Era asfixiante. Se manifestaba inopinadamente en un horror repentino, que no cesaba ni cuando los bordes del sueño se espesaban para dar paso a la inconsciencia, a la proximidad de la muerte y al delirio enhebrado en los dulces brazos de Morfeo. Los susurros se prolongaban y encabalgaban en pentagramas infinitos, y parecían multiplicarse, sumisos a la descorchada voluntad de aquella su víctima. Una vez tras otra, sus miembros se sacudían en torpes y macabros ecos de un ansiado silencio que jamás habría de llegar. El silencio. ¿Cuándo acabaría todo aquello?
Las líneas se volvían en su contra, los colores aplastaban la materia y se empujaban contra las formas, contra las esencias. Quebrado el equilibrio de la perspectiva, deshecho el imperio de la sombra y desechada la línea recta, tan solo quedaba por derribar el sustento espiritual que había estado tirado de su ánimo, sofocado por la esperanza de una ínfima luz que aún osaba roer la oscuridad, desde que la memoria le alcanzaba para avalarlo. La noche le empequeñecía el alma y los pocos contornos que quedaban de ella, que él - a sabiendas de su estado - trataba de afianzar en negros y profundos trazos. Si aún guardaba fe en algo, era en que no la había perdido del todo en las trazas de aquella enfermedad que translucía una pintoresca encrucijada: la de sacudir sus demonios sobre un lienzo. Algo le impulsaba a odiar con todas sus fuerzas el resultado. Cierto, el refliejo de aquellos espejismos vibraba con la ansiedad del moribundo que sabe que va a ser condenado a las cadenas del olvido en la caverna del no-ser. Pero era una composición  sin tiempo, sin ese tiempo que al correr por sus venas minaba su vitalidad y la corroía con la sed de los océanos bajo el sol en los cálidos veranos salpicados por juegos marítimos infantiles. Tiempo, tiempo. Allí el tiempo no existía. El tiempo -  lo humano, lo feroz y lo miserable de la existencia cuya justificación antaño había buscado entre las aspas de una cruz - era lo único que no había conseguido captar. Se preguntaba si quizás al día siguiente sería capaz de hacerlo, pero las sillas, los muebles, la cama y sus lánguidas sábanas, demasiado tenues para ahogar en sus aguas la atrocidad de la vigilia, giraban a su alrededor como caballos huérfanos en un tiovivo eternamente vacío armonizado por un cuarteto de cuerda desacompasado. La vista le vivía en una llanura inexistente de colores que iban simplificándose poco a poco, mientras cada vez un número mayor de luces níveas empezaban a vislumbrarse en las raíces de su cabello.Estaba atrapado en una soledad existencial que se amparaba en la sintonía de un sueño humano y religioso.
Miró por la ventana. La noche estaba estrellada y la felicidad relucía lejana, al calor de los hogares amparados por la estalactita de ese algo superior en el que aún confiaba. Trató de recordar esos años durante los cuales el color, ahora confesor de sus más amargas penas, estuvo desterrado de su indumentaria: descubrió que en la profundidad del silencio de sus párpados se escondía algún recuerdo amable. Palabras de regusto romano como píldoras para la conciencia ajena. Una sonrisa cómplice en la Provenza. Ríos de sangre redentora que habrían de impedirle gozar simétricamente de la música del campo para siempre. Verdaderamente trató de tomarse la lesión sin concesiones; el romanticismo se le había agriado la segunda vez que había oficiado el funeral de un recién nacido cuando todavía llevaba sotana. El olor a tierra revuelta de aquel cementerio se le había metido dentro de las entrañas con una malignidad que hacía poner en duda la existencia del bien supremo, siquiera del bien y de la providencia como reconstituyente de la pérdida. ¿Quién le iba a echar de menos a él, un capellán venido a menos, enloquecido con la idea de que fuera un libro - santo, pero libro - el que hubiera de marcar las directrices de algo tan profundamente enmarañado, insuficiente e insatisfactorio como lo era la vida? ¿Quién iba a enterrar sus restos amarillos y azules, sin perspectiva, sin aire, sin tiempo, sin vocación? Quizás por ello había ido adquiriendo la insana costumbre de comenzar cuadros que tan solo conseguía terminar cuando la conmiseración que sentía para con sí mismo era superior al temblor desnudo de las noches sin tregua. Las noches sin luz, las noches de arbóreas reminiscencias divinas que reclamaban su presencia en alguna parte, en alguna capilla, en alguna vela y en algún altar: el fuego lo era todo, esa llama incansable que él se forzaba a homenajear en cipreses y en pinceladas sinuosas de fuerza visceral para compensar su ausencia.
Aquellos recuerdos eran inútiles. Volvió a correr la cortina con un suspiro apresado por la resignación. El azul había ido engullendo al amarillo y las estrellas a las flores. Acordó darse dos años. Si perdía la batalla, si no conseguía integrar el tiempo a la paleta y pintar con él los horrores que sobrevenían su atormentada mente, entonces todo habría terminado. Suspiró de nuevo. Sant Rémy era hermoso en invierno. 
