HIERRO, CEMENTO Y CRISTAL
CAPÍTULO II
Charles Éluard podía ser una incógnita para las oligarquías de Nueva York, para los decanos de las facultades del mundo en las que se decía que había estudiado, o incluso para las editoriales en las que había trabajado durante su juventud; pero, ¿cómo podía serlo para Lady Miller? Sus infancias habían crecido unidas en aquellos veranos en los que la joven Cathy visitaba Bélgica para perfeccionar su áspero francés. Francia, según los padres de Lady Miller, padecía una masificación extranjeril que la hacía poco selecta, y sobre todo a todas luces poco adecuada para quienes buscaran alejar a sus retoños de la endemoniada bohemia de Tolouse-Lautrec y su esotérico drama enajenador. De este modo, el hecho de mantener cierta relación con los Éluard, el matrimonio de abogados mejor relacionado de Bélgica, permitía a los Miller evitar el ajetreo de París y enviar cada verano a su hija Cathy a su casa de campo en Sint-Margriete.
 Así, Éluard pasó buena parte de su adolescencia martilleando el francés de una pequeña y asustada Catherine Miller de apenas doce años, que con el paso de aquellos fue convirtiéndose en una de sus mejores confidentes. Como es costumbre en él y en todas las relaciones tejidas con los hilos del interés, el tiempo había ido alejando a los progenitores de ambos muchachos, pero fue gracias a la verdadera amistad que existía entre ellos que, bien fuera a través de un telegrama, de un servicial somelier de cualquier vin parisien o de cartas en papel oriental traídas entre los pliegos perfumados de un Sari, Lady Miller y Charles Éluard siempre habían conseguido encontrarse el uno al otro en los lugares más insospechados del globo. En cierto modo, quizás fue por esa rutina jamás mencionada de hallarse sin haberse buscado que Lady Miller no se sorprendió en absoluto de encontrar a Éluard en Nueva York, aunque sí de hacerlo en la amable y hostil aspereza que se respiraba en cualquier celebración cuyos asistentes estuvieran valorados en varios miles de dólares, como sucedía en la fiesta de Allen Street. Cuando los aplausos por la interpretación de una mediocre versión orquestada de At the Jass Band Ball  cesaron, la aristócrata se acercó sonriente y felina a la columna de mármol desde donde Éluard escrutaba con indolencia cuán fácil de contentar era el público que no había vivido el jazz en los nidos de Harlem y los verdaderos sótanos de ragtime de la ciudad: los miserables, los manchados de la advertencia de navajas sucias de sangre, los que servían de refugio al amor interracial.
 Antes de dirigirse a él, Lady Miller sabía que ella, la dama de las distancias silenciosas y altivas, siempre sería Catherine en el paladar caprichoso de Éluard, Catherine con esa ‘r’ derretida y arrastrada que ella jamás logró imitar a pesar de los interminables veranos en Bélgica, bajo el sol envilecido por la niebla, los espejismos de agua y los bosques llenos de aire, lluvia y piedras albinas.
- Ah, Catherine, querida. Comentan por ahí que te has olvidado la cortesía en el Medio Oriente. ¿Será eso posible, mon cherie?
- Querido Charles, créeme si te digo que pocas veces he celebrado tanto tu presencia como esta noche. Empezaba a creer que me quedaba sin aliados para defender la progresía europea. 
- ¡Y yo que creía que te fui de mucha más utilidad en Egipto, cuando te salvé de ser intercambiada por varias docenas de dromedarios!
- Eso fue en Marruecos, Charles Éluard. Si no me equivoco, cabalgas ya una edad en la que la lozanía de la mente puede empezar a verse enturbiada por la carga de los recuerdos. ¿41, el próximo setiembre?
- ¡Cállate, niña, cállate! - por unos instantes, Éluard tomó aquel aire de adolescente empeñado en hacer pronunciar correctamente a Lady Miller las rocambolescas peripecias fonéticas del francés -  Ya sabes cómo va la diplomacia. El charm sin edad lo es todo. Querida, ¿plumas en tu atuendo, de veras? Te creía inmune a las excentricidades americanas. En fin. Tú también, Bruto. 
-  Ahora que lo mencionas, acabo de recordar la vez en que tuve que convencer a aquel periodista en Montecarlo para que no hablara de tu traducción de Julius Caesar al francés en la presentación de aquel libro tuyo de ensayos sobre The Globe.
- Y nunca te lo voy a terminar de agradecer del todo, Catherine Miller. A veces me consuelo con el hecho de que probablemente todos somos relamidos  y empalagosos cuando traducimos a Shakespeare a los 17 años.
La sonrisa de Lady Miller escondía entre sus comisuras las cuentas de los pocos jóvenes de los que ella supiera que hubieran traducido al Bardo a tan temprana edad. En los segundos en los que duró el recuento por los cauces revueltos de la memoria, la aristócrata topó con un nombre anclado a sus veranos en Bélgica, pero también al agrio sabor de los vinos de la derrota: Henry Pinaud. Una serie de sucesos que habían sido cautelosamente encubiertos por los Éluard desfilaron por su conciencia mientras Charles bromeaba sobre las últimas tendencias de Manhattan, sobre la costumbre de los americanos de malgastar el ron en las tareas más mundanas, y sobre el vocabulario soez que muchas veces su buen gusto chapado a la europea tenía que tolerar en las reuniones del círculo empresarial neoyorquino.
Aquella información en las manos de varios de los asistentes a la fiesta de aquella noche podría haber acabado con la carrera diplomática que Charles Éluard llevaba persiguiendo 10 años, emprendida una vez había decidido retirarse del mundo editorial a la temprana edad de 29. Chico de sensibilidad precoz, la literatura había brindado a Éluard un espacio de creatividad, libertad y posibilidad de desarrollo personal que ninguno de los lugares a los que había visitado en sus cuarenta años de vida había conseguido emular. No obstante, algo había empujado a Charles a abandonarla justo cuando empezaba a alcanzar la proyección internacional que siempre había ansiado. Lady Miller, su Catherine, lo sabía, y era gracias a ello que podía comprender por qué la mención a Shakespeare había trasladado a sus pensamientos el nombre de Henry Pinaud. Pero aquel momento parecía demasiado grato para Éluard como para que Lady Miller se atreviera a ensuciarlo con el carbón que había manchado las láminas del pasado después de ilustrarlas con el vigor de la juventud perdida. Decidió, entonces, centrarse en las del presente.
- Charles, ¿conoces a los Geaks?
- Querida, el día que deje de conocer a las cucarachas del cuchitril que es Manhattan (Dios mío, cómo echo de menos Europa en estos momentos) empezaré a llevar esa ordinariez que son los gemelos con las iniciales de uno.  Si me preguntas a mí, te puedo decir que Minnie es hasta agradable en las veladas en que puedes gozar de su compañía a solas. De hecho congeniamos bastante bien, podemos hablar de esas cosas banales que a mí me entusiasman y que a ti te parecen… ¿Cómo las llamaste la última vez, en Francia? Ah, sí. “Bagatelas de ama de casa”. Te digo que no todo en la vida es Proust, Catherine, hay que saber hablar de todo. 
- ¿Y qué hay de Remy Geaks?
Charles adoptó una postura de alerta, y borró de su mirada cualquier rastro de la sorna con la que acostumbraba a dar a luz a sus discursos. 
- Escúchame. ¿Recuerdas cuando coincidimos en aquel viaje por el Nilo? Trata de recordar a los cocodrilos. Esperaban pacientes, aguardaban días sin comer con tal de poder hincarles el diente a los insensatos que, viéndoles tan pacíficos, se atrevían a darse un baño en las orillas del río. Remy Geaks es de ese tipo de personas. O peor aun; es de los que ni siquiera deja tullidos si puede aprovecharse de tu cadáver.
Éluard frunció sus labios a semejanza de los genios. Algo se perdía en los confines de su imaginación, aquella imaginación que tiempo atrás había florecido en los versos más aclamados de su generación, en las narraciones más sorprendentes de la vanguardia en la lengua de Baudalaire. Lady Miller casi percibía como una oscuridad contenida, un conocimiento sospechado y siniestro, se secaba en sus pupilas como lo hacía el champán entre sus carnosos labios.

HIERRO, CEMENTO Y CRISTAL

CAPÍTULO II

Charles Éluard podía ser una incógnita para las oligarquías de Nueva York, para los decanos de las facultades del mundo en las que se decía que había estudiado, o incluso para las editoriales en las que había trabajado durante su juventud; pero, ¿cómo podía serlo para Lady Miller? Sus infancias habían crecido unidas en aquellos veranos en los que la joven Cathy visitaba Bélgica para perfeccionar su áspero francés. Francia, según los padres de Lady Miller, padecía una masificación extranjeril que la hacía poco selecta, y sobre todo a todas luces poco adecuada para quienes buscaran alejar a sus retoños de la endemoniada bohemia de Tolouse-Lautrec y su esotérico drama enajenador. De este modo, el hecho de mantener cierta relación con los Éluard, el matrimonio de abogados mejor relacionado de Bélgica, permitía a los Miller evitar el ajetreo de París y enviar cada verano a su hija Cathy a su casa de campo en Sint-Margriete.

