HIERRO, CEMENTO Y CRISTAL 
 CAPÍTULO VII
"Requiem aeternam dona eis". Los violines acompañaban al canto a través de los túneles de la gigantesca girola de la catedral de Saint John the Divine, donde se retorcían y enroscaban como serpientes poseídas por la gracia del Apocalipsis. Regadas por soplos de luz partida en vidrieras de colores, incontables bóvedas de crucería se entrelazaban en un sepulcro aéreo que coronaba el reino de los cielos en roca que era el santuario donde se oficiaba aquella triste mañana de agosto el funeral de Minnie Geaks.  La catedral servía como matriz a la música de redoble sinfónico, que acompañaba el luto de los presentes a media luz y en un lecho de incienso; arropándolos con la sinceridad de sus paredes denudas, con la inmortalidad de cada gesto torturado en la piedra y con la santidad de las decenas de pináculos que les señalaban a quien debían rogar para obtener consuelo y paz por la pérdida de algo más que un vida: la pérdida de la seguridad de la compasión de Dios hacia sus hijos en una ciudad maldita, dirigida por el hombre, por la banal pasión de ser.
“Domine, et lux perpetua luceat eis.” Charles Éluard miró a su alrededor y trató de borrar de su semblante el rastro de horror que le succionaba desde los primeros pliegos de carne de su ombligo hasta la espina dorsal. La trenza de voces que se proyectaba desde el altar hacia todos los rincones de la que era la mayor catedral de la iglesia anglicana en el mundo provocaba en él una desesperada necesidad de permanecer a salvo del espectro divino que parecía filtrarse en los colores que tejían una alfombra a lo largo del transepto en finas láminas de luz. Esa sensación de vulnerabilidad ante lo  superior - el sentirse una cría de pájaro quemándose en su nido de pino y viéndose obligada a volar hacia lo que siempre temió -  solía venir acompañada de cantos gregorianos durante su infancia en Bélgica. La magnificencia de la religión -  el peso de la cera, la inmaculada pureza de las sonatas y la musicalidad lechosa del latín - le agradaban en su significación mística y mítica;  sin embargo, la sensación intuitiva de que todo ello aquello iba a caer  como el derrumbo de una montaña de sal y granizo en un juicio absoluto e irremediable sobre él, al margen de su propia concepción de la justicia, la bondad y el pecado, insuflaba en él un miedo incontrolable a permanecer en las iglesias. Fuera de ellas, todo se desvanecía con tan solo una excepción: en las noches más solitariamente acompañadas, la oscuridad palpitaba en la conciencia de Charles Éluard con un solo reclamo: “Dios lo ve todo, Dios lo sabe todo”.
“Te decet hymnus,Deus, in Sion”. Las hileras de asistentes que se extendían a lo largo del templo parecían hormigas reunidas ante un mendrugo de pan o un trozo de melocotón podrido. Todos ellos vestían de un riguroso negro y movían sus extremidades con la inquietud que genera el sabido deber de la inmovilidad y el silencio - ambos mezclados en un molde sacramental no exento de influencia social- como muestra de respeto al dolor. Con la mirada inserta en el ataúd cual insecto roído por el instinto, Remy Geaks permanecía impasible y ajeno a las muestras de compasión que allegados y desconocidos trataban de hacerle llegar. Su rostro se veía visiblemente cansado, incluso empobrecido por la incapacidad de dar una respuesta diferente a las mismas palabras de consuelo que se repetían una vez tras otra. Roy Samper y Mrs.Samper habían sido las últimas personas en dirigirse a él para darle el pésame. Éluard, cinco o seis filas por detrás, observó con cierto interés cómo, mientras tanto, el joven Daniel Samper permanecía apoyado  contra los fríos muros de la catedral con la mirada desencajada. Ni siquiera se había tomado la molestia de escoger una corbata oscura.
"Votum in Jerusalem". Alguien se movía entre la sombras sistemáticamente estudiadas del edificio. Alguien con interés a no ser reconocido, y a mantenerse neutral en la farsa que estaba a punto de acontecer  en forma de palabrería vacía, curiosidad disfrazada de respeto decoroso y rituales ancestrales desprovistos de la tan necesaria verdad que algunos querían que fuese enterrada con Minnie Geaks. Alguien que debía estar allí, pero que ansiaba no tener que aparecer sin que hubiera un reclamo para hacerlo. Sus delgados y finos dedos huesudos, cuyo blanco parecía arrastrársele a lo largo de la piel como si de un mismo cadáver se tratase, se deslizaban con cuidado por una superficie suave. Era exactamente el mismo tejido aterciopelado que revestía las paredes y el interior del sagrario: también en su color pervivía el de la sangre de Dios. En una suspensión rítmica del réquiem, que aún resbalaba por las santas paredes de Saint John the Divine, la carpeta de terciopelo rojo que sujetaban aquellos dedos cayó al suelo, atrayendo hacia su portador las miradas de las filas más cercanas al absidiolo donde este trataba de ocultarse. Unos ojos conocidos se toparon fugazmente con los suyos. Y, en ese preciso instante, Henry Pinaud trasladó su preocupación por si alguna mirada indiscreta había podido identificar la carpeta que sostenía entre las manos (que había quedado a salvo de la visión de cualquiera por una de las columnatas de la catedral) a si aquellos ojos - aquellos endemoniadamente conocidos ojos - habían tenido tiempo suficiente para identificarle y, como siempre habían hecho en los últimos diez años, maldecir de nuevo su presencia.
"Exaudi orationem meam, ad te omnis caro veniet." Fuera de la nave, Lady Miller fumaba el tercero de los cigarrillos de la mañana desde que la misa había comenzado a pesar sobre las frías espaldas de aquel verano. Cómo asistir a aquel funeral, sabiendo que tan solo era una patraña para evitar el mayor escándalo que habría salpicado la política neoyorquina en los últimos años. Aquello ya se había convertido en una cuestión personal para Catherine Miller: no porque fuera necesario esperar para poder destapar todo por lo que Minnie había luchado y perdido la vida, ni por la profunda culpabilidad que la aristócrata sentía por haber instado a la fallecida Mrs. Geaks a que abandonara su casa en busca de un lugar más seguro (lanzándola así al viaje que habría puesto fin a su vida), sino porque tan solo ella conocía la potencialidad de carácter que las manos de Remy Geaks habían segado. Oficialmente, Minnie Geaks había muerto en un accidente fortuito que había hecho volar por los aires el coche en el que ella viajaba, conducido por el chófer de los Geaks. Ambos habían muerto en la explosión causada por un posible fallo en el motor que todavía estaba siendo certificado  por los peritos del estado de Nueva York, ocurrida mientras Minnie se dirigía al estreno de No, No, Nanette en Broadway. Apenas habían quedado restos mortales de las dos víctimas. Desolado y en primera portada del vespertino de aquella tarde, un abatido Remy Geaks aún conservaba intacta la entrada reservada a su mujer para el show que tuvo que abandonar apenas conoció la noticia de su muerte. Una declaración del mismo descansaba al pie de la falsamente espontánea fotografía, lamentándose de lo mucho que Minnie Geaks había estado esperando la estrena de aquella comedia musical.  
“Domine,et lux perpetua luceat eis”. En contra del luto que parecía ostentar toda la ciudad, o al menos la parte de ella que podía permitirse pasar los fines de semana paseando por Central Park o comprando detalles para el hogar en la Quinta Avenida, los últimos versos del Requiem de Mozart también sonaban en otro funeral al que ningún periodista en activo parecía querer prestar atención. No obstante, y resguardado en uno de los últimos bancos de madera agrietada de la iglesia de Our Lady of Solace, un pequeño templo rezagado del fervor americano de los años 20 situado en el 731 de Morris Park Avenue (The Bronx), el viejo Donald Graf se mantenía en pie frente a lo que le había traído ante el féretro desnudo que contenía el cadáver del chófer de los Geaks: la noticia. Una larga carrera al frente de uno de los periódicos de más renombre de la ciudad había suficiente para que el anciano judío detectara ciertas anomalías en la narración de la muerte de Minnie Geaks, sospechas que habían sido confirmadas cuando, a la medianoche siguiente del supuesto accidente, Catherine Miller había llamado a su puerta siendo el mismo rostro de la fatiga, el cansancio y la desesperación. Rose la había arropado como tantas veces habían hecho en su presencia los Miller, cuando las cenas de cortesía se alargaban demasiado o una botella de vino a medias brindaba la excusa perfecta para dirigir las charlas de sobremesa  de los adultos a arenas movedizas no en vano vetadas a la infancia. A la madrugada siguiente, Lady Miller se había marchado antes de que Donald Graf o su hermana hubieran podido dar cuenta de su estado, pero la aristócrata había dejado una nota instando al retirado periodista a reunirse con ella y Charles Éluard en una pequeña cafetería de Queens después del funeral de Minnie.  Entre tanto, Graf se había propuesto averiguar en qué circunstancias había ocurrido el fallo de motor, y si los técnicos que debían examinarlo podían ser coaccionados con facilidad por Geaks. Lo había visto tantas veces. En una ciudad en la que hombres y mujeres debían trabajar de sol a sol para procurarse un techo bajo el que dormir, la honradez y la transparencia no solían ser una prioridad si costaban el propio sustento. Remy Geaks o sus secuaces fácilmente podrían haber amenazado a los peritos con despidos o males mayores si aquellos hubiesen estado dispuestos a no dar un parte favorable a la opinión del prometedor político. Ni siquiera hubiera sido necesario mencionar la verdadera razón por la que era imprescindible que la verdad no saliera a la luz. Hubiera bastado con dejar claro que la atención mediática sobre la tragedia personal de un gestor de la vida pública no sería bienvenida bajo ninguna circunstancia. 
Los feligreses comenzaban a abandonar Saint John the Divine cuando el primer relámpago abrió los cielos de Nueva York. Aspirando con apremio los restos de su último cigarrillo, Lady Miller se había refugiado en uno de los pórticos de la iglesia a la espera de avistar a Charles Éluard e informarle de la cita concertada con Graf. Los paraguas negros desfilaban por la Quinta Avenida como hongos a lomos de arañas capaces de desplazarse bajo la lluvia sin ahogarse. Remy Geaks fue de los últimos en salir de la catedral, y no le pasaron desapercibidos a la aristócrata sus intentos de parecer ajeno al proceder de los Samper, quienes se habían marchado un poco antes que el recién viudo. Con ello, los atentos ojos de Lady Miller pudieron detectar algo que a los de otros quizás hubiera pasado por otra muestra más del conocido extravío del hijo del matrimonio. El heredero de los Samper había abandonado el santo recinto mucho después de que lo hicieran sus padres, casi al mismo tiempo que Remy Geaks. Daniel se acercó - Lady Miller no pudo certificar si se encontraba completamente sobrio - y, tras susurrarle algo a Mr. Geaks, le escupió en aquellos zapatos de piel en los que la lluvia empezaba a reflejarse . El agredido tan solo había alzado un rostro altivo ante su oponente, pero justo cuando Lady Miller se disponía a analizar la respuesta de Remy, una voz la sobresaltó a sus espaldas.
- Catherine, le he visto. No es posible. Ha vuelto a suceder.
 Éluard parecía haber envejecido diez años en apenas unos minutos. Era como si el dolor y la nostalgia se mecieran en las bolsas que se había formado alrededor de sus ojos negros, hinchados por las lágrimas y el frío, y de ahí hubieran trepado a sus pupilas aguándolas, haciéndolas menos jóvenes. 
- Cuánto lo siento, Charles. De veras sabes que lo siento. 
Éluard torció el gesto, evitando la mirada de la aristócrata.
- Tú lo sabías. ¿No es así? No te culpo por no habérmelo dicho. - Charles sonreía de un modo desolador, como si atar sus labios a las comisuras fuera a mejorar su deplorable aspecto -. No te preocupes. Prefiero que haya sido así. La última vez terminé quemando un libro entero de mis últimos poemas; quien sabe qué podría hacer ahora que ni siquiera tengo nada a lo que poder prender fuego.
Charles comenzó a andar al lado de Lady Miller. Ambos parecían verse superados por las circunstancias. Éluard se detuvo frente a la catedral, como si quisiera conseguir que la visión de una arquitectura gigantesca alzada en honor a los cielos y no conforme a la tan neoyorquina arrogancia de querer alcanzarlos por vanidad arrojara luz a la confluencia de unos sucesos tan falsamente inconexos.
- Qué hacemos, Catherine. Qué hacemos.
- Vernos con Graf en Queens dentro de dos horas.
- ¿Es que todavía vale la pena? Todo esto… Ya no somos jóvenes, querida. A veces pienso si no sería mejor conformarse con lo que sucede. Y cuando se vuelva intolerable, marcharnos. Como hemos hecho siempre. 
Éluard no tenía paraguas con que cubrirse, y había rehusado el refugio malva que le ofrecía la aristócrata por no parecerle elegante. Pero ni aunque Lady Miller le hubiera ofrecido cobijo bajo el último grito en umbrellas Charles hubiera aceptado su oferta. De algún modo, sabía que merecía un castigo por sus palabras, y dejar sus huesos a la merced de la lluvia era uno de los posibles. Forzarse a mantener su atención en la fijación de Catherine Miller por querer desentrañar lo que había detrás de la muerte de Minnie, en lugar de dejarse incendiar por el recuerdo de Henry Pinaud en la iglesia, era otro.
La ciudad todavía parecía sorprendida por la lluvia cuando Donald Graf se apeó del tranvía que le había traído a Newtown Ave para verse con Lady Miller y Charles Éluard. Aunque la profesión de reportero había convertido los desplazamientos por Nueva York en algo necesariamente tolerable en su rutina profesional, Graf detestaba abandonar Brooklyn, el territorio en el que el trato recibido por parte de cualquier camarero, vendedor de periódicos o limpiabotas solía amoldarse a su conocida y respetada reputación. En Queens era tan solo un viejo pensionista que se había visto obligado a recorrer un largo camino a pie para llegar a la estación del único medio de transporte que paraba en Newtown Ave; lo único que probablemente lo diferenciaba de los que alimentaban a las palomas y contemplaban la construcción del Nuevo Mundo entre brazos, corazones y cerebros de máquinas edificando torres de Babel paganas era que, por algún inexplicable milagro, Graf no requería de bastón para apoyar sus pasos. No fue hasta que sintió las dificultades de bajarse del tranvía sin ayuda alguna que el propietario de The Brooklyn’s Herald echó realmente en falta a su chófer personal.  Simon no se había presentado aquella mañana a su puesto de trabajo, lo cual encajaba con el extraño modo en el que el muchacho se había estado comportando los últimos días. Como ya había observado su hermana Lola, la eficiente periodista de The Brooklyn’s Herald por la que Graf sentía cierta estima, Simon se mostraba distraído, incluso turbado cuando el silencio se instalaba en su ceño y le encendía el semblante. Antes de entrar en el Astoria’s, una cafetería local prácticamente desconocida que pasaba desapercibida por su aspecto desangelado, entregado a los estragos del tiempo, una sonrisa perfiló el rostro de Graf por debajo de sus arrugas cuando se cercioró de por qué Lady Miller le había citado en aquel lugar. Como tantas y tantas veces Jackson Milller le debía de haber contado, fue en el reservado del Astoria’s donde el padre de la aristócrata realizó la entrevista definitiva a William Ludlow para cerrar el artículo sobre la conspiración americana alrededor de la Guerra de la Independencia de Cuba. Y había sido el mismo Graf, aprovechándose del efectivo pero escaso poder de sus mandatos fuera de Brooklyn, quien había recomendado a Jackson Miller aquel establecimiento. 
El reservado apenas había cambiado desde que Graf había estado allí por última vez, en el transcurso de una reunión con varias fuentes de Wall Street deseosas de preservar la privacidad de su identidad para evitar que el escándalo de blanqueo que estaban a punto de desvelar les salpicara más de lo necesario. Las paredes, que se componían de tal manera que el espacio que formaba la sala seguía el trazado de un pentágono, seguían recubiertas de un papel de pared verde esmeralda rematado con tablones de madera meticulosamente colocados unos detrás de otros. Tan solo en el lado opuesto al de la puerta de entrada, cubierta con cortinas a juego con el color de las paredes, Graf pudo observar un pequeña variación: el mueble bar de libre acceso con el que el Astoria’s premiaba a la selecta clientela que solicitaba el reservado había reducido sustancialmente su oferta de bebidas. “Malos tiempos para Queens”, pensó el veterano director de The Brookly’ns Herald, mientras comprobaba, no sin cierto asombro, que también las lámparas que arrojaban una tenue luz tornasolada sobre el reservado seguían siendo las mismas.  En el centro de la habitación, acomodados en las butacas de ante negro que rodeaban la mesa de cristal que presidía la estancia, Charles Éluard y Catherine Miller aguardaban la llegada de Donald Graf manchando las páginas de la prensa matutina con las salpicaduras de  dos whyskies dobles.  