Era asfixiante. Se manifestaba inopinadamente en un horror repentino, que no cesaba ni cuando los bordes del sueño se espesaban para dar paso a la inconsciencia, a la proximidad de la muerte y al delirio enhebrado en los dulces brazos de Morfeo. Los susurros se prolongaban y encabalgaban en pentagramas infinitos, y parecían multiplicarse, sumisos a la descorchada voluntad de aquella su víctima. Una vez tras otra, sus miembros se sacudían en torpes y macabros ecos de un ansiado silencio que jamás habría de llegar. El silencio. ¿Cuándo acabaría todo aquello?
Las líneas se volvían en su contra, los colores aplastaban la materia y se empujaban contra las formas, contra las esencias. Quebrado el equilibrio de la perspectiva, deshecho el imperio de la sombra y desechada la línea recta, tan solo quedaba por derribar el sustento espiritual que había estado tirado de su ánimo, sofocado por la esperanza de una ínfima luz que aún osaba roer la oscuridad, desde que la memoria le alcanzaba para avalarlo. La noche le empequeñecía el alma y los pocos contornos que quedaban de ella, que él - a sabiendas de su estado - trataba de afianzar en negros y profundos trazos. Si aún guardaba fe en algo, era en que no la había perdido del todo en las trazas de aquella enfermedad que translucía una pintoresca encrucijada: la de sacudir sus demonios sobre un lienzo. Algo le impulsaba a odiar con todas sus fuerzas el resultado. Cierto, el refliejo de aquellos espejismos vibraba con la ansiedad del moribundo que sabe que va a ser condenado a las cadenas del olvido en la caverna del no-ser. Pero era una composición  sin tiempo, sin ese tiempo que al correr por sus venas minaba su vitalidad y la corroía con la sed de los océanos bajo el sol en los cálidos veranos salpicados por juegos marítimos infantiles. Tiempo, tiempo. Allí el tiempo no existía. El tiempo -  lo humano, lo feroz y lo miserable de la existencia cuya justificación antaño había buscado entre las aspas de una cruz - era lo único que no había conseguido captar. Se preguntaba si quizás al día siguiente sería capaz de hacerlo, pero las sillas, los muebles, la cama y sus lánguidas sábanas, demasiado tenues para ahogar en sus aguas la atrocidad de la vigilia, giraban a su alrededor como caballos huérfanos en un tiovivo eternamente vacío armonizado por un cuarteto de cuerda desacompasado. La vista le vivía en una llanura inexistente de colores que iban simplificándose poco a poco, mientras cada vez un número mayor de luces níveas empezaban a vislumbrarse en las raíces de su cabello.Estaba atrapado en una soledad existencial que se amparaba en la sintonía de un sueño humano y religioso.
Miró por la ventana. La noche estaba estrellada y la felicidad relucía lejana, al calor de los hogares amparados por la estalactita de ese algo superior en el que aún confiaba. Trató de recordar esos años durante los cuales el color, ahora confesor de sus más amargas penas, estuvo desterrado de su indumentaria: descubrió que en la profundidad del silencio de sus párpados se escondía algún recuerdo amable. Palabras de regusto romano como píldoras para la conciencia ajena. Una sonrisa cómplice en la Provenza. Ríos de sangre redentora que habrían de impedirle gozar simétricamente de la música del campo para siempre. Verdaderamente trató de tomarse la lesión sin concesiones; el romanticismo se le había agriado la segunda vez que había oficiado el funeral de un recién nacido cuando todavía llevaba sotana. El olor a tierra revuelta de aquel cementerio se le había metido dentro de las entrañas con una malignidad que hacía poner en duda la existencia del bien supremo, siquiera del bien y de la providencia como reconstituyente de la pérdida. ¿Quién le iba a echar de menos a él, un capellán venido a menos, enloquecido con la idea de que fuera un libro - santo, pero libro - el que hubiera de marcar las directrices de algo tan profundamente enmarañado, insuficiente e insatisfactorio como lo era la vida? ¿Quién iba a enterrar sus restos amarillos y azules, sin perspectiva, sin aire, sin tiempo, sin vocación? Quizás por ello había ido adquiriendo la insana costumbre de comenzar cuadros que tan solo conseguía terminar cuando la conmiseración que sentía para con sí mismo era superior al temblor desnudo de las noches sin tregua. Las noches sin luz, las noches de arbóreas reminiscencias divinas que reclamaban su presencia en alguna parte, en alguna capilla, en alguna vela y en algún altar: el fuego lo era todo, esa llama incansable que él se forzaba a homenajear en cipreses y en pinceladas sinuosas de fuerza visceral para compensar su ausencia.
Aquellos recuerdos eran inútiles. Volvió a correr la cortina con un suspiro apresado por la resignación. El azul había ido engullendo al amarillo y las estrellas a las flores. Acordó darse dos años. Si perdía la batalla, si no conseguía integrar el tiempo a la paleta y pintar con él los horrores que sobrevenían su atormentada mente, entonces todo habría terminado. Suspiró de nuevo. Sant Rémy era hermoso en invierno. 

