente cansado, incluso empobrecido por la incapacidad de dar una respuesta diferente a las mismas palabras de consuelo que se repetían una vez tras otra. Roy Samper y Mrs.Samper habían sido las últimas personas en dirigirse a él para darle el pésame. Éluard, cinco o seis filas por detrás, observó con cierto interés cómo, mientras tanto, el joven Daniel Samper permanecía apoyado  contra los fríos muros de la catedral con la mirada desencajada. Ni siquiera se había tomado la molestia de escoger una corbata oscura.
"Votum in Jerusalem". Alguien se movía entre la sombras sistemáticamente estudiadas del edificio. Alguien con interés a no ser reconocido, y a mantenerse neutral en la farsa que estaba a punto de acontecer  en forma de palabrería vacía, curiosidad disfrazada de respeto decoroso y rituales ancestrales desprovistos de la tan necesaria verdad que algunos querían que fuese enterrada con Minnie Geaks. Alguien que debía estar allí, pero que ansiaba no tener que aparecer sin que hubiera un reclamo para hacerlo. Sus delgados y finos dedos huesudos, cuyo blanco parecía arrastrársele a lo largo de la piel como si de un mismo cadáver se tratase, se deslizaban con cuidado por una superficie suave. Era exactamente el mismo tejido aterciopelado que revestía las paredes y el interior del sagrario: también en su color pervivía el de la sangre de Dios. En una suspensión rítmica del réquiem, que aún resbalaba por las santas paredes de Saint John the Divine, la carpeta de terciopelo rojo que sujetaban aquellos dedos cayó al suelo, atrayendo hacia su portador las miradas de las filas más cercanas al absidiolo donde este trataba de ocultarse. Unos ojos conocidos se toparon fugazmente con los suyos. Y, en ese preciso instante, Henry Pinaud trasladó su preocupación por si alguna mirada indiscreta había podido identificar la carpeta que sostenía entre las manos (que había quedado a salvo de la visión de cualquiera por una de las columnatas de la catedral) a si aquellos ojos - aquellos endemoniadamente conocidos ojos - habían tenido tiempo suficiente para identificarle y, como siempre habían hecho en los últimos diez años, maldecir de nuevo su presencia.
"Exaudi orationem meam, ad te omnis caro veniet." Fuera de la nave, Lady Miller fumaba el tercero de los cigarrillos de la mañana desde que la misa había comenzado a pesar sobre las frías espaldas de aquel verano. Cómo asistir a aquel funeral, sabiendo que tan solo era una patraña para evitar el mayor escándalo que habría salpicado la política neoyorquina en los últimos años. Aquello ya se había convertido en una cuestión personal para Catherine Miller: no porque fuera necesario esperar para poder destapar todo por lo que Minnie había luchado y perdido la vida, ni por la profunda culpabilidad que la aristócrata sentía por haber instado a la fallecida Mrs. Geaks a que abandonara su casa en busca de un lugar más seguro (lanzándola así al viaje que habría puesto fin a su vida), sino porque tan solo ella conocía la potencialidad de carácter que las manos de Remy Geaks habían segado. Oficialmente, Minnie Geaks había muerto en un accidente fortuito que había hecho volar por los aires el coche en el que ella viajaba, conducido por el chófer de los Geaks. Ambos habían muerto en la explosión causada por un posible fallo en el motor que todavía estaba siendo certificado  por los peritos del estado de Nueva York, ocurrida mientras Minnie se dirigía al estreno de No, No, Nanette en Broadway. Apenas habían quedado restos mortales de las dos víctimas. Desolado y en primera portada del vespertino de aquella tarde, un abatido Remy Geaks aún conservaba intacta la entrada reservada a su mujer para el show que tuvo que abandonar apenas conoció la noticia de su muerte. Una declaración del mismo descansaba al pie de la falsamente espontánea fotografía, lamentándose de lo mucho que Minnie Geaks había estado esperando la estrena de aquella comedia musical.  
“Domine,et lux perpetua luceat eis”. En contra del luto que parecía ostentar toda la ciudad, o al menos la parte de ella que podía permitirse pasar los fines de semana paseando por Central Park o comprando detalles para el hogar en la Quinta Avenida, los últimos versos del Requiem de Mozart también sonaban en otro funeral al que ningún periodista en activo parecía querer prestar atención. No obstante, y resguardado en uno de los últimos bancos de madera agrietada de la iglesia de Our Lady of Solace, un pequeño templo rezagado del fervor americano de los años 20 situado en el 731 de Morris Park Avenue (The Bronx), el viejo Donald Graf se mantenía en pie frente a lo que le había traído ante el féretro desnudo que contenía el cadáver del chófer de los Geaks: la noticia. Una larga carrera al frente de uno de los periódicos de más renombre de la ciudad había suficiente para que el anciano judío detectara ciertas anomalías en la narración de la muerte de Minnie Geaks, sospechas que habían sido confirmadas cuando, a la medianoche siguiente del supuesto accidente, Catherine Miller había llamado a su puerta siendo el mismo rostro de la fatiga, el cansancio y la desesperación. Rose la había arropado como tantas veces habían hecho en su presencia los Miller, cuando las cenas de cortesía se alargaban demasiado o una botella de vino a medias brindaba la excusa perfecta para dirigir las charlas de sobremesa  de los adultos a arenas movedizas no en vano vetadas a la infancia. A la madrugada siguiente, Lady Miller se había marchado antes de que Donald Graf o su hermana hubieran podido dar cuenta de su estado, pero la aristócrata había dejado una nota instando al retirado periodista a reunirse con ella y Charles Éluard en una pequeña cafetería de Queens después del funeral de Minnie.  Entre tanto, Graf se había propuesto averiguar en qué circunstancias había ocurrido el fallo de motor, y si los técnicos que debían examinarlo podían ser coaccionados con facilidad por Geaks. Lo había visto tantas veces. En una ciudad en la que hombres y mujeres debían trabajar de sol a sol para procurarse un techo bajo el que dormir, la honradez y la transparencia no solían ser una prioridad si costaban el propio sustento. Remy Geaks o sus secuaces fácilmente podrían haber amenazado a los peritos con despidos o males mayores si aquellos hubiesen estado dispuestos a no dar un parte favorable a la opinión del prometedor político. Ni siquiera hubiera sido necesario mencionar la verdadera razón por la que era imprescindible que la verdad no saliera a la luz. Hubiera bastado con dejar claro que la atención mediática sobre la tragedia personal de un gestor de la vida pública no sería bienvenida bajo ninguna circunstancia. 
Los feligreses comenzaban a abandonar Saint John the Divine cuando el primer relámpago abrió los cielos de Nueva York. Aspirando con apremio los restos de su último cigarrillo, Lady Miller se había refugiado en uno de los pórticos de la iglesia a la espera de avistar a Charles Éluard e informarle de la cita concertada con Graf. Los paraguas negros desfilaban por la Quinta Avenida como hongos a lomos de arañas capaces de desplazarse bajo la lluvia sin ahogarse. Remy Geaks fue de los últimos en salir de la catedral, y no le pasaron desapercibidos a la aristócrata sus intentos de parecer ajeno al proceder de los Samper, quienes se habían marchado un poco antes que el recién viudo. Con ello, los atentos ojos de Lady Miller pudieron detectar algo que a los de otros quizás hubiera pasado por otra muestra más del conocido extravío del hijo del matrimonio. El heredero de los Samper había abandonado el santo recinto mucho después de que lo hicieran sus padres, casi al mismo tiempo que Remy Geaks. Daniel se acercó - Lady Miller no pudo certificar si se encontraba completamente sobrio - y, tras susurrarle algo a Mr. Geaks, le escupió en aquellos zapatos de piel en los que la lluvia empezaba a reflejarse . El agredido tan solo había alzado un rostro altivo ante su oponente, pero justo cuando Lady Miller se disponía a analizar la respuesta de Remy, una voz la sobresaltó a sus espaldas.
- Catherine, le he visto. No es posible. Ha vuelto a suceder.
 Éluard parecía haber envejecido diez años en apenas unos minutos. Era como si el dolor y la nostalgia se mecieran en las bolsas que se había formado alrededor de sus ojos negros, hinchados por las lágrimas y el frío, y de ahí hubieran trepado a sus pupilas aguándolas, haciéndolas menos jóvenes. 
- Cuánto lo siento, Charles. De veras sabes que lo siento. 
Éluard torció el gesto, evitando la mirada de la aristócrata.
- Tú lo sabías. ¿No es así? No te culpo por no habérmelo dicho. - Charles sonreía de un modo desolador, como si atar sus labios a las comisuras fuera a mejorar su deplorable aspecto -. No te preocupes. Prefiero que haya sido así. La última vez terminé quemando un libro entero de mis últimos poemas; quien sabe qué podría hacer ahora que ni siquiera tengo nada a lo que poder prender fuego.
Charles comenzó a andar al lado de Lady Miller. Ambos parecían verse superados por las circunstancias. Éluard se detuvo frente a la catedral, como si quisiera conseguir que la visión de una arquitectura gigantesca alzada en honor a los cielos y no conforme a la tan neoyorquina arrogancia de querer alcanzarlos por vanidad arrojara luz a la confluencia de unos sucesos tan falsamente inconexos.
- Qué hacemos, Catherine. Qué hacemos.
- Vernos con Graf en Queens dentro de dos horas.
- ¿Es que todavía vale la pena? Todo esto… Ya no somos jóvenes, querida. A veces pienso si no sería mejor conformarse con lo que sucede. Y cuando se vuelva intolerable, marcharnos. Como hemos hecho siempre. 
Éluard no tenía paraguas con que cubrirse, y había rehusado el refugio malva que le ofrecía la aristócrata por no parecerle elegante. Pero ni aunque Lady Miller le hubiera ofrecido cobijo bajo el último grito en umbrellas Charles hubiera aceptado su oferta. De algún modo, sabía que merecía un castigo por sus palabras, y dejar sus huesos a la merced de la lluvia era uno de los posibles. Forzarse a mantener su atención en la fijación de Catherine Miller por querer desentrañar lo que había detrás de la muerte de Minnie, en lugar de dejarse incendiar por el recuerdo de Henry Pinaud en la iglesia, era otro.
La ciudad todavía parecía sorprendida por la lluvia cuando Donald Graf se apeó del tranvía que le había traído a Newtown Ave para verse con Lady Miller y Charles Éluard. Aunque la profesión de reportero había convertido los desplazamientos por Nueva York en algo necesariamente tolerable en su rutina profesional, Graf detestaba abandonar Brooklyn, el territorio en el que el trato recibido por parte de cualquier camarero, vendedor de periódicos o limpiabotas solía amoldarse a su conocida y respetada reputación. En Queens era tan solo un viejo pensionista que se había visto obligado a recorrer un largo camino a pie para llegar a la estación del único medio de transporte que paraba en Newtown Ave; lo único que probablemente lo diferenciaba de los que alimentaban a las palomas y contemplaban la construcción del Nuevo Mundo entre brazos, corazones y cerebros de máquinas edificando torres de Babel paganas era que, por algún inexplicable milagro, Graf no requería de bastón para apoyar sus pasos. No fue hasta que sintió las dificultades de bajarse del tranvía sin ayuda alguna que el propietario de The Brooklyn’s Herald echó realmente en falta a su chófer personal.  Simon no se había presentado aquella mañana a su puesto de trabajo, lo cual encajaba con el extraño modo en el que el muchacho se había estado comportando los últimos días. Como ya había observado su hermana Lola, la eficiente periodista de The Brooklyn’s Herald por la que Graf sentía cierta estima, Simon se mostraba distraído, incluso turbado cuando el silencio se instalaba en su ceño y le encendía el semblante. Antes de entrar en el Astoria’s, una cafetería local prácticamente desconocida que pasaba desapercibida por su aspecto desangelado, entregado a los estragos del tiempo, una sonrisa perfiló el rostro de Graf por debajo de sus arrugas cuando se cercioró de por qué Lady Miller le había citado en aquel lugar. Como tantas y tantas veces Jackson Milller le debía de haber contado, fue en el reservado del Astoria’s donde el padre de la aristócrata realizó la entrevista definitiva a William Ludlow para cerrar el artículo sobre la conspiración americana alrededor de la Guerra de la Independencia de Cuba. Y había sido el mismo Graf, aprovechándose del efectivo pero escaso poder de sus mandatos fuera de Brooklyn, quien había recomendado a Jackson Miller aquel establecimiento. 
El reservado apenas había cambiado desde que Graf había estado allí por última vez, en el transcurso de una reunión con varias fuentes de Wall Street deseosas de preservar la privacidad de su identidad para evitar que el escándalo de blanqueo que estaban a punto de desvelar les salpicara más de lo necesario. Las paredes, que se componían de tal manera que el espacio que formaba la sala seguía el trazado de un pentágono, seguían recubiertas de un papel de pared verde esmeralda rematado con tablones de madera meticulosamente colocados unos detrás de otros. Tan solo en el lado opuesto al de la puerta de entrada, cubierta con cortinas a juego con el color de las paredes, Graf pudo observar un pequeña variación: el mueble bar de libre acceso con el que el Astoria’s premiaba a la selecta clientela que solicitaba el reservado había reducido sustancialmente su oferta de bebidas. “Malos tiempos para Queens”, pensó el veterano director de The Brookly’ns Herald, mientras comprobaba, no sin cierto asombro, que también las lámparas que arrojaban una tenue luz tornasolada sobre el reservado seguían siendo las mismas.  En el centro de la habitación, acomodados en las butacas de ante negro que rodeaban la mesa de cristal que presidía la estancia, Charles Éluard y Catherine Miller aguardaban la llegada de Donald Graf manchando las páginas de la prensa matutina con las salpicaduras de  dos whyskies dobles.  