 Así, Éluard pasó buena parte de su adolescencia martilleando el francés de una pequeña y asustada Catherine Miller de apenas doce años, que con el paso de aquellos fue convirtiéndose en una de sus mejores confidentes. Como es costumbre en él y en todas las relaciones tejidas con los hilos del interés, el tiempo había ido alejando a los progenitores de ambos muchachos, pero fue gracias a la verdadera amistad que existía entre ellos que, bien fuera a través de un telegrama, de un servicial somelier de cualquier vin parisien o de cartas en papel oriental traídas entre los pliegos perfumados de un Sari, Lady Miller y Charles Éluard siempre habían conseguido encontrarse el uno al otro en los lugares más insospechados del globo. En cierto modo, quizás fue por esa rutina jamás mencionada de hallarse sin haberse buscado que Lady Miller no se sorprendió en absoluto de encontrar a Éluard en Nueva York, aunque sí de hacerlo en la amable y hostil aspereza que se respiraba en cualquier celebración cuyos asistentes estuvieran valorados en varios miles de dólares, como sucedía en la fiesta de Allen Street. Cuando los aplausos por la interpretación de una mediocre versión orquestada de At the Jass Band Ball  cesaron, la aristócrata se acercó sonriente y felina a la columna de mármol desde donde Éluard escrutaba con indolencia cuán fácil de contentar era el público que no había vivido el jazz en los nidos de Harlem y los verdaderos sótanos de ragtime de la ciudad: los miserables, los manchados de la advertencia de navajas sucias de sangre, los que servían de refugio al amor interracial.

 Antes de dirigirse a él, Lady Miller sabía que ella, la dama de las distancias silenciosas y altivas, siempre sería Catherine en el paladar caprichoso de Éluard, Catherine con esa ‘r’ derretida y arrastrada que ella jamás logró imitar a pesar de los interminables veranos en Bélgica, bajo el sol envilecido por la niebla, los espejismos de agua y los bosques llenos de aire, lluvia y piedras albinas.

- Ah, Catherine, querida. Comentan por ahí que te has olvidado la cortesía en el Medio Oriente. ¿Será eso posible, mon cherie?

Querido Charles, créeme si te digo que pocas veces he celebrado tanto tu presencia como esta noche. Empezaba a creer que me quedaba sin aliados para defender la progresía europea. 

- ¡Y yo que creía que te fui de mucha más utilidad en Egipto, cuando te salvé de ser intercambiada por varias docenas de dromedarios!

- Eso fue en Marruecos, Charles Éluard. Si no me equivoco, cabalgas ya una edad en la que la lozanía de la mente puede empezar a verse enturbiada por la carga de los recuerdos. ¿41, el próximo setiembre?

- ¡Cállate, niña, cállate! - por unos instantes, Éluard tomó aquel aire de adolescente empeñado en hacer pronunciar correctamente a Lady Miller las rocambolescas peripecias fonéticas del francés -  Ya sabes cómo va la diplomacia. El charm sin edad lo es todo. Querida, ¿plumas en tu atuendo, de veras? Te creía inmune a las excentricidades americanas. En fin. Tú también, Bruto. 

-  Ahora que lo mencionas, acabo de recordar la vez en que tuve que convencer a aquel periodista en Montecarlo para que no hablara de tu traducción de Julius Caesar al francés en la presentación de aquel libro tuyo de ensayos sobre The Globe.

- Y nunca te lo voy a terminar de agradecer del todo, Catherine Miller. A veces me consuelo con el hecho de que probablemente todos somos relamidos  y empalagosos cuando traducimos a Shakespeare a los 17 años.

La sonrisa de Lady Miller escondía entre sus comisuras las cuentas de los pocos jóvenes de los que ella supiera que hubieran traducido al Bardo a tan temprana edad. En los segundos en los que duró el recuento por los cauces revueltos de la memoria, la aristócrata topó con un nombre anclado a sus veranos en Bélgica, pero también al agrio sabor de los vinos de la derrota: Henry Pinaud. Una serie de sucesos que habían sido cautelosamente encubiertos por los Éluard desfilaron por su conciencia mientras Charles bromeaba sobre las últimas tendencias de Manhattan, sobre la costumbre de los americanos de malgastar el ron en las tareas más mundanas, y sobre el vocabulario soez que muchas veces su buen gusto chapado a la europea tenía que tolerar en las reuniones del círculo empresarial neoyorquino.

Aquella información en las manos de varios de los asistentes a la fiesta de aquella noche podría haber acabado con la carrera diplomática que Charles Éluard llevaba persiguiendo 10 años, emprendida una vez había decidido retirarse del mundo editorial a la temprana edad de 29. Chico de sensibilidad precoz, la literatura había brindado a Éluard un espacio de creatividad, libertad y posibilidad de desarrollo personal que ninguno de los lugares a los que había visitado en sus cuarenta años de vida había conseguido emular. No obstante, algo había empujado a Charles a abandonarla justo cuando empezaba a alcanzar la proyección internacional que siempre había ansiado. Lady Miller, su Catherine, lo sabía, y era gracias a ello que podía comprender por qué la mención a Shakespeare había trasladado a sus pensamientos el nombre de Henry Pinaud. Pero aquel momento parecía demasiado grato para Éluard como para que Lady Miller se atreviera a ensuciarlo con el carbón que había manchado las láminas del pasado después de ilustrarlas con el vigor de la juventud perdida. Decidió, entonces, centrarse en las del presente.

- Charles, ¿conoces a los Geaks?

- Querida, el día que deje de conocer a las cucarachas del cuchitril que es Manhattan (Dios mío, cómo echo de menos Europa en estos momentos) empezaré a llevar esa ordinariez que son los gemelos con las iniciales de uno.  Si me preguntas a mí, te puedo decir que Minnie es hasta agradable en las veladas en que puedes gozar de su compañía a solas. De hecho congeniamos bastante bien, podemos hablar de esas cosas banales que a mí me entusiasman y que a ti te parecen… ¿Cómo las llamaste la última vez, en Francia? Ah, sí. “Bagatelas de ama de casa”. Te digo que no todo en la vida es Proust, Catherine, hay que saber hablar de todo. 

- ¿Y qué hay de Remy Geaks?

Charles adoptó una postura de alerta, y borró de su mirada cualquier rastro de la sorna con la que acostumbraba a dar a luz a sus discursos. 

- Escúchame. ¿Recuerdas cuando coincidimos en aquel viaje por el Nilo? Trata de recordar a los cocodrilos. Esperaban pacientes, aguardaban días sin comer con tal de poder hincarles el diente a los insensatos que, viéndoles tan pacíficos, se atrevían a darse un baño en las orillas del río. Remy Geaks es de ese tipo de personas. O peor aun; es de los que ni siquiera deja tullidos si puede aprovecharse de tu cadáver.

Éluard frunció sus labios a semejanza de los genios. Algo se perdía en los confines de su imaginación, aquella imaginación que tiempo atrás había florecido en los versos más aclamados de su generación, en las narraciones más sorprendentes de la vanguardia en la lengua de Baudalaire. Lady Miller casi percibía como una oscuridad contenida, un conocimiento sospechado y siniestro, se secaba en sus pupilas como lo hacía el champán entre sus carnosos labios.

Néixer per vèncer el duel de la fosca que es bat amb ales de mosca sobre pètals de rosa esquinçats. Néixer per vèncer dins d’una gàbia de foc i d’aigua sense viure ni morir en la batalla. Néixer amb plomes, amb arrels, amb escuma encesa sobre la tenacitat del vent, l’asfalt i l’acer. Néixer en un contrabaix que combati les banderes amb l’orgue d’amestistes de l’Univers. Néixer, néixer en guàrdia. Néixer per transgredir la victòria. 