Era asfixiante. Se manifestaba inopinadamente en un horror repentino, que no cesaba ni cuando los bordes del sueño se espesaban para dar paso a la inconsciencia, a la proximidad de la muerte y al delirio enhebrado en los dulces brazos de Morfeo. Los susurros se prolongaban y encabalgaban en pentagramas infinitos, y parecían multiplicarse, sumisos a la descorchada voluntad de aquella su víctima. Una vez tras otra, sus miembros se sacudían en torpes y macabros ecos de un ansiado silencio que jamás habría de llegar. El silencio. ¿Cuándo acabaría todo aquello?

Las líneas se volvían en su contra, los colores aplastaban la materia y se empujaban contra las formas, contra las esencias. Quebrado el equilibrio de la perspectiva, deshecho el imperio de la sombra y desechada la línea recta, tan solo quedaba por derribar el sustento espiritual que había estado tirado de su ánimo, sofocado por la esperanza de una ínfima luz que aún osaba roer la oscuridad, desde que la memoria le alcanzaba para avalarlo. La noche le empequeñecía el alma y los pocos contornos que quedaban de ella, que él - a sabiendas de su estado - trataba de afianzar en negros y profundos trazos. Si aún guardaba fe en algo, era en que no la había perdido del todo en las trazas de aquella enfermedad que translucía una pintoresca encrucijada: la de sacudir sus demonios sobre un lienzo. Algo le impulsaba a odiar con todas sus fuerzas el resultado. Cierto, el refliejo de aquellos espejismos vibraba con la ansiedad del moribundo que sabe que va a ser condenado a las cadenas del olvido en la caverna del no-ser. Pero era una composición  sin tiempo, sin ese tiempo que al correr por sus venas minaba su vitalidad y la corroía con la sed de los océanos bajo el sol en los cálidos veranos salpicados por juegos marítimos infantiles. Tiempo, tiempo. Allí el tiempo no existía. El tiempo -  lo humano, lo feroz y lo miserable de la existencia cuya justificación antaño había buscado entre las aspas de una cruz - era lo único que no había conseguido captar. Se preguntaba si quizás al día siguiente sería capaz de hacerlo, pero las sillas, los muebles, la cama y sus lánguidas sábanas, demasiado tenues para ahogar en sus aguas la atrocidad de la vigilia, giraban a su alrededor como caballos huérfanos en un tiovivo eternamente vacío armonizado por un cuarteto de cuerda desacompasado. La vista le vivía en una llanura inexistente de colores que iban simplificándose poco a poco, mientras cada vez un número mayor de luces níveas empezaban a vislumbrarse en las raíces de su cabello.Estaba atrapado en una soledad existencial que se amparaba en la sintonía de un sueño humano y religioso.

Miró por la ventana. La noche estaba estrellada y la felicidad relucía lejana, al calor de los hogares amparados por la estalactita de ese algo superior en el que aún confiaba. Trató de recordar esos años durante los cuales el color, ahora confesor de sus más amargas penas, estuvo desterrado de su indumentaria: descubrió que en la profundidad del silencio de sus párpados se escondía algún recuerdo amable. Palabras de regusto romano como píldoras para la conciencia ajena. Una sonrisa cómplice en la Provenza. Ríos de sangre redentora que habrían de impedirle gozar simétricamente de la música del campo para siempre. Verdaderamente trató de tomarse la lesión sin concesiones; el romanticismo se le había agriado la segunda vez que había oficiado el funeral de un recién nacido cuando todavía llevaba sotana. El olor a tierra revuelta de aquel cementerio se le había metido dentro de las entrañas con una malignidad que hacía poner en duda la existencia del bien supremo, siquiera del bien y de la providencia como reconstituyente de la pérdida. ¿Quién le iba a echar de menos a él, un capellán venido a menos, enloquecido con la idea de que fuera un libro - santo, pero libro - el que hubiera de marcar las directrices de algo tan profundamente enmarañado, insuficiente e insatisfactorio como lo era la vida? ¿Quién iba a enterrar sus restos amarillos y azules, sin perspectiva, sin aire, sin tiempo, sin vocación? Quizás por ello había ido adquiriendo la insana costumbre de comenzar cuadros que tan solo conseguía terminar cuando la conmiseración que sentía para con sí mismo era superior al temblor desnudo de las noches sin tregua. Las noches sin luz, las noches de arbóreas reminiscencias divinas que reclamaban su presencia en alguna parte, en alguna capilla, en alguna vela y en algún altar: el fuego lo era todo, esa llama incansable que él se forzaba a homenajear en cipreses y en pinceladas sinuosas de fuerza visceral para compensar su ausencia.

Aquellos recuerdos eran inútiles. Volvió a correr la cortina con un suspiro apresado por la resignación. El azul había ido engullendo al amarillo y las estrellas a las flores. Acordó darse dos años. Si perdía la batalla, si no conseguía integrar el tiempo a la paleta y pintar con él los horrores que sobrevenían su atormentada mente, entonces todo habría terminado. Suspiró de nuevo. Sant Rémy era hermoso en invierno. 

“Given the choice between the experience of pain and nothing, I would choose pain.” 
― William Faulkner, The Wild Palms [If I Forget Thee, Jerusalem]

“Given the choice between the experience of pain and nothing, I would choose pain.” 

― William Faulkner, The Wild Palms [If I Forget Thee, Jerusalem]

(Fuente: 5000letters)

"Si vais a la felicidad, llevad sombrilla" - Ramón Gómez de la Serna 
"Mi nombre es Máximo Estrella. Mi pseudónimo, Mala Estrella. Tengo el honor de no ser académio" - Ramón del Valle-Inclán
"Si te dan un papel pautado, escribe por detrás" - Juan Ramón Jiménez

"Si vais a la felicidad, llevad sombrilla" - Ramón Gómez de la Serna 

"Mi nombre es Máximo Estrella. Mi pseudónimo, Mala Estrella. Tengo el honor de no ser académio" - Ramón del Valle-Inclán

"Si te dan un papel pautado, escribe por detrás" - Juan Ramón Jiménez

(Fuente: flaneurizando)

NIGHTHAWKS

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'Nighthawks' o 'Halcones de la noche'. Óleo sobre lienzo, Edward Hopper. 