HIERRO, CEMENTO Y CRISTAL 

 CAPÍTULO VII

"Requiem aeternam dona eis". Los violines acompañaban al canto a través de los túneles de la gigantesca girola de la catedral de Saint John the Divine, donde se retorcían y enroscaban como serpientes poseídas por la gracia del Apocalipsis. Regadas por soplos de luz partida en vidrieras de colores, incontables bóvedas de crucería se entrelazaban en un sepulcro aéreo que coronaba el reino de los cielos en roca que era el santuario donde se oficiaba aquella triste mañana de agosto el funeral de Minnie Geaks.  La catedral servía como matriz a la música de redoble sinfónico, que acompañaba el luto de los presentes a media luz y en un lecho de incienso; arropándolos con la sinceridad de sus paredes denudas, con la inmortalidad de cada gesto torturado en la piedra y con la santidad de las decenas de pináculos que les señalaban a quien debían rogar para obtener consuelo y paz por la pérdida de algo más que un vida: la pérdida de la seguridad de la compasión de Dios hacia sus hijos en una ciudad maldita, dirigida por el hombre, por la banal pasión de ser.

Domine, et lux perpetua luceat eis.” Charles Éluard miró a su alrededor y trató de borrar de su semblante el rastro de horror que le succionaba desde los primeros pliegos de carne de su ombligo hasta la espina dorsal. La trenza de voces que se proyectaba desde el altar hacia todos los rincones de la que era la mayor catedral de la iglesia anglicana en el mundo provocaba en él una desesperada necesidad de permanecer a salvo del espectro divino que parecía filtrarse en los colores que tejían una alfombra a lo largo del transepto en finas láminas de luz. Esa sensación de vulnerabilidad ante lo  superior - el sentirse una cría de pájaro quemándose en su nido de pino y viéndose obligada a volar hacia lo que siempre temió -  solía venir acompañada de cantos gregorianos durante su infancia en Bélgica. La magnificencia de la religión -  el peso de la cera, la inmaculada pureza de las sonatas y la musicalidad lechosa del latín - le agradaban en su significación mística y mítica;  sin embargo, la sensación intuitiva de que todo ello aquello iba a caer  como el derrumbo de una montaña de sal y granizo en un juicio absoluto e irremediable sobre él, al margen de su propia concepción de la justicia, la bondad y el pecado, insuflaba en él un miedo incontrolable a permanecer en las iglesias. Fuera de ellas, todo se desvanecía con tan solo una excepción: en las noches más solitariamente acompañadas, la oscuridad palpitaba en la conciencia de Charles Éluard con un solo reclamo: “Dios lo ve todo, Dios lo sabe todo”.

“Te decet hymnus,Deus, in Sion”. Las hileras de asistentes que se extendían a lo largo del templo parecían hormigas reunidas ante un mendrugo de pan o un trozo de melocotón podrido. Todos ellos vestían de un riguroso negro y movían sus extremidades con la inquietud que genera el sabido deber de la inmovilidad y el silencio - ambos mezclados en un molde sacramental no exento de influencia social- como muestra de respeto al dolor. Con la mirada inserta en el ataúd cual insecto roído por el instinto, Remy Geaks permanecía impasible y ajeno a las muestras de compasión que allegados y desconocidos trataban de hacerle llegar. Su rostro se veía visiblemente cansado, incluso empobrecido por la incapacidad de dar una respuesta diferente a las mismas palabras de consuelo que se repetían una vez tras otra. Roy Samper y Mrs.Samper habían sido las últimas personas en dirigirse a él para darle el pésame. Éluard, cinco o seis filas por detrás, observó con cierto interés cómo, mientras tanto, el joven Daniel Samper permanecía apoyado  contra los fríos muros de la catedral con la mirada desencajada. Ni siquiera se había tomado la molestia de escoger una corbata oscura.

