Zarathustra the Horse and Friedrich the Übermensch, #1

Reblogueado desde Hugging the Horse
Reblogueado desde
"Si vais a la felicidad, llevad sombrilla" - Ramón Gómez de la Serna 
"Mi nombre es Máximo Estrella. Mi pseudónimo, Mala Estrella. Tengo el honor de no ser académio" - Ramón del Valle-Inclán
"Si te dan un papel pautado, escribe por detrás" - Juan Ramón Jiménez

"Si vais a la felicidad, llevad sombrilla" - Ramón Gómez de la Serna 

"Mi nombre es Máximo Estrella. Mi pseudónimo, Mala Estrella. Tengo el honor de no ser académio" - Ramón del Valle-Inclán

"Si te dan un papel pautado, escribe por detrás" - Juan Ramón Jiménez

Reblogueado desde Flâneurizando
Etiquetas: losramones

NIGHTHAWKS

image

'Nighthawks' o 'Halcones de la noche'. Óleo sobre lienzo, Edward Hopper. 

- Bebe usted con una supremacía presencial digna de las de su género. ¿No se lo han comentado nunca?

- Puede, pero ello no le incumbe.

-No parece el tipo de mujer que no se deja acompañar por un caballero. ¿Me equivoco?

-¿Tiene usted por costumbre finalizar sus absurdas deducciones con una pregunta retórica, desde luego inecesaria, para refutarlas?

-Y usted, ¿tiene por costumbre evadirlas?

[Silencio]

- ¿Sabe? He conocido a muchas mujeres, y de entre ellas siempre me han llamado la atención las que beben Bourbon. Ello denota una especie de temperamento especial. Una voluntad intríseca a rechazar y ser rechazada.

- Tal vez no se equivoca.

- O tal vez sí. O tal vez tan solo disparo a ciegas tratado de dar en el blanco y de paso averiguar algo más acerca de las que piden lo que usted está sorbiendo de ese vaso.

- Iba a finalizar otra vez con una pregunta, ¿eh?

- En efecto.

- Tampoco usted parece el tipo de hombre dispuesto a costear una copa sin que ello no le reporte algún tipo de beneficio.

- No se equivoque: mis objetivos son pura intelectualidad. A mis años, ya solo busco cazar ingenios.

- ¿Y cree que va a encontrarlo entre borrachos, taberneros filósofos y camareros que esconden apuntes bajo la barra?

- Olvida usted a las féminas bebedoras de Bourbon.

[Silencio]

- Parece complacido. ¿No será usted poeta?

- Soy un poeta de la mirada y la miseria. Desafortunadamente nunca se me dio bien escribir.

- Todos dicen lo mismo. Vea usted; los grandes poetas jamás han sido grandes escritores, sino dementes de vida perturbada incapaces de refugiarse en ningún lugar excepto en sí mismos. Son grandes locos del amor. Los escritores tienen coraje. Los poetas, miedo.

- Explíquese. 

- ¿Ve mi vaso? Si añadiera cinco o seis cubos de hielo a los tres que ya tiene, la bebida rebosaría y vísceras de alcohol y agua rodarían por esta lustrosa barra. Eso es lo que les sucede a los poetas enamorados. Tan solo unos pocos consiguen que el resultado siga siendo, digamos, bebible.

- Veamos, ¿y qué me dice del desamor?

- ¿Acaso no es exactamente lo mismo?

- Oh, ¿lo es?

- Dígamelo usted. No soy yo la que ha venido a buscar la compañía de un desconocida. 

- Así que una desconocida…Eso tiene fácil arreglo. Déjeme que la invite a una copa.

- Es muy amable. [Sorbo, sorbo]. No bebo.

- ¡No, claro! Ninguno lo hacemos. Ni siquiera ese al que el camarero acaba de sacar por la puerta que da al callejón donde los gatos sin nombre y con él comen sobras y detritos. ¿Sabe? Le conozco muy bien. Tuvo una hija con una actriz de provincias  de la que nunca más se supo después del parto. Si le pregunta, él le dirá que murió, quizás porque verdaderamete así lo crea. El padre mandó a la niña con sus abuelos. Pero ella está enamorada de él. No comprende que no puede amar a su padre. 