HIERRO, CEMENTO Y CRISTAL 

 CAPÍTULO VII

"Requiem aeternam dona eis". Los violines acompañaban al canto a través de los túneles de la gigantesca girola de la catedral de Saint John the Divine, donde se retorcían y enroscaban como serpientes poseídas por la gracia del Apocalipsis. Regadas por soplos de luz partida en vidrieras de colores, incontables bóvedas de crucería se entrelazaban en un sepulcro aéreo que coronaba el reino de los cielos en roca que era el santuario donde se oficiaba aquella triste mañana de agosto el funeral de Minnie Geaks.  La catedral servía como matriz a la música de redoble sinfónico, que acompañaba el luto de los presentes a media luz y en un lecho de incienso; arropándolos con la sinceridad de sus paredes denudas, con la inmortalidad de cada gesto torturado en la piedra y con la santidad de las decenas de pináculos que les señalaban a quien debían rogar para obtener consuelo y paz por la pérdida de algo más que un vida: la pérdida de la seguridad de la compasión de Dios hacia sus hijos en una ciudad maldita, dirigida por el hombre, por la banal pasión de ser.

Domine, et lux perpetua luceat eis.” Charles Éluard miró a su alrededor y trató de borrar de su semblante el rastro de horror que le succionaba desde los primeros pliegos de carne de su ombligo hasta la espina dorsal. La trenza de voces que se proyectaba desde el altar hacia todos los rincones de la que era la mayor catedral de la iglesia anglicana en el mundo provocaba en él una desesperada necesidad de permanecer a salvo del espectro divino que parecía filtrarse en los colores que tejían una alfombra a lo largo del transepto en finas láminas de luz. Esa sensación de vulnerabilidad ante lo  superior - el sentirse una cría de pájaro quemándose en su nido de pino y viéndose obligada a volar hacia lo que siempre temió -  solía venir acompañada de cantos gregorianos durante su infancia en Bélgica. La magnificencia de la religión -  el peso de la cera, la inmaculada pureza de las sonatas y la musicalidad lechosa del latín - le agradaban en su significación mística y mítica;  sin embargo, la sensación intuitiva de que todo ello aquello iba a caer  como el derrumbo de una montaña de sal y granizo en un juicio absoluto e irremediable sobre él, al margen de su propia concepción de la justicia, la bondad y el pecado, insuflaba en él un miedo incontrolable a permanecer en las iglesias. Fuera de ellas, todo se desvanecía con tan solo una excepción: en las noches más solitariamente acompañadas, la oscuridad palpitaba en la conciencia de Charles Éluard con un solo reclamo: “Dios lo ve todo, Dios lo sabe todo”.

“Te decet hymnus,Deus, in Sion”. Las hileras de asistentes que se extendían a lo largo del templo parecían hormigas reunidas ante un mendrugo de pan o un trozo de melocotón podrido. Todos ellos vestían de un riguroso negro y movían sus extremidades con la inquietud que genera el sabido deber de la inmovilidad y el silencio - ambos mezclados en un molde sacramental no exento de influencia social- como muestra de respeto al dolor. Con la mirada inserta en el ataúd cual insecto roído por el instinto, Remy Geaks permanecía impasible y ajeno a las muestras de compasión que allegados y desconocidos trataban de hacerle llegar. Su rostro se veía visiblemente cansado, incluso empobrecido por la incapacidad de dar una respuesta diferente a las mismas palabras de consuelo que se repetían una vez tras otra. Roy Samper y Mrs.Samper habían sido las últimas personas en dirigirse a él para darle el pésame. Éluard, cinco o seis filas por detrás, observó con cierto interés cómo, mientras tanto, el joven Daniel Samper permanecía apoyado  contra los fríos muros de la catedral con la mirada desencajada. Ni siquiera se había tomado la molestia de escoger una corbata oscura.

"Votum in Jerusalem". Alguien se movía entre la sombras sistemáticamente estudiadas del edificio. Alguien con interés a no ser reconocido, y a mantenerse neutral en la farsa que estaba a punto de acontecer  en forma de palabrería vacía, curiosidad disfrazada de respeto decoroso y rituales ancestrales desprovistos de la tan necesaria verdad que algunos querían que fuese enterrada con Minnie Geaks. Alguien que debía estar allí, pero que ansiaba no tener que aparecer sin que hubiera un reclamo para hacerlo. Sus delgados y finos dedos huesudos, cuyo blanco parecía arrastrársele a lo largo de la piel como si de un mismo cadáver se tratase, se deslizaban con cuidado por una superficie suave. Era exactamente el mismo tejido aterciopelado que revestía las paredes y el interior del sagrario: también en su color pervivía el de la sangre de Dios. En una suspensión rítmica del réquiem, que aún resbalaba por las santas paredes de Saint John the Divine, la carpeta de terciopelo rojo que sujetaban aquellos dedos cayó al suelo, atrayendo hacia su portador las miradas de las filas más cercanas al absidiolo donde este trataba de ocultarse. Unos ojos conocidos se toparon fugazmente con los suyos. Y, en ese preciso instante, Henry Pinaud trasladó su preocupación por si alguna mirada indiscreta había podido identificar la carpeta que sostenía entre las manos (que había quedado a salvo de la visión de cualquiera por una de las columnatas de la catedral) a si aquellos ojos - aquellos endemoniadamente conocidos ojos - habían tenido tiempo suficiente para identificarle y, como siempre habían hecho en los últimos diez años, maldecir de nuevo su presencia.

"Exaudi orationem meam, ad te omnis caro veniet." Fuera de la nave, Lady Miller fumaba el tercero de los cigarrillos de la mañana desde que la misa había comenzado a pesar sobre las frías espaldas de aquel verano. Cómo asistir a aquel funeral, sabiendo que tan solo era una patraña para evitar el mayor escándalo que habría salpicado la política neoyorquina en los últimos años. Aquello ya se había convertido en una cuestión personal para Catherine Miller: no porque fuera necesario esperar para poder destapar todo por lo que Minnie había luchado y perdido la vida, ni por la profunda culpabilidad que la aristócrata sentía por haber instado a la fallecida Mrs. Geaks a que abandonara su casa en busca de un lugar más seguro (lanzándola así al viaje que habría puesto fin a su vida), sino porque tan solo ella conocía la potencialidad de carácter que las manos de Remy Geaks habían segado. Oficialmente, Minnie Geaks había muerto en un accidente fortuito que había hecho volar por los aires el coche en el que ella viajaba, conducido por el chófer de los Geaks. Ambos habían muerto en la explosión causada por un posible fallo en el motor que todavía estaba siendo certificado  por los peritos del estado de Nueva York, ocurrida mientras Minnie se dirigía al estreno de No, No, Nanette en Broadway. Apenas habían quedado restos mortales de las dos víctimas. Desolado y en primera portada del vespertino de aquella tarde, un abatido Remy Geaks aún conservaba intacta la entrada reservada a su mujer para el show que tuvo que abandonar apenas conoció la noticia de su muerte. Una declaración del mismo descansaba al pie de la falsamente espontánea fotografía, lamentándose de lo mucho que Minnie Geaks había estado esperando la estrena de aquella comedia musical.  

Domine,et lux perpetua luceat eis”. En contra del luto que parecía ostentar toda la ciudad, o al menos la parte de ella que podía permitirse pasar los fines de semana paseando por Central Park o comprando detalles para el hogar en la Quinta Avenida, los últimos versos del Requiem de Mozart también sonaban en otro funeral al que ningún periodista en activo parecía querer prestar atención. No obstante, y resguardado en uno de los últimos bancos de madera agrietada de la iglesia de Our Lady of Solace, un pequeño templo rezagado del fervor americano de los años 20 situado en el 731 de Morris Park Avenue (The Bronx), el viejo Donald Graf se mantenía en pie frente a lo que le había traído ante el féretro desnudo que contenía el cadáver del chófer de los Geaks: la noticia. Una larga carrera al frente de uno de los periódicos de más renombre de la ciudad había suficiente para que el anciano judío detectara ciertas anomalías en la narración de la muerte de Minnie Geaks, sospechas que habían sido confirmadas cuando, a la medianoche siguiente del supuesto accidente, Catherine Miller había llamado a su puerta siendo el mismo rostro de la fatiga, el cansancio y la desesperación. Rose la había arropado como tantas veces habían hecho en su presencia los Miller, cuando las cenas de cortesía se alargaban demasiado o una botella de vino a medias brindaba la excusa perfecta para dirigir las charlas de sobremesa  de los adultos a arenas movedizas no en vano vetadas a la infancia. A la madrugada siguiente, Lady Miller se había marchado antes de que Donald Graf o su hermana hubieran podido dar cuenta de su estado, pero la aristócrata había dejado una nota instando al retirado periodista a reunirse con ella y Charles Éluard en una pequeña cafetería de Queens después del funeral de Minnie.  Entre tanto, Graf se había propuesto averiguar en qué circunstancias había ocurrido el fallo de motor, y si los técnicos que debían examinarlo podían ser coaccionados con facilidad por Geaks. Lo había visto tantas veces. En una ciudad en la que hombres y mujeres debían trabajar de sol a sol para procurarse un techo bajo el que dormir, la honradez y la transparencia no solían ser una prioridad si costaban el propio sustento. Remy Geaks o sus secuaces fácilmente podrían haber amenazado a los peritos con despidos o males mayores si aquellos hubiesen estado dispuestos a no dar un parte favorable a la opinión del prometedor político. Ni siquiera hubiera sido necesario mencionar la verdadera razón por la que era imprescindible que la verdad no saliera a la luz. Hubiera bastado con dejar claro que la atención mediática sobre la tragedia personal de un gestor de la vida pública no sería bienvenida bajo ninguna circunstancia. 

Los feligreses comenzaban a abandonar Saint John the Divine cuando el primer relámpago abrió los cielos de Nueva York. Aspirando con apremio los restos de su último cigarrillo, Lady Miller se había refugiado en uno de los pórticos de la iglesia a la espera de avistar a Charles Éluard e informarle de la cita concertada con Graf. Los paraguas negros desfilaban por la Quinta Avenida como hongos a lomos de arañas capaces de desplazarse bajo la lluvia sin ahogarse. Remy Geaks fue de los últimos en salir de la catedral, y no le pasaron desapercibidos a la aristócrata sus intentos de parecer ajeno al proceder de los Samper, quienes se habían marchado un poco antes que el recién viudo. Con ello, los atentos ojos de Lady Miller pudieron detectar algo que a los de otros quizás hubiera pasado por otra muestra más del conocido extravío del hijo del matrimonio. El heredero de los Samper había abandonado el santo recinto mucho después de que lo hicieran sus padres, casi al mismo tiempo que Remy Geaks. Daniel se acercó - Lady Miller no pudo certificar si se encontraba completamente sobrio - y, tras susurrarle algo a Mr. Geaks, le escupió en aquellos zapatos de piel en los que la lluvia empezaba a reflejarse . El agredido tan solo había alzado un rostro altivo ante su oponente, pero justo cuando Lady Miller se disponía a analizar la respuesta de Remy, una voz la sobresaltó a sus espaldas.