"Votum in Jerusalem". Alguien se movía entre la sombras sistemáticamente estudiadas del edificio. Alguien con interés a no ser reconocido, y a mantenerse neutral en la farsa que estaba a punto de acontecer  en forma de palabrería vacía, curiosidad disfrazada de respeto decoroso y rituales ancestrales desprovistos de la tan necesaria verdad que algunos querían que fuese enterrada con Minnie Geaks. Alguien que debía estar allí, pero que ansiaba no tener que aparecer sin que hubiera un reclamo para hacerlo. Sus delgados y finos dedos huesudos, cuyo blanco parecía arrastrársele a lo largo de la piel como si de un mismo cadáver se tratase, se deslizaban con cuidado por una superficie suave. Era exactamente el mismo tejido aterciopelado que revestía las paredes y el interior del sagrario: también en su color pervivía el de la sangre de Dios. En una suspensión rítmica del réquiem, que aún resbalaba por las santas paredes de Saint John the Divine, la carpeta de terciopelo rojo que sujetaban aquellos dedos cayó al suelo, atrayendo hacia su portador las miradas de las filas más cercanas al absidiolo donde este trataba de ocultarse. Unos ojos conocidos se toparon fugazmente con los suyos. Y, en ese preciso instante, Henry Pinaud trasladó su preocupación por si alguna mirada indiscreta había podido identificar la carpeta que sostenía entre las manos (que había quedado a salvo de la visión de cualquiera por una de las columnatas de la catedral) a si aquellos ojos - aquellos endemoniadamente conocidos ojos - habían tenido tiempo suficiente para identificarle y, como siempre habían hecho en los últimos diez años, maldecir de nuevo su presencia.

"Exaudi orationem meam, ad te omnis caro veniet." Fuera de la nave, Lady Miller fumaba el tercero de los cigarrillos de la mañana desde que la misa había comenzado a pesar sobre las frías espaldas de aquel verano. Cómo asistir a aquel funeral, sabiendo que tan solo era una patraña para evitar el mayor escándalo que habría salpicado la política neoyorquina en los últimos años. Aquello ya se había convertido en una cuestión personal para Catherine Miller: no porque fuera necesario esperar para poder destapar todo por lo que Minnie había luchado y perdido la vida, ni por la profunda culpabilidad que la aristócrata sentía por haber instado a la fallecida Mrs. Geaks a que abandonara su casa en busca de un lugar más seguro (lanzándola así al viaje que habría puesto fin a su vida), sino porque tan solo ella conocía la potencialidad de carácter que las manos de Remy Geaks habían segado. Oficialmente, Minnie Geaks había muerto en un accidente fortuito que había hecho volar por los aires el coche en el que ella viajaba, conducido por el chófer de los Geaks. Ambos habían muerto en la explosión causada por un posible fallo en el motor que todavía estaba siendo certificado  por los peritos del estado de Nueva York, ocurrida mientras Minnie se dirigía al estreno de No, No, Nanette en Broadway. Apenas habían quedado restos mortales de las dos víctimas. Desolado y en primera portada del vespertino de aquella tarde, un abatido Remy Geaks aún conservaba intacta la entrada reservada a su mujer para el show que tuvo que abandonar apenas conoció la noticia de su muerte. Una declaración del mismo descansaba al pie de la falsamente espontánea fotografía, lamentándose de lo mucho que Minnie Geaks había estado esperando la estrena de aquella comedia musical.  

Domine,et lux perpetua luceat eis”. En contra del luto que parecía ostentar toda la ciudad, o al menos la parte de ella que podía permitirse pasar los fines de semana paseando por Central Park o comprando detalles para el hogar en la Quinta Avenida, los últimos versos del Requiem de Mozart también sonaban en otro funeral al que ningún periodista en activo parecía querer prestar atención. No obstante, y resguardado en uno de los últimos bancos de madera agrietada de la iglesia de Our Lady of Solace, un pequeño templo rezagado del fervor americano de los años 20 situado en el 731 de Morris Park Avenue (The Bronx), el viejo Donald Graf se mantenía en pie frente a lo que le había traído ante el féretro desnudo que contenía el cadáver del chófer de los Geaks: la noticia. Una larga carrera al frente de uno de los periódicos de más renombre de la ciudad había suficiente para que el anciano judío detectara ciertas anomalías en la narración de la muerte de Minnie Geaks, sospechas que habían sido confirmadas cuando, a la medianoche siguiente del supuesto accidente, Catherine Miller había llamado a su puerta siendo el mismo rostro de la fatiga, el cansancio y la desesperación. Rose la había arropado como tantas veces habían hecho en su presencia los Miller, cuando las cenas de cortesía se alargaban demasiado o una botella de vino a medias brindaba la excusa perfecta para dirigir las charlas de sobremesa  de los adultos a arenas movedizas no en vano vetadas a la infancia. A la madrugada siguiente, Lady Miller se había marchado antes de que Donald Graf o su hermana hubieran podido dar cuenta de su estado, pero la aristócrata había dejado una nota instando al retirado periodista a reunirse con ella y Charles Éluard en una pequeña cafetería de Queens después del funeral de Minnie.  Entre tanto, Graf se había propuesto averiguar en qué circunstancias había ocurrido el fallo de motor, y si los técnicos que debían examinarlo podían ser coaccionados con facilidad por Geaks. Lo había visto tantas veces. En una ciudad en la que hombres y mujeres debían trabajar de sol a sol para procurarse un techo bajo el que dormir, la honradez y la transparencia no solían ser una prioridad si costaban el propio sustento. Remy Geaks o sus secuaces fácilmente podrían haber amenazado a los peritos con despidos o males mayores si aquellos hubiesen estado dispuestos a no dar un parte favorable a la opinión del prometedor político. Ni siquiera hubiera sido necesario mencionar la verdadera razón por la que era imprescindible que la verdad no saliera a la luz. Hubiera bastado con dejar claro que la atención mediática sobre la tragedia personal de un gestor de la vida pública no sería bienvenida bajo ninguna circunstancia. 

Los feligreses comenzaban a abandonar Saint John the Divine cuando el primer relámpago abrió los cielos de Nueva York. Aspirando con apremio los restos de su último cigarrillo, Lady Miller se había refugiado en uno de los pórticos de la iglesia a la espera de avistar a Charles Éluard e informarle de la cita concertada con Graf. Los paraguas negros desfilaban por la Quinta Avenida como hongos a lomos de arañas capaces de desplazarse bajo la lluvia sin ahogarse. Remy Geaks fue de los últimos en salir de la catedral, y no le pasaron desapercibidos a la aristócrata sus intentos de parecer ajeno al proceder de los Samper, quienes se habían marchado un poco antes que el recién viudo. Con ello, los atentos ojos de Lady Miller pudieron detectar algo que a los de otros quizás hubiera pasado por otra muestra más del conocido extravío del hijo del matrimonio. El heredero de los Samper había abandonado el santo recinto mucho después de que lo hicieran sus padres, casi al mismo tiempo que Remy Geaks. Daniel se acercó - Lady Miller no pudo certificar si se encontraba completamente sobrio - y, tras susurrarle algo a Mr. Geaks, le escupió en aquellos zapatos de piel en los que la lluvia empezaba a reflejarse . El agredido tan solo había alzado un rostro altivo ante su oponente, pero justo cuando Lady Miller se disponía a analizar la respuesta de Remy, una voz la sobresaltó a sus espaldas.

- Catherine, le he visto. No es posible. Ha vuelto a suceder.

 Éluard parecía haber envejecido diez años en apenas unos minutos. Era como si el dolor y la nostalgia se mecieran en las bolsas que se había formado alrededor de sus ojos negros, hinchados por las lágrimas y el frío, y de ahí hubieran trepado a sus pupilas aguándolas, haciéndolas menos jóvenes. 

- Cuánto lo siento, Charles. De veras sabes que lo siento. 

Éluard torció el gesto, evitando la mirada de la aristócrata.

- Tú lo sabías. ¿No es así? No te culpo por no habérmelo dicho. - Charles sonreía de un modo desolador, como si atar sus labios a las comisuras fuera a mejorar su deplorable aspecto -. No te preocupes. Prefiero que haya sido así. La última vez terminé quemando un libro entero de mis últimos poemas; quien sabe qué podría hacer ahora que ni siquiera tengo nada a lo que poder prender fuego.

Charles comenzó a andar al lado de Lady Miller. Ambos parecían verse superados por las circunstancias. Éluard se detuvo frente a la catedral, como si quisiera conseguir que la visión de una arquitectura gigantesca alzada en honor a los cielos y no conforme a la tan neoyorquina arrogancia de querer alcanzarlos por vanidad arrojara luz a la confluencia de unos sucesos tan falsamente inconexos.

- Qué hacemos, Catherine. Qué hacemos.

- Vernos con Graf en Queens dentro de dos horas.

- ¿Es que todavía vale la pena? Todo esto… Ya no somos jóvenes, querida. A veces pienso si no sería mejor conformarse con lo que sucede. Y cuando se vuelva intolerable, marcharnos. Como hemos hecho siempre. 

Éluard no tenía paraguas con que cubrirse, y había rehusado el refugio malva que le ofrecía la aristócrata por no parecerle elegante. Pero ni aunque Lady Miller le hubiera ofrecido cobijo bajo el último grito en umbrellas Charles hubiera aceptado su oferta. De algún modo, sabía que merecía un castigo por sus palabras, y dejar sus huesos a la merced de la lluvia era uno de los posibles. Forzarse a mantener su atención en la fijación de Catherine Miller por querer desentrañar lo que había detrás de la muerte de Minnie, en lugar de dejarse incendiar por el recuerdo de Henry Pinaud en la iglesia, era otro.