-¿Por qué me cuenta todo esto?

- Para que sepa que no es la única que está sola.

- Está siendo usted ilógico. Sepa que no hay cosa que me irrite más que la contingencia. Si estuviera acompañada en mi soledad, ¿no comprende que entonces ya no estaría sola?

- Desde luego lo estaría. Hay muchas formas de soledad. La soledad del niño, la del hombre feliz, la de la vejez. Incluso existe la soledad de la belleza. Si no considerara usted a los poetas unos necios, unos malos escritores, lo sabría.

- De nuevo haciendo deducciones falaces.

- ¿Es que no está en la naturaleza de una mujer como usted evadir la imperfección?

- Es posible que alguna vez lo estuviera. Ahora… Ahora bebo en bares con poetas de la mirada  y de algo más que no consigo recordar, ya ve usted. Y a propósito de la poesía, no crea que mi juicio sobre los poetas consigue vencer a mi afán por acercarme a ella. Al contrario. Disfruto participando de su imperfección encorsetada en estructuras que paradójicamente quieren ser perfectas. De nuestra imperfección, de hecho.

- ¿Lo ve? No está usted sola.

- Jamás he dicho que lo estuviera.

[Silencio]

- ¿La esperan en casa?

- ¿Espera una antílope al cocodrilo?

- Imagino que no. Aunque, ya sabe, hay antílopes muy poco precavidos.

- Y otros que lo son demasiado.

- Haría bien en juntarse con los cocodrilos. Ni que fuera solo de vez en cuando. ¿ A qué se dedica?

- A beber.

- Antes mencionó, pese a la patente contradicción, que usted no bebía.

- Ahí lo tiene, entonces. Soy una mentirosa profesional. Oh, sí, ya lo creo que lo soy. Podría hacerle creer cualquier cosa que yo quisiera en este instante: que vengo huyendo de un marido violento que me ha sometido a un largo cautiverio, pongamos 10 años para hacerlo redondo, en algún país musulmán al que viajé encandilada por sus arabigos encantos; que soy una aritócrata de alta curnia perturbada por la idea de tener que soportar, debido a mi reciente orfandad y sucesiva ruina, ser mandada por algún pariente rico proclive a insinuaciones indignas para cualquier dama; que mañana embarco hacia México para reencontrarme con el amor de mi vida, a quien creí haber perdido en un accidente el día anterior a nuestro casamiento.

- Dos veces, tres si se casara con el pariente, aparece el matrimonio en sus historias. No puede ser casual.

- Hágame el favor de leer a Aristóteles o a algún bendito que haya escrito algo sobre lógica. Buena falta le hace.

- Con que nada de poetas, pero los filósofos son bienvenidos. Vaya, vaya. Veo que tendré que empezar a sacar los ases que reservaba para el amanecer. Yo que quería convencerla para llevarla a la playa, a ver las estrellas. 

- Sería impropio de un poeta observador. 

- ¡Ah! ¿Y por qué?

- Pues porque estaría interviniendo en el devenir de las cosas con su análisis, y eso, amigo mío, ya es de filósofo.

- Amistad. Bonito engaño.

- Sutil. Sutil engaño. 

[Silencio]

- Querido, con ese extravío medroso parece que usted eche de menos a alguien. Se lo advierto como favor: uno debe saber qué es lo que desea ocultar a los demás de sí mismo. 

- Oh, sí. Todos echamos de menos a alguien. Peo yo hoy brindo por mi pobre borracho casi incestuoso, que a estas horas debe de estar ya vomitando entre gatos y espinas de sardina. Eso si no ha decidido ahorcarse ya. 

- Así que todos echamos a alguien de menos. Me preguto a quien echaré de menos yo.