- Bebe usted con una supremacía presencial digna de las de su género. ¿No se lo han comentado nunca?

- Puede, pero ello no le incumbe.

-No parece el tipo de mujer que no se deja acompañar por un caballero. ¿Me equivoco?

-¿Tiene usted por costumbre finalizar sus absurdas deducciones con una pregunta retórica, desde luego inecesaria, para refutarlas?

-Y usted, ¿tiene por costumbre evadirlas?

[Silencio]

- ¿Sabe? He conocido a muchas mujeres, y de entre ellas siempre me han llamado la atención las que beben Bourbon. Ello denota una especie de temperamento especial. Una voluntad intríseca a rechazar y ser rechazada.

- Tal vez no se equivoca.

- O tal vez sí. O tal vez tan solo disparo a ciegas tratado de dar en el blanco y de paso averiguar algo más acerca de las que piden lo que usted está sorbiendo de ese vaso.

- Iba a finalizar otra vez con una pregunta, ¿eh?

- En efecto.

- Tampoco usted parece el tipo de hombre dispuesto a costear una copa sin que ello no le reporte algún tipo de beneficio.

- No se equivoque: mis objetivos son pura intelectualidad. A mis años, ya solo busco cazar ingenios.

- ¿Y cree que va a encontrarlo entre borrachos, taberneros filósofos y camareros que esconden apuntes bajo la barra?

- Olvida usted a las féminas bebedoras de Bourbon.

[Silencio]

- Parece complacido. ¿No será usted poeta?

- Soy un poeta de la mirada y la miseria. Desafortunadamente nunca se me dio bien escribir.

- Todos dicen lo mismo. Vea usted; los grandes poetas jamás han sido grandes escritores, sino dementes de vida perturbada incapaces de refugiarse en ningún lugar excepto en sí mismos. Son grandes locos del amor. Los escritores tienen coraje. Los poetas, miedo.

- Explíquese. 

- ¿Ve mi vaso? Si añadiera cinco o seis cubos de hielo a los tres que ya tiene, la bebida rebosaría y vísceras de alcohol y agua rodarían por esta lustrosa barra. Eso es lo que les sucede a los poetas enamorados. Tan solo unos pocos consiguen que el resultado siga siendo, digamos, bebible.

- Veamos, ¿y qué me dice del desamor?

- ¿Acaso no es exactamente lo mismo?

- Oh, ¿lo es?

- Dígamelo usted. No soy yo la que ha venido a buscar la compañía de un desconocida. 

- Así que una desconocida…Eso tiene fácil arreglo. Déjeme que la invite a una copa.

- Es muy amable. [Sorbo, sorbo]. No bebo.

- ¡No, claro! Ninguno lo hacemos. Ni siquiera ese al que el camarero acaba de sacar por la puerta que da al callejón donde los gatos sin nombre y con él comen sobras y detritos. ¿Sabe? Le conozco muy bien. Tuvo una hija con una actriz de provincias  de la que nunca más se supo después del parto. Si le pregunta, él le dirá que murió, quizás porque verdaderamete así lo crea. El padre mandó a la niña con sus abuelos. Pero ella está enamorada de él. No comprende que no puede amar a su padre. 

-¿Por qué me cuenta todo esto?

- Para que sepa que no es la única que está sola.

- Está siendo usted ilógico. Sepa que no hay cosa que me irrite más que la contingencia. Si estuviera acompañada en mi soledad, ¿no comprende que entonces ya no estaría sola?

- Desde luego lo estaría. Hay muchas formas de soledad. La soledad del niño, la del hombre feliz, la de la vejez. Incluso existe la soledad de la belleza. Si no considerara usted a los poetas unos necios, unos malos escritores, lo sabría.

- De nuevo haciendo deducciones falaces.

- ¿Es que no está en la naturaleza de una mujer como usted evadir la imperfección?

- Es posible que alguna vez lo estuviera. Ahora… Ahora bebo en bares con poetas de la mirada  y de algo más que no consigo recordar, ya ve usted. Y a propósito de la poesía, no crea que mi juicio sobre los poetas consigue vencer a mi afán por acercarme a ella. Al contrario. Disfruto participando de su imperfección encorsetada en estructuras que paradójicamente quieren ser perfectas. De nuestra imperfección, de hecho.

- ¿Lo ve? No está usted sola.

- Jamás he dicho que lo estuviera.

[Silencio]

- ¿La esperan en casa?

- ¿Espera una antílope al cocodrilo?

- Imagino que no. Aunque, ya sabe, hay antílopes muy poco precavidos.

- Y otros que lo son demasiado.

- Haría bien en juntarse con los cocodrilos. Ni que fuera solo de vez en cuando. ¿ A qué se dedica?

- A beber.

- Antes mencionó, pese a la patente contradicción, que usted no bebía.

- Ahí lo tiene, entonces. Soy una mentirosa profesional. Oh, sí, ya lo creo que lo soy. Podría hacerle creer cualquier cosa que yo quisiera en este instante: que vengo huyendo de un marido violento que me ha sometido a un largo cautiverio, pongamos 10 años para hacerlo redondo, en algún país musulmán al que viajé encandilada por sus arabigos encantos; que soy una aritócrata de alta curnia perturbada por la idea de tener que soportar, debido a mi reciente orfandad y sucesiva ruina, ser mandada por algún pariente rico proclive a insinuaciones indignas para cualquier dama; que mañana embarco hacia México para reencontrarme con el amor de mi vida, a quien creí haber perdido en un accidente el día anterior a nuestro casamiento.