La ciudad todavía parecía sorprendida por la lluvia cuando Donald Graf se apeó del tranvía que le había traído a Newtown Ave para verse con Lady Miller y Charles Éluard. Aunque la profesión de reportero había convertido los desplazamientos por Nueva York en algo necesariamente tolerable en su rutina profesional, Graf detestaba abandonar Brooklyn, el territorio en el que el trato recibido por parte de cualquier camarero, vendedor de periódicos o limpiabotas solía amoldarse a su conocida y respetada reputación. En Queens era tan solo un viejo pensionista que se había visto obligado a recorrer un largo camino a pie para llegar a la estación del único medio de transporte que paraba en Newtown Ave; lo único que probablemente lo diferenciaba de los que alimentaban a las palomas y contemplaban la construcción del Nuevo Mundo entre brazos, corazones y cerebros de máquinas edificando torres de Babel paganas era que, por algún inexplicable milagro, Graf no requería de bastón para apoyar sus pasos. No fue hasta que sintió las dificultades de bajarse del tranvía sin ayuda alguna que el propietario de The Brooklyn’s Herald echó realmente en falta a su chófer personal.  Simon no se había presentado aquella mañana a su puesto de trabajo, lo cual encajaba con el extraño modo en el que el muchacho se había estado comportando los últimos días. Como ya había observado su hermana Lola, la eficiente periodista de The Brooklyn’s Herald por la que Graf sentía cierta estima, Simon se mostraba distraído, incluso turbado cuando el silencio se instalaba en su ceño y le encendía el semblante. Antes de entrar en el Astoria’s, una cafetería local prácticamente desconocida que pasaba desapercibida por su aspecto desangelado, entregado a los estragos del tiempo, una sonrisa perfiló el rostro de Graf por debajo de sus arrugas cuando se cercioró de por qué Lady Miller le había citado en aquel lugar. Como tantas y tantas veces Jackson Milller le debía de haber contado, fue en el reservado del Astoria’s donde el padre de la aristócrata realizó la entrevista definitiva a William Ludlow para cerrar el artículo sobre la conspiración americana alrededor de la Guerra de la Independencia de Cuba. Y había sido el mismo Graf, aprovechándose del efectivo pero escaso poder de sus mandatos fuera de Brooklyn, quien había recomendado a Jackson Miller aquel establecimiento. 

El reservado apenas había cambiado desde que Graf había estado allí por última vez, en el transcurso de una reunión con varias fuentes de Wall Street deseosas de preservar la privacidad de su identidad para evitar que el escándalo de blanqueo que estaban a punto de desvelar les salpicara más de lo necesario. Las paredes, que se componían de tal manera que el espacio que formaba la sala seguía el trazado de un pentágono, seguían recubiertas de un papel de pared verde esmeralda rematado con tablones de madera meticulosamente colocados unos detrás de otros. Tan solo en el lado opuesto al de la puerta de entrada, cubierta con cortinas a juego con el color de las paredes, Graf pudo observar un pequeña variación: el mueble bar de libre acceso con el que el Astoria’s premiaba a la selecta clientela que solicitaba el reservado había reducido sustancialmente su oferta de bebidas. “Malos tiempos para Queens”, pensó el veterano director de The Brookly’ns Herald, mientras comprobaba, no sin cierto asombro, que también las lámparas que arrojaban una tenue luz tornasolada sobre el reservado seguían siendo las mismas.  En el centro de la habitación, acomodados en las butacas de ante negro que rodeaban la mesa de cristal que presidía la estancia, Charles Éluard y Catherine Miller aguardaban la llegada de Donald Graf manchando las páginas de la prensa matutina con las salpicaduras de  dos whyskies dobles.  

[David Hockney, A Bigger Splash (1967)]
“Vivo en un sitio tranquilo, donde un ruido de noche significa que va a pasar algo: te despiertas rápido, pensando, ¿qué significa eso? Normalmente, nada. Pero a veces resulta difícil adaptarse a un trabajo urbano cuando la noche está llena de ruidos, todos ellos rutina normal. Coches, bocinas, pisadas… no hay manera de relajarse. Así que lo ahogas todo con el blanco y delicado rumor de un televisor bizco. Pones el chisme entre canales y te duermes apaciblemente… 
Ignora esa pesadilla del baño. No es más que otro repugnante refugio de la Generación del Amor, otro lisiado, otro condenado, sin remedio que es incapaz de soportar la presión. Mi abogado nunca ha sido capaz de aceptar la idea (que tan a menudo exponen drogadictos reformados y que es especialmente popular entre quienes están en libertad vigilada) de que se puede subir muchísimo más sin drogas que con ellas. 
Claro que en realidad tampoco yo lo acepto”. - Miedo y asco en Las Vegas, Hunter S. Thompson (1971)

[David Hockney, A Bigger Splash (1967)]

Vivo en un sitio tranquilo, donde un ruido de noche significa que va a pasar algo: te despiertas rápido, pensando, ¿qué significa eso? Normalmente, nada. Pero a veces resulta difícil adaptarse a un trabajo urbano cuando la noche está llena de ruidos, todos ellos rutina normal. Coches, bocinas, pisadas… no hay manera de relajarse. Así que lo ahogas todo con el blanco y delicado rumor de un televisor bizco. Pones el chisme entre canales y te duermes apaciblemente… 

Ignora esa pesadilla del baño. No es más que otro repugnante refugio de la Generación del Amor, otro lisiado, otro condenado, sin remedio que es incapaz de soportar la presión. Mi abogado nunca ha sido capaz de aceptar la idea (que tan a menudo exponen drogadictos reformados y que es especialmente popular entre quienes están en libertad vigilada) de que se puede subir muchísimo más sin drogas que con ellas. 

Claro que en realidad tampoco yo lo acepto”. - Miedo y asco en Las Vegas, Hunter S. Thompson (1971)

(Fuente: artmastered)