- Catherine, le he visto. No es posible. Ha vuelto a suceder.

 Éluard parecía haber envejecido diez años en apenas unos minutos. Era como si el dolor y la nostalgia se mecieran en las bolsas que se había formado alrededor de sus ojos negros, hinchados por las lágrimas y el frío, y de ahí hubieran trepado a sus pupilas aguándolas, haciéndolas menos jóvenes. 

- Cuánto lo siento, Charles. De veras sabes que lo siento. 

Éluard torció el gesto, evitando la mirada de la aristócrata.

- Tú lo sabías. ¿No es así? No te culpo por no habérmelo dicho. - Charles sonreía de un modo desolador, como si atar sus labios a las comisuras fuera a mejorar su deplorable aspecto -. No te preocupes. Prefiero que haya sido así. La última vez terminé quemando un libro entero de mis últimos poemas; quien sabe qué podría hacer ahora que ni siquiera tengo nada a lo que poder prender fuego.

Charles comenzó a andar al lado de Lady Miller. Ambos parecían verse superados por las circunstancias. Éluard se detuvo frente a la catedral, como si quisiera conseguir que la visión de una arquitectura gigantesca alzada en honor a los cielos y no conforme a la tan neoyorquina arrogancia de querer alcanzarlos por vanidad arrojara luz a la confluencia de unos sucesos tan falsamente inconexos.

- Qué hacemos, Catherine. Qué hacemos.

- Vernos con Graf en Queens dentro de dos horas.

- ¿Es que todavía vale la pena? Todo esto… Ya no somos jóvenes, querida. A veces pienso si no sería mejor conformarse con lo que sucede. Y cuando se vuelva intolerable, marcharnos. Como hemos hecho siempre. 

Éluard no tenía paraguas con que cubrirse, y había rehusado el refugio malva que le ofrecía la aristócrata por no parecerle elegante. Pero ni aunque Lady Miller le hubiera ofrecido cobijo bajo el último grito en umbrellas Charles hubiera aceptado su oferta. De algún modo, sabía que merecía un castigo por sus palabras, y dejar sus huesos a la merced de la lluvia era uno de los posibles. Forzarse a mantener su atención en la fijación de Catherine Miller por querer desentrañar lo que había detrás de la muerte de Minnie, en lugar de dejarse incendiar por el recuerdo de Henry Pinaud en la iglesia, era otro.

La ciudad todavía parecía sorprendida por la lluvia cuando Donald Graf se apeó del tranvía que le había traído a Newtown Ave para verse con Lady Miller y Charles Éluard. Aunque la profesión de reportero había convertido los desplazamientos por Nueva York en algo necesariamente tolerable en su rutina profesional, Graf detestaba abandonar Brooklyn, el territorio en el que el trato recibido por parte de cualquier camarero, vendedor de periódicos o limpiabotas solía amoldarse a su conocida y respetada reputación. En Queens era tan solo un viejo pensionista que se había visto obligado a recorrer un largo camino a pie para llegar a la estación del único medio de transporte que paraba en Newtown Ave; lo único que probablemente lo diferenciaba de los que alimentaban a las palomas y contemplaban la construcción del Nuevo Mundo entre brazos, corazones y cerebros de máquinas edificando torres de Babel paganas era que, por algún inexplicable milagro, Graf no requería de bastón para apoyar sus pasos. No fue hasta que sintió las dificultades de bajarse del tranvía sin ayuda alguna que el propietario de The Brooklyn’s Herald echó realmente en falta a su chófer personal.  Simon no se había presentado aquella mañana a su puesto de trabajo, lo cual encajaba con el extraño modo en el que el muchacho se había estado comportando los últimos días. Como ya había observado su hermana Lola, la eficiente periodista de The Brooklyn’s Herald por la que Graf sentía cierta estima, Simon se mostraba distraído, incluso turbado cuando el silencio se instalaba en su ceño y le encendía el semblante. Antes de entrar en el Astoria’s, una cafetería local prácticamente desconocida que pasaba desapercibida por su aspecto desangelado, entregado a los estragos del tiempo, una sonrisa perfiló el rostro de Graf por debajo de sus arrugas cuando se cercioró de por qué Lady Miller le había citado en aquel lugar. Como tantas y tantas veces Jackson Milller le debía de haber contado, fue en el reservado del Astoria’s donde el padre de la aristócrata realizó la entrevista definitiva a William Ludlow para cerrar el artículo sobre la conspiración americana alrededor de la Guerra de la Independencia de Cuba. Y había sido el mismo Graf, aprovechándose del efectivo pero escaso poder de sus mandatos fuera de Brooklyn, quien había recomendado a Jackson Miller aquel establecimiento. 

El reservado apenas había cambiado desde que Graf había estado allí por última vez, en el transcurso de una reunión con varias fuentes de Wall Street deseosas de preservar la privacidad de su identidad para evitar que el escándalo de blanqueo que estaban a punto de desvelar les salpicara más de lo necesario. Las paredes, que se componían de tal manera que el espacio que formaba la sala seguía el trazado de un pentágono, seguían recubiertas de un papel de pared verde esmeralda rematado con tablones de madera meticulosamente colocados unos detrás de otros. Tan solo en el lado opuesto al de la puerta de entrada, cubierta con cortinas a juego con el color de las paredes, Graf pudo observar un pequeña variación: el mueble bar de libre acceso con el que el Astoria’s premiaba a la selecta clientela que solicitaba el reservado había reducido sustancialmente su oferta de bebidas. “Malos tiempos para Queens”, pensó el veterano director de The Brookly’ns Herald, mientras comprobaba, no sin cierto asombro, que también las lámparas que arrojaban una tenue luz tornasolada sobre el reservado seguían siendo las mismas.  En el centro de la habitación, acomodados en las butacas de ante negro que rodeaban la mesa de cristal que presidía la estancia, Charles Éluard y Catherine Miller aguardaban la llegada de Donald Graf manchando las páginas de la prensa matutina con las salpicaduras de  dos whyskies dobles.  

[David Hockney, A Bigger Splash (1967)]
“Vivo en un sitio tranquilo, donde un ruido de noche significa que va a pasar algo: te despiertas rápido, pensando, ¿qué significa eso? Normalmente, nada. Pero a veces resulta difícil adaptarse a un trabajo urbano cuando la noche está llena de ruidos, todos ellos rutina normal. Coches, bocinas, pisadas… no hay manera de relajarse. Así que lo ahogas todo con el blanco y delicado rumor de un televisor bizco. Pones el chisme entre canales y te duermes apaciblemente… 
Ignora esa pesadilla del baño. No es más que otro repugnante refugio de la Generación del Amor, otro lisiado, otro condenado, sin remedio que es incapaz de soportar la presión. Mi abogado nunca ha sido capaz de aceptar la idea (que tan a menudo exponen drogadictos reformados y que es especialmente popular entre quienes están en libertad vigilada) de que se puede subir muchísimo más sin drogas que con ellas. 
Claro que en realidad tampoco yo lo acepto”. - Miedo y asco en Las Vegas, Hunter S. Thompson (1971)

[David Hockney, A Bigger Splash (1967)]

Vivo en un sitio tranquilo, donde un ruido de noche significa que va a pasar algo: te despiertas rápido, pensando, ¿qué significa eso? Normalmente, nada. Pero a veces resulta difícil adaptarse a un trabajo urbano cuando la noche está llena de ruidos, todos ellos rutina normal. Coches, bocinas, pisadas… no hay manera de relajarse. Así que lo ahogas todo con el blanco y delicado rumor de un televisor bizco. Pones el chisme entre canales y te duermes apaciblemente… 

Ignora esa pesadilla del baño. No es más que otro repugnante refugio de la Generación del Amor, otro lisiado, otro condenado, sin remedio que es incapaz de soportar la presión. Mi abogado nunca ha sido capaz de aceptar la idea (que tan a menudo exponen drogadictos reformados y que es especialmente popular entre quienes están en libertad vigilada) de que se puede subir muchísimo más sin drogas que con ellas. 

Claro que en realidad tampoco yo lo acepto”. - Miedo y asco en Las Vegas, Hunter S. Thompson (1971)

(Fuente: artmastered)