“Reality doesn’t impress me. I only believe in intoxication, in ecstasy, and when ordinary life shackles me, I escape, one way or another.” - Anais Nin

“Reality doesn’t impress me. I only believe in intoxication, in ecstasy, and when ordinary life shackles me, I escape, one way or another.” - Anais Nin

(Fuente: , vía ghostshoes)

HIERRO, CEMENTO Y CRISTAL

CAPÍTULO I 

- Oh, Minnie. No pretendas actuar como si no te importara. Sabemos que fue duro, querida, sabemos que lo fue. Aunque deberías aprender a vivir con ello. Al fin y al cabo, todas hemos tenido que hacer frente a algo parecido alguna vez.
Minnie se removió incómoda en su traje de terciopelo dorado. La banda interpretaba ‘Whose Izzy is He’, de The Virginians, lo cual le pareció incongruente y casi violento dada la situación. Frunció el ceño brevemente, como si quisiera mostrar su incomodidad a quienes la rodeaban mediante un educado suspiro bailándole en los ojos. Minnie no solía pensar en aquello. De hecho, Minnie no tenía por costumbre pensar en nada, excepto en las obligaciones y deberes que se le suponían a toda abnegada esposa de la clase alta neoyorquina. Ataviadas de lujosas sedas, exóticas plumas y aromas orientales, las damas del dinero nuevo se paseaban por Manhattan con la serenidad y el aplomo de la sociedad de influencias, relaciones y apariencias sobre las que sustentaba la Gran Manzana de los felices años 20. Mrs. Samper, la mujer que había usurpado el papel de interlocutora de Minnie a Lady Miller, siguió con su estoico planto.
- Oh, querida. No debes disgustarte con Remy. Ellos… Ellos son hombres. Necesitan sentirse seguros. Necesitan convencerse de que aún son capaces de conseguir lo que quieren.
- Es que… - Mrs. Samper, que era algo mayor que Minnie, se sorprendió de que la ingenua señora de Remy Geaks fuera verdaderamente capaz de balbucear una respuesta - …es que no lo esperaba. Quizás lo sabía. Quizás no me hubiera importado en absoluto de no haberlo sabido por Remy. Pero jamás pensé que él fuera capaz de decírmelo. No dejo de preguntarme qué puedo hacer. No dejo de pensarlo… No me gusta pensar. Mamá solía decir que… Que lo mejor para las muchachas bonitas es no pensar.
Mrs. Samper sonrió al escuchar a Minnie. También ella pertenecía a esa generación de muñecas de alta cuna para quienes la máxima y última utilidad del ser femenino era la conservación de la belleza en la juventud, y de la elegancia y la reputación en la vejez. ‘Evening Chimes’, que sonaba en el aire, dulzona, como la comodidad intelectual cultivada en ignorancia de la que hacían gala ambas damas, amenizaba la velada y los juicios de Minnie y Mrs. Samper.  
Contrariamente, y a pesar de que su suerte había corrido a merced de dicho dogma, proporcionándole un lugar estable entre la mediocridad pudiente siendo ella misma una aristócrata, Lady Miller quería pensar que el futuro que había que labrar a las féminas del futuro debía extenderse alejada del champán, los marcos dorados del Park Row Building y las joyerías de la Quinta Avenida. Catherine Miller había crecido en el ocaso de una Gran Bretaña curtida de saber letrado, orgulloso de tener en su poder a los últimos vástagos de la aristocracia ilustrada. Hija de padre americano - liberal periodista de gabardina ambicioso y descendiente de una de las familias judías más ricas de Polonia - de y madre británica vinculada a la nobleza, Lady Miller, a quien ya nadie apodaba Cathy, recordaba a menudo su niñez con una mirada amable de incredulidad. Le parecía demasiado alejada, demasiado diferente de su presente para haber sucedido del mismo modo que sucedía aquel vanidoso presente americano. A sus casi 35 años, Lady Miller, que había viajado por Francia, Italia, India, Israel y ahora pasaba algunos meses en Nueva York, miraba con cierta condescendencia el hacer de las mujeres del Nueva Mundo. Le parecían pájaros enjaulados, indecisos y perpetuados en la dependencia de opinión; la misma Minnie Geaks, una belleza invisible, floral, que brillaba como un diente de león entre los hoteles de más prestigio de la ciudad, no era nada más que un cuerpo delicado envuelto en burbujas doradas. “Pobre Minnie” - pensó Lady Miller - “Pobre Minnie”. 
- Como te decía, Minnie, Remy debe de estar muy alterado con los cambios a los que él y Mr. Samper han tenido que afrontar. Sabes, Minnie, ser la esposa de dos de los más grandes hombres de nuestra nación no es fácil, no es fácil. Hemos de saber estar a la altura de circunstancias que superarían a cualquiera de esas mujeres que van de Lexington Avenue a Midtown Manhattan en el suburbano, y traen ellas mismas sus paraguas y sus compras desde Brooklyn. Me comprendes, lo sé. Lady Miller, en cambio, parece disentir. ¿Me equivoco?
Lady Miller había estado observando la debilidad de Minnie y los aspavientos de suficiencia de Mrs. Samper desde una distancia tan arrolladora que inevitablemnte había terminado por ofender a la segunda. La aristócrata pensó que Mrs.Samper dominaba tanto la sutilidad como su marido los subterfugios legales que le habían permitido enriquecerse mediante préstamos bancarios para la compra de activos en empresas ferroviarias.
- Simplemente, señoras, me asombra cómo intentan ustedes compadecerse las unas de las otras cuando hay líos de sábanas de por medio. Resulta curioso que tan solo consigan lograrlo en ese aspecto de la vida conyugal, tan común aquí en Manhattan, según he podido observar. 
Mr.Samper quizás hubiera podido explicarse las palabras de la dama de ascendencia inglesa si hubiera estado al tanto de sus viajes y andanzas antes de llegar a Estados Unidos. Durante su estancia en Israel, Lady Miller había mantenido una relación de algunos meses con un hombre casado; lo que sin lugar a duda ninguna de las presentes podía saber del cierto era que, aunque aquello hubiera significado algo más que un modo ameno de combatir la aridez, la salud espiritual y la sed sagrada de Tierra Santa, Lady Miller no hubiera modificado ni un ápice su opinión respecto a lo que significaba ser amante en lugar de esposa. También ella había estado casada, algo que muy pocos conocían en Nueva York. Sin embargo, la mentalidad cosmopolita de los dos cónyuges, desarraigada de cualquier costumbre solariega por no saberse atada a ningún lugar, había permitido dar por finalizada la unión matrimonial tras dos años de convivencia fracasada en un divorcio de mutuo acuerdo. 
- Lady Miller, aquí en la ciudad no estamos acostumbradas a recibir comentarios tan… desconsiderados de nuestras compañeras de velada. Nos va a disculpar a Mrs. Geaks y a mí. Vamos, Minnie. Parece que Remy y Roy nos están llamando.
Minnie Geaks parecía acorralada por la personalidad dominante de Mrs.Samper. Probablemente por ello Lady Miller excusó a la joven, guardándose para sí misma la verdadera opinión que le merecía la esposa de Roy Samper. Los sentimientos que despertaba en ella aquella cacatúa envuelta en lujos en un intento fallido de repeler la vetustez empezaban a asemejarse demasiado a los forjados entorno de su marido. Pocos meses atrás, la prensa neoyorquina había acusado a Samper Industries de ser la responsable de uno de los mayores accidentes laborales que se recordaban en la historia del mundo libre, pero inexplicablemente aquel asunto había quedado zanjado con la dimisión de los directores responsables de la publicación y un comunicado del gobernador de Michigan alabando el papel de Samper en la resurrección de Estados Unidos como potencia mundial. Y, tal y como incluso habrían podido sospechar las mentes más obtusas, en aquel asunto era fácilmente deducible la mano de Remy Geaks, la promesa de la política de las nuevas generaciones.
Lady Miller paseó su mirada atenta por la embriaguez del local en el que discurrían, apresuradas, las partituras de jazz que armonizaban la fiesta en Allen Street. Una sonrisa inundó su rostro en cuanto el del observado se posó en el suyo. Aquel era el último lugar del mundo en el que esperaba hallar a Charles Éluard.

HIERRO, CEMENTO Y CRISTAL

CAPÍTULO I 

- Oh, Minnie. No pretendas actuar como si no te importara. Sabemos que fue duro, querida, sabemos que lo fue. Aunque deberías aprender a vivir con ello. Al fin y al cabo, todas hemos tenido que hacer frente a algo parecido alguna vez.

Minnie se removió incómoda en su traje de terciopelo dorado. La banda interpretaba ‘Whose Izzy is He’, de The Virginians, lo cual le pareció incongruente y casi violento dada la situación. Frunció el ceño brevemente, como si quisiera mostrar su incomodidad a quienes la rodeaban mediante un educado suspiro bailándole en los ojos. Minnie no solía pensar en aquello. De hecho, Minnie no tenía por costumbre pensar en nada, excepto en las obligaciones y deberes que se le suponían a toda abnegada esposa de la clase alta neoyorquina. Ataviadas de lujosas sedas, exóticas plumas y aromas orientales, las damas del dinero nuevo se paseaban por Manhattan con la serenidad y el aplomo de la sociedad de influencias, relaciones y apariencias sobre las que sustentaba la Gran Manzana de los felices años 20. Mrs. Samper, la mujer que había usurpado el papel de interlocutora de Minnie a Lady Miller, siguió con su estoico planto.