- Dos veces, tres si se casara con el pariente, aparece el matrimonio en sus historias. No puede ser casual.

- Hágame el favor de leer a Aristóteles o a algún bendito que haya escrito algo sobre lógica. Buena falta le hace.

- Con que nada de poetas, pero los filósofos son bienvenidos. Vaya, vaya. Veo que tendré que empezar a sacar los ases que reservaba para el amanecer. Yo que quería convencerla para llevarla a la playa, a ver las estrellas. 

- Sería impropio de un poeta observador. 

- ¡Ah! ¿Y por qué?

- Pues porque estaría interviniendo en el devenir de las cosas con su análisis, y eso, amigo mío, ya es de filósofo.

- Amistad. Bonito engaño.

- Sutil. Sutil engaño. 

[Silencio]

- Querido, con ese extravío medroso parece que usted eche de menos a alguien. Se lo advierto como favor: uno debe saber qué es lo que desea ocultar a los demás de sí mismo. 

- Oh, sí. Todos echamos de menos a alguien. Peo yo hoy brindo por mi pobre borracho casi incestuoso, que a estas horas debe de estar ya vomitando entre gatos y espinas de sardina. Eso si no ha decidido ahorcarse ya. 

- Así que todos echamos a alguien de menos. Me preguto a quien echaré de menos yo.

- Echa de menos a quien la hizo cocodrilo. Usted era antílope, no frecuentaba las orillas de los depredadores. Y no le iba mal, supongo, pero se consumía en ascuas de insatisfacción muy poquito a poco, como si no quisiera molestar demasiado. Un día descubrió el peligro del riesgo, y aquello le gustó más, mucho más que la hierba que hasta entonces bien le había permitido respirar accionando una serie de mecanismos de rutinaria combustión en su organismo. Por primera vez, no vivía porque respiraba, sino porque hervía. La vida degolló a la existencia, y la sangre que corrió despertó a su nueva naturaleza. Usted lo sabía. 

[Silencio]

- Apuesto a que ni siquiera le quería.

- Tiene razón. Probablemente nunca llegué a querer al maldito cocodrilo, pero sí al pobre que… degollé - usted ya me entiende - para convertirme en depredadora. A él le quise casi tanto como lo echo de menos. Si creyera en Dios, o en algo más que en esta mísera vida, le juraría que le quise. 

- Entonces, ¿por qué se fue con otro hombre?

- ¿Por qué marchó la actriz de provincias?

- ¿Por qué hay niños buenos?

- ¿Por qué madrugan los gatos?

- Espere, los gatos no madrugan. Aunque si están despiertos, puede que sea porque nunca duermen. Viven por, para y en la noche, son noche: son amarillo y son madrugada. Pero volviendo a lo nuestro, ¿por qué Bourbon?

-Supongo que a estas horas esperará usted la verdad.

- No se equivoque. No existe hora para la verdad, y quien diga lo contrario miente. Ahí lo tiene.

- “Palabras, palabras, palabras…”.

- Con que también Shakespeare era mal escritor, ¿no?

- ¿Se ha asomado a alguno de sus sonetos? Puro artificio. Agua estancada que se ensucia más a cada lectura. ¿Quiere saber por qué se le alaba tanto? Yo se lo voy a contar. Conocerá usted el cuento del vestido nuevo del Emperador. Durante siglos, creer que los sonetos del hijo predilecto de Stradford Upon Avon son la máxima literaria rimada ha sido…

- Leo que le debió usted de querer mucho. 

- Se lo he dicho. Lo hubiera jurado por cualquier cosa.

- Sin embargo, no cometió un error. Usted sabía perfectamente lo que hacía cuando se escabulló en las fauces del cocodrilo con una presa muerta entre las suyas. Bebe Bourbon. A usted no la engañaron.

- Es tarde ya, pronto será la hora de marcharnos del paraíso. Dese prisa. 

- ¿Marcharnos? ¿Adónde? Usted está sola.

- Marcharé con los gatos, entonces. Se arrastrarán por las aceras, acuñarán maullidos al ardor de cristales verdes y restos de tripas o digeridos. Seremos amos de la noche y esclavos del silencio.

- Va delatándose sola. Ni interlocutor necesita. 

- Todos nos delatamos. 

- Shakespeare no lo hacía. Por eso es bueno. Hagamos un trato: si yo le revelo mi vacío, usted me cuenta el suyo. 

- Contésteme a algo. ¿Por qué habría de estar yo interesada en sus desgracias, caballero? Créame que con las mías me basta, y hasta me sobra cuando estoy sobria. 

- Oh, no lo está. Ya lo creo que no. Tan solo trato de ayudarla: verá, usted tiene que contarlo. Tiene que contarlo para escoger si retroceder hacia adelante o avanzar hacia atrás, y debe ser ahora que yo le estoy proporcionando un excelente pretexto. Mujer sola, independiente, seguramente hermosa cinco años atrás. Quizás cuatro. Es orgullosa, no va a admitir que no me necesita a no ser que sea para servirle en bandeja una excusa que le permita cambiarnos las cartas. Eso es precisamente lo que le estoy ofreciendo. Repito, ¿trato?

- Trato.