HIERRO, CEMENTO Y CRISTAL
CAPÍTULO VI




Justo en el mismo espiral donde unos días antes Carmen había enfrentado el círculo como único movimiento posible para separar la música del vinilo - la trampa del cartón - , la primera Gnossienne de Erik Satie conseguía transportar a Lady Miller al infernal paraíso de los recuerdos. El humo se elevaba desde sus labios con la misma sutilidad que apresuraba las notas del piano, atormentado todas y cada una de las veces que la melodía llevaba repitiéndose hipnóticamente en el corazón del tocadiscos. Catherine Miller se sonrío a sí misma y a la idea de un ser adulto dejándose adormecer por el juego de espejos de una canción, pero juego al fin y al cabo. La condena de los años no distaba tanto de la incapacidad que sentía para levantarse y cambiar de disco, eligir a un Bethooven o a un Bach, de quien había oído decir en Nueva York, para su sorpresa, que era el mejor compositor de sonatas que jamás había habido. No fue hasta ese momento, a punto de ceder al canto de sirenas que emanaba de su memoria y la seducía hacia ella, que se le ocurrió a la aristócrata que quizás Chopin debía de parecer demasiado moral a los oídos americanos falsamente liberados del dogma ético europeo.
También ella había tenido la edad de Minnie, aunque, a diferencia del jilguero encadenado envuelto en oro y diamantes que era la esposa de Remy Geaks, nunca había podido dejarse agasajar de modo sumiso por ningún hombre. Ni siquiera cuando lo había intentado con un hermoso ramo de lirios blancas ante un altar y la mirada atenta e incrédula de dos testigos cediendo al matrimonio, a la promesa de la convención del compromiso como cojín a la inestabilidad propia de la condición humana, había conseguido hallar desasosiego en las faenas del hogar, en el mundanal interés por el orden, la pulcritud y la familia que se le suponían a la mujer casada. A pesar de que Patrick Swansea había prometido no pedirle tardes al calor de una hoguera festejando el placer de la calidez reencontrada en la comodidad de la alta burguesía británica y la moderación holgada. Fresias amarillas que alguien renovaba cada mañana, sábanas limpias y recién calentadas todas las noches de invierno, cubertería de plata, una gruesa moqueta que cubría todas y cada una de las paredes de la residencia de Patrick y Catherine Swansea en Swiss Cottage, y que hubiera llegado a cubrir los brazos, el torso y el rostro de la aristócrata si ella se hubiera quedado allí para siempre, envejeciendo en la petrificación de su cuerpo y de su espíritu. 
El sonido del piano en el gramófono la arrancaba y la arrojaba simultáneamente a aquel salón, y la presentaba ante sí misma como una consciencia desnuda, sin nada de lo que enorgullecerse ni avergonzarse, cubierta de polvo y de los hilos color de nuez que la devolvían al sillón de todas las tardes, a las tartas de frambuesa que siempre quedaban demasiado horneadas, o demasiado crudas, o demasiado poco perfectas para aquella moqueta y aquella hoguera y aquel marido como colocado ahí por la mera necesidad de avanzar por la senda conocida y segura, la que no ofrecía riesgos ni decepciones en el error de cálculo de la cocción de estúpidas tartas, ni, desde luego, mundo alguno.
Cuán lejos quedaba todo aquello. Apellidándose de nuevo Miller, la aristócrata había abandonado la urbe sesgada por el Támesis y había buscado refugio en París, la ciudad de las palomas ciegas. Y allí Charles - siempre Charles - la había salvado de cometer la peor insensatez a la que podía arrojarse una mujer perdida: convertirse en esclava de la culpa en un hecatombe que hiriera de muerte su juventud como sacrificio expiatorio del fracaso.  De aquella conversación sostenida a la lumbre de una lámpara de quinqué en el segundo piso de L’Albatros, una posada para extranjeros, Charles Éluard había conseguido arrancar a una temblorosa Lady Miller del pozo de la conmiseración y el regocijo en el martirio hacía ya 10 años. Los mismos que hacía que Éluard había dejado de escribir. También había sido en el transcurso de aquella noche en L’Albatros que su eterno confidente le había rebelado la verdadera razón por la que se había acabado para él empuñar la pluma para honrar a las musas olímpicas, paganas y modernas.
Trotar por aquellos lares difuminados en el lienzo del tiempo con la ayuda de las preguntas inocentes de Minnie, quien asiduamente acudía a visitar a Lady Miller a espaldas de su marido desde su amistosa reconciliación en el 53 de Park Place, se había convertido en una de las mejores y más entrañables distracciones que Nueva York parecía haber podido ofrecer a la aristócrata en las casi cinco semanas que llevaba en la ciudad, además de las siempre sublimes veladas rasgadas de críticas feroces confabuladas con la complicidad de Charles Éluard y las conversaciones telefónicas que el progreso le permitía mantener a distancia con Donald Graf. Agosto había empezado a asomar sin demasiadas promesas de enmendar un verano que estaba resultando más bien frío, que se retorcía en una nostálgica queja a lo largo de las orillas del Hudson y se ahogaba día tras día en sus aguas sin pulir; el gris neoyorquino no reluciría bajo los milagros de luz que agujerearan el cielo aquel año. El mes que había huido desde su primera toma de contacto con la Gran Manzana en aquella fiesta en Allen Street había sido suficiente para que Lady Miller percibiera, e hiciera suya de un modo u otro, la desolación a renunciar a un verano del sur con las comodidades de vivir en el norte que sacudía a los habitantes de la ciudad, los peones de la batalla que cada día se libraba en la capital del egocentrismo vertical . “Hierro, cemento y cristal - pensaba a menudo la aristócrata - Eso es todo lo que van a tener este año”.
Un golpe macizo y seco en la puerta del piso de Brooklyn desencadenó una vibración a lo largo de la habitación que tuvo fin en la desviación del brazo del gramófono y el consiguiente desvanecimiento de la música. El segundo golpe fue, sin embargo, el tiro que sentenció la muerte del ruiseñor; las pocas notas que aún resbalaban en el aire fueron destripadas cual pompas de jabón esculpidas en brillo de gasolina durante los siguientes golpes, y Lady Miller tan solo consiguió agarrarse a la racionalidad que la incertidumbre había sepultado en aras del miedo armado cuando reconoció los ruegos de Minnie Geaks al otro lado de la puerta. 
- Por favor Lady Miller, tiene que ayudarme. Ya no puedo soportarlo más. Es.. ya es imposible. 
En lugar de la acicalada y esbelta figura con la que Lady Miller solía encontrarse al abrir la puerta sabiendo que detrás de ella la esperaba la sonrisa curiosa y frágil de Mrs. Geaks, la aristócrata se topó con un rostro parcialmente cubierto con unas gafas de sol y un pañuelo alrededor la cabeza atado al cuelo que a duras penas conseguía tapar las magulladuras violáceas que manchaban el blanco lechoso de la piel de la joven. Minnie Caroline Folks, aquella chica de Kansas que había crecido envuelta en algodones y promesas y nanas que peinaban su rubia cabellera adornándola con lazos de color rosa. Minnie Folks, para quien la Gran Guerra había sucedido como algo ajeno a su mundo de dulzura, de juegos dirigidos a avivar su natural inclinación al amor maternal y a aserenar las pasiones adolescentes latentes en cualquier chica del mundo moderno. “Minnie” y solamente “Minnie” en la determinación con la que los ojos de Remy Geaks la habían elegido en su primera visita a la ciudad acompañada  de una prima lejana que tenía tratos con la alta alcurnia política de la metrópoli. Ya Minnie Geaks enfundada en un traje blanco virginal que ensombrecía la pureza de los ángeles que protegían el altar delante del cual se hallaba arrodillada junto a su esposo, tratando de mantener su semblante sincero al margen de de los miles de flashes que ansiaban dar su mejor versión fotográfica a la prensa del enlace del año. Y de nuevo Minnie Caroline Folks en la puerta de Lady Miller, una flor deshecha, un lienzo rasgado, una mujer vuelta niña y muñeca rota.
Sin dilación alguna, Lady Miller la acompañó a la sala de estar, no sin antes asegurarse, mediante una fugaz inspección de la calle a través de las ventanas del rellano, que Minnie Geaks había conseguido llegar a Brooklyn sola y sin que nadie la siguiera.
- Te diré lo que vamos a hacer, Minnie. Te vas a quitar esas gafas y ese pañuelo. Me voy a servir una copa para serenarme y no coger ese teléfono, llamar a Donald Graf y hundir a tu marido con la primera edición de The Brookly’ns Herald de mañana.
Minnie empezó a hablar justo cuando una lágrima resbaló por sus mejillas y cayó justó en el nudo del pañuelo de lunares que cubría su cabeza. 
- ¿Quiere decir que no le puedo denunciar, Lady Miller?
- En absoluto quiero decir eso, Minnie. Ese canalla va a pagar por todo lo que te ha hecho y yo me voy  encargar de ello. Pero lo primero que debemos hacer ahora es llamar a un médico, y lo segundo es planear tu huida.Y si mañana todos los Estados Unidos de América saben que la promesa de la política nacional y el futuro candidato a gobernador del estado pega a su mujer eso es lo último que te van a permitir hacer.
La señora de Geaks había terminado de desabrocharse el pañuelo. La deslumbrante sonrisa de Minie, la armonía silenciosa de sus rasgos en una ingenuidad asombrosamente frágil, había quedado deformada por los golpes, los arañazos de detrás de sus orejas y el áurea negruzca que rodeaba sus ojos: apenas si quedaban pestañas que enmarcasen su tenaz mirada violeta. Pero lo que verdaderamente sacudió en un dolor absoluto a Lady Miller fue la visión del pelo de Minnie, siempre recogido en elegantes retos a su naturaleza lacia y decorado con flores, cintas o plumas que parecían más brillantes aún cuando descansaban sobre los reflejos rubios casi albinos de su cabellera. Los mechones caían ante sus ojos miedosos de un modo irregular y siniestro, pero no fue hasta que la aristócrata le hizo darse la vuelta a su protegida que pudo comprobar, con sumo horror, que el cuero cabelludo que debía haber estado cubierto de cabello tan solo lo estaba de sangre.  Lady Miller no pudo sino tratar de enjuagar las lágrimas de Minnie con las suyas propias. 
 - Lady Miller… Hay algo más que debe saber. 
Los ojos de Minnie brillaban con una lucidez hasta entonces ausente en su semblante siempre tranquilo, siempre ausente o maravillado ante la mínima presencia de belleza física o espiritual. 
- Todo esto… No fue a cambio de nada. No se altere, por favor. Quizás no sea nada más que una pobre boba, pero sé que no merezco esto. Lo que le estoy tratando de decir es que últimamente… Usted sabe que yo la admiro muchísimo, Catherine. Y aunque apenas hayamos hablado de ello yo sé que usted tiene casi tantas dudas acerca de Remy como yo misma las tengo. Tiene gracia… Compartimos dormitorio, mesa y amistades, pero le veo entrar en casa, salir, dormirse a mi lado y me sigue pareciendo un completo desconocido. Nunca me importó, siempre entendí que era algo normal; debía ser normal si ocurría tanto en Kansas como en Nueva York. Mis padres… Ellos tampoco compartían demasiadas cosas, pero, Lady Miller, ellos se querían. Por eso yo llegué a creer que mantenerme al margen de sus asuntos era el modo de Remy de demostrarme que, a pesar de todo, seguía queriéndome a su lado. El amor no me importa, Lady Miller. Nunca me ha importado. Todo lo que deseaba era ser capaz de mantenerlo a mi lado. Pero entonces llegó usted, y me habló del mundo, de las maneras en que se podía vivir. No quisiera que me malinterpretase: yo jamás sería capaz de abandonar los Estados Unidos, usted lo sabe, y yo lo sé. Acabaría dejándome engañar por un hombre o por una comunidad de monjas. Sin embargo, fue a través de usted que yo quise saber, incluso saber lo que usted tanto ansiaba: los secretos de Remy Geaks. Y ese fue mi primer error. 
- Minnie…Tú puedes, tú puedes alcanzar cualquier cosa que te propongas, solo has de….
- Por favor, déjeme terminar, Lady Miller. Sabía que este día llegaría. - Minnie sonrió débilmente y sus labios hinchados por los golpes obedecieron por unos instantes el encargo de su señora - Yo no soy una mujer inteligente. En algún momento Remy tenía que darse cuenta de que estaba intentando reunir las copias de los papeles que semana tras semana había estado llegando a casa a nombre de Samper Industries y Stadius&Co, y que Remy a menudo intercambiaba con Roy Samper dentro de una carpeta de terciopelo rojo. Y hoy lo ha hecho. 
- ¿Quieres decir que durante un mes has estado tratando de recopilar pruebas que relacionaran a tu marido con lo ocurrido con Samper Industries en Detroit? ¡¿Por qué no me dijiste nada?!
- Yo… Usted se mostró muy sorprendida cuando mencioné Stadius&Co aquella vez en mi casa, y supongo que quería parecerme un poco más a usted, o mostrarle que soy algo más que la bella esposa de un político corrupto. Pensaba acudir a Éluard o a usted en cuanto tuviera suficientes documentos, no quería ponerla en peligro. Remy la amenazó aquella vez. Lady Miller, déjeme hacer algo útil por primera vez en mi vida. Déjeme buscar esos papeles; quizás nada haya servido de nada, yo no poseo ningún conocimiento más que el del recelo con que mi marido los guardaba para determinar si se trata de documentos que puedan demostrar algo. 
- Minnie, no tenías porqué. Por mi culpa te encuentras ahora en este estado, y eso es algo que jamás podré perdonarme. Y si esos documentos están en tu casa, debes olvidarte de conseguirlos. No puedes volver allí, Minnie, prométeme que no lo harás. Debes marcharte lejos en cuanto puedas.
- Se lo prometo. Pero los papeles no están en casa. Desaparecieron antes de que Remy… - Minnie pasó su dedo índice por los cardenales de su cuello -. Yo pensé que él los había encontrado y que ello le había alertado de mis movimientos, o que quizás habían llegado a manos de Roy Samper por error - quizás al pedírselos a una criada ella le habría dado la carpeta de las copias en lugar de la auténtica, pero Remy no paraba de golpearme preguntándome dónde guardaba yo las copias de toda la documentación. Cuando le dije que la había perdido, enfureció aún más. - Minnie Geaks trató de alcanzar el pañuelo de lunares para evitar que las heridas de su cráneo rozaran el sofá y lo mancharan de restos de sangre.
Lady Miller se había acercado al mueble bar y decantaba con una percusión débil la botella de coñac sobre su copa. Debía pensar rápido. Remy Geaks tenía que recibir su merecido, pero de ningún modo ella podía permitir que Minnie corriera más riesgos. Después de acostar a Mrs. Geaks y telefonear a un médico, Lady Miller se dispuso a ordenar dentro de su cabeza todas las piezas del rompecabezas que la realidad había articulado delante de su persona en un desfile de temeridades, hechos brindados por el azar e irremediable maldad humana. Pero algo llamó su atención cuando una brisa de aire descubrió la cortina de una de las ventanas del salón y pudo ver en la calle a Simon, el chófer de Donald Graf. Una corazonada inundó las cavilaciones de la aristócrata. Aún desde la ventana y a una distancia considerable, Lady Miller pudo ver cómo Simon observaba, inquieto, el tatuaje del escorpión en su muñeca. Dos segundos más tarde, y con un gran pesar por tener que arrancarla del sueño consolador del infierno que pocas horas antes había tenido que vivir, Lady Miller se hallba en la cabecera del lecho de su habitación tratando de despertar a Minnie. 
- Minnie, escúchame. Remy tiene el tatuaje de un escorpión en la muñeca, ¿verdad?
- Un escorpión en la muñeca izquiera… Lo tiene… - Minnie hablaba aún entre sueños, lo que arrancó en Lady Miller una piedad avivada por su heridas que terminó en zarandeo por el bien de la interpelada.
- Escúcuchame. Tienes que irte. Voy a telefonear a Charles Éluard para decirle que vas de camino a su casa. Minnie, no te puedes quedar aquí. No puedo tener la certeza de ello, pero creo que es posible que Remy haya enviado a alguien tras tus pasos, y no podemos correr el riesgo de que te descubran. 
Antes de verla salir por el portal que apenas una hora antes había atravesado, Lady Miller le hizo volver a prometer a Minnie que no volvería a su casa. Al juramento anteriormente estipulado le añadió la promesa de que, cuando ya estuviera en casa de Charles Éluard, haría que este llamara primero a un médico y luego a ella, para informarle de su estado de salud.
Minnie sonrió con la fragancia del jazmín, la suavidad de las amapolas y la vitalidad de las rosas antes de cubrirse de nuevo el rostro medio desfigurado. Incluso bajo los múltiples golpes que habían casi deformado sus facciones y el equilibrio de sus gestos, seguía viviendo en aquella mujer una elegancia nata, casi musical.  Lady Miller la vio alejarse en un taxi amarillo que habían conseguido interceptar por la puerta de atrás del edificio de viviendas donde residía la aristócrata, para asegurarse de que Simon, estuviera o no relacionado con Geaks, no pudiera dar cuenta de ello a nadie. 
Al poco rato de la partida de Minnie Geaks, y viendo que Simon seguía aún en su puesto de guardia, Lady Miller quiso asegurarse de que Donald Graf,  no había enviado a su empleado a concertar alguna cita con ella. Aquello se hubiera salido del patrón estándar de relación que mantenían Graf y la aristócrata, y era casi evidente que el primero, a sus años y en su afianzada afición a sacarle provecho a ellos haciendo uso de los últimos avances tecnológicos, habría preferido descolgar el teléfono antes de enviar a uno de sus lacayos a dar un mensaje. Luego de poner a Éluard al tanto de las circunstancias, Lady Miller marcó el teléfono de la residencia de los Graf. El movimiento de su dedo en la rueda del aparato no era tan distinto al del disco de vinilo en el gramófono, al fin y al cabo.
- ¡Hola, Rose! ¿Está Donald en casa? Ah, paseando. Entiendo. Sí, sí, a cierta edad es mejor cuidarse, y más en Nueva York. Perdona, Rose, pero, ¿sabes si Donald ha enviado a Simon a hacerme algún recado? ¿Imposible, seguro? Claro. A por unos ejemplares del New Yorker. Sí, a mi también me ha hablado maravillas de esa revista; que una publicación de apenas seis meses de vida ya de qué hablar en Manhattan debe considerarse un éxito apoteósico. ¡Claro que vendré a veros! Tan solo dejadme el recado e iré encantada. Rose, sabes que me encanta habar contigo, pero debo colgar. Otro para ti. ¡Adiós!
Cuando Lady Miller echó los restos de su última colilla ardiente por la ventana, pudo observar complacida que Simon ya se había marchado. Estuvo escuchando un poco de música - algo de  Scott Japlin parecido al Maple Leaf Rag, que le recordaba igualmente a un mapache o a un koala ebrio saltando de eucalipto en eucalipto -,  hasta que el teléfono sonó en una desesperada campanada que Lady Miller recibió como un trago pasado por agua. 
- Ah, Charles. Ya creía que tardabas demasiado en llamar. ¿Sabes si el médico ha hecho un parte que nos pueda servir para…?
El silencio al otro lado de la línea fue suficiente parar frenar a la aristócrata.
- Catherine. Minnie Geaks ha muerto. 