- Oh, querida. No debes disgustarte con Remy. Ellos… Ellos son hombres. Necesitan sentirse seguros. Necesitan convencerse de que aún son capaces de conseguir lo que quieren.

- Es que… - Mrs. Samper, que era algo mayor que Minnie, se sorprendió de que la ingenua señora de Remy Geaks fuera verdaderamente capaz de balbucear una respuesta - …es que no lo esperaba. Quizás lo sabía. Quizás no me hubiera importado en absoluto de no haberlo sabido por Remy. Pero jamás pensé que él fuera capaz de decírmelo. No dejo de preguntarme qué puedo hacer. No dejo de pensarlo… No me gusta pensar. Mamá solía decir que… Que lo mejor para las muchachas bonitas es no pensar.

Mrs. Samper sonrió al escuchar a Minnie. También ella pertenecía a esa generación de muñecas de alta cuna para quienes la máxima y última utilidad del ser femenino era la conservación de la belleza en la juventud, y de la elegancia y la reputación en la vejez. ‘Evening Chimes’, que sonaba en el aire, dulzona, como la comodidad intelectual cultivada en ignorancia de la que hacían gala ambas damas, amenizaba la velada y los juicios de Minnie y Mrs. Samper.  

Contrariamente, y a pesar de que su suerte había corrido a merced de dicho dogma, proporcionándole un lugar estable entre la mediocridad pudiente siendo ella misma una aristócrata, Lady Miller quería pensar que el futuro que había que labrar a las féminas del futuro debía extenderse alejada del champán, los marcos dorados del Park Row Building y las joyerías de la Quinta Avenida. Catherine Miller había crecido en el ocaso de una Gran Bretaña curtida de saber letrado, orgulloso de tener en su poder a los últimos vástagos de la aristocracia ilustrada. Hija de padre americano - liberal periodista de gabardina ambicioso y descendiente de una de las familias judías más ricas de Polonia - de y madre británica vinculada a la nobleza, Lady Miller, a quien ya nadie apodaba Cathy, recordaba a menudo su niñez con una mirada amable de incredulidad. Le parecía demasiado alejada, demasiado diferente de su presente para haber sucedido del mismo modo que sucedía aquel vanidoso presente americano. A sus casi 35 años, Lady Miller, que había viajado por Francia, Italia, India, Israel y ahora pasaba algunos meses en Nueva York, miraba con cierta condescendencia el hacer de las mujeres del Nueva Mundo. Le parecían pájaros enjaulados, indecisos y perpetuados en la dependencia de opinión; la misma Minnie Geaks, una belleza invisible, floral, que brillaba como un diente de león entre los hoteles de más prestigio de la ciudad, no era nada más que un cuerpo delicado envuelto en burbujas doradas. “Pobre Minnie” - pensó Lady Miller - “Pobre Minnie”. 

- Como te decía, Minnie, Remy debe de estar muy alterado con los cambios a los que él y Mr. Samper han tenido que afrontar. Sabes, Minnie, ser la esposa de dos de los más grandes hombres de nuestra nación no es fácil, no es fácil. Hemos de saber estar a la altura de circunstancias que superarían a cualquiera de esas mujeres que van de Lexington Avenue a Midtown Manhattan en el suburbano, y traen ellas mismas sus paraguas y sus compras desde Brooklyn. Me comprendes, lo sé. Lady Miller, en cambio, parece disentir. ¿Me equivoco?

Lady Miller había estado observando la debilidad de Minnie y los aspavientos de suficiencia de Mrs. Samper desde una distancia tan arrolladora que inevitablemnte había terminado por ofender a la segunda. La aristócrata pensó que Mrs.Samper dominaba tanto la sutilidad como su marido los subterfugios legales que le habían permitido enriquecerse mediante préstamos bancarios para la compra de activos en empresas ferroviarias.

- Simplemente, señoras, me asombra cómo intentan ustedes compadecerse las unas de las otras cuando hay líos de sábanas de por medio. Resulta curioso que tan solo consigan lograrlo en ese aspecto de la vida conyugal, tan común aquí en Manhattan, según he podido observar. 

Mr.Samper quizás hubiera podido explicarse las palabras de la dama de ascendencia inglesa si hubiera estado al tanto de sus viajes y andanzas antes de llegar a Estados Unidos. Durante su estancia en Israel, Lady Miller había mantenido una relación de algunos meses con un hombre casado; lo que sin lugar a duda ninguna de las presentes podía saber del cierto era que, aunque aquello hubiera significado algo más que un modo ameno de combatir la aridez, la salud espiritual y la sed sagrada de Tierra Santa, Lady Miller no hubiera modificado ni un ápice su opinión respecto a lo que significaba ser amante en lugar de esposa. También ella había estado casada, algo que muy pocos conocían en Nueva York. Sin embargo, la mentalidad cosmopolita de los dos cónyuges, desarraigada de cualquier costumbre solariega por no saberse atada a ningún lugar, había permitido dar por finalizada la unión matrimonial tras dos años de convivencia fracasada en un divorcio de mutuo acuerdo. 

- Lady Miller, aquí en la ciudad no estamos acostumbradas a recibir comentarios tan… desconsiderados de nuestras compañeras de velada. Nos va a disculpar a Mrs. Geaks y a mí. Vamos, Minnie. Parece que Remy y Roy nos están llamando.

Minnie Geaks parecía acorralada por la personalidad dominante de Mrs.Samper. Probablemente por ello Lady Miller excusó a la joven, guardándose para sí misma la verdadera opinión que le merecía la esposa de Roy Samper. Los sentimientos que despertaba en ella aquella cacatúa envuelta en lujos en un intento fallido de repeler la vetustez empezaban a asemejarse demasiado a los forjados entorno de su marido. Pocos meses atrás, la prensa neoyorquina había acusado a Samper Industries de ser la responsable de uno de los mayores accidentes laborales que se recordaban en la historia del mundo libre, pero inexplicablemente aquel asunto había quedado zanjado con la dimisión de los directores responsables de la publicación y un comunicado del gobernador de Michigan alabando el papel de Samper en la resurrección de Estados Unidos como potencia mundial. Y, tal y como incluso habrían podido sospechar las mentes más obtusas, en aquel asunto era fácilmente deducible la mano de Remy Geaks, la promesa de la política de las nuevas generaciones.

Lady Miller paseó su mirada atenta por la embriaguez del local en el que discurrían, apresuradas, las partituras de jazz que armonizaban la fiesta en Allen Street. Una sonrisa inundó su rostro en cuanto el del observado se posó en el suyo. Aquel era el último lugar del mundo en el que esperaba hallar a Charles Éluard.