- Echa de menos a quien la hizo cocodrilo. Usted era antílope, no frecuentaba las orillas de los depredadores. Y no le iba mal, supongo, pero se consumía en ascuas de insatisfacción muy poquito a poco, como si no quisiera molestar demasiado. Un día descubrió el peligro del riesgo, y aquello le gustó más, mucho más que la hierba que hasta entonces bien le había permitido respirar accionando una serie de mecanismos de rutinaria combustión en su organismo. Por primera vez, no vivía porque respiraba, sino porque hervía. La vida degolló a la existencia, y la sangre que corrió despertó a su nueva naturaleza. Usted lo sabía. 

[Silencio]

- Apuesto a que ni siquiera le quería.

- Tiene razón. Probablemente nunca llegué a querer al maldito cocodrilo, pero sí al pobre que… degollé - usted ya me entiende - para convertirme en depredadora. A él le quise casi tanto como lo echo de menos. Si creyera en Dios, o en algo más que en esta mísera vida, le juraría que le quise. 

- Entonces, ¿por qué se fue con otro hombre?

- ¿Por qué marchó la actriz de provincias?

- ¿Por qué hay niños buenos?

- ¿Por qué madrugan los gatos?

- Espere, los gatos no madrugan. Aunque si están despiertos, puede que sea porque nunca duermen. Viven por, para y en la noche, son noche: son amarillo y son madrugada. Pero volviendo a lo nuestro, ¿por qué Bourbon?

-Supongo que a estas horas esperará usted la verdad.

- No se equivoque. No existe hora para la verdad, y quien diga lo contrario miente. Ahí lo tiene.

- “Palabras, palabras, palabras…”.

- Con que también Shakespeare era mal escritor, ¿no?

- ¿Se ha asomado a alguno de sus sonetos? Puro artificio. Agua estancada que se ensucia más a cada lectura. ¿Quiere saber por qué se le alaba tanto? Yo se lo voy a contar. Conocerá usted el cuento del vestido nuevo del Emperador. Durante siglos, creer que los sonetos del hijo predilecto de Stradford Upon Avon son la máxima literaria rimada ha sido…

- Leo que le debió usted de querer mucho. 

- Se lo he dicho. Lo hubiera jurado por cualquier cosa.

- Sin embargo, no cometió un error. Usted sabía perfectamente lo que hacía cuando se escabulló en las fauces del cocodrilo con una presa muerta entre las suyas. Bebe Bourbon. A usted no la engañaron.

- Es tarde ya, pronto será la hora de marcharnos del paraíso. Dese prisa. 

- ¿Marcharnos? ¿Adónde? Usted está sola.

- Marcharé con los gatos, entonces. Se arrastrarán por las aceras, acuñarán maullidos al ardor de cristales verdes y restos de tripas o digeridos. Seremos amos de la noche y esclavos del silencio.

- Va delatándose sola. Ni interlocutor necesita. 

- Todos nos delatamos. 

- Shakespeare no lo hacía. Por eso es bueno. Hagamos un trato: si yo le revelo mi vacío, usted me cuenta el suyo. 

- Contésteme a algo. ¿Por qué habría de estar yo interesada en sus desgracias, caballero? Créame que con las mías me basta, y hasta me sobra cuando estoy sobria. 

- Oh, no lo está. Ya lo creo que no. Tan solo trato de ayudarla: verá, usted tiene que contarlo. Tiene que contarlo para escoger si retroceder hacia adelante o avanzar hacia atrás, y debe ser ahora que yo le estoy proporcionando un excelente pretexto. Mujer sola, independiente, seguramente hermosa cinco años atrás. Quizás cuatro. Es orgullosa, no va a admitir que no me necesita a no ser que sea para servirle en bandeja una excusa que le permita cambiarnos las cartas. Eso es precisamente lo que le estoy ofreciendo. Repito, ¿trato?

- Trato.