HIERRO, CEMENTO Y CRISTAL
CAPÍTULO VI




Justo en el mismo espiral donde unos días antes Carmen había enfrentado el círculo como único movimiento posible para separar la música del vinilo - la trampa del cartón - , la primera Gnossienne de Erik Satie conseguía transportar a Lady Miller al infernal paraíso de los recuerdos. El humo se elevaba desde sus labios con la misma sutilidad que apresuraba las notas del piano, atormentado todas y cada una de las veces que la melodía llevaba repitiéndose hipnóticamente en el corazón del tocadiscos. Catherine Miller se sonrío a sí misma y a la idea de un ser adulto dejándose adormecer por el juego de espejos de una canción, pero juego al fin y al cabo. La condena de los años no distaba tanto de la incapacidad que sentía para levantarse y cambiar de disco, eligir a un Bethooven o a un Bach, de quien había oído decir en Nueva York, para su sorpresa, que era el mejor compositor de sonatas que jamás había habido. No fue hasta ese momento, a punto de ceder al canto de sirenas que emanaba de su memoria y la seducía hacia ella, que se le ocurrió a la aristócrata que quizás Chopin debía de parecer demasiado moral a los oídos americanos falsamente liberados del dogma ético europeo.
También ella había tenido la edad de Minnie, aunque, a diferencia del jilguero encadenado envuelto en oro y diamantes que era la esposa de Remy Geaks, nunca había podido dejarse agasajar de modo sumiso por ningún hombre. Ni siquiera cuando lo había intentado con un hermoso ramo de lirios blancas ante un altar y la mirada atenta e incrédula de dos testigos cediendo al matrimonio, a la promesa de la convención del compromiso como cojín a la inestabilidad propia de la condición humana, había conseguido hallar desasosiego en las faenas del hogar, en el mundanal interés por el orden, la pulcritud y la familia que se le suponían a la mujer casada. A pesar de que Patrick Swansea había prometido no pedirle tardes al calor de una hoguera festejando el placer de la calidez reencontrada en la comodidad de la alta burguesía británica y la moderación holgada. Fresias amarillas que alguien renovaba cada mañana, sábanas limpias y recién calentadas todas las noches de invierno, cubertería de plata, una gruesa moqueta que cubría todas y cada una de las paredes de la residencia de Patrick y Catherine Swansea en Swiss Cottage, y que hubiera llegado a cubrir los brazos, el torso y el rostro de la aristócrata si ella se hubiera quedado allí para siempre, envejeciendo en la petrificación de su cuerpo y de su espíritu. 
El sonido del piano en el gramófono la arrancaba y la arrojaba simultáneamente a aquel salón, y la presentaba ante sí misma como una consciencia desnuda, sin nada de lo que enorgullecerse ni avergonzarse, cubierta de polvo y de los hilos color de nuez que la devolvían al sillón de todas las tardes, a las tartas de frambuesa que siempre quedaban demasiado horneadas, o demasiado crudas, o demasiado poco perfectas para aquella moqueta y aquella hoguera y aquel marido como colocado ahí por la mera necesidad de avanzar por la senda conocida y segura, la que no ofrecía riesgos ni decepciones en el error de cálculo de la cocción de estúpidas tartas, ni, desde luego, mundo alguno.
Cuán lejos quedaba todo aquello. Apellidándose de nuevo Miller, la aristócrata había abandonado la urbe sesgada por el Támesis y había buscado refugio en París, la ciudad de las palomas ciegas. Y allí Charles - siempre Charles - la había salvado de cometer la peor insensatez a la que podía arrojarse una mujer perdida: convertirse en esclava de la culpa en un hecatombe que hiriera de muerte su juventud como sacrificio expiatorio del fracaso.  De aquella conversación sostenida a la lumbre de una lámpara de quinqué en el segundo piso de L’Albatros, una posada para extranjeros, Charles Éluard había conseguido arrancar a una temblorosa Lady Miller del pozo de la conmiseración y el regocijo en el martirio hacía ya 10 años. Los mismos que hacía que Éluard había dejado de escribir. También había sido en el transcurso de aquella noche en L’Albatros que su eterno confidente le había rebelado la verdadera razón por la que se había acabado para él empuñar la pluma para honrar a las musas olímpicas, paganas y modernas.
Trotar por aquellos lares difuminados en el lienzo del tiempo con la ayuda de las preguntas inocentes de Minnie, quien asiduamente acudía a visitar a Lady Miller a espaldas de su marido desde su amistosa reconciliación en el 53 de Park Place, se había convertido en una de las mejores y más entrañables distracciones que Nueva York parecía haber podido ofrecer a la aristócrata en las casi cinco semanas que llevaba en la ciudad, además de las siempre sublimes veladas rasgadas de críticas feroces confabuladas con la complicidad de Charles Éluard y las conversaciones telefónicas que el progreso le permitía mantener a distancia con Donald Graf. Agosto había empezado a asomar sin demasiadas promesas de enmendar un verano que estaba resultando más bien frío, que se retorcía en una nostálgica queja a lo largo de las orillas del Hudson y se ahogaba día tras día en sus aguas sin pulir; el gris neoyorquino no reluciría bajo los milagros de luz que agujerearan el cielo aquel año. El mes que había huido desde su primera toma de contacto con la Gran Manzana en aquella fiesta en Allen Street había sido suficiente para que Lady Miller percibiera, e hiciera suya de un modo u otro, la desolación a renunciar a un verano del sur con las comodidades de vivir en el norte que sacudía a los habitantes de la ciudad, los peones de la batalla que cada día se libraba en la capital del egocentrismo vertical . “Hierro, cemento y cristal - pensaba a menudo la aristócrata - Eso es todo lo que van a tener este año”.
Un golpe macizo y seco en la puerta del piso de Brooklyn desencadenó una vibración a lo largo de la habitación que tuvo fin en la desviación del brazo del gramófono y el consiguiente desvanecimiento de la música. El segundo golpe fue, sin embargo, el tiro que sentenció la muerte del ruiseñor; las pocas notas que aún resbalaban en el aire fueron destripadas cual pompas de jabón esculpidas en brillo de gasolina durante los siguientes golpes, y Lady Miller tan solo consiguió agarrarse a la racionalidad que la incertidumbre había sepultado en aras del miedo armado cuando reconoció los ruegos de Minnie Geaks al otro lado de la puerta. 
- Por favor Lady Miller, tiene que ayudarme. Ya no puedo soportarlo más. Es.. ya es imposible. 
En lugar de la acicalada y esbelta figura con la que Lady Miller solía encontrarse al abrir la puerta sabiendo que detrás de ella la esperaba la sonrisa curiosa y frágil de Mrs. Geaks, la aristócrata se topó con un rostro parcialmente cubierto con unas gafas de sol y un pañuelo alrededor la cabeza atado al cuelo que a duras penas conseguía tapar las magulladuras violáceas que manchaban el blanco lechoso de la piel de la joven. Minnie Caroline Folks, aquella chica de Kansas que había crecido envuelta en algodones y promesas y nanas que peinaban su rubia cabellera adornándola con lazos de color rosa. Minnie Folks, para quien la Gran Guerra había sucedido como algo ajeno a su mundo de dulzura, de juegos dirigidos a avivar su natural inclinación al amor maternal y a aserenar las pasiones adolescentes latentes en cualquier chica del mundo moderno. “Minnie” y solamente “Minnie” en la determinación con la que los ojos de Remy Geaks la habían elegido en su primera visita a la ciudad acompañada  de una prima lejana que tenía tratos con la alta alcurnia política de la metrópoli. Ya Minnie Geaks enfundada en un traje blanco virginal que ensombrecía la pureza de los ángeles que protegían el altar delante del cual se hallaba arrodillada junto a su esposo, tratando de mantener su semblante sincero al margen de de los miles de flashes que ansiaban dar su mejor versión fotográfica a la prensa del enlace del año. Y de nuevo Minnie Caroline Folks en la puerta de Lady Miller, una flor deshecha, un lienzo rasgado, una mujer vuelta niña y muñeca rota.
Sin dilación alguna, Lady Miller la acompañó a la sala de estar, no sin antes asegurarse, mediante una fugaz inspección de la calle a través de las ventanas del rellano, que Minnie Geaks había conseguido llegar a Brooklyn sola y sin que nadie la siguiera.
- Te diré lo que vamos a hacer, Minnie. Te vas a quitar esas gafas y ese pañuelo. Me voy a servir una copa para serenarme y no coger ese teléfono, llamar a Donald Graf y hundir a tu marido con la primera edición de The Brookly’ns Herald de mañana.
Minnie empezó a hablar justo cuando una lágrima resbaló por sus mejillas y cayó justó en el nudo del pañuelo de lunares que cubría su cabeza. 
- ¿Quiere decir que no le puedo denunciar, Lady Miller?
- En absoluto quiero decir eso, Minnie. Ese canalla va a pagar por todo lo que te ha hecho y yo me voy  encargar de ello. Pero lo primero que debemos hacer ahora es llamar a un médico, y lo segundo es planear tu huida.Y si mañana todos los Estados Unidos de América saben que la promesa de la política nacional y el futuro candidato a gobernador del estado pega a su mujer eso es lo último que te van a permitir hacer.