«Parecía especializarse en causas perdidas. Perderlas primero, y después largarse atrás como un loco» 
" - Vos - dijo Gregorovius, mirando al suelo - escondés el juego. 
- ¿Por ejemplo?
- No sé, es un pálpito. Desde que te conozco no hacés más que buscar, pero uno tiene la sensación de que ya llevás en el bolsillo lo que andás buscando. 
- Los místicos han hablado de eso, aunque sin mencionar los bolsillos. 
- Y entre tanto le estropeás la vida a una cantidad de gente. 
- Consienten, viejo, consienten. No hacía falta más que un empujoncito, paso yo y listo. Ninguna mala intención.
- ¿Pero qué buscás en eso, Horacio?
- Derecho de ciudad.
- ¿Aquí?
- Es una metáfora. Y como París es otra metáfora (te lo he oído decir alguna vez) me parece natural haber venido para eso.
- ¿Pero Lucía? ¿Y Pola?
- Cantidades heterogéneas - dijo Oliveira -. Vos te creés que por ser mujeres las podés sumar en la misma columna. Ellas, ¿no buscan también su contento? Y vos, tan puritano de golpe, ¿no te has colado aquí gracias a una meningitis o lo que le hayan encontrado al chico? Menos mal que ni vos ni yo somos cursis, porque de aquí salía uno muerto y el otro con las esposas puestas. Propiamente para Cholokov, creeme. Pero ni siguiera nos detestamos, se está tan abrigado en esta pieza. 
- Vos - dijo Gregorovius, mirando otra vez al suelo - escondés el juego. […] Vos tenés una idea imperial en el fondo de la cabeza. ¿Tu derecho de ciudad? Un dominio de ciudad. Tu resentimiento: una ambición mal curada. Viniste aquí para encontrar tu estatua esperándote al borde de la Place Dauphine. Lo que no entiendo es tu técnica. La ambición, ¿por qué no? Sos bastante extraordinario en algunos aspectos. Pero hasta ahora todo lo que te he visto hacer ha sido lo contrario de lo que hubieran hecho otros ambiciosos. Etienne, por ejemplo, y no hablemos de Perico. 
- Ah - dijo Oliveira - Los ojos a vos te sirven para algo, parece. 
- Exactamente lo contrario - repitió Ossip - pero sin renunciar a la ambición. Y eso no me lo explico. 
- Oh, las explicaciones, vos sabés…Todo es muy confuso, hermano. Ponele que eso que llamás ambición no pueda fructificar más que en la renuncia. ¿Te gusta la fórmula? No es eso, pero lo que yo quisiera decir es justamente indecible. Hay que dar vueltas alrededor como un perro buscándose la cola. Con eso y con lo que te dije del derecho de ciudad tendrá que bastarte, montenegrino del carajo. […] No renuncio a nada, simplemente hago todo lo que puedo para que las cosas me renuncien a mí. ¿No sabías que para abrir un aujerito hay que ir sacando tierra y tirándola lejos?[…]
- Vos y los otros… - murmuró Gregorovius, buscando la pipa - Qué merza, madre mía. Ladrones de eternidad, embudos del éter, mastines de Dios, nefelibatas. Menos mal que uno es culto y puede enumerarlos. Puercos astrales. […]
- Pero si está tan bien, Ossip Ossipovich. ¿Para qué nos vamos a engañar? No se puede vivir cerca de un titiritero de sombras, de un domador de polillas. No se puede aceptar a un tipo que pasa el día dibujando con los anillos tornasolados que hace el petróleo en el agua del Sena.” 
 - Rayuela (1963), Capítulo 31. Julio Cortázar. 
«Parecía especializarse en causas perdidas. Perderlas primero, y después largarse atrás como un loco» 
" - Vos - dijo Gregorovius, mirando al suelo - escondés el juego. 
- ¿Por ejemplo?
- No sé, es un pálpito. Desde que te conozco no hacés más que buscar, pero uno tiene la sensación de que ya llevás en el bolsillo lo que andás buscando. 
- Los místicos han hablado de eso, aunque sin mencionar los bolsillos. 
- Y entre tanto le estropeás la vida a una cantidad de gente. 
- Consienten, viejo, consienten. No hacía falta más que un empujoncito, paso yo y listo. Ninguna mala intención.
- ¿Pero qué buscás en eso, Horacio?
- Derecho de ciudad.
- ¿Aquí?
- Es una metáfora. Y como París es otra metáfora (te lo he oído decir alguna vez) me parece natural haber venido para eso.
- ¿Pero Lucía? ¿Y Pola?
- Cantidades heterogéneas - dijo Oliveira -. Vos te creés que por ser mujeres las podés sumar en la misma columna. Ellas, ¿no buscan también su contento? Y vos, tan puritano de golpe, ¿no te has colado aquí gracias a una meningitis o lo que le hayan encontrado al chico? Menos mal que ni vos ni yo somos cursis, porque de aquí salía uno muerto y el otro con las esposas puestas. Propiamente para Cholokov, creeme. Pero ni siguiera nos detestamos, se está tan abrigado en esta pieza. 
- Vos - dijo Gregorovius, mirando otra vez al suelo - escondés el juego. […] Vos tenés una idea imperial en el fondo de la cabeza. ¿Tu derecho de ciudad? Un dominio de ciudad. Tu resentimiento: una ambición mal curada. Viniste aquí para encontrar tu estatua esperándote al borde de la Place Dauphine. Lo que no entiendo es tu técnica. La ambición, ¿por qué no? Sos bastante extraordinario en algunos aspectos. Pero hasta ahora todo lo que te he visto hacer ha sido lo contrario de lo que hubieran hecho otros ambiciosos. Etienne, por ejemplo, y no hablemos de Perico. 
- Ah - dijo Oliveira - Los ojos a vos te sirven para algo, parece. 
- Exactamente lo contrario - repitió Ossip - pero sin renunciar a la ambición. Y eso no me lo explico. 
- Oh, las explicaciones, vos sabés…Todo es muy confuso, hermano. Ponele que eso que llamás ambición no pueda fructificar más que en la renuncia. ¿Te gusta la fórmula? No es eso, pero lo que yo quisiera decir es justamente indecible. Hay que dar vueltas alrededor como un perro buscándose la cola. Con eso y con lo que te dije del derecho de ciudad tendrá que bastarte, montenegrino del carajo. […] No renuncio a nada, simplemente hago todo lo que puedo para que las cosas me renuncien a mí. ¿No sabías que para abrir un aujerito hay que ir sacando tierra y tirándola lejos?[…]
- Vos y los otros… - murmuró Gregorovius, buscando la pipa - Qué merza, madre mía. Ladrones de eternidad, embudos del éter, mastines de Dios, nefelibatas. Menos mal que uno es culto y puede enumerarlos. Puercos astrales. […]
- Pero si está tan bien, Ossip Ossipovich. ¿Para qué nos vamos a engañar? No se puede vivir cerca de un titiritero de sombras, de un domador de polillas. No se puede aceptar a un tipo que pasa el día dibujando con los anillos tornasolados que hace el petróleo en el agua del Sena.” 
 - Rayuela (1963), Capítulo 31. Julio Cortázar. 

«Parecía especializarse en causas perdidas. Perderlas primero, y después largarse atrás como un loco» 

" - Vos - dijo Gregorovius, mirando al suelo - escondés el juego. 

- ¿Por ejemplo?

- No sé, es un pálpito. Desde que te conozco no hacés más que buscar, pero uno tiene la sensación de que ya llevás en el bolsillo lo que andás buscando. 

- Los místicos han hablado de eso, aunque sin mencionar los bolsillos. 

- Y entre tanto le estropeás la vida a una cantidad de gente. 

- Consienten, viejo, consienten. No hacía falta más que un empujoncito, paso yo y listo. Ninguna mala intención.

- ¿Pero qué buscás en eso, Horacio?

- Derecho de ciudad.

- ¿Aquí?

- Es una metáfora. Y como París es otra metáfora (te lo he oído decir alguna vez) me parece natural haber venido para eso.

- ¿Pero Lucía? ¿Y Pola?

- Cantidades heterogéneas - dijo Oliveira -. Vos te creés que por ser mujeres las podés sumar en la misma columna. Ellas, ¿no buscan también su contento? Y vos, tan puritano de golpe, ¿no te has colado aquí gracias a una meningitis o lo que le hayan encontrado al chico? Menos mal que ni vos ni yo somos cursis, porque de aquí salía uno muerto y el otro con las esposas puestas. Propiamente para Cholokov, creeme. Pero ni siguiera nos detestamos, se está tan abrigado en esta pieza. 

- Vos - dijo Gregorovius, mirando otra vez al suelo - escondés el juego. […] Vos tenés una idea imperial en el fondo de la cabeza. ¿Tu derecho de ciudad? Un dominio de ciudad. Tu resentimiento: una ambición mal curada. Viniste aquí para encontrar tu estatua esperándote al borde de la Place Dauphine. Lo que no entiendo es tu técnica. La ambición, ¿por qué no? Sos bastante extraordinario en algunos aspectos. Pero hasta ahora todo lo que te he visto hacer ha sido lo contrario de lo que hubieran hecho otros ambiciosos. Etienne, por ejemplo, y no hablemos de Perico. 

- Ah - dijo Oliveira - Los ojos a vos te sirven para algo, parece. 

- Exactamente lo contrario - repitió Ossip - pero sin renunciar a la ambición. Y eso no me lo explico. 

- Oh, las explicaciones, vos sabés…Todo es muy confuso, hermano. Ponele que eso que llamás ambición no pueda fructificar más que en la renuncia. ¿Te gusta la fórmula? No es eso, pero lo que yo quisiera decir es justamente indecible. Hay que dar vueltas alrededor como un perro buscándose la cola. Con eso y con lo que te dije del derecho de ciudad tendrá que bastarte, montenegrino del carajo. […] No renuncio a nada, simplemente hago todo lo que puedo para que las cosas me renuncien a mí. ¿No sabías que para abrir un aujerito hay que ir sacando tierra y tirándola lejos?[…]

- Vos y los otros… - murmuró Gregorovius, buscando la pipa - Qué merza, madre mía. Ladrones de eternidad, embudos del éter, mastines de Dios, nefelibatas. Menos mal que uno es culto y puede enumerarlos. Puercos astrales. […]

- Pero si está tan bien, Ossip Ossipovich. ¿Para qué nos vamos a engañar? No se puede vivir cerca de un titiritero de sombras, de un domador de polillas. No se puede aceptar a un tipo que pasa el día dibujando con los anillos tornasolados que hace el petróleo en el agua del Sena.” 

 - Rayuela (1963), Capítulo 31. Julio Cortázar. 