[Silencio. Habla el poeta de la mirada]

- Yo vivía en una pequeña ciudad del norte. Era diminuta desde dentro, inabarcable desde las implacables torres que la rodeaban. Pese a que era encantadora, carecía del magnetismo de esas ciudades a las que uno, por una razón u otra, acaba entregando su alma para siempre. Fue para mí una ciudad amante, con la que jamás tuve intención de casarme mientras la tuve conmigo. ¡Bendito sea el error humano! Conocía cada esquina, cada resquicio de mi minúscula, entrañable y medieval ciudad, y fui creciendo con la horrible sensación de querer dejarla atrás para conocer el sufrimiento del que ella siempre me había salvaguardado. 

- ¡Espérese! Miserable, está usted contando mi historia.

- Salvo por el hecho de que yo hablo de una ciudad y no de un hombre.

- Salvo por ello. Siga, siga con la suya.

- Vivía junto a los cantos de los pedazos dorados que traspasaban los vitrales de las iglesias dispersas a lo largo de las calles - las muertas y las vivas - de mi querida ciudad. El Dios que yo recibí no vestía sotana; era el Dios de la luz, una luz que se filtraba en toda su divinidad para ensancharse luego en los confines de los límites del hombre. A su alrededor, los altos torreones se alzaban majestuosos cual embajadores de un tiempo mejor, entre las ruinas físicas y morales de la posmodernidad. No eran tiempos buenos, pero ese Dios sin esperanza, sin hombres y sin destino, nos consolaba con un calor resplandeciente al rescoldo del amor de una ciudad condenada a la ruina en el futuro y a la virtud en la memoria de todos aquellos que la habíamos conocido ya vieja.

- No lo entiendo. ¿Qué quería dejar atrás?

- La seguridad de una verdad conocida. Quería riesgo, quería saber que la inestabilidad me pertenecía a mí. 

- Mire qué casualidad.

- Ja, ja. Puede que lo haya exagerado un poco para ponérselo más fácil. Soy un hombre cortés.

- Usted enamorado de una ciudad y yo de un hombre. Ambos les hemos perdido para siempre. Pero yo de usted no me preocuparía demasiado. Ni siquiera el amor es para siempre. 

- ¡Ah! Y por eso usted bebe como si le fuera la vida en ello. Porque no se preocupa por algo que seguramente es pasajero.¡Divina ironía!

- ¿Es que solo debemos preocuparnos por las cosas eternas? Si fuera así, habría más curas que prostitutas. No me mire de ese modo tan sancionario. Ahora no se ría. Le aseguro que es así.

- Yo no le hablo de su amor ni del mío, sino del Amor. Ese es eterno.

- ¡Ja! Valiente poeta. Voy a decirle algo: necesitamos creer que lo es, ergo la validez de la opinión - sí, opinión, no me vuelva a mirar con esos ojos de arroz - queda comprometida con el humano instinto de supervivencia. Al amar a alguien, disponemos en sus manos una arma extremadamente poderosa. Le concedemos el maravilloso don de dañar. Y yo herí, desde luego.

- Apuesto a que la espada le salió de doble filo y la herida de usted se abrió con su amante ya desangrado y bajo tierra. Ahora, vive muerta.

[Silencio]

- Vivo sola. Al fin y al cabo, así es como vivimos todos.

- Los hay quienes dicen poderse querer para siempre. Serán seres especiales.

- Son débiles. ¿Recuerda lo de las prostitutas y los curas? Pues esos hacen la vista gorda adrede. No pueden hacer otra cosa. En el mejor de los casos, saben que mienten tanto como que deben hacerlo para poder seguir queriéndose mejor el uno al otro. Cuando se ama, no basta el presente. “Te quiero” aquí y ahora no es nunca suficiente. Si no acordasen tácitamente recordarle al otro que pueden vencer el instante en la eternidad, el dolor sería insoportable, incluso más que la misma pérdida.

- Habla la razón.

- Y el Bourbon, señor mío. Desde luego, ni a mí ni a usted eso nos impide, nos ha impedido o nos ha de impedir querer. A su ciudad, o al que usted me ha enterrado hace unos minutos de modo sublime. 

- ¿Qué hacemos, pues?

- Esperar. Volver mañana. Para siempre, desde siempre.

" And, in this way, two people who are sympathetic to each other and who are right, who are compatible in this sort of spiritual way, in fact make up one person — they make up one source of power, which you both use and you can draw out material in incredible detail from the single shared mind. … It’s not that you choose the same things to write about, necessarily, and you certainly don’t write about them in the same way — it’s that you draw on an experience, it’s as though you knew more about something than you, from your own life, have ever really learned…

It’s a complicated idea to get across, because you’ve first of all to believe in this sort of telepathic union exists between two sympathetic people.”

There are things,
I have done.
There’s a place,
I have gone.
There’s a beast,
And I let it run.
Now it’s runnin’ my way.

There are things,
I regret.
That you can’t forgive.
You can’t forget.
There’s a gift,
That you sent.
You sent it my way.

So, take this night.
Wrap it around me like a sheet.
I know I’m not forgiven,
But I need a place to sleep.
So, take this night.
Lay me down on the street.
I know I’m not forgiven,
But I hope that I’ll be given
Some peace.

- Black Lab

There are things,
I have done.
There’s a place,
I have gone.
There’s a beast,
And I let it run.
Now it’s runnin’ my way.

There are things,
I regret.
That you can’t forgive.
You can’t forget.
There’s a gift,
That you sent.
You sent it my way.