[Silencio. Habla el poeta de la mirada]

- Yo vivía en una pequeña ciudad del norte. Era diminuta desde dentro, inabarcable desde las implacables torres que la rodeaban. Pese a que era encantadora, carecía del magnetismo de esas ciudades a las que uno, por una razón u otra, acaba entregando su alma para siempre. Fue para mí una ciudad amante, con la que jamás tuve intención de casarme mientras la tuve conmigo. ¡Bendito sea el error humano! Conocía cada esquina, cada resquicio de mi minúscula, entrañable y medieval ciudad, y fui creciendo con la horrible sensación de querer dejarla atrás para conocer el sufrimiento del que ella siempre me había salvaguardado. 

- ¡Espérese! Miserable, está usted contando mi historia.

- Salvo por el hecho de que yo hablo de una ciudad y no de un hombre.

- Salvo por ello. Siga, siga con la suya.

- Vivía junto a los cantos de los pedazos dorados que traspasaban los vitrales de las iglesias dispersas a lo largo de las calles - las muertas y las vivas - de mi querida ciudad. El Dios que yo recibí no vestía sotana; era el Dios de la luz, una luz que se filtraba en toda su divinidad para ensancharse luego en los confines de los límites del hombre. A su alrededor, los altos torreones se alzaban majestuosos cual embajadores de un tiempo mejor, entre las ruinas físicas y morales de la posmodernidad. No eran tiempos buenos, pero ese Dios sin esperanza, sin hombres y sin destino, nos consolaba con un calor resplandeciente al rescoldo del amor de una ciudad condenada a la ruina en el futuro y a la virtud en la memoria de todos aquellos que la habíamos conocido ya vieja.

- No lo entiendo. ¿Qué quería dejar atrás?

- La seguridad de una verdad conocida. Quería riesgo, quería saber que la inestabilidad me pertenecía a mí. 

- Mire qué casualidad.

- Ja, ja. Puede que lo haya exagerado un poco para ponérselo más fácil. Soy un hombre cortés.

- Usted enamorado de una ciudad y yo de un hombre. Ambos les hemos perdido para siempre. Pero yo de usted no me preocuparía demasiado. Ni siquiera el amor es para siempre. 

- ¡Ah! Y por eso usted bebe como si le fuera la vida en ello. Porque no se preocupa por algo que seguramente es pasajero.¡Divina ironía!

- ¿Es que solo debemos preocuparnos por las cosas eternas? Si fuera así, habría más curas que prostitutas. No me mire de ese modo tan sancionario. Ahora no se ría. Le aseguro que es así.

- Yo no le hablo de su amor ni del mío, sino del Amor. Ese es eterno.

- ¡Ja! Valiente poeta. Voy a decirle algo: necesitamos creer que lo es, ergo la validez de la opinión - sí, opinión, no me vuelva a mirar con esos ojos de arroz - queda comprometida con el humano instinto de supervivencia. Al amar a alguien, disponemos en sus manos una arma extremadamente poderosa. Le concedemos el maravilloso don de dañar. Y yo herí, desde luego.

- Apuesto a que la espada le salió de doble filo y la herida de usted se abrió con su amante ya desangrado y bajo tierra. Ahora, vive muerta.

[Silencio]

- Vivo sola. Al fin y al cabo, así es como vivimos todos.

- Los hay quienes dicen poderse querer para siempre. Serán seres especiales.

- Son débiles. ¿Recuerda lo de las prostitutas y los curas? Pues esos hacen la vista gorda adrede. No pueden hacer otra cosa. En el mejor de los casos, saben que mienten tanto como que deben hacerlo para poder seguir queriéndose mejor el uno al otro. Cuando se ama, no basta el presente. “Te quiero” aquí y ahora no es nunca suficiente. Si no acordasen tácitamente recordarle al otro que pueden vencer el instante en la eternidad, el dolor sería insoportable, incluso más que la misma pérdida.

- Habla la razón.

- Y el Bourbon, señor mío. Desde luego, ni a mí ni a usted eso nos impide, nos ha impedido o nos ha de impedir querer. A su ciudad, o al que usted me ha enterrado hace unos minutos de modo sublime. 

- ¿Qué hacemos, pues?