"Blue hydrangea, cold cash, divine,Cashmere, cologne and white sunshine.Red racing cars, Sunset and Vine,The kids were young and pretty.Where have you been? Where did you go?Those summer nights seem long ago,And so is the girl you used to call,The Queen of New York City.”
- Old Money. Lana Del Rey, performing in Barcelona. 

"Blue hydrangea, cold cash, divine,
Cashmere, cologne and white sunshine.
Red racing cars, Sunset and Vine,
The kids were young and pretty.

Where have you been? Where did you go?
Those summer nights seem long ago,
And so is the girl you used to call,
The Queen of New York City.”

- Old Money. Lana Del Rey, performing in Barcelona. 

(Fuente: lanadelreyandcaradelevingne)

"No lo sé. A lo mejor necesitas alejarte un tiempo de esta maldita ciudad. Quizá necesitas dejar de saber quién eres, de dónde vienes, de dónde no debiste venir". Esas palabras, traídas desde la ignorancia a la precisión, se retorcían en su mente como un afilado relámpago en el cielo desnudo. El mero contacto con la convención, con aquel ‘correcto saber hacer’ que reportaba relaciones tan miserables como el corte de conciencia de aquellos dispuestos a sostenerlas, soplaba en su nuca una angustia vomitiva, una asfixia degradante que precipitaba sus pasos hacia el nihilismo. Se asomó a la ventana del pequeño cuarto entre cuyas paredes le permitía a su cuerpo consumirse, bajo las cenizas de la luz y del ritmo frenético del tráfico. Curiosamente, había desarrollado una extraña capacidad para mantener la mente despierta en aquellos momentos en los que dejaba a merced de la inacción los escuálidos miembros que formaban su cuerpo. La completa desconexión que parecía existir entre sus brazos, sus pies, sus muslos y sus pechos podía dar de ella una imagen atroz, de autómata, de niña perdida en los laberintos de la autocompasión. Maldito retrato de la ignorancia plasmática que recorría los engranajes del cataclismo que quebraba su juventud: nada estaba más lejos de la vehemencia desinteresaba con la que su mente acuciaba, una tras otra, las ejecuciones de la verdad más mediocre y más cruel, sin bucear en las razones que la situaban a ella debajo de la guillotina. Sin orden cardinal, cordial o fatal, las causas se amontonaban en aquella pequeña habitación, parecían apilarse en los montones de ropa sucia, entre los pétalos de las flores marchitas y la podredumbre que empezaba a echar raíces en las botellas de cerveza vacías que hacían las veces de jarrón. 
Marchar. Para qué. La inutilidad de todo aquello era tan certera que era imposible huir de ella. Se arrastraba, aspiraba desde su garganta el aliento del triunfo y el amor al éxito de cualquier tipo.  Palpitaba en sus sienes como un embrión demoníaco con un latido siniestro, vinculante a la necesidad de cortar los lazos del dogma social. Ahora era una concreción, mañana sería un abstracto. Pensó en el empeño de las personas en mantener relaciones sujetas al deber, a un deber que las ahogaba en una honda insatisfacción que nacía de su misma incapacidad para presuponerse ingratas para otro ser humano. Aquello le repugnaba. ¿Qué concepción debían de tener aquellas personas de sí mismas para sentirse en el derecho de manifestar ofensa en cuanto ella, desde y en sí misma, hacía evidente su voluntad de permanecer en su soledad? Dos soledades, tres soledades, ocho, hasta veinte soledades distintas. Para qué. Seguían siendo solo una.
Sonó el timbre. Pensó que sería apropiado vestirse con algo de ropa que cubriera el desaliño que arrastraba esa heterogeneidad corpórea suya, postal y reflejo de la descomposición de su asombro perpetuado ante el mundanal ruido. Asomó por detrás de la sombra del rellano un rostro demasiado conocido, andado y reandado a vueltas con la desafección propia de la insistencia en reparar las cosas únicamente en apariencia,  dejando que la gangrena avanzara en su interior. ” Podríamos cenar algún día. Podríamos ir al Lounge, puede que ya no esté aquel camarero”. “Bueno”. “¿Qué te pasa, es que tienes algún problema conmigo?”. Sí . “No”.  ”¿Y entonces?” (…) Y aquel era el tipo de situación que deseaba evitar. Hubiera huido a cualquier lugar del mundo con tal de poder escapar tan solo de la posibilidad de perpetuación de aquellos vacíos cosidos en palabras, que siempre lidiaban a los lugares comunes de la falsa reconciliación. Lugares comunes que eran casillas de salida para volver a empezar, siempre otra vez, siempre en un bucle de solemnidad que pretendía suplantar la incomodidad por un cariño inexistente, invisible.Todo volvería a suceder de nuevo. El deberías-vivir-en-otro-sitio, el si-quieres-podríamos, el necesito-que-vayas. Para qué.
Horas más tarde decidió echarse a la calle. Aquella era una situación conocida, tan saboreada en la saciedad, que el mismo tedio por la ataraxia en su cuerpo (que no en su mente) formaba parte de su concepción, algo intrínseco a su misma esencia. Se topó con una noche sin luna, también sin ascensor, sin ganas de tener que comprobar que al día siguiente las llaves debían seguir en el bolsillo de sus pantalones después de abandonar el nido de hastío de aquel compañero que el azar quisiera brindarle. Regresó a su cuarto de mil cabezas y ninguna nota poco después de las dos de la madrugada. La noche seguía lamiendo sus propósitos de acabar con todo aquello, de largarse de las urgencias de quienes decían necesitarla y de quienes lo hacían verdaderamente, cuando la mañana despuntó en sus niñas ojerosas, tan solo socorridas de la debilidad del sueño por una taza de café más caliente que los brillos del amanecer. Quizás fuera el del sol el más amargo de los retornos. “Ya no deseo entenderlo”.
Decidió encender la radio. En una de sus salidas nocturnas para disolver la soledad en un cóctel de olvido, deseo y nitidez intelectual en un arrebato bestial de sexualidad contenida, alguien había mencionado que era conveniente asegurarse, mañana tras mañana, de que no había comenzado una nueva guerra en el mundo. Podía ser que fuera aquello lo único que ya le importase.

"No lo sé. A lo mejor necesitas alejarte un tiempo de esta maldita ciudad. Quizá necesitas dejar de saber quién eres, de dónde vienes, de dónde no debiste venir". Esas palabras, traídas desde la ignorancia a la precisión, se retorcían en su mente como un afilado relámpago en el cielo desnudo. El mero contacto con la convención, con aquel ‘correcto saber hacer’ que reportaba relaciones tan miserables como el corte de conciencia de aquellos dispuestos a sostenerlas, soplaba en su nuca una angustia vomitiva, una asfixia degradante que precipitaba sus pasos hacia el nihilismo. Se asomó a la ventana del pequeño cuarto entre cuyas paredes le permitía a su cuerpo consumirse, bajo las cenizas de la luz y del ritmo frenético del tráfico. Curiosamente, había desarrollado una extraña capacidad para mantener la mente despierta en aquellos momentos en los que dejaba a merced de la inacción los escuálidos miembros que formaban su cuerpo. La completa desconexión que parecía existir entre sus brazos, sus pies, sus muslos y sus pechos podía dar de ella una imagen atroz, de autómata, de niña perdida en los laberintos de la autocompasión. Maldito retrato de la ignorancia plasmática que recorría los engranajes del cataclismo que quebraba su juventud: nada estaba más lejos de la vehemencia desinteresaba con la que su mente acuciaba, una tras otra, las ejecuciones de la verdad más mediocre y más cruel, sin bucear en las razones que la situaban a ella debajo de la guillotina. Sin orden cardinal, cordial o fatal, las causas se amontonaban en aquella pequeña habitación, parecían apilarse en los montones de ropa sucia, entre los pétalos de las flores marchitas y la podredumbre que empezaba a echar raíces en las botellas de cerveza vacías que hacían las veces de jarrón. 

Marchar. Para qué. La inutilidad de todo aquello era tan certera que era imposible huir de ella. Se arrastraba, aspiraba desde su garganta el aliento del triunfo y el amor al éxito de cualquier tipo.  Palpitaba en sus sienes como un embrión demoníaco con un latido siniestro, vinculante a la necesidad de cortar los lazos del dogma social. Ahora era una concreción, mañana sería un abstracto. Pensó en el empeño de las personas en mantener relaciones sujetas al deber, a un deber que las ahogaba en una honda insatisfacción que nacía de su misma incapacidad para presuponerse ingratas para otro ser humano. Aquello le repugnaba. ¿Qué concepción debían de tener aquellas personas de sí mismas para sentirse en el derecho de manifestar ofensa en cuanto ella, desde y en sí misma, hacía evidente su voluntad de permanecer en su soledad? Dos soledades, tres soledades, ocho, hasta veinte soledades distintas. Para qué. Seguían siendo solo una.