HIERRO, CEMENTO Y CRISTAL

Justo en el mismo espiral donde unos días antes Carmen había enfrentado el círculo como único movimiento posible para separar la música del vinilo - la trampa del cartón - , la primera Gnossienne de Erik Satie conseguía transportar a Lady Miller al infernal paraíso de los recuerdos. El humo se elevaba desde sus labios con la misma sutilidad que apresuraba las notas del piano, atormentado todas y cada una de las veces que la melodía llevaba repitiéndose hipnóticamente en el corazón del tocadiscos. Catherine Miller se sonrío a sí misma y a la idea de un ser adulto dejándose adormecer por el juego de espejos de una canción, pero juego al fin y al cabo. La condena de los años no distaba tanto de la incapacidad que sentía para levantarse y cambiar de disco, eligir a un Bethooven o a un Bach, de quien había oído decir en Nueva York, para su sorpresa, que era el mejor compositor de sonatas que jamás había habido. No fue hasta ese momento, a punto de ceder al canto de sirenas que emanaba de su memoria y la seducía hacia ella, que se le ocurrió a la aristócrata que quizás Chopin debía de parecer demasiado moral a los oídos americanos falsamente liberados del dogma ético europeo.

También ella había tenido la edad de Minnie, aunque, a diferencia del jilguero encadenado envuelto en oro y diamantes que era la esposa de Remy Geaks, nunca había podido dejarse agasajar de modo sumiso por ningún hombre. Ni siquiera cuando lo había intentado con un hermoso ramo de lirios blancas ante un altar y la mirada atenta e incrédula de dos testigos cediendo al matrimonio, a la promesa de la convención del compromiso como cojín a la inestabilidad propia de la condición humana, había conseguido hallar desasosiego en las faenas del hogar, en el mundanal interés por el orden, la pulcritud y la familia que se le suponían a la mujer casada. A pesar de que Patrick Swansea había prometido no pedirle tardes al calor de una hoguera festejando el placer de la calidez reencontrada en la comodidad de la alta burguesía británica y la moderación holgada. Fresias amarillas que alguien renovaba cada mañana, sábanas limpias y recién calentadas todas las noches de invierno, cubertería de plata, una gruesa moqueta que cubría todas y cada una de las paredes de la residencia de Patrick y Catherine Swansea en Swiss Cottage, y que hubiera llegado a cubrir los brazos, el torso y el rostro de la aristócrata si ella se hubiera quedado allí para siempre, envejeciendo en la petrificación de su cuerpo y de su espíritu. 

El sonido del piano en el gramófono la arrancaba y la arrojaba simultáneamente a aquel salón, y la presentaba ante sí misma como una consciencia desnuda, sin nada de lo que enorgullecerse ni avergonzarse, cubierta de polvo y de los hilos color de nuez que la devolvían al sillón de todas las tardes, a las tartas de frambuesa que siempre quedaban demasiado horneadas, o demasiado crudas, o demasiado poco perfectas para aquella moqueta y aquella hoguera y aquel marido como colocado ahí por la mera necesidad de avanzar por la senda conocida y segura, la que no ofrecía riesgos ni decepciones en el error de cálculo de la cocción de estúpidas tartas, ni, desde luego, mundo alguno.

Cuán lejos quedaba todo aquello. Apellidándose de nuevo Miller, la aristócrata había abandonado la urbe sesgada por el Támesis y había buscado refugio en París, la ciudad de las palomas ciegas. Y allí Charles - siempre Charles - la había salvado de cometer la peor insensatez a la que podía arrojarse una mujer perdida: convertirse en esclava de la culpa en un hecatombe que hiriera de muerte su juventud como sacrificio expiatorio del fracaso.  De aquella conversación sostenida a la lumbre de una lámpara de quinqué en el segundo piso de L’Albatros, una posada para extranjeros, Charles Éluard había conseguido arrancar a una temblorosa Lady Miller del pozo de la conmiseración y el regocijo en el martirio hacía ya 10 años. Los mismos que hacía que Éluard había dejado de escribir. También había sido en el transcurso de aquella noche en L’Albatros que su eterno confidente le había rebelado la verdadera razón por la que se había acabado para él empuñar la pluma para honrar a las musas olímpicas, paganas y modernas.

Trotar por aquellos lares difuminados en el lienzo del tiempo con la ayuda de las preguntas inocentes de Minnie, quien asiduamente acudía a visitar a Lady Miller a espaldas de su marido desde su amistosa reconciliación en el 53 de Park Place, se había convertido en una de las mejores y más entrañables distracciones que Nueva York parecía haber podido ofrecer a la aristócrata en las casi cinco semanas que llevaba en la ciudad, además de las siempre sublimes veladas rasgadas de críticas feroces confabuladas con la complicidad de Charles Éluard y las conversaciones telefónicas que el progreso le permitía mantener a distancia con Donald Graf. Agosto había empezado a asomar sin demasiadas promesas de enmendar un verano que estaba resultando más bien frío, que se retorcía en una nostálgica queja a lo largo de las orillas del Hudson y se ahogaba día tras día en sus aguas sin pulir; el gris neoyorquino no reluciría bajo los milagros de luz que agujerearan el cielo aquel año. El mes que había huido desde su primera toma de contacto con la Gran Manzana en aquella fiesta en Allen Street había sido suficiente para que Lady Miller percibiera, e hiciera suya de un modo u otro, la desolación a renunciar a un verano del sur con las comodidades de vivir en el norte que sacudía a los habitantes de la ciudad, los peones de la batalla que cada día se libraba en la capital del egocentrismo vertical . “Hierro, cemento y cristal - pensaba a menudo la aristócrata - Eso es todo lo que van a tener este año”.

Un golpe macizo y seco en la puerta del piso de Brooklyn desencadenó una vibración a lo largo de la habitación que tuvo fin en la desviación del brazo del gramófono y el consiguiente desvanecimiento de la música. El segundo golpe fue, sin embargo, el tiro que sentenció la muerte del ruiseñor; las pocas notas que aún resbalaban en el aire fueron destripadas cual pompas de jabón esculpidas en brillo de gasolina durante los siguientes golpes, y Lady Miller tan solo consiguió agarrarse a la racionalidad que la incertidumbre había sepultado en aras del miedo armado cuando reconoció los ruegos de Minnie Geaks al otro lado de la puerta. 

- Por favor Lady Miller, tiene que ayudarme. Ya no puedo soportarlo más. Es.. ya es imposible. 

En lugar de la acicalada y esbelta figura con la que Lady Miller solía encontrarse al abrir la puerta sabiendo que detrás de ella la esperaba la sonrisa curiosa y frágil de Mrs. Geaks, la aristócrata se topó con un rostro parcialmente cubierto con unas gafas de sol y un pañuelo alrededor la cabeza atado al cuelo que a duras penas conseguía tapar las magulladuras violáceas que manchaban el blanco lechoso de la piel de la joven. Minnie Caroline Folks, aquella chica de Kansas que había crecido envuelta en algodones y promesas y nanas que peinaban su rubia cabellera adornándola con lazos de color rosa. Minnie Folks, para quien la Gran Guerra había sucedido como algo ajeno a su mundo de dulzura, de juegos dirigidos a avivar su natural inclinación al amor maternal y a aserenar las pasiones adolescentes latentes en cualquier chica del mundo moderno. “Minnie” y solamente “Minnie” en la determinación con la que los ojos de Remy Geaks la habían elegido en su primera visita a la ciudad acompañada  de una prima lejana que tenía tratos con la alta alcurnia política de la metrópoli. Ya Minnie Geaks enfundada en un traje blanco virginal que ensombrecía la pureza de los ángeles que protegían el altar delante del cual se hallaba arrodillada junto a su esposo, tratando de mantener su semblante sincero al margen de de los miles de flashes que ansiaban dar su mejor versión fotográfica a la prensa del enlace del año. Y de nuevo Minnie Caroline Folks en la puerta de Lady Miller, una flor deshecha, un lienzo rasgado, una mujer vuelta niña y muñeca rota.

Sin dilación alguna, Lady Miller la acompañó a la sala de estar, no sin antes asegurarse, mediante una fugaz inspección de la calle a través de las ventanas del rellano, que Minnie Geaks había conseguido llegar a Brooklyn sola y sin que nadie la siguiera.

- Te diré lo que vamos a hacer, Minnie. Te vas a quitar esas gafas y ese pañuelo. Me voy a servir una copa para serenarme y no coger ese teléfono, llamar a Donald Graf y hundir a tu marido con la primera edición de The Brookly’ns Herald de mañana.

Minnie empezó a hablar justo cuando una lágrima resbaló por sus mejillas y cayó justó en el nudo del pañuelo de lunares que cubría su cabeza. 

- ¿Quiere decir que no le puedo denunciar, Lady Miller?

- En absoluto quiero decir eso, Minnie. Ese canalla va a pagar por todo lo que te ha hecho y yo me voy  encargar de ello. Pero lo primero que debemos hacer ahora es llamar a un médico, y lo segundo es planear tu huida.Y si mañana todos los Estados Unidos de América saben que la promesa de la política nacional y el futuro candidato a gobernador del estado pega a su mujer eso es lo último que te van a permitir hacer.

La señora de Geaks había terminado de desabrocharse el pañuelo. La deslumbrante sonrisa de Minie, la armonía silenciosa de sus rasgos en una ingenuidad asombrosamente frágil, había quedado deformada por los golpes, los arañazos de detrás de sus orejas y el áurea negruzca que rodeaba sus ojos: apenas si quedaban pestañas que enmarcasen su tenaz mirada violeta. Pero lo que verdaderamente sacudió en un dolor absoluto a Lady Miller fue la visión del pelo de Minnie, siempre recogido en elegantes retos a su naturaleza lacia y decorado con flores, cintas o plumas que parecían más brillantes aún cuando descansaban sobre los reflejos rubios casi albinos de su cabellera. Los mechones caían ante sus ojos miedosos de un modo irregular y siniestro, pero no fue hasta que la aristócrata le hizo darse la vuelta a su protegida que pudo comprobar, con sumo horror, que el cuero cabelludo que debía haber estado cubierto de cabello tan solo lo estaba de sangre.  Lady Miller no pudo sino tratar de enjuagar las lágrimas de Minnie con las suyas propias. 

 - Lady Miller… Hay algo más que debe saber. 

Los ojos de Minnie brillaban con una lucidez hasta entonces ausente en su semblante siempre tranquilo, siempre ausente o maravillado ante la mínima presencia de belleza física o espiritual. 

- Todo esto… No fue a cambio de nada. No se altere, por favor. Quizás no sea nada más que una pobre boba, pero sé que no merezco esto. Lo que le estoy tratando de decir es que últimamente… Usted sabe que yo la admiro muchísimo, Catherine. Y aunque apenas hayamos hablado de ello yo sé que usted tiene casi tantas dudas acerca de Remy como yo misma las tengo. Tiene gracia… Compartimos dormitorio, mesa y amistades, pero le veo entrar en casa, salir, dormirse a mi lado y me sigue pareciendo un completo desconocido. Nunca me importó, siempre entendí que era algo normal; debía ser normal si ocurría tanto en Kansas como en Nueva York. Mis padres… Ellos tampoco compartían demasiadas cosas, pero, Lady Miller, ellos se querían. Por eso yo llegué a creer que mantenerme al margen de sus asuntos era el modo de Remy de demostrarme que, a pesar de todo, seguía queriéndome a su lado. El amor no me importa, Lady Miller. Nunca me ha importado. Todo lo que deseaba era ser capaz de mantenerlo a mi lado. Pero entonces llegó usted, y me habló del mundo, de las maneras en que se podía vivir. No quisiera que me malinterpretase: yo jamás sería capaz de abandonar los Estados Unidos, usted lo sabe, y yo lo sé. Acabaría dejándome engañar por un hombre o por una comunidad de monjas. Sin embargo, fue a través de usted que yo quise saber, incluso saber lo que usted tanto ansiaba: los secretos de Remy Geaks. Y ese fue mi primer error. 

- Minnie…Tú puedes, tú puedes alcanzar cualquier cosa que te propongas, solo has de….

- Por favor, déjeme terminar, Lady Miller. Sabía que este día llegaría. - Minnie sonrió débilmente y sus labios hinchados por los golpes obedecieron por unos instantes el encargo de su señora - Yo no soy una mujer inteligente. En algún momento Remy tenía que darse cuenta de que estaba intentando reunir las copias de los papeles que semana tras semana había estado llegando a casa a nombre de Samper Industries y Stadius&Co, y que Remy a menudo intercambiaba con Roy Samper dentro de una carpeta de terciopelo rojo. Y hoy lo ha hecho. 

- ¿Quieres decir que durante un mes has estado tratando de recopilar pruebas que relacionaran a tu marido con lo ocurrido con Samper Industries en Detroit? ¡¿Por qué no me dijiste nada?!

- Yo… Usted se mostró muy sorprendida cuando mencioné Stadius&Co aquella vez en mi casa, y supongo que quería parecerme un poco más a usted, o mostrarle que soy algo más que la bella esposa de un político corrupto. Pensaba acudir a Éluard o a usted en cuanto tuviera suficientes documentos, no quería ponerla en peligro. Remy la amenazó aquella vez. Lady Miller, déjeme hacer algo útil por primera vez en mi vida. Déjeme buscar esos papeles; quizás nada haya servido de nada, yo no poseo ningún conocimiento más que el del recelo con que mi marido los guardaba para determinar si se trata de documentos que puedan demostrar algo. 

- Minnie, no tenías porqué. Por mi culpa te encuentras ahora en este estado, y eso es algo que jamás podré perdonarme. Y si esos documentos están en tu casa, debes olvidarte de conseguirlos. No puedes volver allí, Minnie, prométeme que no lo harás. Debes marcharte lejos en cuanto puedas.