La señora de Geaks había terminado de desabrocharse el pañuelo. La deslumbrante sonrisa de Minie, la armonía silenciosa de sus rasgos en una ingenuidad asombrosamente frágil, había quedado deformada por los golpes, los arañazos de detrás de sus orejas y el áurea negruzca que rodeaba sus ojos: apenas si quedaban pestañas que enmarcasen su tenaz mirada violeta. Pero lo que verdaderamente sacudió en un dolor absoluto a Lady Miller fue la visión del pelo de Minnie, siempre recogido en elegantes retos a su naturaleza lacia y decorado con flores, cintas o plumas que parecían más brillantes aún cuando descansaban sobre los reflejos rubios casi albinos de su cabellera. Los mechones caían ante sus ojos miedosos de un modo irregular y siniestro, pero no fue hasta que la aristócrata le hizo darse la vuelta a su protegida que pudo comprobar, con sumo horror, que el cuero cabelludo que debía haber estado cubierto de cabello tan solo lo estaba de sangre.  Lady Miller no pudo sino tratar de enjuagar las lágrimas de Minnie con las suyas propias. 
 - Lady Miller… Hay algo más que debe saber. 
Los ojos de Minnie brillaban con una lucidez hasta entonces ausente en su semblante siempre tranquilo, siempre ausente o maravillado ante la mínima presencia de belleza física o espiritual. 
- Todo esto… No fue a cambio de nada. No se altere, por favor. Quizás no sea nada más que una pobre boba, pero sé que no merezco esto. Lo que le estoy tratando de decir es que últimamente… Usted sabe que yo la admiro muchísimo, Catherine. Y aunque apenas hayamos hablado de ello yo sé que usted tiene casi tantas dudas acerca de Remy como yo misma las tengo. Tiene gracia… Compartimos dormitorio, mesa y amistades, pero le veo entrar en casa, salir, dormirse a mi lado y me sigue pareciendo un completo desconocido. Nunca me importó, siempre entendí que era algo normal; debía ser normal si ocurría tanto en Kansas como en Nueva York. Mis padres… Ellos tampoco compartían demasiadas cosas, pero, Lady Miller, ellos se querían. Por eso yo llegué a creer que mantenerme al margen de sus asuntos era el modo de Remy de demostrarme que, a pesar de todo, seguía queriéndome a su lado. El amor no me importa, Lady Miller. Nunca me ha importado. Todo lo que deseaba era ser capaz de mantenerlo a mi lado. Pero entonces llegó usted, y me habló del mundo, de las maneras en que se podía vivir. No quisiera que me malinterpretase: yo jamás sería capaz de abandonar los Estados Unidos, usted lo sabe, y yo lo sé. Acabaría dejándome engañar por un hombre o por una comunidad de monjas. Sin embargo, fue a través de usted que yo quise saber, incluso saber lo que usted tanto ansiaba: los secretos de Remy Geaks. Y ese fue mi primer error. 
- Minnie…Tú puedes, tú puedes alcanzar cualquier cosa que te propongas, solo has de….
- Por favor, déjeme terminar, Lady Miller. Sabía que este día llegaría. - Minnie sonrió débilmente y sus labios hinchados por los golpes obedecieron por unos instantes el encargo de su señora - Yo no soy una mujer inteligente. En algún momento Remy tenía que darse cuenta de que estaba intentando reunir las copias de los papeles que semana tras semana había estado llegando a casa a nombre de Samper Industries y Stadius&Co, y que Remy a menudo intercambiaba con Roy Samper dentro de una carpeta de terciopelo rojo. Y hoy lo ha hecho. 
- ¿Quieres decir que durante un mes has estado tratando de recopilar pruebas que relacionaran a tu marido con lo ocurrido con Samper Industries en Detroit? ¡¿Por qué no me dijiste nada?!
- Yo… Usted se mostró muy sorprendida cuando mencioné Stadius&Co aquella vez en mi casa, y supongo que quería parecerme un poco más a usted, o mostrarle que soy algo más que la bella esposa de un político corrupto. Pensaba acudir a Éluard o a usted en cuanto tuviera suficientes documentos, no quería ponerla en peligro. Remy la amenazó aquella vez. Lady Miller, déjeme hacer algo útil por primera vez en mi vida. Déjeme buscar esos papeles; quizás nada haya servido de nada, yo no poseo ningún conocimiento más que el del recelo con que mi marido los guardaba para determinar si se trata de documentos que puedan demostrar algo. 
- Minnie, no tenías porqué. Por mi culpa te encuentras ahora en este estado, y eso es algo que jamás podré perdonarme. Y si esos documentos están en tu casa, debes olvidarte de conseguirlos. No puedes volver allí, Minnie, prométeme que no lo harás. Debes marcharte lejos en cuanto puedas.
- Se lo prometo. Pero los papeles no están en casa. Desaparecieron antes de que Remy… - Minnie pasó su dedo índice por los cardenales de su cuello -. Yo pensé que él los había encontrado y que ello le había alertado de mis movimientos, o que quizás habían llegado a manos de Roy Samper por error - quizás al pedírselos a una criada ella le habría dado la carpeta de las copias en lugar de la auténtica, pero Remy no paraba de golpearme preguntándome dónde guardaba yo las copias de toda la documentación. Cuando le dije que la había perdido, enfureció aún más. - Minnie Geaks trató de alcanzar el pañuelo de lunares para evitar que las heridas de su cráneo rozaran el sofá y lo mancharan de restos de sangre.
Lady Miller se había acercado al mueble bar y decantaba con una percusión débil la botella de coñac sobre su copa. Debía pensar rápido. Remy Geaks tenía que recibir su merecido, pero de ningún modo ella podía permitir que Minnie corriera más riesgos. Después de acostar a Mrs. Geaks y telefonear a un médico, Lady Miller se dispuso a ordenar dentro de su cabeza todas las piezas del rompecabezas que la realidad había articulado delante de su persona en un desfile de temeridades, hechos brindados por el azar e irremediable maldad humana. Pero algo llamó su atención cuando una brisa de aire descubrió la cortina de una de las ventanas del salón y pudo ver en la calle a Simon, el chófer de Donald Graf. Una corazonada inundó las cavilaciones de la aristócrata. Aún desde la ventana y a una distancia considerable, Lady Miller pudo ver cómo Simon observaba, inquieto, el tatuaje del escorpión en su muñeca. Dos segundos más tarde, y con un gran pesar por tener que arrancarla del sueño consolador del infierno que pocas horas antes había tenido que vivir, Lady Miller se hallba en la cabecera del lecho de su habitación tratando de despertar a Minnie. 
- Minnie, escúchame. Remy tiene el tatuaje de un escorpión en la muñeca, ¿verdad?
- Un escorpión en la muñeca izquiera… Lo tiene… - Minnie hablaba aún entre sueños, lo que arrancó en Lady Miller una piedad avivada por su heridas que terminó en zarandeo por el bien de la interpelada.
- Escúcuchame. Tienes que irte. Voy a telefonear a Charles Éluard para decirle que vas de camino a su casa. Minnie, no te puedes quedar aquí. No puedo tener la certeza de ello, pero creo que es posible que Remy haya enviado a alguien tras tus pasos, y no podemos correr el riesgo de que te descubran. 
Antes de verla salir por el portal que apenas una hora antes había atravesado, Lady Miller le hizo volver a prometer a Minnie que no volvería a su casa. Al juramento anteriormente estipulado le añadió la promesa de que, cuando ya estuviera en casa de Charles Éluard, haría que este llamara primero a un médico y luego a ella, para informarle de su estado de salud.
Minnie sonrió con la fragancia del jazmín, la suavidad de las amapolas y la vitalidad de las rosas antes de cubrirse de nuevo el rostro medio desfigurado. Incluso bajo los múltiples golpes que habían casi deformado sus facciones y el equilibrio de sus gestos, seguía viviendo en aquella mujer una elegancia nata, casi musical.  Lady Miller la vio alejarse en un taxi amarillo que habían conseguido interceptar por la puerta de atrás del edificio de viviendas donde residía la aristócrata, para asegurarse de que Simon, estuviera o no relacionado con Geaks, no pudiera dar cuenta de ello a nadie. 
Al poco rato de la partida de Minnie Geaks, y viendo que Simon seguía aún en su puesto de guardia, Lady Miller quiso asegurarse de que Donald Graf,  no había enviado a su empleado a concertar alguna cita con ella. Aquello se hubiera salido del patrón estándar de relación que mantenían Graf y la aristócrata, y era casi evidente que el primero, a sus años y en su afianzada afición a sacarle provecho a ellos haciendo uso de los últimos avances tecnológicos, habría preferido descolgar el teléfono antes de enviar a uno de sus lacayos a dar un mensaje. Luego de poner a Éluard al tanto de las circunstancias, Lady Miller marcó el teléfono de la residencia de los Graf. El movimiento de su dedo en la rueda del aparato no era tan distinto al del disco de vinilo en el gramófono, al fin y al cabo.
- ¡Hola, Rose! ¿Está Donald en casa? Ah, paseando. Entiendo. Sí, sí, a cierta edad es mejor cuidarse, y más en Nueva York. Perdona, Rose, pero, ¿sabes si Donald ha enviado a Simon a hacerme algún recado? ¿Imposible, seguro? Claro. A por unos ejemplares del New Yorker. Sí, a mi también me ha hablado maravillas de esa revista; que una publicación de apenas seis meses de vida ya de qué hablar en Manhattan debe considerarse un éxito apoteósico. ¡Claro que vendré a veros! Tan solo dejadme el recado e iré encantada. Rose, sabes que me encanta habar contigo, pero debo colgar. Otro para ti. ¡Adiós!
Cuando Lady Miller echó los restos de su última colilla ardiente por la ventana, pudo observar complacida que Simon ya se había marchado. Estuvo escuchando un poco de música - algo de  Scott Japlin parecido al Maple Leaf Rag, que le recordaba igualmente a un mapache o a un koala ebrio saltando de eucalipto en eucalipto -,  hasta que el teléfono sonó en una desesperada campanada que Lady Miller recibió como un trago pasado por agua. 
- Ah, Charles. Ya creía que tardabas demasiado en llamar. ¿Sabes si el médico ha hecho un parte que nos pueda servir para…?
El silencio al otro lado de la línea fue suficiente parar frenar a la aristócrata.
- Catherine. Minnie Geaks ha muerto. 