So, take this night.
Wrap it around me like a sheet.
I know I’m not forgiven,
But I need a place to sleep.
So, take this night.
Lay me down on the street.
I know I’m not forgiven,
But I hope that I’ll be given
Some peace.

- Black Lab

(Fuente: bryaeva, vía 64p)


Empire State Building’s view of New York, taken in April, 2013.
People usually regard New York as the American city par excellence, the one with the highest skyscrapers, the shameless shows and the gloomiest jazz trumpeters. A huge, bustling town where one can reach either success or failure up to their last consequences. However, the night-dressed city happened to be something quite different for me since the very moment the real New York City showed up, with all its lights winking one at the other as if they were trying to convey a colourful, secret message to the busy world they were leading. The whole starry urban universe was displaying an ephemeral carousel of brightness in front of millions, perhaps billions of eyes who were too worried about their daily grind to stop and stare at the bare sky. Even now that this unique dreamlike scene has already faded away, I can swear something: had they done so, they would have found themselves lost in a revealing beauty that would have saved them forever. 
New York’s darkness was surprisingly quiet; at least that is what one could feel when slipping out of its most congested quarters in order to get the overall impression of the Kafkaesque design and disposition of its alleys. At some point, the rhythm of all the sounds had stuck in an atmosphere which eventually stopped the noise from destroying the hush The Big Apple was immersed in. 
Now I realize how hard to explain such a sensitive spell is by the time it is over. That night I felt the magic of The City as young lovers feel their own. Consequently, I am forced to admit - shameless and aware of my state- I have finally become one of the thousands of fools who have inevitably fallen head over heels  for New York. 

Empire State Building’s view of New York, taken in April, 2013.

People usually regard New York as the American city par excellence, the one with the highest skyscrapers, the shameless shows and the gloomiest jazz trumpeters. A huge, bustling town where one can reach either success or failure up to their last consequences. However, the night-dressed city happened to be something quite different for me since the very moment the real New York City showed up, with all its lights winking one at the other as if they were trying to convey a colourful, secret message to the busy world they were leading. The whole starry urban universe was displaying an ephemeral carousel of brightness in front of millions, perhaps billions of eyes who were too worried about their daily grind to stop and stare at the bare sky. Even now that this unique dreamlike scene has already faded away, I can swear something: had they done so, they would have found themselves lost in a revealing beauty that would have saved them forever.

New York’s darkness was surprisingly quiet; at least that is what one could feel when slipping out of its most congested quarters in order to get the overall impression of the Kafkaesque design and disposition of its alleys. At some point, the rhythm of all the sounds had stuck in an atmosphere which eventually stopped the noise from destroying the hush The Big Apple was immersed in.

Now I realize how hard to explain such a sensitive spell is by the time it is over. That night I felt the magic of The City as young lovers feel their own. Consequently, I am forced to admit - shameless and aware of my state- I have finally become one of the thousands of fools who have inevitably fallen head over heels  for New York. 

Ets i no ets, i visc del propi engany.
Sóc i no sóc, i palpo inútil borra.
Miro el florir de l’impossible tany
i el nom que et dius damunt la vasta sorra.
Per calls perduts i en pregones garites
cerco el farell de les absurdes fites. 
 
Com un gegant en terres oblidades
clamo combat, i adjuro un contrincant,
i en mortes fonts enyoro ocells i fades
o en obra d’hom m’ullprenc del propi encant.
En vall ventós, entre fòssils i nacres.
Em multiplico en dòcils simulacres. 
 
Qui, de tots dos, és carnal? Qui aviva
l’altre i no és? On és l’Etern Present?
Oh flam encès de cap a cap de riba!
Oh dolç cremar d’esperit i de ment!
En les remors de la nit, per les platges.

Adoro el Res en múltiples imatges.
- J. V. Foix
Ets i no ets, i visc del propi engany.
Sóc i no sóc, i palpo inútil borra.
Miro el florir de l’impossible tany
i el nom que et dius damunt la vasta sorra.
Per calls perduts i en pregones garites
cerco el farell de les absurdes fites. 
 
Com un gegant en terres oblidades
clamo combat, i adjuro un contrincant,
i en mortes fonts enyoro ocells i fades
o en obra d’hom m’ullprenc del propi encant.
En vall ventós, entre fòssils i nacres.
Em multiplico en dòcils simulacres. 
 
Qui, de tots dos, és carnal? Qui aviva
l’altre i no és? On és l’Etern Present?
Oh flam encès de cap a cap de riba!
Oh dolç cremar d’esperit i de ment!
En les remors de la nit, per les platges.

Adoro el Res en múltiples imatges.
- J. V. Foix
Ets i no ets, i visc del propi engany.
Sóc i no sóc, i palpo inútil borra.
Miro el florir de l’impossible tany
i el nom que et dius damunt la vasta sorra.
Per calls perduts i en pregones garites
cerco el farell de les absurdes fites. 
 
Com un gegant en terres oblidades
clamo combat, i adjuro un contrincant,
i en mortes fonts enyoro ocells i fades
o en obra d’hom m’ullprenc del propi encant.
En vall ventós, entre fòssils i nacres.
Em multiplico en dòcils simulacres. 
 
Qui, de tots dos, és carnal? Qui aviva
l’altre i no és? On és l’Etern Present?
Oh flam encès de cap a cap de riba!
Oh dolç cremar d’esperit i de ment!
En les remors de la nit, per les platges.