- Se lo prometo. Pero los papeles no están en casa. Desaparecieron antes de que Remy… - Minnie pasó su dedo índice por los cardenales de su cuello -. Yo pensé que él los había encontrado y que ello le había alertado de mis movimientos, o que quizás habían llegado a manos de Roy Samper por error - quizás al pedírselos a una criada ella le habría dado la carpeta de las copias en lugar de la auténtica, pero Remy no paraba de golpearme preguntándome dónde guardaba yo las copias de toda la documentación. Cuando le dije que la había perdido, enfureció aún más. - Minnie Geaks trató de alcanzar el pañuelo de lunares para evitar que las heridas de su cráneo rozaran el sofá y lo mancharan de restos de sangre.

Lady Miller se había acercado al mueble bar y decantaba con una percusión débil la botella de coñac sobre su copa. Debía pensar rápido. Remy Geaks tenía que recibir su merecido, pero de ningún modo ella podía permitir que Minnie corriera más riesgos. Después de acostar a Mrs. Geaks y telefonear a un médico, Lady Miller se dispuso a ordenar dentro de su cabeza todas las piezas del rompecabezas que la realidad había articulado delante de su persona en un desfile de temeridades, hechos brindados por el azar e irremediable maldad humana. Pero algo llamó su atención cuando una brisa de aire descubrió la cortina de una de las ventanas del salón y pudo ver en la calle a Simon, el chófer de Donald Graf. Una corazonada inundó las cavilaciones de la aristócrata. Aún desde la ventana y a una distancia considerable, Lady Miller pudo ver cómo Simon observaba, inquieto, el tatuaje del escorpión en su muñeca. Dos segundos más tarde, y con un gran pesar por tener que arrancarla del sueño consolador del infierno que pocas horas antes había tenido que vivir, Lady Miller se hallba en la cabecera del lecho de su habitación tratando de despertar a Minnie. 

- Minnie, escúchame. Remy tiene el tatuaje de un escorpión en la muñeca, ¿verdad?

- Un escorpión en la muñeca izquiera… Lo tiene… - Minnie hablaba aún entre sueños, lo que arrancó en Lady Miller una piedad avivada por su heridas que terminó en zarandeo por el bien de la interpelada.

- Escúcuchame. Tienes que irte. Voy a telefonear a Charles Éluard para decirle que vas de camino a su casa. Minnie, no te puedes quedar aquí. No puedo tener la certeza de ello, pero creo que es posible que Remy haya enviado a alguien tras tus pasos, y no podemos correr el riesgo de que te descubran. 

Antes de verla salir por el portal que apenas una hora antes había atravesado, Lady Miller le hizo volver a prometer a Minnie que no volvería a su casa. Al juramento anteriormente estipulado le añadió la promesa de que, cuando ya estuviera en casa de Charles Éluard, haría que este llamara primero a un médico y luego a ella, para informarle de su estado de salud.

Minnie sonrió con la fragancia del jazmín, la suavidad de las amapolas y la vitalidad de las rosas antes de cubrirse de nuevo el rostro medio desfigurado. Incluso bajo los múltiples golpes que habían casi deformado sus facciones y el equilibrio de sus gestos, seguía viviendo en aquella mujer una elegancia nata, casi musical.  Lady Miller la vio alejarse en un taxi amarillo que habían conseguido interceptar por la puerta de atrás del edificio de viviendas donde residía la aristócrata, para asegurarse de que Simon, estuviera o no relacionado con Geaks, no pudiera dar cuenta de ello a nadie. 

Al poco rato de la partida de Minnie Geaks, y viendo que Simon seguía aún en su puesto de guardia, Lady Miller quiso asegurarse de que Donald Graf,  no había enviado a su empleado a concertar alguna cita con ella. Aquello se hubiera salido del patrón estándar de relación que mantenían Graf y la aristócrata, y era casi evidente que el primero, a sus años y en su afianzada afición a sacarle provecho a ellos haciendo uso de los últimos avances tecnológicos, habría preferido descolgar el teléfono antes de enviar a uno de sus lacayos a dar un mensaje. Luego de poner a Éluard al tanto de las circunstancias, Lady Miller marcó el teléfono de la residencia de los Graf. El movimiento de su dedo en la rueda del aparato no era tan distinto al del disco de vinilo en el gramófono, al fin y al cabo.

- ¡Hola, Rose! ¿Está Donald en casa? Ah, paseando. Entiendo. Sí, sí, a cierta edad es mejor cuidarse, y más en Nueva York. Perdona, Rose, pero, ¿sabes si Donald ha enviado a Simon a hacerme algún recado? ¿Imposible, seguro? Claro. A por unos ejemplares del New Yorker. Sí, a mi también me ha hablado maravillas de esa revista; que una publicación de apenas seis meses de vida ya de qué hablar en Manhattan debe considerarse un éxito apoteósico. ¡Claro que vendré a veros! Tan solo dejadme el recado e iré encantada. Rose, sabes que me encanta habar contigo, pero debo colgar. Otro para ti. ¡Adiós!

Cuando Lady Miller echó los restos de su última colilla ardiente por la ventana, pudo observar complacida que Simon ya se había marchado. Estuvo escuchando un poco de música - algo de  Scott Japlin parecido al Maple Leaf Rag, que le recordaba igualmente a un mapache o a un koala ebrio saltando de eucalipto en eucalipto -,  hasta que el teléfono sonó en una desesperada campanada que Lady Miller recibió como un trago pasado por agua. 

- Ah, Charles. Ya creía que tardabas demasiado en llamar. ¿Sabes si el médico ha hecho un parte que nos pueda servir para…?

El silencio al otro lado de la línea fue suficiente parar frenar a la aristócrata.

- Catherine. Minnie Geaks ha muerto. 

HIERRO, CEMENTO Y CRISTAL
CAPÍTULO V
Al servirse el poco café que quedaba en una taza de porcelana que a juzgar por las líneas que la recorrían había sido rota y recompuesta unas cuantas veces, Catherine Miller recordó el tomado con Donald Graf la tarde anterior. La merienda se había alargado a cena entre conversaciones sobre los viejos tiempos, los nuevos y los que habrían de venir, marcados por la incertidumbre que empezaba a suponer el descenso en las ventas de The Brooklyn’s Herald. "Nueva York ya no quiere periodistas, Catherine. Nueva York quiere economistas que revelen dónde invertir para poder dejar definitivamente Queens , fotógrafos que den cuenta de los accidentes en Conny Island y novelistas de segunda que escriban sobre asesinatos, romances y traiciones en los Hamptons", había dicho el viejo Donald, mientas trataba de sacar brillo al reloj de cuco que colgaba de una de las paredes de su antiguo despacho. Lady Miller había observado cómo su trato con los empleados se había endurecido, y cómo supervisaba y escudriñaba su trabajo con ojos de ave rapaz a través de sus redondas lentes de joyero. "Estos chicos de hoy vienen a la redacción pensando que van a ser ellos quien coloquen en el poder al próximo Warren Harding. Y no se dan cuenta de que, para que eso pase, antes tendrán que haber muerto unas cuantas veces tras noches sin dormir esperando una llamada". Hubo un tiempo en que Lady Miller se había interesado por el periodismo, especialmente después de la Gran Guerra, durante los dos años que había durado su matrimonio faliido. Había publicado un par de crónicas de viajes en periódicos de cierto renombre, pero lo que verdaderamente interesaba a las ratas de la tinta en aquellos años, lo que verdaderamente hinchaba la sangre en sus venas y la volcaba en tabloides tan gruesos como las críticas que albergaban, era la política norteamericana. Y nada de aquello interesaba a Lady Miller lo más mínimo en aquellos años. 
La aristócrata no tardó en darse cuenta de que la única persona a la que Donald Graf no trataba con la rigidez de quien supervisa los pilares sobre los que se sostiene su patrimonio era una chica más bien escuálida, con ojos de ratón asustadizo, que respondía al nombre de Lola. Pese a la magnificencia y honorabilidad que Graf tenía a sus años, Lady Miller atisbó alguna grieta a esa artificiosa imagen de judío conservador con la que el veterano periodista se proyectaba al mundo en ese afecto por su protegida, que oscilaba entre un paternalismo protector y una siempre oculta carnal devoción por su juventud. “Lola es la hermana de Simon, el muchacho que ayer te llevó a Brooklyn después de la fiesta. Últimamente la veo inquieta, y me preocupa. Es… -  Graf había suspendido su juicio en una ternura dubitativa que rápidamente encauzó en la respuesta verbal de deformación profesional - … ella es una buena chica, pero me atrevería a afirmar que sufre por su hermano. Últimamente tiene un comportamiento extraño”. Lady Miler observaba la redacción con avidez, el ajetreo de los papeles de café barato, el humo enredado en las seseras de las máquinas de escribir. Quizás le hubiera gustado pertenecer a aquel mundo. 
Antes de marcharse, y quizás inspirada por el capricho que la observación de la investigación periodística había avivado en ella, Catherine Miller había preguntado a Donald Graf acerca de lo ocurrido en Detroit con Samper Industries y la relación que mantenían Mr. Samper y Roy Geaks, el marido de Minnie. “Alguien dio carpetazo al asunto más rápido de lo que se suele hacer cuando hay alguien de la oligarquía en medio. Lo poco a lo que tuvimos acceso era insuficiente para publicar nada; al menos para publicar algo que pudiera defenderse ante la manada de depredadores que se nos hubiera venido encima. Investigamos si alguien del entorno de Remy Geaks había comprado acciones de Sampes Industries, y por supuesto también tratamos de averiguar si, por descuido o inconsciencia, él mismo había puesto alguna a su nombre. Ello habría explicado por qué Geaks se molestó tanto en ser él mismo el supervisor de algo ocurrido en Michigan, cuando sus competencias como miembro del Consejo Federal se circunscriben al distrito de Nueva York. Además, el mayor inversor de Samper Industries es una empresa de ocio llamada Stadius&Co, con subsedes, propiedades y locales en varias partes de los Estados Unidos, Canadá y Australia. Al parecer el convenio con Samper Indsutries obedecía solamente a reducciones en el coste de construcciones y reformas para los edificios que compraban o decidían relanzar”. Antes de despedirse, intrigada por la complejidad de aquel caso sin resolver, Lady Miller también se había interesado por el hijo díscolo de los Samper, Daniel. “Ah, Daniel Samper. Tuve el placer de conocerlo hace dos años en la primera exposición en solitario de William Van Allen. Había venido sin compañía, y decía que solo la contemplación de maquetas, proyectos diminutos que habían de ser grandes algún día, conseguía aliviarle el recuerdo de las atrocidades que había visto durante la Gran Guerra. Entonces no me pareció alguien susceptible de darse a la bebida y dilapidar parte de la herencia de sus padres en menos de dos semanas. Tengo entendido que los Samper le pusieron un tutor hace poco. Ya sabes, un europeo que impusiera la pulcritud y los escrúpulos estéticos del continente. Harold, o Henry Pinaud, creo”.
Si la pequeña trama de corrupción indescifrable que salpicaba a Roy Samper y a Remy Geaks había accionado la imaginación de CatherineMiller, la mención de Henry Pinaud había supuesto un jarrón de agua fría a los engranajes que procesaban su curiosidad intuitiva. De ningún modo Charles Éluard podía conocer que Henry Pinaud se hallaba en la ciudad, ni mucho menos que se movía en un círculo de amistades, si es que así podían llamarse, tan cercano al suyo. Éluard no podría soportar un segundo desengaño, un segundo choque con lo perdido y con la imposibilidad de recuperar una relación como la que una vez hubo entre aquellos dos muchachos que correteaban juntos por los campos de Sint-Margriete  con ramas en las manos, recitando los versos de Puck de Sueño de una noche de verano (cursiva), tejiendo coronas de brezo y hurtando vinos de cosechas remotas de las bodegas de sus padres. Éluard le había hablando tantas veces sobre aquello. Sobre el calor del verano en sus labios, las cumbres crepusculares bajo el sol y el oro del centeno, la sombra de unos ojos misteriosos, negros, contra los suyos. El sabor del vino reencontrado en la eucaristía del pecado original, en los párpados del silencio, en el terciopelo del beso prohibido. Y después las cenas que Lady Miller recordaba tan bien, en las que los chicos apenas si cruzaban las miradas por miedo a ser descubiertos. Un mes, dos meses, tres meses. Invierno. Carta de Charles: Pinaud y él habían conocido a un editor de París que les había insistido en mudarse a París para que pudieran conocer a los poetas más repudiados y menoscabados de su generación, aquello era, los más brillantes. Y aquella fue la última carta de Éluard que Lady Miller recibió en mucho tiempo. 
Los sucesos se mezclaban en la mente de la aristócrata en una nebulosa de recuerdos, conjeturas y certezas que conferían a sus cavilaciones una heterogeneidad digna del cuerpo celestial más brillante y poliédrico que errara, perdido, en la inmensidad del universo. Por esa razón, Lady Miller se sorprendió gratamente cuando fue capaz de hallar la vivienda de los Geaks sin necesidad de pedir indicaciones a ningún peatón erudito en el trazado urbanístico de Nueva York. Situado en el 53 de Park Place, el edificio bañado en vidrio en el que vívian Minnie i Remy Geaks parecía erguirse en un vertiginoso ejercicio de poder físico que tan solo era comparable al de las invisibles redes de araña que tejía el político neoyorquino alrededor de todo lo que a él concerniese. Las situaciones bajo las cuales el nombre de Geaks se había convertido en ineludible cuando el recién electo candidato para el Consejo Federal había dimitido por un escándalo de corrupción dos años antes seguían siendo desconocidas. Como el humo, el llanto desgarrado de una trompeta en el estribillo de cualquier partitura de jazz o un buen trago de ginebra en el paladar, la senda que había conducido a Remy Geaks al éxito parecía haberse esfumado, tal y como si su brillo cósmico en las fuerzas de Manhattan no hubiera tenido nunca un comienzo. Justo antes de hacer sonar el timbre de la residencia del susodicho, Lady Miller recordó con cierta decepción que el cabeza de familia no se encontraría entre los presentes. Una muchacha menuda y más bien entrada en carnes saludó a la aristócrata con un breve golpe de cabeza que puso en peligro el la permanencia de la cofia que le adornaba la testa en la misma. 
- En seguida aviso a Mrs. Geaks de que la señora ha llegado. 
La figura grácil de Minnie Geaks se perfiló contra los pródigos ventanales que adornaban el salón, ofreciendo una vista completa del cielo neoyorquino a cualquiera que los desafiara a enfrentar la inmensidad solitaria de la ciudad. Cuando Lady Miller empezaba a reconocer de nuevo en Minnie esa fragilidad discreta, quizás rota por la inconveniencia de la insatisfacción en alguien que lo tenía todo, la voz de Charles Éluard viajó a sus oídos desde detrás de una cortina. 
- Catherine, no sabes cuánto ansiábamos tu presencia. Empezábamos a pensar que no vendrías.
- Ante todo, Charles, creo que debo una disculpa y una explicación a Mrs.Geaks por mi comportamiento en Allen Street, y un agradecimiento por su invitación a tan magnífica residencia. 
- Oh, por favor, Lady Miller, llámeme Minnie. Le juro que no estoy ni estuve enojada, se lo juro. Bueno, quizás… Quizás Mrs. Samper lo estuvo, a decir verdad yo ni siquiera entendí sus motivos. Usted tan solo remarcó algo que todas sabemos: nuestros maridos no suelen conformarse con el calor del hogar y una sonrisa cuando llegan de la oficina. Puede que esté siendo demasiado sincera…Perdóneme, Lady Miller, la estaré importunando con problemas que le deben parecer nimiedades. 
- Catherine, querida, Minnie piensa que tú tan solo te preocupas por lo que palpita en las bibliotecas secretas del mundo, los cajones de los filósofos de Montmatre y las habitaciones del Big Ben. Y, Minnie, te puedo asegurar que Catherine también es de este mundo. 
Lady Miller y Minnie Geaks vieron sus asperezas limadas cuando apenas habían transcurrido diez minutos de la presencia de la aristócrata en el 53 de Park Place. La fiel compañera de Éluard le habló de sus viajes, de cómo viajar por el mundo había manchado su carácter de un cinismo como respuesta a la injusticia, la terquedad y la intolerancia comunes tanto en las civilizaciones más avanzadas del globo como en las más primitivas. Le habló de la humedad cerebral y aromática que contagiaba gastar el amanecer hindú frente a una narguile, de la imposibilidad de vivir sin dinero en París pasados los treinta años. Y, a la cuarta hora de conversación y cuando Éluard ya se había marchado para atender a asuntos relativos al consulado, Lady Miller incluso le habló sobre el modo amatorio como había ahogado bajo las sábanas el calor santo de Israel. Minnie Geaks se mostró comprensiva, e incluso quiso saber, desde una franqueza inocente y desprovista de malicia, si Lady Miller no se había sentido incómoda al saber que aquel hombre con el que se había dejado marchitar en la tierra histórica de Jerusalem jamás le pertenecería. 
- Sabes, Minnie, con el tiempo he aprendido que no hay relación más dañina para dos personas que la conciencia de que una pertenece a la otra por razones que no obedecen ni al deseo ni al afecto, sino a la celosía. Esa ponzoña, tanto si es fundada como si no lo es, te retorcerá las entrañas, te arrojará a los brazos de la impotencia y te hará rogar hasta desear la muerte.
Minnie bajó los ojos hacia la taza de te que sostenía entre ambas manos, como si se tratara de un ruiseñor enfermo al que dar cobijo. En aquella posición, parecía tan solo una niña esperando a que le crecieran por fin las alas para poder volar lejos, al país de las maravillas, al mundo de los sueños.
- Yo… Yo tan solo le pregunté porqué siempre llegaba tarde los jueves. En realidad no tenía especial interés en saberlo, en realidad no tengo nunca demasiado interés en saber nada. Pero yo había visto unos días antes unos papeles, algo sobre una compañía llamada Stadius&Co, y pensé que a lo mejor había estado bebiendo más de la cuenta en algún lugar de Manhattan.
- Espera, Minnie, ¿has dicho Stadius&Co?
- Sí, claro. Creo que tienen bares de copas en la ciudad, así que pensé que a lo mejor avisaban a Remy de que le habían visto demasiado por allí, para prevenirle.  Entre los políticos es importante dar cierta imagen. Pero él comenzó a gritarme que me me metiera en mis asuntos, en mis problemas de vestidos, amistades y guantes, y que le dejara en paz. Que afortunadamente para mí él ya tenía quién le satisficiera. 
Cuando Minnie terminó de hablar, y sin alzar los ojos, tanto ella como la aristócrata intuyeron con horror una presencia insospechada detrás de las cortinas que cubrían los antes desnudos ventanales. 
- Querida Minnie, debes dejar de imaginar tantas cosas, y, sobre todo, debes dejar de contárselas a la primera pobre dama que se ofrece a pasar contigo la tarde para que descanses de tus fatigas y dolores de cabeza. Buenas tardes, Lady Miller. Créame que estoy encantado de conocerla a fin. Sin embargo, mi mujer necesita descansar. Permítame que le acompañe yo mismo a la puerta. 
La figura robusta de Remy Geaks avanzó a grandes zancadas por el inmenso salón ahogado en un silencio que tan solo quebraban, periódicamente, los sollozos de Minnie. 
- Mr. Geaks, créame cuando le digo que no me ha parecido que Minnie necesite de tantos cuidados en su trato. Minnie es una mujer fuerte. Quizás más independiente de lo que usted piense. 
- Lady Miller… Inglesa, ¿verdad? Vaya con cuidado. No sea que por una desafortunada coincidencia le retiren el visado de residencia. Tengo entendido que no es usted popular por ser querida entre las élites neoyorquinas. 
- Siento defraudarle, Mr. Geaks. Miller, descendiente de los Miller de Brooklyn, Nueva York, Estados Unidos. Usted no sabe lo útil que puede llegar a ser la doble nacionalidad cuando se viaja a menudo. Pase usted un buen día.
Antes de marcharse para siempre del 53 de Park Place, Catherine Miller encajó brevemente su mano derecha con la de Remy Geaks. Fue suficiente para que, a pesar de un perceptible intento del neoyorquino por ocultarlo, el tatuaje de un escorpión negro azabache asomara por debajo del puño blanco de su camisa.