- Esperar. Volver mañana. Para siempre, desde siempre.

" And, in this way, two people who are sympathetic to each other and who are right, who are compatible in this sort of spiritual way, in fact make up one person — they make up one source of power, which you both use and you can draw out material in incredible detail from the single shared mind. … It’s not that you choose the same things to write about, necessarily, and you certainly don’t write about them in the same way — it’s that you draw on an experience, it’s as though you knew more about something than you, from your own life, have ever really learned…

It’s a complicated idea to get across, because you’ve first of all to believe in this sort of telepathic union exists between two sympathetic people.”

There are things,
I have done.
There’s a place,
I have gone.
There’s a beast,
And I let it run.
Now it’s runnin’ my way.

There are things,
I regret.
That you can’t forgive.
You can’t forget.
There’s a gift,
That you sent.
You sent it my way.

So, take this night.
Wrap it around me like a sheet.
I know I’m not forgiven,
But I need a place to sleep.
So, take this night.
Lay me down on the street.
I know I’m not forgiven,
But I hope that I’ll be given
Some peace.

- Black Lab

There are things,
I have done.
There’s a place,
I have gone.
There’s a beast,
And I let it run.
Now it’s runnin’ my way.

There are things,
I regret.
That you can’t forgive.
You can’t forget.
There’s a gift,
That you sent.
You sent it my way.

So, take this night.
Wrap it around me like a sheet.
I know I’m not forgiven,
But I need a place to sleep.
So, take this night.
Lay me down on the street.
I know I’m not forgiven,
But I hope that I’ll be given
Some peace.

- Black Lab

Reblogueado desde ramble on

Empire State Building’s view of New York, taken in April, 2013.
People usually regard New York as the American city par excellence, the one with the highest skyscrapers, the shameless shows and the gloomiest jazz trumpeters. A huge, bustling town where one can reach either success or failure up to their last consequences. However, the night-dressed city happened to be something quite different for me since the very moment the real New York City showed up, with all its lights winking one at the other as if they were trying to convey a colourful, secret message to the busy world they were leading. The whole starry urban universe was displaying an ephemeral carousel of brightness in front of millions, perhaps billions of eyes who were too worried about their daily grind to stop and stare at the bare sky. Even now that this unique dreamlike scene has already faded away, I can swear something: had they done so, they would have found themselves lost in a revealing beauty that would have saved them forever. 
New York’s darkness was surprisingly quiet; at least that is what one could feel when slipping out of its most congested quarters in order to get the overall impression of the Kafkaesque design and disposition of its alleys. At some point, the rhythm of all the sounds had stuck in an atmosphere which eventually stopped the noise from destroying the hush The Big Apple was immersed in. 
Now I realize how hard to explain such a sensitive spell is by the time it is over. That night I felt the magic of The City as young lovers feel their own. Consequently, I am forced to admit - shameless and aware of my state- I have finally become one of the thousands of fools who have inevitably fallen head over heels  for New York. 

Empire State Building’s view of New York, taken in April, 2013.

People usually regard New York as the American city par excellence, the one with the highest skyscrapers, the shameless shows and the gloomiest jazz trumpeters. A huge, bustling town where one can reach either success or failure up to their last consequences. However, the night-dressed city happened to be something quite different for me since the very moment the real New York City showed up, with all its lights winking one at the other as if they were trying to convey a colourful, secret message to the busy world they were leading. The whole starry urban universe was displaying an ephemeral carousel of brightness in front of millions, perhaps billions of eyes who were too worried about their daily grind to stop and stare at the bare sky. Even now that this unique dreamlike scene has already faded away, I can swear something: had they done so, they would have found themselves lost in a revealing beauty that would have saved them forever.

New York’s darkness was surprisingly quiet; at least that is what one could feel when slipping out of its most congested quarters in order to get the overall impression of the Kafkaesque design and disposition of its alleys. At some point, the rhythm of all the sounds had stuck in an atmosphere which eventually stopped the noise from destroying the hush The Big Apple was immersed in.