Adoro el Res en múltiples imatges.
- J. V. Foix
Ets i no ets, i visc del propi engany.
Sóc i no sóc, i palpo inútil borra.
Miro el florir de l’impossible tany
i el nom que et dius damunt la vasta sorra.
Per calls perduts i en pregones garites
cerco el farell de les absurdes fites. 
 
Com un gegant en terres oblidades
clamo combat, i adjuro un contrincant,
i en mortes fonts enyoro ocells i fades
o en obra d’hom m’ullprenc del propi encant.
En vall ventós, entre fòssils i nacres.
Em multiplico en dòcils simulacres. 
 
Qui, de tots dos, és carnal? Qui aviva
l’altre i no és? On és l’Etern Present?
Oh flam encès de cap a cap de riba!
Oh dolç cremar d’esperit i de ment!
En les remors de la nit, per les platges.

Adoro el Res en múltiples imatges.
- J. V. Foix
Ets i no ets, i visc del propi engany.
Sóc i no sóc, i palpo inútil borra.
Miro el florir de l’impossible tany
i el nom que et dius damunt la vasta sorra.
Per calls perduts i en pregones garites
cerco el farell de les absurdes fites. 
 
Com un gegant en terres oblidades
clamo combat, i adjuro un contrincant,
i en mortes fonts enyoro ocells i fades
o en obra d’hom m’ullprenc del propi encant.
En vall ventós, entre fòssils i nacres.
Em multiplico en dòcils simulacres. 
 
Qui, de tots dos, és carnal? Qui aviva
l’altre i no és? On és l’Etern Present?
Oh flam encès de cap a cap de riba!
Oh dolç cremar d’esperit i de ment!
En les remors de la nit, per les platges.

Adoro el Res en múltiples imatges.
- J. V. Foix
Ets i no ets, i visc del propi engany.
Sóc i no sóc, i palpo inútil borra.
Miro el florir de l’impossible tany
i el nom que et dius damunt la vasta sorra.
Per calls perduts i en pregones garites
cerco el farell de les absurdes fites. 
 
Com un gegant en terres oblidades
clamo combat, i adjuro un contrincant,
i en mortes fonts enyoro ocells i fades
o en obra d’hom m’ullprenc del propi encant.
En vall ventós, entre fòssils i nacres.
Em multiplico en dòcils simulacres. 
 
Qui, de tots dos, és carnal? Qui aviva
l’altre i no és? On és l’Etern Present?
Oh flam encès de cap a cap de riba!
Oh dolç cremar d’esperit i de ment!
En les remors de la nit, per les platges.

Adoro el Res en múltiples imatges.
- J. V. Foix
Ets i no ets, i visc del propi engany.
Sóc i no sóc, i palpo inútil borra.
Miro el florir de l’impossible tany
i el nom que et dius damunt la vasta sorra.
Per calls perduts i en pregones garites
cerco el farell de les absurdes fites. 
 
Com un gegant en terres oblidades
clamo combat, i adjuro un contrincant,
i en mortes fonts enyoro ocells i fades
o en obra d’hom m’ullprenc del propi encant.
En vall ventós, entre fòssils i nacres.
Em multiplico en dòcils simulacres. 
 
Qui, de tots dos, és carnal? Qui aviva
l’altre i no és? On és l’Etern Present?
Oh flam encès de cap a cap de riba!
Oh dolç cremar d’esperit i de ment!
En les remors de la nit, per les platges.
Adoro el Res en múltiples imatges.

- J. V. Foix

(Fuente: likeafieldmouse, vía refeek)

HAMLET: Ha ha, are you good?
OPHELIA: My lord?
HAMLET: Are you fair?
OPHELIA: What means your lordship?
HAMLET: That if you be honest and fair, your honesty should admit no discourse to your beauty.
OPHELIA: Could beauty, my lord, have better commerce than with honesty?
HAMLET: Ay, truly, for the power of beauty will sooner transform honesty from what it is to a bawd than the force of honesty can translate beauty into his likeness. This was sometime a paradox, but now the time gives it proof. I did love you once.
OPHELIA: Indeed, my lord, you made me believe so.
HAMLET: You should not have believed me, for virtue cannot so inoculate our old stock but we shall relish of it. I loved you not.
OPHELIA: I was the more deceived.
HAMLET: Get thee to a nunnery. Why wouldst thou be a breeder of sinners? I am myself indifferent honest, but yet I could accuse me of such things that it were better my mother had not borne me.
- Hamlet, William Shakespeare

HAMLET: Ha ha, are you good?

OPHELIA: My lord?

HAMLET: Are you fair?

OPHELIA: What means your lordship?

HAMLET: That if you be honest and fair, your honesty should admit no discourse to your beauty.

OPHELIA: Could beauty, my lord, have better commerce than with honesty?

HAMLET: Ay, truly, for the power of beauty will sooner transform honesty from what it is to a bawd than the force of honesty can translate beauty into his likeness. This was sometime a paradox, but now the time gives it proof. I did love you once.

OPHELIA: Indeed, my lord, you made me believe so.

HAMLET: You should not have believed me, for virtue cannot so inoculate our old stock but we shall relish of it. I loved you not.

OPHELIA: I was the more deceived.

HAMLET: Get thee to a nunnery. Why wouldst thou be a breeder of sinners? I am myself indifferent honest, but yet I could accuse me of such things that it were better my mother had not borne me.

- Hamlet, William Shakespeare

(Fuente: romainesweetheart)