HIERRO, CEMENTO Y CRISTAL

Justo en el mismo espiral donde unos días antes Carmen había enfrentado el círculo como único movimiento posible para separar la música del vinilo - la trampa del cartón - , la primera Gnossienne de Erik Satie conseguía transportar a Lady Miller al infernal paraíso de los recuerdos. El humo se elevaba desde sus labios con la misma sutilidad que apresuraba las notas del piano, atormentado todas y cada una de las veces que la melodía llevaba repitiéndose hipnóticamente en el corazón del tocadiscos. Catherine Miller se sonrío a sí misma y a la idea de un ser adulto dejándose adormecer por el juego de espejos de una canción, pero juego al fin y al cabo. La condena de los años no distaba tanto de la incapacidad que sentía para levantarse y cambiar de disco, eligir a un Bethooven o a un Bach, de quien había oído decir en Nueva York, para su sorpresa, que era el mejor compositor de sonatas que jamás había habido. No fue hasta ese momento, a punto de ceder al canto de sirenas que emanaba de su memoria y la seducía hacia ella, que se le ocurrió a la aristócrata que quizás Chopin debía de parecer demasiado moral a los oídos americanos falsamente liberados del dogma ético europeo.

También ella había tenido la edad de Minnie, aunque, a diferencia del jilguero encadenado envuelto en oro y diamantes que era la esposa de Remy Geaks, nunca había podido dejarse agasajar de modo sumiso por ningún hombre. Ni siquiera cuando lo había intentado con un hermoso ramo de lirios blancas ante un altar y la mirada atenta e incrédula de dos testigos cediendo al matrimonio, a la promesa de la convención del compromiso como cojín a la inestabilidad propia de la condición humana, había conseguido hallar desasosiego en las faenas del hogar, en el mundanal interés por el orden, la pulcritud y la familia que se le suponían a la mujer casada. A pesar de que Patrick Swansea había prometido no pedirle tardes al calor de una hoguera festejando el placer de la calidez reencontrada en la comodidad de la alta burguesía británica y la moderación holgada. Fresias amarillas que alguien renovaba cada mañana, sábanas limpias y recién calentadas todas las noches de invierno, cubertería de plata, una gruesa moqueta que cubría todas y cada una de las paredes de la residencia de Patrick y Catherine Swansea en Swiss Cottage, y que hubiera llegado a cubrir los brazos, el torso y el rostro de la aristócrata si ella se hubiera quedado allí para siempre, envejeciendo en la petrificación de su cuerpo y de su espíritu. 

El sonido del piano en el gramófono la arrancaba y la arrojaba simultáneamente a aquel salón, y la presentaba ante sí misma como una consciencia desnuda, sin nada de lo que enorgullecerse ni avergonzarse, cubierta de polvo y de los hilos color de nuez que la devolvían al sillón de todas las tardes, a las tartas de frambuesa que siempre quedaban demasiado horneadas, o demasiado crudas, o demasiado poco perfectas para aquella moqueta y aquella hoguera y aquel marido como colocado ahí por la mera necesidad de avanzar por la senda conocida y segura, la que no ofrecía riesgos ni decepciones en el error de cálculo de la cocción de estúpidas tartas, ni, desde luego, mundo alguno.

Cuán lejos quedaba todo aquello. Apellidándose de nuevo Miller, la aristócrata había abandonado la urbe sesgada por el Támesis y había buscado refugio en París, la ciudad de las palomas ciegas. Y allí Charles - siempre Charles - la había salvado de cometer la peor insensatez a la que podía arrojarse una mujer perdida: convertirse en esclava de la culpa en un hecatombe que hiriera de muerte su juventud como sacrificio expiatorio del fracaso.  De aquella conversación sostenida a la lumbre de una lámpara de quinqué en el segundo piso de L’Albatros, una posada para extranjeros, Charles Éluard había conseguido arrancar a una temblorosa Lady Miller del pozo de la conmiseración y el regocijo en el martirio hacía ya 10 años. Los mismos que hacía que Éluard había dejado de escribir. También había sido en el transcurso de aquella noche en L’Albatros que su eterno confidente le había rebelado la verdadera razón por la que se había acabado para él empuñar la pluma para honrar a las musas olímpicas, paganas y modernas.

Trotar por aquellos lares difuminados en el lienzo del tiempo con la ayuda de las preguntas inocentes de Minnie, quien asiduamente acudía a visitar a Lady Miller a espaldas de su marido desde su amistosa reconciliación en el 53 de Park Place, se había convertido en una de las mejores y más entrañables distracciones que Nueva York parecía haber podido ofrecer a la aristócrata en las casi cinco semanas que llevaba en la ciudad, además de las siempre sublimes veladas rasgadas de críticas feroces confabuladas con la complicidad de Charles Éluard y las conversaciones telefónicas que el progreso le permitía mantener a distancia con Donald Graf. Agosto había empezado a asomar sin demasiadas promesas de enmendar un verano que estaba resultando más bien frío, que se retorcía en una nostálgica queja a lo largo de las orillas del Hudson y se ahogaba día tras día en sus aguas sin pulir; el gris neoyorquino no reluciría bajo los milagros de luz que agujerearan el cielo aquel año. El mes que había huido desde su primera toma de contacto con la Gran Manzana en aquella fiesta en Allen Street había sido suficiente para que Lady Miller percibiera, e hiciera suya de un modo u otro, la desolación a renunciar a un verano del sur con las comodidades de vivir en el norte que sacudía a los habitantes de la ciudad, los peones de la batalla que cada día se libraba en la capital del egocentrismo vertical . “Hierro, cemento y cristal - pensaba a menudo la aristócrata - Eso es todo lo que van a tener este año”.

Un golpe macizo y seco en la puerta del piso de Brooklyn desencadenó una vibración a lo largo de la habitación que tuvo fin en la desviación del brazo del gramófono y el consiguiente desvanecimiento de la música. El segundo golpe fue, sin embargo, el tiro que sentenció la muerte del ruiseñor; las pocas notas que aún resbalaban en el aire fueron destripadas cual pompas de jabón esculpidas en brillo de gasolina durante los siguientes golpes, y Lady Miller tan solo consiguió agarrarse a la racionalidad que la incertidumbre había sepultado en aras del miedo armado cuando reconoció los ruegos de Minnie Geaks al otro lado de la puerta. 

- Por favor Lady Miller, tiene que ayudarme. Ya no puedo soportarlo más. Es.. ya es imposible. 

En lugar de la acicalada y esbelta figura con la que Lady Miller solía encontrarse al abrir la puerta sabiendo que detrás de ella la esperaba la sonrisa curiosa y frágil de Mrs. Geaks, la aristócrata se topó con un rostro parcialmente cubierto con unas gafas de sol y un pañuelo alrededor la cabeza atado al cuelo que a duras penas conseguía tapar las magulladuras violáceas que manchaban el blanco lechoso de la piel de la joven. Minnie Caroline Folks, aquella chica de Kansas que había crecido envuelta en algodones y promesas y nanas que peinaban su rubia cabellera adornándola con lazos de color rosa. Minnie Folks, para quien la Gran Guerra había sucedido como algo ajeno a su mundo de dulzura, de juegos dirigidos a avivar su natural inclinación al amor maternal y a aserenar las pasiones adolescentes latentes en cualquier chica del mundo moderno. “Minnie” y solamente “Minnie” en la determinación con la que los ojos de Remy Geaks la habían elegido en su primera visita a la ciudad acompañada  de una prima lejana que tenía tratos con la alta alcurnia política de la metrópoli. Ya Minnie Geaks enfundada en un traje blanco virginal que ensombrecía la pureza de los ángeles que protegían el altar delante del cual se hallaba arrodillada junto a su esposo, tratando de mantener su semblante sincero al margen de de los miles de flashes que ansiaban dar su mejor versión fotográfica a la prensa del enlace del año. Y de nuevo Minnie Caroline Folks en la puerta de Lady Miller, una flor deshecha, un lienzo rasgado, una mujer vuelta niña y muñeca rota.

Sin dilación alguna, Lady Miller la acompañó a la sala de estar, no sin antes asegurarse, mediante una fugaz inspección de la calle a través de las ventanas del rellano, que Minnie Geaks había conseguido llegar a Brooklyn sola y sin que nadie la siguiera.

- Te diré lo que vamos a hacer, Minnie. Te vas a quitar esas gafas y ese pañuelo. Me voy a servir una copa para serenarme y no coger ese teléfono, llamar a Donald Graf y hundir a tu marido con la primera edición de The Brookly’ns Herald de mañana.

Minnie empezó a hablar justo cuando una lágrima resbaló por sus mejillas y cayó justó en el nudo del pañuelo de lunares que cubría su cabeza. 

- ¿Quiere decir que no le puedo denunciar, Lady Miller?

- En absoluto quiero decir eso, Minnie. Ese canalla va a pagar por todo lo que te ha hecho y yo me voy  encargar de ello. Pero lo primero que debemos hacer ahora es llamar a un médico, y lo segundo es planear tu huida.Y si mañana todos los Estados Unidos de América saben que la promesa de la política nacional y el futuro candidato a gobernador del estado pega a su mujer eso es lo último que te van a permitir hacer.

La señora de Geaks había terminado de desabrocharse el pañuelo. La deslumbrante sonrisa de Minie, la armonía silenciosa de sus rasgos en una ingenuidad asombrosamente frágil, había quedado deformada por los golpes, los arañazos de detrás de sus orejas y el áurea negruzca que rodeaba sus ojos: apenas si quedaban pestañas que enmarcasen su tenaz mirada violeta. Pero lo que verdaderamente sacudió en un dolor absoluto a Lady Miller fue la visión del pelo de Minnie, siempre recogido en elegantes retos a su naturaleza lacia y decorado con flores, cintas o plumas que parecían más brillantes aún cuando descansaban sobre los reflejos rubios casi albinos de su cabellera. Los mechones caían ante sus ojos miedosos de un modo irregular y siniestro, pero no fue hasta que la aristócrata le hizo darse la vuelta a su protegida que pudo comprobar, con sumo horror, que el cuero cabelludo que debía haber estado cubierto de cabello tan solo lo estaba de sangre.  Lady Miller no pudo sino tratar de enjuagar las lágrimas de Minnie con las suyas propias. 

 - Lady Miller… Hay algo más que debe saber. 

Los ojos de Minnie brillaban con una lucidez hasta entonces ausente en su semblante siempre tranquilo, siempre ausente o maravillado ante la mínima presencia de belleza física o espiritual. 