Now I realize how hard to explain such a sensitive spell is by the time it is over. That night I felt the magic of The City as young lovers feel their own. Consequently, I am forced to admit - shameless and aware of my state- I have finally become one of the thousands of fools who have inevitably fallen head over heels  for New York. 

Ets i no ets, i visc del propi engany.
Sóc i no sóc, i palpo inútil borra.
Miro el florir de l’impossible tany
i el nom que et dius damunt la vasta sorra.
Per calls perduts i en pregones garites
cerco el farell de les absurdes fites. 
 
Com un gegant en terres oblidades
clamo combat, i adjuro un contrincant,
i en mortes fonts enyoro ocells i fades
o en obra d’hom m’ullprenc del propi encant.
En vall ventós, entre fòssils i nacres.
Em multiplico en dòcils simulacres. 
 
Qui, de tots dos, és carnal? Qui aviva
l’altre i no és? On és l’Etern Present?
Oh flam encès de cap a cap de riba!
Oh dolç cremar d’esperit i de ment!
En les remors de la nit, per les platges.
Adoro el Res en múltiples imatges.

- J. V. Foix

Reblogueado desde r e f e e K
Reblogueado desde
Pain changes people
- 7 días en La Habana - 

Pain changes people

- 7 días en La Habana - 

Reblogueado desde Chasing Dreams.
Reblogueado desde THEBTTSPROYECT by Cande

(Hopeless, Roy Lichtenstein)

HAMLET: Ha ha, are you good?
OPHELIA: My lord?
HAMLET: Are you fair?
OPHELIA: What means your lordship?
HAMLET: That if you be honest and fair, your honesty should admit no discourse to your beauty.
OPHELIA: Could beauty, my lord, have better commerce than with honesty?
HAMLET: Ay, truly, for the power of beauty will sooner transform honesty from what it is to a bawd than the force of honesty can translate beauty into his likeness. This was sometime a paradox, but now the time gives it proof. I did love you once.
OPHELIA: Indeed, my lord, you made me believe so.
HAMLET: You should not have believed me, for virtue cannot so inoculate our old stock but we shall relish of it. I loved you not.
OPHELIA: I was the more deceived.
HAMLET: Get thee to a nunnery. Why wouldst thou be a breeder of sinners? I am myself indifferent honest, but yet I could accuse me of such things that it were better my mother had not borne me.
- Hamlet, William Shakespeare

HAMLET: Ha ha, are you good?

OPHELIA: My lord?

HAMLET: Are you fair?

OPHELIA: What means your lordship?

HAMLET: That if you be honest and fair, your honesty should admit no discourse to your beauty.

OPHELIA: Could beauty, my lord, have better commerce than with honesty?

HAMLET: Ay, truly, for the power of beauty will sooner transform honesty from what it is to a bawd than the force of honesty can translate beauty into his likeness. This was sometime a paradox, but now the time gives it proof. I did love you once.

OPHELIA: Indeed, my lord, you made me believe so.

HAMLET: You should not have believed me, for virtue cannot so inoculate our old stock but we shall relish of it. I loved you not.

OPHELIA: I was the more deceived.

HAMLET: Get thee to a nunnery. Why wouldst thou be a breeder of sinners? I am myself indifferent honest, but yet I could accuse me of such things that it were better my mother had not borne me.

- Hamlet, William Shakespeare

Reblogueado desde Lumos

MARIE CENDRE

"Sur l’onde calme et noire où dorment les étoiles
La blanche Ophélia flotte comme un grand lys,
Flotte très lentement, couchée en ses longs voiles…
- On entend dans les bois lointains des hallalis.” - Arthur Rimbaud

Las palomas de París se perdían entre la tierra caliente y la lluvia que surcaba en el asfalto ríos más desbordados que el mismo Sena. No había aire que respirar, tan solo agua que fluía y ahogaba los árboles a su paso, los abrazaba y los estrangulaba mientras besaba sus hojas. Sus ramas se elevaban hacia las nubes como garras violentas, que en su deseo de arañar el cielo, laguna de los inocentes, perecían húmedas y leñosas en su impotencia. Fuera de la ciudad, en la orilla de la eternidad, el firmamento trataba de escapar del escabroso desecho que reinaban sus entrañas, vistiéndose de indiferencia y de ironía déspota. Y la lluvia caía, caía como si jamás hubiera de cesar, por no haber empezado nunca. Marie Cendre tenía 17 años y un sentido muy claro de la existencia, enfrentado a  su juventud y al caos y a la bohemia del París de 1960.