Sonó el timbre. Pensó que sería apropiado vestirse con algo de ropa que cubriera el desaliño que arrastraba esa heterogeneidad corpórea suya, postal y reflejo de la descomposición de su asombro perpetuado ante el mundanal ruido. Asomó por detrás de la sombra del rellano un rostro demasiado conocido, andado y reandado a vueltas con la desafección propia de la insistencia en reparar las cosas únicamente en apariencia, dejando que la gangrena avanzara en su interior. ” Podríamos cenar algún día. Podríamos ir al Lounge, puede que ya no esté aquel camarero”. “Bueno”. “¿Qué te pasa, es que tienes algún problema conmigo?”. Sí . “No”.  ”¿Y entonces?” (…) Y aquel era el tipo de situación que deseaba evitar. Hubiera huido a cualquier lugar del mundo con tal de poder escapar tan solo de la posibilidad de perpetuación de aquellos vacíos cosidos en palabras, que siempre lidiaban a los lugares comunes de la falsa reconciliación. Lugares comunes que eran casillas de salida para volver a empezar, siempre otra vez, siempre en un bucle de solemnidad que pretendía suplantar la incomodidad por un cariño inexistente, invisible.Todo volvería a suceder de nuevo. El deberías-vivir-en-otro-sitio, el si-quieres-podríamos, el necesito-que-vayas. Para qué.

Horas más tarde decidió echarse a la calle. Aquella era una situación conocida, tan saboreada en la saciedad, que el mismo tedio por la ataraxia en su cuerpo (que no en su mente) formaba parte de su concepción, algo intrínseco a su misma esencia. Se topó con una noche sin luna, también sin ascensor, sin ganas de tener que comprobar que al día siguiente las llaves debían seguir en el bolsillo de sus pantalones después de abandonar el nido de hastío de aquel compañero que el azar quisiera brindarle. Regresó a su cuarto de mil cabezas y ninguna nota poco después de las dos de la madrugada. La noche seguía lamiendo sus propósitos de acabar con todo aquello, de largarse de las urgencias de quienes decían necesitarla y de quienes lo hacían verdaderamente, cuando la mañana despuntó en sus niñas ojerosas, tan solo socorridas de la debilidad del sueño por una taza de café más caliente que los brillos del amanecer. Quizás fuera el del sol el más amargo de los retornos. “Ya no deseo entenderlo”.

Decidió encender la radio. En una de sus salidas nocturnas para disolver la soledad en un cóctel de olvido, deseo y nitidez intelectual en un arrebato bestial de sexualidad contenida, alguien había mencionado que era conveniente asegurarse, mañana tras mañana, de que no había comenzado una nueva guerra en el mundo. Podía ser que fuera aquello lo único que ya le importase.

(Fuente: narriko, vía rumgypsy)

"De jovencita, si algún pretendiente me escribía con faltas de ortografía, aunque fuera el chico más guapo del mundo yo lo descartaba rápidamente. Me parecía horrible que un joven de 15 años cometiera faltas de ortografía. Fíjese… ¡Ahora me quedaría sin novio!"-     Ana María Maute (Barcelona, 26 de julio de 1925 – 25 de junio de 2014), para ABC. 
"De jovencita, si algún pretendiente me escribía con faltas de ortografía, aunque fuera el chico más guapo del mundo yo lo descartaba rápidamente. Me parecía horrible que un joven de 15 años cometiera faltas de ortografía. Fíjese… ¡Ahora me quedaría sin novio!"-     Ana María Maute (Barcelona, 26 de julio de 1925 – 25 de junio de 2014), para ABC. 

"De jovencita, si algún pretendiente me escribía con faltas de ortografía, aunque fuera el chico más guapo del mundo yo lo descartaba rápidamente. Me parecía horrible que un joven de 15 años cometiera faltas de ortografía. Fíjese… ¡Ahora me quedaría sin novio!"-     Ana María Maute (Barcelona, 26 de julio de 1925 – 25 de junio de 2014), para ABC

Ríe Payaso

Tal vez - pensó -  fuera de aquel modo como sonara el fin del mundo. Como el pulso de varios miles de tacones sordos bailando un tango entre penumbras apuñaladas a cuchilladas de luz;  mientras los tristes murmurios del atardecer dejaban tras de si la languidez de una ciudad castigada, entregada al cansancio en vela, el hálito de las farolas sucias y oxidadas de la metrópoli manchaba, entrecortado por las alcantarillas, las tinieblas urbanas.

Cerró los ojos y también ella se dejó llevar por aquella distancia metálica, redentora. Envuelta en los trapos de la oscuridad de sus párpados, se cercioró de que el silencio que dominaba la calle tan solo se quebraba cuando alguna ventana indiscreta quedaba cubierta por un mugriento pedazo de tela que hacía las veces de cortina en aras de una intimidad eléctrica, azul y brillante como el cielo en el instante previo al crepúsculo. Sabía que, con la mirada velada, compartía oscuridad con las sonrisas, los besos y los gritos que la falta de luz suspendía entre las paredes de aquellos paneles donde la humanidad se escondía entre cicatería lujosa, sedas y juramentos paganos. Comprendía que no era gente aquello que se arrastraba, pegajoso, húmedo, sobre el asfalto. Eran sombras atiborradas del calor sofocante que mordisqueaba con avaricia cada rincón de la urbe, cada llama de cerilla que prometía, melosa, vapores de placer a un paladar ansioso de briznas de tabaco reseco y ennegrecido. 

Con una angustia ardiente montada en un conocimiento precoz de la tumba, seguía avanzando presta, pensando si verdaderamente aquel ocaso podía ser el que parafraseara el Apocalipsis. A su lado, un par de gardenias se marchitaban como una pareja de novias de la guerra, prometidas con los fusiles que aguardaban ver regresar por el camino que ataba la iglesia, su iglesia,  al campo de batalla. Antes o después - volvió a meditar ella - aquel segundo sudoroso de verano, desesperado por devorar luces, mar y vírgenes, sería la desesperanza de la eternidad. En su peregrinación agónica por el recuerdo del día que moría en los arrabales,  trató de insuflar vida al recuerdo de los jardines y las rosaledas que ahora aparecían ante sus ojos cual esqueletos de la vida misma, esqueletos de ese inaudito querer ser agazapado en el eco de los hachazos de la mortalidad. Recordó aquella vez que, entre paños de consuelo imposible, observó cómo un grupo de mujeres trataba de despegar el cuerpo inerte de un niño muerto de los brazos de loba de su madre. Las manos de aquella mujer aprisionaban como garras ese diminuto cuerpo, al que faltaban horas, muchas horas en el vientre sembrado para haber podido sobrevivir. Nunca supo cómo ocurrió todo aquello. Tan solo que, desde aquel día,  conoció que los cauces de la existencia eran ebrios esclavos de un destino sin fe en el artificio humano de la justicia. Aún sin haber atisbado el cadáver, la sangre concentrada en las pupilas de aquel ser salvaje - medio canino medio arácnido, que había perdido al recién nacido sobre quien la naturaleza había dispuesto que volcara aquel amor animal - había tatuado para siempre las cicatrices de la morbosidad en los pedazos hirsutos de su alma resquebrajada, la de ella.

Una lenta ascensión por las laderas que abrazaban a la ciudad como a un hijo bastardo le permitió avistar a aquella a sus pies, sumida en la noche de la tragedia irreconciliable. ¡Si mil risas mortecinas hubieran resonado, irónicas, entre las atroces grietas de la mendacidad de aquel lugar, si un millón de enamorados se hubieran rasgado la piel para abortar el sufrimiento tórrido que les corría por las venas, si tan solo un niño pudiera haber vivido para desenterrar el secreto del yugo de la inocencia, y desgajarlo antes de que alguien más creyera otra vez en su sortilegio…! Quizás ni de ese modo - reflexionaba - hubiera sido posible regresar al Edén. Los hijos de Caín penetraban en las madrigueras de la metrópoli con un apacible silencio miserablemente espiritual rozándoles las carnes. Sus camas debían de estar infestadas de sueños agrios, cubiertos de sábanas en las que se acumulaba aquel calor insoportable cuya presa eran las vísceras absolutas y de violenta presencia de cada uno de sus dueños. “Queremos, queremos permanecer aquí”. Lo gritaban los pulmones, los pechos, los corazones, a bocanadas de aire mal entendido en su incapacidad de sentir el pálpito del azar, el amor por el fatalismo. La debilidad cerebral de los hijos de Caín - pensó, antes de regresar a las entrañas de Buenos Aires- precedía su abismal caída al febril caos hipodámico. 