- Todo esto… No fue a cambio de nada. No se altere, por favor. Quizás no sea nada más que una pobre boba, pero sé que no merezco esto. Lo que le estoy tratando de decir es que últimamente… Usted sabe que yo la admiro muchísimo, Catherine. Y aunque apenas hayamos hablado de ello yo sé que usted tiene casi tantas dudas acerca de Remy como yo misma las tengo. Tiene gracia… Compartimos dormitorio, mesa y amistades, pero le veo entrar en casa, salir, dormirse a mi lado y me sigue pareciendo un completo desconocido. Nunca me importó, siempre entendí que era algo normal; debía ser normal si ocurría tanto en Kansas como en Nueva York. Mis padres… Ellos tampoco compartían demasiadas cosas, pero, Lady Miller, ellos se querían. Por eso yo llegué a creer que mantenerme al margen de sus asuntos era el modo de Remy de demostrarme que, a pesar de todo, seguía queriéndome a su lado. El amor no me importa, Lady Miller. Nunca me ha importado. Todo lo que deseaba era ser capaz de mantenerlo a mi lado. Pero entonces llegó usted, y me habló del mundo, de las maneras en que se podía vivir. No quisiera que me malinterpretase: yo jamás sería capaz de abandonar los Estados Unidos, usted lo sabe, y yo lo sé. Acabaría dejándome engañar por un hombre o por una comunidad de monjas. Sin embargo, fue a través de usted que yo quise saber, incluso saber lo que usted tanto ansiaba: los secretos de Remy Geaks. Y ese fue mi primer error. 

- Minnie…Tú puedes, tú puedes alcanzar cualquier cosa que te propongas, solo has de….

- Por favor, déjeme terminar, Lady Miller. Sabía que este día llegaría. - Minnie sonrió débilmente y sus labios hinchados por los golpes obedecieron por unos instantes el encargo de su señora - Yo no soy una mujer inteligente. En algún momento Remy tenía que darse cuenta de que estaba intentando reunir las copias de los papeles que semana tras semana había estado llegando a casa a nombre de Samper Industries y Stadius&Co, y que Remy a menudo intercambiaba con Roy Samper dentro de una carpeta de terciopelo rojo. Y hoy lo ha hecho. 

- ¿Quieres decir que durante un mes has estado tratando de recopilar pruebas que relacionaran a tu marido con lo ocurrido con Samper Industries en Detroit? ¡¿Por qué no me dijiste nada?!

- Yo… Usted se mostró muy sorprendida cuando mencioné Stadius&Co aquella vez en mi casa, y supongo que quería parecerme un poco más a usted, o mostrarle que soy algo más que la bella esposa de un político corrupto. Pensaba acudir a Éluard o a usted en cuanto tuviera suficientes documentos, no quería ponerla en peligro. Remy la amenazó aquella vez. Lady Miller, déjeme hacer algo útil por primera vez en mi vida. Déjeme buscar esos papeles; quizás nada haya servido de nada, yo no poseo ningún conocimiento más que el del recelo con que mi marido los guardaba para determinar si se trata de documentos que puedan demostrar algo. 

- Minnie, no tenías porqué. Por mi culpa te encuentras ahora en este estado, y eso es algo que jamás podré perdonarme. Y si esos documentos están en tu casa, debes olvidarte de conseguirlos. No puedes volver allí, Minnie, prométeme que no lo harás. Debes marcharte lejos en cuanto puedas.

- Se lo prometo. Pero los papeles no están en casa. Desaparecieron antes de que Remy… - Minnie pasó su dedo índice por los cardenales de su cuello -. Yo pensé que él los había encontrado y que ello le había alertado de mis movimientos, o que quizás habían llegado a manos de Roy Samper por error - quizás al pedírselos a una criada ella le habría dado la carpeta de las copias en lugar de la auténtica, pero Remy no paraba de golpearme preguntándome dónde guardaba yo las copias de toda la documentación. Cuando le dije que la había perdido, enfureció aún más. - Minnie Geaks trató de alcanzar el pañuelo de lunares para evitar que las heridas de su cráneo rozaran el sofá y lo mancharan de restos de sangre.

Lady Miller se había acercado al mueble bar y decantaba con una percusión débil la botella de coñac sobre su copa. Debía pensar rápido. Remy Geaks tenía que recibir su merecido, pero de ningún modo ella podía permitir que Minnie corriera más riesgos. Después de acostar a Mrs. Geaks y telefonear a un médico, Lady Miller se dispuso a ordenar dentro de su cabeza todas las piezas del rompecabezas que la realidad había articulado delante de su persona en un desfile de temeridades, hechos brindados por el azar e irremediable maldad humana. Pero algo llamó su atención cuando una brisa de aire descubrió la cortina de una de las ventanas del salón y pudo ver en la calle a Simon, el chófer de Donald Graf. Una corazonada inundó las cavilaciones de la aristócrata. Aún desde la ventana y a una distancia considerable, Lady Miller pudo ver cómo Simon observaba, inquieto, el tatuaje del escorpión en su muñeca. Dos segundos más tarde, y con un gran pesar por tener que arrancarla del sueño consolador del infierno que pocas horas antes había tenido que vivir, Lady Miller se hallba en la cabecera del lecho de su habitación tratando de despertar a Minnie. 

- Minnie, escúchame. Remy tiene el tatuaje de un escorpión en la muñeca, ¿verdad?

- Un escorpión en la muñeca izquiera… Lo tiene… - Minnie hablaba aún entre sueños, lo que arrancó en Lady Miller una piedad avivada por su heridas que terminó en zarandeo por el bien de la interpelada.

- Escúcuchame. Tienes que irte. Voy a telefonear a Charles Éluard para decirle que vas de camino a su casa. Minnie, no te puedes quedar aquí. No puedo tener la certeza de ello, pero creo que es posible que Remy haya enviado a alguien tras tus pasos, y no podemos correr el riesgo de que te descubran. 

Antes de verla salir por el portal que apenas una hora antes había atravesado, Lady Miller le hizo volver a prometer a Minnie que no volvería a su casa. Al juramento anteriormente estipulado le añadió la promesa de que, cuando ya estuviera en casa de Charles Éluard, haría que este llamara primero a un médico y luego a ella, para informarle de su estado de salud.

Minnie sonrió con la fragancia del jazmín, la suavidad de las amapolas y la vitalidad de las rosas antes de cubrirse de nuevo el rostro medio desfigurado. Incluso bajo los múltiples golpes que habían casi deformado sus facciones y el equilibrio de sus gestos, seguía viviendo en aquella mujer una elegancia nata, casi musical.  Lady Miller la vio alejarse en un taxi amarillo que habían conseguido interceptar por la puerta de atrás del edificio de viviendas donde residía la aristócrata, para asegurarse de que Simon, estuviera o no relacionado con Geaks, no pudiera dar cuenta de ello a nadie. 

Al poco rato de la partida de Minnie Geaks, y viendo que Simon seguía aún en su puesto de guardia, Lady Miller quiso asegurarse de que Donald Graf,  no había enviado a su empleado a concertar alguna cita con ella. Aquello se hubiera salido del patrón estándar de relación que mantenían Graf y la aristócrata, y era casi evidente que el primero, a sus años y en su afianzada afición a sacarle provecho a ellos haciendo uso de los últimos avances tecnológicos, habría preferido descolgar el teléfono antes de enviar a uno de sus lacayos a dar un mensaje. Luego de poner a Éluard al tanto de las circunstancias, Lady Miller marcó el teléfono de la residencia de los Graf. El movimiento de su dedo en la rueda del aparato no era tan distinto al del disco de vinilo en el gramófono, al fin y al cabo.

- ¡Hola, Rose! ¿Está Donald en casa? Ah, paseando. Entiendo. Sí, sí, a cierta edad es mejor cuidarse, y más en Nueva York. Perdona, Rose, pero, ¿sabes si Donald ha enviado a Simon a hacerme algún recado? ¿Imposible, seguro? Claro. A por unos ejemplares del New Yorker. Sí, a mi también me ha hablado maravillas de esa revista; que una publicación de apenas seis meses de vida ya de qué hablar en Manhattan debe considerarse un éxito apoteósico. ¡Claro que vendré a veros! Tan solo dejadme el recado e iré encantada. Rose, sabes que me encanta habar contigo, pero debo colgar. Otro para ti. ¡Adiós!

Cuando Lady Miller echó los restos de su última colilla ardiente por la ventana, pudo observar complacida que Simon ya se había marchado. Estuvo escuchando un poco de música - algo de  Scott Japlin parecido al Maple Leaf Rag, que le recordaba igualmente a un mapache o a un koala ebrio saltando de eucalipto en eucalipto -,  hasta que el teléfono sonó en una desesperada campanada que Lady Miller recibió como un trago pasado por agua. 

- Ah, Charles. Ya creía que tardabas demasiado en llamar. ¿Sabes si el médico ha hecho un parte que nos pueda servir para…?

El silencio al otro lado de la línea fue suficiente parar frenar a la aristócrata.

- Catherine. Minnie Geaks ha muerto. 

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