-          ¿Tú crees que somos felices? Porque la mayoría de la gente habla de la felicidad, piensan que es algo que de verdad merecen y por eso esperan encontrarla. Pero ¿somos realmente felices o simplemente estamos conformes con esto?

-          ¿No es acaso lo mismo?

Una mirada afilada se fue hundiendo en mí conforme se dilataba el tiempo transcurrido entre mis últimas palabras y las suyas. Y aquello fue el principio del fin. A veces, en frente de una cuartilla en blanco y decenas de ellas arrugadas a mis pies, me pregunto si evitar todo aquello hubiera sido posible si no la hubiera dejado contemplarse ante el espejo durante tan largo rato, si no nos hubieran dado la habitación número 42 en L’Albatros, o si no nos hubiéramos encontrado en una de las tantas pensiones en París con goteras. Pero quizás la conversación hubiera sido igual de ineludible e inevitable en cualquier otro lugar del mundo, en cualquier otro espejo y en cualquier otra habitación, como la serie de hechos que a continuación desfilaron no sin cierta ironía ante mis narices.  

-          Quiero decir, yo te quiero. Pero te quiero conforme a lo que desconozco de ti, y dudo que sea posible llegar a conocerte de otro modo. ¿Es todo eso útil? ¿Se sostiene, puede sostenerse o se sostendrá? Yo creo que no, definitivamente, y eso no me impide quererte ahora, pero me lo va a impedir tarde o temprano, ¿comprendes?

Lo que verdaderamente era inútil era responder al monólogo de mi querida y joven Marie. Ella estaba demasiado ocupada razonando consigo misma como para poder escucharme. Con sus ojos espesos decolorados de insatisfacción, escrutaba su melena negra tratando de avistar alguna blanca seña de la caducidad de su adolescencia tardía al tiempo que proseguía con el diálogo que desafortunadamente había emprendido con sí misma:

-          Quizás podríamos dejar de vernos. Es una sugerencia. No es que quiera, pero todo sería más sencillo, más…fácil.  A veces me recuerdas demasiado quién soy y demasiado poco quién eres.

Cada vez que revivo ese momento, pienso en el gran número de fórmulas, citas y recursos de retórica que podría haber usado para disuadirla: “Escúchame, mi querida Marie Cendre – le hubiera dicho -  con los años comprenderás que en la vida las cosas son y deben ser complicadas, pero no por ello uno debe dejar de luchar por lo que quiere y rendirse ante las adversidades que le impiden ser feliz. La constancia, el esfuerzo y la confianza han sido los más potentes motores de la humanidad desde tiempos inmemoriales…”. Pero muy a mi pesar mi ingenio quedó mudo, y en ese momento no hice nada más que repasar con pulcritud la imagen inverosímil y aletargada  por el tiempo ficticio nacido del delirio de Marie que me ofrecía su reflejo. Familiar no era el adjetivo justo con el que describir su belleza. El suyo era un magnetismo ilógico, tan antinatural como el gris alado del humo de la ciudad o el tacto frígido de una moneda. No había nada de sexual en ella, ni una harmonía curva, ni un guiño fácil en su carácter que pudiera despertar deseo. Ni siguiera su mirada, siempre impenetrable, siempre oscura sin importar si era el cielo o el cieno lo que se reflejaba en ella, transmitía la dilación misteriosa que palpita dentro de cualquier ser vivo cuando la reflexión bulle dentro de la duda. Una vez se lo dije, y ella no dudó en burlarse de la tortuosa relación que yo siempre me había vanagloriado de mantener con Shakespeare haciéndome notar como Hamlet se había escabullido entre mis palabras, maduras y meditadas a la luz y a la sombra de su desnudez.