HIERRO, CEMENTO Y CRISTAL

CAPÍTULO V

Al servirse el poco café que quedaba en una taza de porcelana que a juzgar por las líneas que la recorrían había sido rota y recompuesta unas cuantas veces, Catherine Miller recordó el tomado con Donald Graf la tarde anterior. La merienda se había alargado a cena entre conversaciones sobre los viejos tiempos, los nuevos y los que habrían de venir, marcados por la incertidumbre que empezaba a suponer el descenso en las ventas de The Brooklyn’s Herald. "Nueva York ya no quiere periodistas, Catherine. Nueva York quiere economistas que revelen dónde invertir para poder dejar definitivamente Queens , fotógrafos que den cuenta de los accidentes en Conny Island y novelistas de segunda que escriban sobre asesinatos, romances y traiciones en los Hamptons", había dicho el viejo Donald, mientas trataba de sacar brillo al reloj de cuco que colgaba de una de las paredes de su antiguo despacho. Lady Miller había observado cómo su trato con los empleados se había endurecido, y cómo supervisaba y escudriñaba su trabajo con ojos de ave rapaz a través de sus redondas lentes de joyero. "Estos chicos de hoy vienen a la redacción pensando que van a ser ellos quien coloquen en el poder al próximo Warren Harding. Y no se dan cuenta de que, para que eso pase, antes tendrán que haber muerto unas cuantas veces tras noches sin dormir esperando una llamada". Hubo un tiempo en que Lady Miller se había interesado por el periodismo, especialmente después de la Gran Guerra, durante los dos años que había durado su matrimonio faliido. Había publicado un par de crónicas de viajes en periódicos de cierto renombre, pero lo que verdaderamente interesaba a las ratas de la tinta en aquellos años, lo que verdaderamente hinchaba la sangre en sus venas y la volcaba en tabloides tan gruesos como las críticas que albergaban, era la política norteamericana. Y nada de aquello interesaba a Lady Miller lo más mínimo en aquellos años. 

La aristócrata no tardó en darse cuenta de que la única persona a la que Donald Graf no trataba con la rigidez de quien supervisa los pilares sobre los que se sostiene su patrimonio era una chica más bien escuálida, con ojos de ratón asustadizo, que respondía al nombre de Lola. Pese a la magnificencia y honorabilidad que Graf tenía a sus años, Lady Miller atisbó alguna grieta a esa artificiosa imagen de judío conservador con la que el veterano periodista se proyectaba al mundo en ese afecto por su protegida, que oscilaba entre un paternalismo protector y una siempre oculta carnal devoción por su juventud. “Lola es la hermana de Simon, el muchacho que ayer te llevó a Brooklyn después de la fiesta. Últimamente la veo inquieta, y me preocupa. Es… -  Graf había suspendido su juicio en una ternura dubitativa que rápidamente encauzó en la respuesta verbal de deformación profesional - … ella es una buena chica, pero me atrevería a afirmar que sufre por su hermano. Últimamente tiene un comportamiento extraño”. Lady Miler observaba la redacción con avidez, el ajetreo de los papeles de café barato, el humo enredado en las seseras de las máquinas de escribir. Quizás le hubiera gustado pertenecer a aquel mundo. 

Antes de marcharse, y quizás inspirada por el capricho que la observación de la investigación periodística había avivado en ella, Catherine Miller había preguntado a Donald Graf acerca de lo ocurrido en Detroit con Samper Industries y la relación que mantenían Mr. Samper y Roy Geaks, el marido de Minnie. “Alguien dio carpetazo al asunto más rápido de lo que se suele hacer cuando hay alguien de la oligarquía en medio. Lo poco a lo que tuvimos acceso era insuficiente para publicar nada; al menos para publicar algo que pudiera defenderse ante la manada de depredadores que se nos hubiera venido encima. Investigamos si alguien del entorno de Remy Geaks había comprado acciones de Sampes Industries, y por supuesto también tratamos de averiguar si, por descuido o inconsciencia, él mismo había puesto alguna a su nombre. Ello habría explicado por qué Geaks se molestó tanto en ser él mismo el supervisor de algo ocurrido en Michigan, cuando sus competencias como miembro del Consejo Federal se circunscriben al distrito de Nueva York. Además, el mayor inversor de Samper Industries es una empresa de ocio llamada Stadius&Co, con subsedes, propiedades y locales en varias partes de los Estados Unidos, Canadá y Australia. Al parecer el convenio con Samper Indsutries obedecía solamente a reducciones en el coste de construcciones y reformas para los edificios que compraban o decidían relanzar”. Antes de despedirse, intrigada por la complejidad de aquel caso sin resolver, Lady Miller también se había interesado por el hijo díscolo de los Samper, Daniel. “Ah, Daniel Samper. Tuve el placer de conocerlo hace dos años en la primera exposición en solitario de William Van Allen. Había venido sin compañía, y decía que solo la contemplación de maquetas, proyectos diminutos que habían de ser grandes algún día, conseguía aliviarle el recuerdo de las atrocidades que había visto durante la Gran Guerra. Entonces no me pareció alguien susceptible de darse a la bebida y dilapidar parte de la herencia de sus padres en menos de dos semanas. Tengo entendido que los Samper le pusieron un tutor hace poco. Ya sabes, un europeo que impusiera la pulcritud y los escrúpulos estéticos del continente. Harold, o Henry Pinaud, creo”.

Si la pequeña trama de corrupción indescifrable que salpicaba a Roy Samper y a Remy Geaks había accionado la imaginación de CatherineMiller, la mención de Henry Pinaud había supuesto un jarrón de agua fría a los engranajes que procesaban su curiosidad intuitiva. De ningún modo Charles Éluard podía conocer que Henry Pinaud se hallaba en la ciudad, ni mucho menos que se movía en un círculo de amistades, si es que así podían llamarse, tan cercano al suyo. Éluard no podría soportar un segundo desengaño, un segundo choque con lo perdido y con la imposibilidad de recuperar una relación como la que una vez hubo entre aquellos dos muchachos que correteaban juntos por los campos de Sint-Margriete  con ramas en las manos, recitando los versos de Puck de Sueño de una noche de verano (cursiva), tejiendo coronas de brezo y hurtando vinos de cosechas remotas de las bodegas de sus padres. Éluard le había hablando tantas veces sobre aquello. Sobre el calor del verano en sus labios, las cumbres crepusculares bajo el sol y el oro del centeno, la sombra de unos ojos misteriosos, negros, contra los suyos. El sabor del vino reencontrado en la eucaristía del pecado original, en los párpados del silencio, en el terciopelo del beso prohibido. Y después las cenas que Lady Miller recordaba tan bien, en las que los chicos apenas si cruzaban las miradas por miedo a ser descubiertos. Un mes, dos meses, tres meses. Invierno. Carta de Charles: Pinaud y él habían conocido a un editor de París que les había insistido en mudarse a París para que pudieran conocer a los poetas más repudiados y menoscabados de su generación, aquello era, los más brillantes. Y aquella fue la última carta de Éluard que Lady Miller recibió en mucho tiempo. 