The odor from the flower is goneWhich like thy kisses breathed on me;The color from the flower is flownWhich glowed of thee and only thee!A shrivelled, lifeless, vacant form,It lies on my abandoned breast;And mocks the heart, which yet is warm,With cold and silent rest.I weep—my tears revive it not;I sigh—it breathes no more on me:Its mute and uncomplaining lotIs such as mine should be.
Percy Bysshe Shelley

The odor from the flower is gone
Which like thy kisses breathed on me;
The color from the flower is flown
Which glowed of thee and only thee!

A shrivelled, lifeless, vacant form,
It lies on my abandoned breast;
And mocks the heart, which yet is warm,
With cold and silent rest.

I weep—my tears revive it not;
I sigh—it breathes no more on me:
Its mute and uncomplaining lot
Is such as mine should be.

Percy Bysshe Shelley

(Fuente: fatalthoughtss)

“A bitch always smokes.” He looks back at Lucy. “A bitch is the opposite of a whore. A bitch doesn’t need anybody. Or she wants people to think she doesn’t need anybody. And she smokes to prove it.”   ― C. JoyBell C.Saint Paul Trois Chateaux: 1948.

There are no good girls gone wrong - just bad girls found out” - Mae West

S’esmicola en tristesa a ritme de contrabaix. S’esmicola i es torna petita, molt petita, tan petita que algú bé podria esquinçar-la únicament amb els dits de la mà esquerra sense esmerçar-hi cap esforç. Al mateix temps, ella, abraçada a la melangia, recorda aquells anys en què s’enrojolava en haver de demanar ajuda per acaronar els pètals dels clavells que guarnien el centre de la taula el dia del seu aniversari. Ella es tanca, barra l’entrada al temps, i reclosa en si mateixa plora i recorda. Es resisteix a fer brollar una paraula en el so d’aquells nombres que tem, o a sentir alguna cosa que aconsegueixi ofegar-la en les lleres diàfanes de la memòria. Ja ni tan sols està segura de sentir res: el món gira més enllà dels seus ulls, en unes retines perplexes que no reflecteixen sinó una esperança petita, diminuta, que a cada segon que passa pren més angles monstruosos fins a esdevenir un ésser amb ales fetes de plomes de metall, ganivets, urpes roents i violentes. La renascuda bèstia se li acosta amb un somrís de vellut i li xiuxiueja a cau d’orella que mai no serà suficient, i ella és cada vegada menys, i el monstre és cada vegada més, i les hores passen, el rellotge cedeix i també ho fa el món quan la nit cau i ella no és capaç de desfer-se de la tremolor que l’abraça amb aquelles urpes malvades.
Plora sola. Ara no són els clavells allò que no pot abastar: és la religió de la voluntat, que descansa introbable a l’altra banda de la vall lluny de les misèries d’una guerra d’enemics duals sense vencedora. Qui sap si vindrà la rendició mentre ella és menys, i la resta és més; l’eterna lluita front el mirall i les aigües difoses de la veritat. S’implora davant d’ allò que és i allò que no, però ja res no importa, perquè la silueta que flameja dèbil en espirals de bogeria és tot el que mai no podrà arribar a ser. La comoditat del silenci és absoluta, i ella desitja quedar-s’hi per sempre i no haver d’explicar a ningú perquè plora amb el pensament encès i els ulls clucs. L’envolta aquella tristesa que retornarà sempre i que respira dins del seu pit amb l’alè de la nit i la vivesa de la primavera. El tro de l’horror lluita per fer-se amb ella. És la llum i la foscor de la dramatúrgia cerebral que reina en l’abisme que sobrevolen els àngels, una tragèdia massa humana per merèixer versos. Mentrestant, ella es dessagna en rius de possibilitats que s’eixamplen en una por proscrita a estimar algú o alguna cosa, perquè s’adona que l’amor és dolor en forma i matèria, en essència i substància. Ella no volia veure’s presa d’estímuls i desitjos intoxicats de retrets. En la teranyina de la naturalesa que sosté i reté les seves preses, no li ha tocat ser lliure.
Prop de la seva oïda, agafant-li els cabells i recordant-li la tenacitat que ha perdut, la bèstia li mana que se n’oblidi per sempre. Però no és el seu cos el que crema descobert sota la tortura del dubte. És la por, que oneja sota la seva pell tot fent-hi néixer escates marines que mica en mica la folren de sal, d’aigua i de cristalls d’argent. S’adona, aleshores, que no hi ha més monstre que ella mateixa. Amb una insistència malaltissa vol desfer-se’n, però per més que intenta fregar-les, sacsejar-se les ferides dels primers intents, tot és inútil. Les escates l’ofeguen, la maten i la transformen en un nus simple, estret, immune. Tots la veuen i l’observen a través d’una paret de vidre amarada de la suor de la infàmia grotesca amb què hom atrapa l’incert. Ella quasi s’ha marcit per falta d’aire, però encara viu dins seu la imatge nua del que podria haver estat: sempre perduda, sempre petita.

S’esmicola en tristesa a ritme de contrabaix. S’esmicola i es torna petita, molt petita, tan petita que algú bé podria esquinçar-la únicament amb els dits de la mà esquerra sense esmerçar-hi cap esforç. Al mateix temps, ella, abraçada a la melangia, recorda aquells anys en què s’enrojolava en haver de demanar ajuda per acaronar els pètals dels clavells que guarnien el centre de la taula el dia del seu aniversari. Ella es tanca, barra l’entrada al temps, i reclosa en si mateixa plora i recorda. Es resisteix a fer brollar una paraula en el so d’aquells nombres que tem, o a sentir alguna cosa que aconsegueixi ofegar-la en les lleres diàfanes de la memòria. Ja ni tan sols està segura de sentir res: el món gira més enllà dels seus ulls, en unes retines perplexes que no reflecteixen sinó una esperança petita, diminuta, que a cada segon que passa pren més angles monstruosos fins a esdevenir un ésser amb ales fetes de plomes de metall, ganivets, urpes roents i violentes. La renascuda bèstia se li acosta amb un somrís de vellut i li xiuxiueja a cau d’orella que mai no serà suficient, i ella és cada vegada menys, i el monstre és cada vegada més, i les hores passen, el rellotge cedeix i també ho fa el món quan la nit cau i ella no és capaç de desfer-se de la tremolor que l’abraça amb aquelles urpes malvades.

Plora sola. Ara no són els clavells allò que no pot abastar: és la religió de la voluntat, que descansa introbable a l’altra banda de la vall lluny de les misèries d’una guerra d’enemics duals sense vencedora. Qui sap si vindrà la rendició mentre ella és menys, i la resta és més; l’eterna lluita front el mirall i les aigües difoses de la veritat. S’implora davant d’ allò que és i allò que no, però ja res no importa, perquè la silueta que flameja dèbil en espirals de bogeria és tot el que mai no podrà arribar a ser. La comoditat del silenci és absoluta, i ella desitja quedar-s’hi per sempre i no haver d’explicar a ningú perquè plora amb el pensament encès i els ulls clucs. L’envolta aquella tristesa que retornarà sempre i que respira dins del seu pit amb l’alè de la nit i la vivesa de la primavera. El tro de l’horror lluita per fer-se amb ella. És la llum i la foscor de la dramatúrgia cerebral que reina en l’abisme que sobrevolen els àngels, una tragèdia massa humana per merèixer versos. Mentrestant, ella es dessagna en rius de possibilitats que s’eixamplen en una por proscrita a estimar algú o alguna cosa, perquè s’adona que l’amor és dolor en forma i matèria, en essència i substància. Ella no volia veure’s presa d’estímuls i desitjos intoxicats de retrets. En la teranyina de la naturalesa que sosté i reté les seves preses, no li ha tocat ser lliure.

Prop de la seva oïda, agafant-li els cabells i recordant-li la tenacitat que ha perdut, la bèstia li mana que se n’oblidi per sempre. Però no és el seu cos el que crema descobert sota la tortura del dubte. És la por, que oneja sota la seva pell tot fent-hi néixer escates marines que mica en mica la folren de sal, d’aigua i de cristalls d’argent. S’adona, aleshores, que no hi ha més monstre que ella mateixa. Amb una insistència malaltissa vol desfer-se’n, però per més que intenta fregar-les, sacsejar-se les ferides dels primers intents, tot és inútil. Les escates l’ofeguen, la maten i la transformen en un nus simple, estret, immune. Tots la veuen i l’observen a través d’una paret de vidre amarada de la suor de la infàmia grotesca amb què hom atrapa l’incert. Ella quasi s’ha marcit per falta d’aire, però encara viu dins seu la imatge nua del que podria haver estat: sempre perduda, sempre petita.

(Fuente: faiqualchetirochetipassa)