Sin embargo, la realidad penetraba en el interior de su cuerpo con una exquisitez tan personal, con una dimensión tan profunda e intelectual, que no había criatura capaz de resistirse a su serena transparencia, a la tristeza recurrente que arrastraba consigo. La fragilidad aparente que parecía destilar era su mayor arma de atracción. La primera vez que la vi, llevaba entre sus brazos tres libros de poesía moderna norteamericana – Sylvia Plath, Charles Bukowski y Anne Sexton – y manchas de café en los puños de la camisa. Aunque hubieran pasado tres años desde aquel momento y tres hubieran sido las veces en las que nos habíamos despedido desde entonces, aun tenía fresca en mi mente la esencia que se desprendía de cada uno de sus movimientos.

"¿Sabes? –  solían murmurar para mí sus ojos- Suelo pensar que pensar me ahoga, que las letras de las palabras que pienso me aspiran hacia su ombligo, me abrazan y no me sueltan cuando intento cazar a destiempo una bocanada de aire vocálico. También suelo pensar que querer me ahorca, que si mi corazón llegara a palpitar podría abandonar cuando quisiera mi mente e irse en silencio, sin latir y sin despedirse. ¿Y qué pasaría entonces conmigo? En realidad supongo que moriría sin dejar de existir. Me perdería y nunca jamás pensaría, ni querría, ni las palabras me ahorcarían, porque los huecos no duelen cuando nadie les recuerda que están vacíos. No lo sé. Supongo que a veces pienso demasiado".

¡Qué cierto era entonces y que cierto seguía siendo en aquella ciudad de alma gris, donde las palomas eran ciegas! Marie pensaba demasiado y, no obstante, nunca decía nada de lo que cruzaba por su mente, y uno tenía que desenmarañarlo de  sus acciones, de sus gestos, de sus escasas y hostiles palabras, y, sobre todo, de sus silencios.  Para ella la sensibilidad, el dolor o la culpa ajena eran jirones en las personas, y mantenía con ellos un divino trato de indiferencia que nunca llegué a comprender; era como si intentara alejar de ella todo aquello que pudiera emborronar su pulcro espíritu y deformar la imagen platónica con la que se proyectaba hacia los demás.

En realidad, supongo que tan solo llegué a ser plenamente consciente de todo cuánto con los años añoré cuando, con una distancia totalmente incoherente a la situación en la que nos hallábamos, introdujo su cuerpo dentro del jersey malva de lana que había quedado olvidado debajo de la cama una hora y dos cafés antes. Antes de marcharse, susurró que con toda probabilidad jamás volveríamos a vernos, con la misma sutilidad con que hubiera comentado un cambio en las previsiones del tiempo o un giro en la intención de voto según los sondeos electorales más recientes. Cuando hubo terminado se marchó sin darse demasiada prisa en despedirse.

Tan solo años después supe por una reseña en la prensa que había publicado un par de novelas y varios poemas en América, con los que se había ganado la admiración de los que antaño se consideraron sus maestros. No me extrañó en absoluto la noticia. Marie siempre tuvo ojos de escritora, ese tipo de ojos que miran cuando ven, e imaginan aun sin entender lo que les rodea. Aun cuando no escribía y tan solo leía a Plath, Bukowski y Sexton. Aun cuando la vi por primera vez, de pie y vacilando sobre la orilla del Sena, a punto de entregarse al descanso profundo que le prometían sus aguas negras.

And on and on from the moment I wake,To the moment I sleep,I’ll be there by your side,Just you try and stop me,I’ll be waiting in line,Just to see if you care.
- Shave, Cold Play

And on and on from the moment I wake,
To the moment I sleep,
I’ll be there by your side,
Just you try and stop me,
I’ll be waiting in line,
Just to see if you care.

- Shave, Cold Play