Los sucesos se mezclaban en la mente de la aristócrata en una nebulosa de recuerdos, conjeturas y certezas que conferían a sus cavilaciones una heterogeneidad digna del cuerpo celestial más brillante y poliédrico que errara, perdido, en la inmensidad del universo. Por esa razón, Lady Miller se sorprendió gratamente cuando fue capaz de hallar la vivienda de los Geaks sin necesidad de pedir indicaciones a ningún peatón erudito en el trazado urbanístico de Nueva York. Situado en el 53 de Park Place, el edificio bañado en vidrio en el que vívian Minnie i Remy Geaks parecía erguirse en un vertiginoso ejercicio de poder físico que tan solo era comparable al de las invisibles redes de araña que tejía el político neoyorquino alrededor de todo lo que a él concerniese. Las situaciones bajo las cuales el nombre de Geaks se había convertido en ineludible cuando el recién electo candidato para el Consejo Federal había dimitido por un escándalo de corrupción dos años antes seguían siendo desconocidas. Como el humo, el llanto desgarrado de una trompeta en el estribillo de cualquier partitura de jazz o un buen trago de ginebra en el paladar, la senda que había conducido a Remy Geaks al éxito parecía haberse esfumado, tal y como si su brillo cósmico en las fuerzas de Manhattan no hubiera tenido nunca un comienzo. Justo antes de hacer sonar el timbre de la residencia del susodicho, Lady Miller recordó con cierta decepción que el cabeza de familia no se encontraría entre los presentes. Una muchacha menuda y más bien entrada en carnes saludó a la aristócrata con un breve golpe de cabeza que puso en peligro el la permanencia de la cofia que le adornaba la testa en la misma. 

- En seguida aviso a Mrs. Geaks de que la señora ha llegado. 

La figura grácil de Minnie Geaks se perfiló contra los pródigos ventanales que adornaban el salón, ofreciendo una vista completa del cielo neoyorquino a cualquiera que los desafiara a enfrentar la inmensidad solitaria de la ciudad. Cuando Lady Miller empezaba a reconocer de nuevo en Minnie esa fragilidad discreta, quizás rota por la inconveniencia de la insatisfacción en alguien que lo tenía todo, la voz de Charles Éluard viajó a sus oídos desde detrás de una cortina. 

- Catherine, no sabes cuánto ansiábamos tu presencia. Empezábamos a pensar que no vendrías.

- Ante todo, Charles, creo que debo una disculpa y una explicación a Mrs.Geaks por mi comportamiento en Allen Street, y un agradecimiento por su invitación a tan magnífica residencia. 

- Oh, por favor, Lady Miller, llámeme Minnie. Le juro que no estoy ni estuve enojada, se lo juro. Bueno, quizás… Quizás Mrs. Samper lo estuvo, a decir verdad yo ni siquiera entendí sus motivos. Usted tan solo remarcó algo que todas sabemos: nuestros maridos no suelen conformarse con el calor del hogar y una sonrisa cuando llegan de la oficina. Puede que esté siendo demasiado sincera…Perdóneme, Lady Miller, la estaré importunando con problemas que le deben parecer nimiedades. 

- Catherine, querida, Minnie piensa que tú tan solo te preocupas por lo que palpita en las bibliotecas secretas del mundo, los cajones de los filósofos de Montmatre y las habitaciones del Big Ben. Y, Minnie, te puedo asegurar que Catherine también es de este mundo. 

Lady Miller y Minnie Geaks vieron sus asperezas limadas cuando apenas habían transcurrido diez minutos de la presencia de la aristócrata en el 53 de Park Place. La fiel compañera de Éluard le habló de sus viajes, de cómo viajar por el mundo había manchado su carácter de un cinismo como respuesta a la injusticia, la terquedad y la intolerancia comunes tanto en las civilizaciones más avanzadas del globo como en las más primitivas. Le habló de la humedad cerebral y aromática que contagiaba gastar el amanecer hindú frente a una narguile, de la imposibilidad de vivir sin dinero en París pasados los treinta años. Y, a la cuarta hora de conversación y cuando Éluard ya se había marchado para atender a asuntos relativos al consulado, Lady Miller incluso le habló sobre el modo amatorio como había ahogado bajo las sábanas el calor santo de Israel. Minnie Geaks se mostró comprensiva, e incluso quiso saber, desde una franqueza inocente y desprovista de malicia, si Lady Miller no se había sentido incómoda al saber que aquel hombre con el que se había dejado marchitar en la tierra histórica de Jerusalem jamás le pertenecería. 

- Sabes, Minnie, con el tiempo he aprendido que no hay relación más dañina para dos personas que la conciencia de que una pertenece a la otra por razones que no obedecen ni al deseo ni al afecto, sino a la celosía. Esa ponzoña, tanto si es fundada como si no lo es, te retorcerá las entrañas, te arrojará a los brazos de la impotencia y te hará rogar hasta desear la muerte.

Minnie bajó los ojos hacia la taza de te que sostenía entre ambas manos, como si se tratara de un ruiseñor enfermo al que dar cobijo. En aquella posición, parecía tan solo una niña esperando a que le crecieran por fin las alas para poder volar lejos, al país de las maravillas, al mundo de los sueños.

- Yo… Yo tan solo le pregunté porqué siempre llegaba tarde los jueves. En realidad no tenía especial interés en saberlo, en realidad no tengo nunca demasiado interés en saber nada. Pero yo había visto unos días antes unos papeles, algo sobre una compañía llamada Stadius&Co, y pensé que a lo mejor había estado bebiendo más de la cuenta en algún lugar de Manhattan.

- Espera, Minnie, ¿has dicho Stadius&Co?

- Sí, claro. Creo que tienen bares de copas en la ciudad, así que pensé que a lo mejor avisaban a Remy de que le habían visto demasiado por allí, para prevenirle.  Entre los políticos es importante dar cierta imagen. Pero él comenzó a gritarme que me me metiera en mis asuntos, en mis problemas de vestidos, amistades y guantes, y que le dejara en paz. Que afortunadamente para mí él ya tenía quién le satisficiera. 

Cuando Minnie terminó de hablar, y sin alzar los ojos, tanto ella como la aristócrata intuyeron con horror una presencia insospechada detrás de las cortinas que cubrían los antes desnudos ventanales. 

- Querida Minnie, debes dejar de imaginar tantas cosas, y, sobre todo, debes dejar de contárselas a la primera pobre dama que se ofrece a pasar contigo la tarde para que descanses de tus fatigas y dolores de cabeza. Buenas tardes, Lady Miller. Créame que estoy encantado de conocerla a fin. Sin embargo, mi mujer necesita descansar. Permítame que le acompañe yo mismo a la puerta. 

La figura robusta de Remy Geaks avanzó a grandes zancadas por el inmenso salón ahogado en un silencio que tan solo quebraban, periódicamente, los sollozos de Minnie. 

- Mr. Geaks, créame cuando le digo que no me ha parecido que Minnie necesite de tantos cuidados en su trato. Minnie es una mujer fuerte. Quizás más independiente de lo que usted piense. 

- Lady Miller… Inglesa, ¿verdad? Vaya con cuidado. No sea que por una desafortunada coincidencia le retiren el visado de residencia. Tengo entendido que no es usted popular por ser querida entre las élites neoyorquinas. 

- Siento defraudarle, Mr. Geaks. Miller, descendiente de los Miller de Brooklyn, Nueva York, Estados Unidos. Usted no sabe lo útil que puede llegar a ser la doble nacionalidad cuando se viaja a menudo. Pase usted un buen día.

Antes de marcharse para siempre del 53 de Park Place, Catherine Miller encajó brevemente su mano derecha con la de Remy Geaks. Fue suficiente para que, a pesar de un perceptible intento del neoyorquino por ocultarlo, el tatuaje de un escorpión negro azabache asomara por debajo del puño blanco de su camisa.

Ahora vete con cuidado,las ganas de volver te irán acompañando,la próxima vez ya dura demasiado.Yo guardo la fe, tú encuentra el milagro.
- Vetusta Morla

Ahora vete con cuidado,
las ganas de volver te irán acompañando,
la próxima vez ya dura demasiado.
Yo guardo la fe, tú encuentra el milagro.

- Vetusta Morla

Carta de los poetas al Olimpo  
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Tú, musa que te escondes detrás de los días contados, de la maldición del tiempo en una rayuela de pañuelos y uniformes de escuela, que te acuestas con las flores de la vejez y madrugas tras la acritud de las arrugas en una hoja de papel en blanco. Diosa redonda y rota, ninfa del hechizo engendrada con cantos virginales en una noche de martirio bajo las estrellas: baja del  monte, de las grutas del agua y del cielo, pisa el barro y báñate en la sangre de alguna matriz deshecha. Quiébrate, huye y grita en cualquier garganta que tiemble en la tiniebla ofrecida al mejor postor. Ya no es tiempo de volar, musa descarriada; anda y siente los cuchillos de la arena a cada paso como siente el penitente las llagas al cabo del camino. 
Fuiste nuestra. Pudimos sentirte con dulzura lujuriosa y verso ebrio, cabalgando las hazañas de la mentira con la maestría de las Mil y una Noches. Éramos diamante y cera, Universo y Tierra, eternidad e instante. Lo confesaste siendo presa de la vida grotesca a la que te empezaste a abrazar con garras de mujer y sigilo de araña: nunca fuiste sin arrastrarte, sin arrastrarnos al deseo de hacer nuestros tus miedos de sombra en el lienzo de los desnudos vistos a medias. Torcías tu gesto, incrédula, si alguno blandíamos la amenaza de ejecutarte como rehén a la luz de una vela. Una vez fuimos hombres, musa del alma, y tú caíste con nosotros en la incertidumbre del mañana: la riña del horizonte con los hijos incestuosos de la Luna y el Sol. 
Desdóblate en cadenas de espíritu y abandona de una vez las filas del ejército de Dios. Tu reino estuvo entre nosotros, musa perdida, vestal del altar del mundo sacrificado. Perdiste la batalla y con ella el derecho a retirarte limpia y pura al llegar el alba. El veneno de la mortalidad mordió tu cuello y te entregó a la imperfecta debilidad del arte. Ya no hay laureles, bella musa, antes nuestra, musa fea. La lombriz rasgó el ala de la mariposa, la tierra engulló la vergüenza de las amapolas. Y fuiste libre, con la certera noción de la muerte en la que la libertad hecha sus raíces y florece en invierno. 
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Y eneros, muchos eneros después, fuimos capaces de conjurarla entre mordazas.
Sin embargo, nunca volvimos a ser los mismos. 

Carta de los poetas al Olimpo  

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Tú, musa que te escondes detrás de los días contados, de la maldición del tiempo en una rayuela de pañuelos y uniformes de escuela, que te acuestas con las flores de la vejez y madrugas tras la acritud de las arrugas en una hoja de papel en blanco. Diosa redonda y rota, ninfa del hechizo engendrada con cantos virginales en una noche de martirio bajo las estrellas: baja del  monte, de las grutas del agua y del cielo, pisa el barro y báñate en la sangre de alguna matriz deshecha. Quiébrate, huye y grita en cualquier garganta que tiemble en la tiniebla ofrecida al mejor postor. Ya no es tiempo de volar, musa descarriada; anda y siente los cuchillos de la arena a cada paso como siente el penitente las llagas al cabo del camino. 

Fuiste nuestra. Pudimos sentirte con dulzura lujuriosa y verso ebrio, cabalgando las hazañas de la mentira con la maestría de las Mil y una Noches. Éramos diamante y cera, Universo y Tierra, eternidad e instante. Lo confesaste siendo presa de la vida grotesca a la que te empezaste a abrazar con garras de mujer y sigilo de araña: nunca fuiste sin arrastrarte, sin arrastrarnos al deseo de hacer nuestros tus miedos de sombra en el lienzo de los desnudos vistos a medias. Torcías tu gesto, incrédula, si alguno blandíamos la amenaza de ejecutarte como rehén a la luz de una vela. Una vez fuimos hombres, musa del alma, y tú caíste con nosotros en la incertidumbre del mañana: la riña del horizonte con los hijos incestuosos de la Luna y el Sol. 

Desdóblate en cadenas de espíritu y abandona de una vez las filas del ejército de Dios. Tu reino estuvo entre nosotros, musa perdida, vestal del altar del mundo sacrificado. Perdiste la batalla y con ella el derecho a retirarte limpia y pura al llegar el alba. El veneno de la mortalidad mordió tu cuello y te entregó a la imperfecta debilidad del arte. Ya no hay laureles, bella musa, antes nuestra, musa fea. La lombriz rasgó el ala de la mariposa, la tierra engulló la vergüenza de las amapolas. Y fuiste libre, con la certera noción de la muerte en la que la libertad hecha sus raíces y florece en invierno. 

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Y eneros, muchos eneros después, fuimos capaces de conjurarla entre mordazas.

Sin embargo, nunca volvimos a ser los mismos. 

(vía evennotgoodenough)

 “Cuando dieron las siete en la catedral, había una estrella sola y límpida en el cielo color de rosas, un buque lanzó un adiós desesperado, y sentí en la garganta el nudo gordiano de todos los amores que pudieron haber sido y no fueron”.  Gabriel García Márquez

“Cuando dieron las siete en la catedral, había una estrella sola y límpida en el cielo color de rosas, un buque lanzó un adiós desesperado, y sentí en la garganta el nudo gordiano de todos los amores que pudieron haber sido y no fueron”.
Gabriel García Márquez

Néixer per vèncer el duel de la fosca que es bat amb ales de mosca sobre pètals de rosa esquinçats. Néixer per vèncer dins d’una gàbia de foc i d’aigua sense viure ni morir en la batalla. Néixer amb plomes, amb arrels, amb escuma encesa sobre la tenacitat del vent, l’asfalt i l’acer. Néixer en un contrabaix que combati les banderes amb l’orgue d’amestistes de l’Univers. Néixer, néixer en guàrdia. Néixer per transgredir la victòria. 

“Reality doesn’t impress me. I only believe in intoxication, in ecstasy, and when ordinary life shackles me, I escape, one way or another.” - Anais Nin

“Reality doesn’t impress me. I only believe in intoxication, in ecstasy, and when ordinary life shackles me, I escape, one way or another.” - Anais Nin

(Fuente: , vía ghostshoes)

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